Diez #4
La incertidumbre nunca le ha resultado cómoda.
«Precisamente, mucha de la cultura moral protestante emerge de la incertidumbre». El recuerdo de la voz de Kerr en el aula magna, en una de las primeras clases suyas a las que asistió, hacia el principio de la carrera. Sociología Económica, una asignatura de cuarto curso en la que se las había arreglado para matricularse. «Luchar contra la incertidumbre inherente en la predestinación, contra la angustia que provoca pensar en su propia salvación individual: esto es, probablemente, el aspecto más crucial del sistema de valores protestante que acabará secularizándose».
A su lado, se oían los bolígrafos al escribir sobre el papel; la gente tecleando en sus portátiles. Y, sin embargo, Lili era incapaz de despegar la mirada de Kerr, que daba la clase sin apuntes, como si la improvisara.
«Esta angustia por la predestinación está directamente relacionada con las angustias del capitalismo tardío. Parafraseando a Fromm, diremos que la necesidad psíquica más significativa de la estructura de carácter protestante es la necesidad de encontrar un alivio para esa inmensa angustia de la salvación. Esa necesidad psíquica persiste hoy en día, a pesar de que ya no nos preocupa la salvación o la vida después de la muerte, sino la deriva material de un mundo incierto.
»El trabajo se convierte, entonces —como sabemos que argüía Weber— en un acto de significación en respuesta a esa necesidad psíquica, en un intento de calmar esa angustia que no puede calmarse. Para Weber, los protestantes trabajaban con tanta disciplina porque a través del trabajo podían demostrar que se encontraban entre los elegidos de Dios, entre los salvados: la disciplina era una señal de salvación. Una forma de lidiar con la incertidumbre.
»Ahora, ese mismo tipo de angustia existencial es lo que mueve hoy en día a las sociedades capitalistas: engrasa los engranajes del capitalismo, como a todos os gusta decir. Hoy, en una sociedad secularizada, la mayoría de nosotros no creemos que vaya a haber un cielo cuando acabe todo esto, cuando se cierre el telón. Por lo tanto, lo que está en juego en el mundo terrenal es de suma importancia. El mundo es lo que hagamos de él. Y a pesar de que sí, tenemos más voluntad en nuestra estructura de valores dominantes de la que tenían los protestantes, seguimos sintiendo una angustia profundamente arraigada a la hora de lidiar con una incertidumbre que es profundamente irresoluble. Sí, ahí, en primera fila. ¿Marwan, era?».
Ella asintió y bajó la mano levantada. «¿No es una conclusión un poco forzada, profesor?», preguntó. «¿Trazar una línea tan directa entre las creencias religiosas y la cultura secular?».
«¿En qué sentido?».
«Parece… demasiado limpio. Traducir esa esperanza, esa tensión entre la duda fundamental y la certidumbre inalcanzable, a cómo vivimos hoy nuestra vida».
Kerr sonrió con amabilidad. «Si estás aquí, Marwan, en esta universidad, entendiendo el mundo académico como un trabajo, aunque pertenezca a las élites, es porque tienes esperanza, ¿no? De hacer de tu vida algo mejor, de intentar dar forma a esa incertidumbre ante lo que vaya a ser de tu vida».
Ella frunció el ceño. «Bueno, sí, pero eso es humano. La esperanza de tener algo más, la preocupación por lo que será de nuestra vida… Eso existe al margen de las angustias del capitalismo».
«¿Estás segura?», preguntó Kerr.
«¡Pues claro! O sea, con todos mis respetos, sí. Esa esperanza, lo de luchar contra la incertidumbre es parte de lo que significa ser humano. Eso no tiene que ver con la economía, tiene que ver con las personas».
«Ah, pero la economía tiene que ver con las personas», contestó. «Las fluctuaciones del mercado, el rendimiento de las acciones, el producto interior… Intentamos traducirlo en números, pero la economía, al final, trata de seres humanos. Es una expresión de lo que creemos, de lo que pensamos y de lo que sentimos, una acumulación de todas nuestras angustias y esperanzas. Toda nuestra teoría económica es un intento por trazar un mapa de nuestros deseos, nuestros anhelos y nuestros miedos, por transformarlos en algo lógico. Somos todos nosotros tratando constantemente de dar sentido al mundo. Un modo de convertir lo incierto en algo con lo que sí podemos luchar. Esos son los fundamentos de la economía, Marwan».
La incertidumbre.
Algo que siempre había sido difícil para ella, y que aun así le era tremendamente familiar. Presente en los meses posteriores a la muerte de sus padres, en las semanas que pasó en el hogar comunitario, al llegar a Marin, entre la niebla y las secuoyas, en sus años de acogida en la casita amarilla de Jane, donde nunca fue capaz de relajarse del todo. ¿Podría quedarse allí? ¿Era aquello su hogar? Frente a la incertidumbre, Lili siempre ha preferido inclinar ella misma la balanza, forzar una decisión para conseguir un resultado u otro, en lugar de quedarse suspendida en lo desconocido.
Y sin embargo, ahora hace lo opuesto. Ahora espera y deja que ocurra. Se siente casi a la deriva en esa ausencia de esperanza y expectativas: no tiene posibilidades de perderlo ni tampoco de tenerlo.
Él exhala —con dureza, con control— y Lili se estremece.
