Games Diez #3
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Diez #3

Lili sabe amar el dolor cuando sabe que no la dañará más allá de la piel, que no se colará muy adentro; cuando sabe que no dejará marcas que duren y que no se encontrará con el dolor verdadero que vive en su interior.

Sin embargo, esto está creando una nueva magulladura, una nueva herida. Esto no es inofensivo; lo que están haciendo es acariciar ese dolor y no ser capaces de soportarlo. Así es como se convertirán en personas distintas, cambiadas, en dos desconocidos el uno para el otro. Así es como se olvidarán de cómo huele la piel del otro, de cómo laten sus corazones.

«Te daré cualquier cosa de mi cuerpo —piensa—. Te daré más que eso, incluso, pero no creo que sigas deseándolo».

Un gemido frustrado y furioso se eleva en el pecho de él.

—Contéstame —exige—. ¿Qué más quieres de mí? ¿Cuándo vas a terminar conmigo de una puta vez? ¿Ahora? ¿Ya? ¿Vas a terminar ya?

La confusión la nubla; no se trata de lo que ella quiera de él, sino de lo que él quiera de ella.

—No, yo… Más —musita, desorientada ante el calor de él, ante su respiración entrecortada—. Puedo aguantar más.

A él se le tensan los hombros de golpe: le ha dado de nuevo la respuesta equivocada. La agarra del cuello, todavía con su pelo enredado entre los dedos, y le aprieta la cabeza contra la cama a la fuerza. Se oye un lloriqueo estrangulado —de ella, que resuena con suavidad entre los dos— cuando desliza de nuevo la mano bajo su ropa anterior y la descubre mojada.

—¿Es esto lo único que eres? —le pregunta él con voz ronca—. ¿Solo un cuerpo? ¿Algo que solo vale para follar? ¿Es esto lo único para lo que vales?

Empieza a fallarle la respiración. Siente la amenaza inmediata de la trascendencia de ese momento amargo, roto, dichosamente familiar: un alivio de todo lo que ella ha hecho, y de lo que es, y de lo que seguirá siendo. Podría empujarla hasta llevarla a la nada, hasta convertirla en nada, y quizá entonces podría por fin —¡por fin!— respirar.

Pero, de repente, una preocupación repentina se adueña de ella, un pensamiento de pánico: ¿es egoísta? ¿Es egoísta necesitar esto, desear esto, por el acto mismo, para encontrar alivio y consuelo, en lugar de soportarlo solo por él, de soportarlo sin pensar en ella?

—¡Contéstame! —repite él, apretándola más. Se le nubla la vista; una pregunta. Solo le ha hecho una pregunta—. ¿Solo eres esto?

Aguantándose las lágrimas, Lili intenta negar con la cabeza. Le duele el cuello, apenas es capaz de moverse, inmovilizada por su fuerza. Su cuerpo se resiste, tiembla y, con todo, lo único que intenta es retenerlo a él, tenerlo cerca.

—Aleksa… —Su nombre expira en su garganta; no es más que un susurro.

—Resístete, Lili —le pide con voz ronca, con la voz rota y cada vez más apremiante—. Resístete, joder.

Cuando empieza a perder la conciencia, le quita la mano del hombro y la deja sobre su antebrazo. Pero, con las últimas gotas de fuerza que le quedan, no le agarra la muñeca, no le pide que la estrangule más.

En lugar de eso, entrelaza los dedos con los suyos.

—Sasha…

De pronto, la presión que le atenazaba la tráquea desaparece, a la vez que desaparece el peso de él.

Ella empieza a toser de inmediato, tratando de coger aire mientras se pone de lado. Recupera la luz, aliviada, pero todo empieza a oscurecerse de nuevo enseguida, desvaneciéndose poco a poco. Mareada, trata de aferrarse a las mantas, trata de conservar el equilibrio. La sangre le palpita desbocada en las sienes, como si su cuerpo se estuviese reiniciando con jadeos y toses, con el ardor de sus pulmones y con su cuello magullado.

—Vete.

Y el impacto de esa palabra es tan desgarrador como si todas las últimas semanas se derrumbasen sobre ella, en un único instante.

—¿Qu… qué? —susurra.

Aleksandr está sentado en el borde de la cama con la cabeza entre las manos.

—Que te vayas. No puedo seguir haciendo esto. No puedo seguir con estos putos juegos.

Lili trata de tocarlo; el colchón se hunde bajo sus rodillas.

—Aleksan…

—¡Que te vayas!

Retroceden. Es un instante, pero es inmediato. El cuerpo de ella se aparta del de él, y a la inversa. Se repelen, heridos.

Lili se levanta de la cama a toda prisa. Se pone la ropa corriendo, tambaleándose, tratando de aferrarse a las pocas fuerzas que le quedan. No sabe cómo, pero consigue ponerse los zapatos, coger su bolso y salir corriendo del loft.

Ya está en la calle, fuera del edificio. Ha pasado corriendo sin mirar a Louis y ha abierto la puerta de un empujón. Coge una enorme bocanada de aire, inhala los ruidos urbanos de esa calle en concreto, de los repartidores, de las galerías, hasta que se le empieza a cortar el aliento, hasta que brotan las lágrimas, hasta que termina, total e irremediablemente, presa de un llanto incontenible.

