Games Diez #6
94%

Diez #6

»Una vez, él mezcló arte contemporáneo y moderno mientras hablaba sobre no sé qué exposición en el museo de Young y ella le echó la bronca mientras cenábamos, y le dijo que si no entendía la diferencia entre Ai Weiwei y Brâncuși tendría que divorciarse. Él puso los ojos en blanco y me miró como si fuese una broma privada entre él y yo, y yo sonreí y balanceé las piernas debajo de la mesa. Pero era feliz. Era muy feliz con ella.

A pesar de lo mucho que le pesa la tristeza, siente que se le dibuja una pequeña sonrisa. Una sonrisa débil entre los recuerdos: el aroma a limón recién exprimido, ella, de puntillas, ayudando a su padre a hacer la cena. Recuerda el crepitar del aceite, el aire fresco, la luz del crepúsculo y las ventanas abiertas, el aroma del jazmín que trepaba por la espaldera, los sonidos de North Beach, los tenderos italianos, el aire salobre del puerto. Recuerda que oían a su madre cuando subía por la calle porque se reía y hablaba con los vecinos, y su risa, su risa… Lili la recuerda; es una pérdida clavada en el corazón.

—Supongo que, si los conociera ahora, pensaría en ellos de un modo distinto —dice—. Si me hubiera criado con ellos. Quizá a mi madre no le habría parecido lo bastante inteligente, o quizá mi padre me habría resultado un poco asfixiante, pero… No he podido tener nada de eso y me siento como si me lo hubiesen robado. Y, sí, sé que los idealizo. Mi madre se enfadaba con facilidad y mi padre era muy cortante cuando la gente era lenta o poco inteligente, o cuando daban por hecho que yo no era suya o que era adoptada. Él era muy rubio y de ojos verdes, yo salí a mi madre. Pero los dos…, los dos eran buenas personas, creo. La gente los quería de verdad. Recuerdo cómo sus amigos, vecinos y compañeros de trabajo hablaban de ellos, recuerdo cómo los miraban. Como si sus vidas fueran más luminosas, más interesantes y más plenas por tenerlos a ellos. Pero, en fin, ¿de cuánto se va a acordar una niña de seis años? —concede Lili—. He estado junto a ellos menos años de los que me han faltado. —Fuerza una risa, tratando de apaciguar la culpa, pesada y errante, que siente al pensar en lo poco que conoce a esas personas que fueron sus padres—. Antes los contaba. Cuántos días de más viviría sin ellos que con ellos. Esperando a que el peso de la balanza cambiara de lado. Y eran jóvenes, muy jóvenes. Murieron con apenas treinta años. Eso… eso no es ni media vida.

A Aleksandr le vibra el móvil, que lleva en el bolsillo. Lili da un respingo, sobresaltada.

—Lo siento —dice, avergonzada de repente—. Deberías estar en el trabajo…

—No hagas caso. Estoy donde tengo que estar.

Lo mira y él no aparta la vista.

—Vale, bueno. La casa de acogida —continúa, mirando de nuevo hacia el parque—. Estuvo bien. Hay gente que lo pasa mucho peor.

—¿Te quedaste con aquella familia hasta que te fuiste a la universidad?

Lili asiente.

—Con Jane y Robert. Acogían a muchos niños. La mayoría iban y venían. Bueno, todos, en realidad, salvo yo. Los demás se acababan yendo con otras familias en acogida permanente, volvían con sus familias o los adoptaban. Al principio, pensaba que eso significaba que era la preferida de Jane y Robert, que igual incluso me querían. Me acuerdo de estar tumbada en la cama de noche, despierta, deseando que cualquier día me dijeran que me iban a adoptar.

»Pero el tiempo iba pasando, y al final comprendí que aquello no iba a ocurrir. O porque no querían, o porque no era lo suficientemente importante, o por lo que fuera. No iba a pasar.

»Y supongo que sentía que estaba contando los días hasta que llegara el momento en el que se cansaran de mí y volviera a entrar en el sistema de acogida, o me llevaran a una casa de acogida peor que aquella, porque sabía que era muy poco probable que ellos me adoptaran. Jane y Robert no son personas particularmente afectuosas, aunque son amables.

»Vivía preparada para ese cambio inevitable. Le cogí mucho miedo a acostumbrarme a la seguridad de tener una misma casa a la que volver después de las clases, una habitación que fuese mía, unos amigos… Cuanto más me acostumbrase, más daño me haría perderla, ¿entiendes? Aprendí a pensar que sí, que las cosas me podían ir bien durante un tiempo, que le caería bien a la gente, que igual incluso me querrían, pero solo durante un tiempo, y que no tenía forma de saber cuándo, o cómo, todo volvería a cambiar. Cuándo se volvería girar todo. Eso es lo que pensaba, eso es… lo que pienso todavía.

»Y, además, me sentía culpable. Muy culpable, cada vez más, a medida que pasaba el tiempo. E intentaba lidiar con esa incertidumbre trabajando más, y tratando de ser suficiente todo el tiempo. ¿Qué esperaba? ¿Por qué me importaba tanto? ¿Qué quería? ¿Alguien que reemplazara a mi madre y a mi padre? ¿Una familia que reemplazara a la mía? ¿No era eso…? Joder, ¿no era eso increíblemente egoísta?

—Eras una niña.

Lili se encoge de hombros.

