Diez #5
—Sí, pero no creí que te fuese a importar mucho. A largo plazo, quiero decir.
—¿Disculpa? —pregunta con brusquedad, mirándola con furia.
—Tiendo a pensar que no importo —musita.
—Joder, Lili. —Se apoya en el respaldo del banco, tan exhausto como exasperado—. ¿Es que no te demostré lo mucho que me importabas?
—No, no… Claro que sí. Claro que me lo demostraste. Tú… me cuidaste de un modo que no creía que fuese posible. Yo no estaba buscando eso, no había ni siquiera empezado a pensar en… en la idea de una relación que pudiera durar, que yo quisiera que durase. Pero… pero estaba ahí, y no lo vi de verdad, no me di cuenta, hasta esa noche. Vi lo distintas que son nuestras vidas pero lo fácilmente que habían empezado a converger. Vi que viajabas mucho y que yo menospreciaría la mayor parte de tu trabajo y desconfiaría de él, y que eres demasiado rico y eso me parecería inmoral, y que a ti mi agitación y mi activismo te resultarían irritantes, y que yo pensaría que tus negocios son una corrupción de la democracia, y que desde fuera no seríamos más que un cliché, el hombre mayor y la chica joven, pero, como personas, como seres humanos…, no creo que fuésemos tan distintos. Creo que… En realidad, creo que puede que seas una de las personas más cercanas que he tenido nunca en esta vida.
Aleksandr la mira con dureza.
—¿Y pensabas que todo eso te lo iba a dar otra persona?
Lili niega con la cabeza.
—No… No es eso. No va de eso.
—¿Quién fue, entonces? ¿Quién merecía todo esto?
—¡Nadie! —insiste—. Podría haber sido cualquiera, no es importante. Creo que… que fue porque sabía que era lo único que no me perdonarías.
—Y, aun así, ¿te presentas aquí a pedirme perdón?
—Ya lo sé —susurra—. Ya lo sé.
—No, no creo que lo sepas. No creo que tengas ni idea, ni puta idea de cómo suena todo esto para mí. Ni de cómo me sentí yo. Y ahora te presentas aquí diciendo gilipolleces sobre disculpas y errores, después de tres putas semanas. ¡Tres putas semanas! No contestaste ni a una sola llamada o mensaje; no tenía ni idea de dónde estabas hasta esta mañana. Así que no, no creo que tengas ni puta idea de cómo me he sentido yo.
—Intenté llamarte —susurra—. Unos días después. Pero… me habías bloqueado.
—¿Y se supone que eso tiene que importarme ahora?
—Sasha, yo… —Él se estremece. Las lágrimas se le atoran en la garganta; un nombre que ya no puede usar—. Lo siento, Aleksandr. Yo… no espero nada de ti ya, de verdad. Pero… lo siento mucho. Ya sé que ahora no sirve de mucho, pero…
—¿Dónde estabas? —la interrumpe.
Lili guarda silencio unos instantes, perpleja ante la pregunta inesperada.
—En Francia. Amina y Jamie ya tenían planificado el viaje y yo… Yo no estaba bien. Después de contárselo a Michael.
—A Michael —repite de malos modos—. ¿Por qué se lo contaste a Michael? ¿Por qué no hablaste conmigo cuando te llamé?
—Porque no te podía ni mirar a la cara —susurra—. Sé que fui una cobarde, pero… No sabía cómo mirarte después de lo que había hecho. Pero… pero estoy intentándolo ahora.
—¿Con qué fin? ¿Adónde podemos ir después de esto?
«A ninguna parte», piensa ella. «No hay adónde ir. Ha terminado. Lo que había entre nosotros ha terminado».
Suspira, derrotada.
—Me importas. Ya sé que no lo parece, pero es la verdad. Y pensé que te lo debía. Que merecías que te dijera lo que hice y por qué, aunque fuera un error. Que debía ayudarte a dejar esto atrás, si eso era lo que necesitabas. Si no habías pasado página ya.
—Que si he pasado página —repite Aleksandr, con la voz llena de rencor—. No, no he pasado la puta página. ¿Tienes idea de cómo ha sido para mí? ¿Yo, perdiendo la cabeza por una niñata de veintitrés años que decidió que se había cansado de su rollo y desapareció? Un idiota, Lili. Me has convertido en un idiota.
Se interrumpe, respirando con dificultad.
—¿Cómo… cómo ha sido para ti? —pregunta con cierta vacilación.
—¿Por qué? ¿Quieres una foto de los daños que has causado?
Lili se pone rígida. Las lágrimas asoman de nuevo a sus ojos exhaustos.
—No, eso no… Eso no es…
Aleksandr levanta la vista. Una fugaz suavidad —arrepentimiento— asoma en su mirada cuando la ve llorar. Se aprieta la rodilla con la mano, una sola vez.
