Games Diez #2
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Diez #2

«Habla, hostia», se grita para sus adentros. «Habla de una puta vez».

Él tiene los dedos sobre la mesa, cerrados en un puño.

Lili dispone solo de este momento; luego desaparecerá.

—Yo no… —lo intenta otra vez—. No estoy haciendo esto bien. No busco nada de ti, pero pensé que merecías… No, más que eso, pensé que te debía… Aunque no es que esto sea una deuda… Dios, joder, lo siento… Lo que estoy tratando de…

—¿Qué haces aquí? —la interrumpe de repente.

Él casi nunca la interrumpía.

—Me gustaría disculparme —susurra.

Él resopla con aspereza. Se mira el reloj.

—Esto no me interesa —dice—. Tú no me interesas.

Lili siente un espasmo en la mano, sobre el mantel.

—¿No…, no quieres que hablemos de ello, o…?

—No quiero nada de ti.

Se estremece de nuevo. Un calor incómodo la anega: vergüenza, culpa, humillación. Y se lo merece todo.

Es egoísta; lo que alimenta su disculpa es sobre todo la fuerza de sus propios deseos. Sin embargo, ¿cuánto de su vida ha consistido en apartarse de lo que desea por miedo al dolor o a su pérdida? ¿No es, de algún modo, significativo que ahora se plante ante él y le diga —a Aleksandr Petrov, un hombre cuyo nombre uniría al suyo— lo importante que es para ella y lo asustada que estaba —que está— de perderlo?

No puede seguir siendo una persona que no permite que los demás se acerquen a ella.

—Lo siento —susurra—. Sé lo poco que significa eso, pero, aun así, me gustaría decirte lo mucho que lo siento.

—Esto es ridículo —masculla, apartando la vista.

Pero entonces, el mantel que mira con la visión nublada cobra nitidez de repente. Está decidida a luchar por esto.

—Cometí un error —contesta. Es estúpido y simple, pero es la verdad—. La cagué, lo sé. Y entonces también lo sabía. No estoy tratando de lavarme las manos. Pero… Esa noche, cuando me fui, no fue por ti…

Algo cambia de golpe en su rostro. Un instante demasiado tarde, Lili se da cuenta de cómo han sonado sus palabras. Se da cuenta justo cuando él se levanta y se saca la cartera del bolsillo del pecho.

—Espera, Aleksandr, por favor, eso no es lo que…

—¿Has terminado ya?

Lili hace un gesto de dolor.

—Lo estoy intentando —susurra, bajo el bullicio del restaurante—. Por favor… Ya sé que no me debes nada, lo sé, pero, por favor. Me estoy liando todo el tiempo, pero déjame explicarme, y luego… luego me iré y no… no tendrás que volver a verme, te lo prometo.

Aleksandr tira unos billetes sobre el mantel blanco.

—Está bien —accede con los dientes apretados—. ¿Eso es lo que quieres hacer? Pues vamos.

La anega un alivio que no la consuela del todo.

—¿Qué? —susurra.

—Ya me has oído —replica, alejándose de la mesa.

Lili se levanta de inmediato, sin poder creérselo, y lo sigue.

El coche está a la vuelta de la esquina, en Crosby.

—¿A la oficina, señor? —pregunta Richard desde el asiento del conductor cuando entra en el coche.

Se oye un fuerte golpe. Aleksandr ha cerrado de un portazo.

—No, a casa.

Richard asiente, mira por el retrovisor para echar un vistazo al tráfico… Y sonríe, sorprendido, al ver a Lili.

—¡Señorita Marwan! Me alegro de ver…

—Arranca —lo interrumpe Aleksandr.

Lili se muerde la lengua para contener su respuesta.

El coche se aleja de la esquina, deslizando las ruedas sobre los adoquines.

A su lado, Aleksandr guarda silencio y mira por la ventana, como si ella ni siquiera estuviera con él en el coche.

El trayecto es corto. Cinco minutos. La inquietud crece en la boca de su estómago.

Cuando entran en el vestíbulo del edificio, Louis reacciona de forma similar al verla: le da la bienvenida con afecto y sorpresa, y trata de saludarla alegremente al correr a sostenerle la puerta.

—¿… de vacaciones? No la habíamos visto…

Pero Aleksandr pasa por su lado sin hacerle ningún caso.

No mira atrás para ver si Lili lo sigue.

La luz del loft es fría. Las encimeras de la cocina están limpias y despejadas; solo hay una copia del Financial Times y un iPad. El frutero está vacío. En la mesa del salón hay dos copas. Restos de vino, cristal manchado de huellas.

Signos de que anoche aquí hubo otra persona. A Lili le sobrevienen más náuseas. Sanaë. Señales de cómo Sanaë debe de estar empezando a encajar en su hogar, en su vida.

Oye unos pasos y mira atrás. Aleksandr no está: ha desaparecido por el pasillo, en dirección al dormitorio.

Vacila, pero lo sigue.

Cuando entra, se está quitando la chaqueta del traje. La lanza sobre la cama, que está hecha. Lili trata de no fijarse en la mesita de noche, por si ve detalles de la presencia de otra mujer —coleteros, bálsamo de labios, libros empezados—, ni tampoco en el vestidor, por si hay ropa que no le pertenezca a él.

—Quítate la ropa.

Está junto a la ventana. La mira a los ojos con una expresión implacable.

Lili vacila.

Le da la sensación de que hay algo que está a punto de estropear.