—Ya. Supongo que era una forma de luchar contra la incertidumbre, pensar que lo que hacía, lo que pensaba y lo que creía tenía alguna importancia. Cuando sabes que todo va a acabar mal, ¿no es mejor… hacer que pase antes?

»No… no quiero que parezca que son mala gente, Jane y Robert. Eran…, son buenas personas, de verdad. Piensa en lo amable y generoso que es tener niños en acogida de ese modo, sin ostentaciones, sin causar daños. Sé que parece lo mínimo que se puede hacer, pero es importante. Jane sonreía cuando traía buenas notas a casa, Robert me enseñó a conducir, y había más desayunos con risas que sin ellas.

»Pero había una distancia entre mí y todo lo demás: mi familia de acogida, mis amigos… Y estoy segura de que la creaba yo, de que imponía ese espacio para protegerme, o algo así, pero…, joder, ¿nadie pudo tratar de llegar al otro lado? No quiero decir que les estuviera poniendo a prueba, no es eso, de verdad, y sí que había gente a la que le importase, pero… a nadie le importé lo suficiente como para que tratase de llegar hasta mí.

»Ni siquiera ahora, en Nueva York, con unos amigos a los que quiero muchísimo. Esa distancia que me separa de todo sigue estando ahí. Solo que ahora creo que… Me pregunto si la causante soy solo yo. Si estoy aferrada a ella, negándome a abrirme con nadie. Me hablaste de cuando viviste en París, de cuando tenías mi edad. De cuando estabas en el Métro, en ese momento justo antes de que el tren llegara a la estación, y no querías saltar pero entendías por qué la gente lo hacía. Creo que yo he vivido en esa tesitura durante una parte de mi vida mayor de la que debería. Que a veces sigo ahí.

»Pero contigo… Tu sí que estabas intentando llegar al otro lado. Estabas tratando de cruzar esa distancia, y yo también. Hacia ti. Nunca lo había hecho antes. Y… y me aterrorizó. Me aterrorizó darme cuenta de que te deseaba tanto que perderte me habría dejado mutilada. Así que cuando dijiste aquello sobre el matrimonio y diste a entender que…, me cayó todo encima. Y no supe cómo lidiar con la posibilidad de perder todo esto. No pude, y ya está. No creí ser capaz de sobrevivir a esa pérdida, si me permitía tenerlo.

Lili exhala un largo y pesado suspiro. El silencio se alarga unos segundos entre los dos, antes de que se dé permiso para mirarle.

Y él sigue observándola. No ha apartado la vista ni un solo segundo.

Tiene los labios ligeramente entreabiertos.

—Lili… ¿Cómo iba a saber yo nada de todo esto?

Ella se abraza más a las rodillas.

—Te contaba más de lo que le había contado nunca a nadie —susurra. Se siente vulnerable, en carne viva; desea fervientemente su consuelo, aunque estén ahí, los dos junto a sus pasados separados y sus momentos compartidos, y junto a lo que les espera: sus futuros, separados. —La mujer con la que sales… —se aventura Lili, no muy segura de si puede preguntárselo. Sin embargo, no tiene nada que ganar, ni tampoco nada que perder—. Sanaë. ¿Qué hay entre vosotros dos?

—¿Viste eso?

Asiente.

—Sí, las fotografías de la recaudación de fondos. Estabas… Tenías buen aspecto. Se te veía incluso feliz, tal vez.

Frunce el ceño.

—¿Por eso estás aquí? ¿Porque me viste con otra mujer?

—No, ahí fue cuando decidí olvidarte. Cuando vi lo… lo buena pareja que hacíais. Habías pasado página, y me di cuenta de que tenía que olvidarte y aceptar que ya no éramos… Que se había terminado.

Aleksandr niega con la cabeza y se ríe, cansado.

—Llevé a Sanaë a esa fiesta porque pensé que igual tú también estabas, quizá con el hijo de Greene. Porque pensé que te haría daño vernos juntos.

—Ah. —Lili asiente; se merece ese daño—. Y es… ¿Vas en serio? ¿Con ella?

—Estamos empezando.

—¿Te estás… acostando con ella?

—No creo que tengas derecho a preguntarme eso.

Lili retrocede.

—Ya, sí, vale… Perdona, yo…

Aleksandr suspira.

—Sí —contesta—. Sí, nos hemos acostado.

Lili contempla el parque. Hace fresco; es el final del verano. Y se ha olvidado el jersey.

No va a llorar. No puede llorar. Esto se lo ha hecho ella misma.

—No es nada serio —dice al fin.

—¿Y lo nuestro era serio? —susurra—. Para ti, ¿era serio?

Aleksandr se ríe. Una sola vez. No es un sonido que exprese felicidad.

—Lili, habría hecho cualquier cosa por ti.

Ella cierra los ojos.

«Yo también. Y aún lo haría».

—Has dicho que ese fue en el momento en el que te diste cuenta de que tenías que olvidarme —dice él—. ¿Qué te hizo venir aquí y hablar conmigo?

—Volvimos anoche. Ayer, estaba caminando sola por Charles de Gaulle, mirando la pantalla de salidas. Había visto la foto y estaba aprendiendo a aceptarlo. Por fin había hablado con mis amigos, por fin me había abierto con ellos. Pero cuando vi todos aquellos vuelos, todos aquellos lugares distintos por todo el mundo, todas esas personas y vidas posibles, me di cuenta de que…, de que nada de ello tenía ningún significado para mí sin ti. Por eso…, por eso he venido.

Una sirena aúlla tras ellos. Una ambulancia que baja por la Sexta.