—No tenía ni idea de qué había pasado —responde al cabo de unos instantes—. Al principio, pensé que debía de ser otra vez algo relacionado con tu familia. Ni se me pasó por la cabeza que pudiera tener que ver con nosotros; tu compañera de piso no parecía enfadada conmigo. Estaba tan confundida como yo. Y yo estaba… Dios, esos primeros días fueron un infierno, y no tenía ni idea de en qué se iba a convertir. No podía dormir. Salía a correr o seguía trabajando y miraba el móvil constantemente. ¡Constantemente! Pensando en ti, en si estarías bien, en si estarías a salvo. Así…, así fue para mí, al principio. —Aleksandr exhala con fuerza antes de continuar—. No hacía más que mirar al puto rincón en el que dejabas el puto cepillo de dientes, como un idiota. Como si me fuese a decir algo. No hacía más que buscar la gota que había derramado el vaso. Pensaba en la gala, me preguntaba si al final había sido demasiado. Cuando volvimos a casa, después, y follamos, me dio la sensación, por un momento, de que te pasaba algo, pero me dijiste que estabas bien. Y cuando luego te pregunté me contestaste que me habías echado de menos. —La incredulidad le retuerce la voz, como si estuviese asqueado consigo mismo por habérselo creído—. No tenía ningún hilo del que tirar, hasta que, de la nada, le dijiste a Michael que te habías follado a otro. Y ya está. Por lo que yo sabía, estabas feliz, joder.
—¿Le pareció a Michael que estaba feliz?
Aprieta los dientes.
—No. Pero cuesta saber qué piensas o qué sientes.
—Yo no soy la única —replica Lili.
Se da cuenta demasiado tarde de que ha sonado a reproche y, joder, no quería contestarle así.
Pero Aleksandr se limita a encogerse de hombros, como dándole la razón.
—Está bien. Supongo que en eso erramos los dos, a distintos niveles.
—Creo que tiene sentido —murmura—. Por qué éramos así, tan reservados. No lo digo como una justificación para lo que hice pero… Teniendo en cuenta nuestra infancia, lo que hemos vivido… Tiene sentido.
Aleksandr frunce el ceño.
—¿Mi infancia?
—Oh. Michael… Michael me contó una parte. Cuando intentó hablar conmigo.
—Vaya. —Aleksandr asiente—. Conoces mi pasado. Yo no sé casi nada del tuyo. Ahora veo que había muchas cosas que no sabía sobre ti. En realidad, todas las señales estaban ahí, si me hubiera molestado en buscarlas. En retrospectiva, es evidente que nunca estuviste interesada en esto de verdad.
—Eso no es verdad —insiste ella—. Tú tampoco fuiste muy abierto sobre tu pasado, ninguno de los dos lo fuimos.
—En fin, supongo que me gustaría saber ahora. Sobre ti, sobre tu familia.
—¿De verdad…, de verdad te importa?
Entorna la mirada.
—¿Tan mal sigues pensando de mí?
Aparta la vista, avergonzada.
—Ya conoces la historia a grandes rasgos —dice—. Creo que te conté bastante pronto que mis padres habían muerto en un accidente de coche. Cuando me preguntaste, la mañana después de mi cumpleaños, si iba a pasar el día con mi familia. Era muy pequeña cuando ocurrió; tenía seis años.
Se muerde la uña.
Podría dejarlo ahí: en los detalles sucintos, en los hechos objetivos.
Pero no quiere.
—A mí me habían dejado con la vecina de al lado —continúa Lili—. Me hacía de niñera a veces. Mi madre tenía que ir a echar un vistazo a los laboratorios, en la universidad, y mi padre quiso llevarla. Diana, nuestra vecina, estudiaba Bellas Artes y conocía a mi madre de la universidad. Siempre que me cuidaba pintábamos o hacíamos manualidades. Estaba pintando, y estaba feliz, y hacía sol. Recuerdo la sensación de la pintura seca en las manos. Era blanca, roja y rosa. La recuerdo también en mi pelo. Durante días. Después, pasé unas semanas en un hogar comunitario, hasta que me llevaron con mi familia de acogida, a Marin. Y allí fue donde me crie.
—¿Cómo eran? —pregunta Aleksandr—. Tus padres.
Su rostro es impasible, inescrutable. Pero la observa.
Ella baja la vista; se concentra en los cordones de sus zapatos.
—Brillantes, los dos. Mi padre trabajaba en una empresa tecnológica, en las estrategias de negocios. Había trabajado en Bain & Company mientras mi madre estudiaba su primer programa de posgrado. Ella estaba haciendo un doctorado en Física cuando… cuando tuvieron el accidente.
Revisitar esos recuerdos y comprobar lo borrosa que se ha tornado su memoria es como presionar un moratón. La sonrisa de su madre, la risa de su padre, y ella, su única hija.
—A ella…, a ella le encantaba el arte —prosigue—. La volvía loca. Decía que la ciencia y el arte se retroalimentaban, que no eran cosas separadas. Íbamos al SFMOMA juntas todo el tiempo. Me dejaba que la llevase yo a los cuadros que yo quisiera y escuchaba lo que yo quisiera decirle, todas las peroratas de una niña de cuatro o cinco años que miraba un Kandinsky o un Picasso y le hablaba de los pequeños personajes que veía. Luego íbamos a comer falafel cerca de Chinatown y a pasear por el Embarcadero. A veces nos encontrábamos con mi padre en el mercado de productos orgánicos. Si decidíamos volver dando un rodeo por Telegraph Hill, mi padre me ayudaba a intentar perseguir loros. Una vez, mi madre consiguió que uno se le posara en el brazo solo quedándose quieta, y mi padre la chinchó y le dijo que así parecía mucho menos divertido, y ella sonrió, satisfecha pero encantada.