Sin embargo, deja que su bolsa de tela se deslice por su brazo, que caiga al suelo con un suave golpe. Se oye el susurro de la cremallera cuando se desabrocha la falda; la seda cae suavemente a sus pies.

Lili le aguanta la mirada. Y allí… allí no ve nada para ella.

Nada que delate la familiaridad pasada, el afecto previo. Nada salvo dureza —un odio terso, una ira que crece—, como si, con cada prenda de ropa que se quita, él tuviera más ganas de hacerle daño.

Baja la vista y traga saliva para contener el pánico que le trepa por la garganta.

«Respira, Lili», piensa mientras se quita los zapatos. Un mantra utilizado en otro continente; ¿podría ayudarla a sobrevivir a esto también? ¿Al dolor de que la toque sin desearla?

Con manos temblorosas, se quita el jersey y la camiseta por la cabeza y, en ese momento de ceguera, él la coge del brazo y la atrae hacia sí.

Sorprendida, casi se tropieza con los zapatos que ha dejado en el suelo —«perdón»—; él le acaba de quitar el jersey y lo tira, desorientándola antes de hacerla sentir el calor —repentino, inesperado; una primera caricia directa sobre la piel— de su mano, tras metérsela en la ropa interior.

—No estás ni mojada —masculla entre dientes—. ¿Cuándo vas a dejar de malgastar mi tiempo?

Mueve los dedos contra ella, poniéndola de puntillas para llegar mejor. Aunque la toca con demasiada brusquedad, Lili siente como si se deshiciera el más tenso de los nudos. Inhala y se aferra a su camisa. Por instinto, su boca trata de encontrar la de él.

Un dolor repentino le abrasa el cuero cabelludo: Aleksandr le ha apartado la cara, tirándole con fuerza del pelo, para que no lo bese, y ella siente que algo va a explotar en su pecho —algo parecido a un sollozo— cuando contempla, aguantándose las lágrimas, la tensión de su mandíbula y el desprecio oscuro de sus ojos.

Escupe en el suelo, como si le diera asco besarla. Ella enrosca los dedos en su camisa.

—Muy bien —le espeta—. ¿Querías disculparte? ¿Arrodillarte y suplicar?

Ella vacila. Sin embargo, si esto es lo único que él le va a permitir, si esto es lo que quiere, si esto es lo que necesita de ella…

Lili asiente, a pesar de que casi no puede mover la cabeza, de lo fuerte que la tiene agarrada del pelo.

Nota de inmediato que ha sido una respuesta errónea.

Una chispa de dureza refulge en sus ojos. La obliga a arrodillarse, empujándola hacia abajo con la mano en la que se ha enrollado su melena.

—Venga, dime —la apremia, echándole la cabeza hacia atrás. La brusquedad del movimiento le hace daño en el cuello, y Lili contiene un siseo de dolor, pero, Dios, esa acometida familiar de dolor…—. ¿Cuándo me voy a librar de ti? ¿De esto, de recordarte? —Le cuesta respirar en esa postura. Lo intenta, si bien con dificultad, pero solo consigue que él le tire más fuerte del pelo—. Dilo con palabras —le espeta con desdén—. ¿No se te daban tan bien las palabras? ¿Eh? Dime, ¿qué tengo que hacer para librarme de ti?

Aunque es ella quien está de rodillas, es como si le estuviera suplicando. La fría indiferencia de que ha hecho gala en el restaurante ha desaparecido por completo, dejando solo un intenso odio en su mirada, como si llevase semanas fermentando, como si se lo estuviera comiendo vivo.

Aquí no va a encontrar perdón.

Solo odio y dolor; lo único que va a conseguir es ayudarlo a desangrarse, ayudarlo a terminar con ella de una vez por todas.

Lili le coge la mano que tiene en su pelo. Él se lo permite, aflojando en un instante de incertidumbre en el que ella aprovecha para llevársela al cuello.

No es solo odio lo que ve en sus ojos entonces. También hay dolor.

Pierde el control. La levanta y la tira en la cama. Ella coge aire de golpe, desorientada, pero, de repente, siente el cuerpo de él sobre el suyo, inmovilizándola, y su boca encuentra su piel.

Qué locura increíble y disparatada, que la esté tocando de nuevo, ¡que la esté tocando de nuevo! Siente la presión de sus labios sobre su cuello, sus dientes, que la arañan; ella arquea el cuello, abandonándose al fuego abrasador, al dolor atroz de ver cómo su cuerpo lo busca. No es capaz de tocarlo suficiente, él no parece capaz de besarla suficiente. Le baja los tirantes del sujetador mientras ella intenta quitarle la camisa —su boca encuentra sus clavículas, sus pechos—; él gime, con la mandíbula en tensión, de pura ira, como si su olor lo enfureciera.

—¿Has terminado conmigo de una puta vez? —Sus palabras le rasgan la piel. Lili intenta respirar, aceptar esa brusquedad que solía ser reconfortante—. ¿Has terminado?

«Puedo darle esto», se dice, temblando, tratando de mantenerse a flote. La ropa de él —la lana fina de sus pantalones, el algodón almidonado de su camisa— le rasca el cuerpo casi desnudo, y no quiere que pare de hacerle daño. Es egoísta, pero se aferra al peso de ese odio, al dolor físico, a cualquier cosa que pueda interpretar como deseo. Un ratito más.

Pero no es deseo; ahora no la toca con deseo: es un exorcismo, como si estuviese intentando limpiarse de ella.