—Tres semanas —dice. El tráfico y los sonidos distantes se alejan cuando se concentra en él, cuando su voz pasa a un primer plano—. No he sabido dónde coño estabas, ni qué había pasado, en tres putas semanas.
—Lo sé —susurra—. Yo… Lo siento.
Son palabras insuficientes, pero ¿qué otra cosa le queda? ¿Qué otra cosa queda entre ella y él?
Aleksandr vuelve a suspirar, todavía con la mirada perdida en el parque.
«Irá a mejor», le dijeron sus amigos. Esas personas que se preocupan por ella, personas que vieron su dolor y no pudieron tocarlo —porque ella no les permitió tocarlo—, pero que aun así trataron de reconfortarla.
Él hizo las dos cosas, una vez. Hizo las dos cosas.
Y ahora, por fin, la mira.
Y, cuando su mirada encuentra la de él —dura, exhausta, carente de bondad ni de ternura para ella—, piensa otra vez: «No irá a mejor. Solo cambiará».
Ya está cambiando. Entre ellos dos.
Él desliza la mirada hacia su cuello. Los moratones no deben de haber salido todavía, pero la ha apretado con la fuerza suficiente para que todavía se vean las marcas que han dejado sus manos.
Y ve una chispa en sus ojos; algo que esconde de inmediato, pero que se ha visto con claridad.
Arrepentimiento.
¿Por haberla tocado o por haberla herido?
Lili se pone el pelo sobre el hombro para tapar las marcas. Se acurruca hacia delante, abrazándose de sus rodillas, y espera a que hable.
—¿Qué quieres? —le pregunta al fin—. ¿Para qué has venido en realidad?
«¿Por qué te fuiste?».
—Para disculparme —contesta.
Él se ríe sin alegría. El sonido la sobresalta.
—¿Por qué? ¿Por haber huido porque querías follarte a otra persona en lugar de romper conmigo antes, como habría hecho una persona adulta?
Lili frunce el ceño.
—¿Qué? No, eso no… No rompí contigo porque quisiera acostarme con otra persona, por Dios… No, no… —Se interrumpe y se frota la cara con las manos. Qué desastre, qué enorme es el desastre que ha causado—. No me había dado cuenta —empieza de nuevo—. De lo que era esto, de lo que significaba… De lo implicados que estábamos. No me di cuenta hasta el día de la gala, hasta que tú…, hasta que tú… Perdón. Joder.
Se limpia la cara, tratando de secarse las lágrimas que sigue derramando. Egoísta, le parece egoísta llorar delante de él.
Pero Aleksandr frunce el ceño; la mira con esa arruguita entre las cejas.
—¿Qué pasa con la gala?
—Cuando terminó —susurra—, cuando estábamos esperando el coche… Yo te estaba chinchando con tu ex, Nathalie, y tú dijiste… Tú dijiste, cuando te pregunté por qué se había terminado, que no era justo para ella. Que no le permitiste entrar en tu vida. En tu casa, en tus días, en tus pensamientos. Que no te veías casándote con ella, y yo… me asusté. Por lo que eso significaba, porque a mí sí me habías dejado entrar. Porque los dos nos habíamos dejado entrar en la vida del otro y…, me asusté mucho.
Él aprieta los dientes.
—¿Y por eso te fuiste a follarte a otro? ¿Te fuiste corriendo porque te di a entender que podría verme casándome contigo? ¿Tanto rechazo te causaba esa posibilidad?
—No, no me causaba ningún rechazo —admite Lili, abrazándose más fuerte a sus rodillas—. Lo quiero con todas mis fuerzas.
La tensa ira de su rostro se esfuma de un plumazo; su respuesta lo ha cogido desprevenido.
—¿Qué? —le pregunta con cautela—. ¿Qué quieres decir?
—Que quiero estar contigo tan desesperadamente que me pone enferma —susurra, con la voz rota—. El no tenerte, quiero decir. Me pone enferma. Y en el coche, después de la gala, cuando te tenía cogido de la mano, tú estabas hablando con Michael y Andrew, y yo te miraba la mano, en la que no llevabas la alianza y yo… Yo quería eso y no estaba preparada para tenerlo. Para la idea de ti y de mí, de construir una vida juntos, de que ya hubiéramos empezado a hacerlo. No esperaba que pasase, ni pretendía que pasase y fue… Simplemente, fue demasiado. Era demasiado que perder.
—¿Y eso era un problema para ti? —le pregunta con urgencia, con insistencia; con la mirada severa, herida—. Por el amor de Dios, ¿por qué coño no hablaste conmigo? ¿Por qué…? ¿Por qué coño…? —Se calla y deja caer la cabeza entre las manos.
Lili apenas puede respirar.
—Pregúntamelo —susurra, con las pestañas pegadas de tantas lágrimas—. Si es lo que quieres, te lo diré. Te diré todo lo que quieras saber.
Exhala con fuerza.
—¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué te fuiste en lugar de contarme todo esto?
—Para que tú no lo hicieras antes.
La mira a los ojos, con la frente arrugada en un gesto de confusión.
—¿Qué?
—Pensé que era más fácil hacerme daño yo misma, antes de que lo hicieras tú.
Resopla con frialdad; la sombra de una risa.
—¿Y no se te ocurrió que me harías daño a mí también?