Hay un pequeño parque unas manzanas más abajo, lleno de árboles verdes, palomas y adoquines. Lo cruzan varios hombres de negocios, hablando por teléfono. Lo cruzan mamás de Tribeca empujando cochecitos, y hay un par de adolescentes apoyados en un árbol, escuchando música, cada uno con un auricular.

Mientras busca un banco donde sentarse, se da cuenta de que tiene frío. Se ha olvidado el jersey. Cuando mira atrás, con las mejillas llenas de lágrimas, siente una fuente punzada de dolor en el cuello.

Se sienta y se apoya una mano en el pecho, intentando tratarse con amabilidad.

«Estás aquí —piensa—. Estás aquí».

El colapso de la esperanza, aunque lo merezca, es espantoso. Siente el horror con todo el cuerpo.

Lo que había entre ellos empezó en los últimos meses de primavera, en mayo. El verano empezaba a descender y a arrojar su resplandor sobre la ciudad. Había emoción, un sinfín de posibilidades, consecuencias casi inexistentes. Ahora, allí sentada, cuando el verano está llegando a su fin, todo lo ocurrido es como un aroma que flota de repente hasta ella, que le trae de vuelta todos los recuerdos.

Los niños corren por el parque, molestando a las palomas, que echan a volar para refugiarse en los árboles. El césped crece a parches, salpicado de tierra que asoma a través de las semillas que ha espolvoreado el departamento de parques. Una repentina carcajada hace que Lili se estremezca; son los dos críos apoyados en el árbol, sentados con las rodillas juntas, que están bromeando con algo.

Trata de aferrarse a lo que está por venir. Unos meses más, la graduación, la defensa de su tesis. Quizá entonces pueda irse de la ciudad, mudarse a otra parte. Posibilidades, planes, cosas desesperadas y sin sentido, pero ha de imaginarse una vida que siga adelante. Cometió un error —«¡Un error!», quiere gritar—, pero su intención no importa. Ya no.

Lili respira, una inhalación profunda interrumpida por sus sollozos. Le duele, pero necesita sentir los bordes de este dolor, necesita saber que vivirá después de él, que sabrá vivir con él dentro, y que al final podrá superarlo. Vivirá su vida tras las consecuencias de sus actos, pero no se convertirá en ellas. Le quedan muchos años por delante, y ese no puede ser un destino frío y oscuro para ella.

No puede serlo.

Necesita creer en ello. En que habrá otros lugares y otros cuerpos, y en que una vida plena la espera ahí fuera. Porque, de lo contrario, ¿qué le queda? Debe cultivar esa esperanza, la que le dice que habrá más cosas, que habrá un resplandor en su futuro, por pálido y desvaído que sea, que merecerá la pena tener. No será lo que deseaba —lo que aún desea, piensa, mientras llora en el banco—, pero habrá otros lugares para ella, al final, cuando logre dejar atrás las ruinas de sus errores. Aunque nada acabe de encajar, aunque nadie la toque nunca igual que la tocaba él.

Pero no… ¿no es eso mejor que no haberlo conocido nunca?

Le resulta difícil liberarse de ese miedo instintivo que siente, que está atrapado debajo de su piel: ese que la hace vivir perpetuamente preparada para un colapso, para que lo luminoso se torne oscuro, para que le arrebaten las cosas que quiere. Pero allí, sentada, con las lágrimas confluyendo en su mentón, se da cuenta de que ya no le queda energía para seguir viviendo preparada en todo momento para lo peor. Lo único que puede hacer es soltar, revelar un fondo cansado y pequeño, pero que está ahí. Ella sigue estando ahí. E incluso sentada allí, sobre las ruinas, no se siente como alguien a quien han dejado atrás, como le ha pasado siempre. La sensación es de soledad, sí, está sola —sola en el mundo, con sus dos pies, con sus dos manos y con un único aliento—, pero es algo que puede aceptar y no lo que acabará con ella.

Actos y elecciones, decisiones que ha tomado. Su voluntad, en todas ellas.

Y sí, fueron actos equivocados —elecciones erróneas—, pero al menos fueron cosas que ella hizo, y no cosas que le ocurrieron.

Oye unos pasos sobre los adoquines: alguien ha llegado al parque. Oye también el tráfico de la Sexta Avenida, un ruido de fondo tras ella.

—Lili.

Una voz conocida. Levanta la vista y se encuentra a Aleksandr ante ella.

Se le anegan los ojos en lágrimas al instante; debe de querer que se vaya del todo, que salga de su barrio; la ha seguido para asegurarse de que así sea.

—Lo siento, lo siento… —Se le rompe la voz mientras se seca las lágrimas a toda prisa—. Ya me voy, lo siento…

Él suspira, casi exhausto. Luego se sienta en el banco a su lado.

—Te has dejado el jersey.

Lili asiente, llevándose las rodillas al pecho. No lleva la prenda en la mano.

¿Por qué está aquí?

¿Por qué está aquí?

Se oye el ruido del viento al arrugar un periódico que se han dejado en el banco de al lado. Las palomas arrullan, correteando por el camino. Mientras el silencio se alarga entre los dos, lo mira.

Él no la está mirando a ella. Otea el parque, con los codos apoyados en las rodillas. Se ha puesto un jersey que antes no llevaba; tiene los hombros tensos. Los ojos ligeramente enrojecidos.

Lili arruga el ceño al darse cuenta, pero espera a que hable él.