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Mecanismo de salida

Sabe dónde encontrarlo.

Todavía es temprano; las calles del SoHo acaban de recibir la primera oleada de trabajadores que salen del metro, analistas y jóvenes empleados en las agencias del centro. Entre el ajetreado tráfico de Broadway, el personal de los restaurantes baja las provisiones a las bodegas.

Cuando Lili entra en el restaurante, ya se está empezando a llenar. El personal ataviado con delantales blancos se prodiga en sonrisas de bienvenida; las mesas están ocupadas con reuniones de primera hora con clientes, desayunos antes de ir al trabajo, huevos en cocotte y bloody maries —es viernes, al fin y al cabo— que salen de las cocinas. Los camareros charlan ante el atril de la entrada mientras la luz del sol se cuela por las ventanas. Ese toldo rojo, esas letras doradas. Hay varias personas esperando mesa; Lili trata de respirar de forma acompasada.

¿Qué está haciendo?

El maître acompaña a un grupo —abrigos ligeros de color camel; una conversación sobre contratos editoriales— a su banco. Lili escucha, a su alrededor, charlas sobre los planes para el fin de semana, aunque el jet lag no le permita enterarse bien de lo que dicen. Tiene los nervios alojados en el pecho, vivos, en la garganta. Le cortan la respiración. Se siente dividida entre la esperanza de que esté y la esperanza de que no.

«¿Crees que querrá escucharte?», le preguntó Jackie anoche.

Pidieron cena y comieron juntas en el sofá, después de que Lili se duchara tras el vuelo. Llevaba el pelo mojado suelto, sobre la sudadera. «No lo sé», contestó con sinceridad. Retorció los palillos entre los dedos. Mapo tofu vegano, pai huang gua: un picor reconfortante, la pimienta de Sichuan que le adormecía la lengua, pepinos machacados, extra de aceite con chili. De sus platos preferidos, a pesar de que la preocupación no le dejaba tener mucho apetito. «¿Estoy… ? ¿Estoy siendo egoísta?», preguntó.

Jackie frunció el ceño. «¿En qué sentido?».

«Por disculparme. Por ir a buscarlo, cuando me ha dejado claro que no quiere hablar conmigo. ¿Es egoísta que le pida que me escuche?».

«Solo se lo vas a pedir», respondió Jackie. «Se puede negar, amor. Es horrible, pero tiene esa opción».

Lili asintió, tensa, y se mordió el labio. «Sé que es… poco probable que contemple la posibilidad de perdonarme. O sea, tiene pinta de que está saliendo con alguien, por Dios… Pero no puedo evitarlo, quiero su perdón. Quiero ofrecerle la disculpa que merece, sí, pero… También tengo la esperanza de que, si la acepta, quiera volver conmigo. Joder, no lo sé. Es solo que me parece egoísta abordarlo así. Es como si estuviera poniendo el foco en mí, en lugar de en él».

«Me pregunto si, en realidad, se trata de eso —musitó Jackie—. O sea, si quizá ese egoísmo es parte de lo necesario para que una disculpa sea sincera. Que tú te muestres humilde ante él, de algún modo, que reconozcas lo que quieres y lo que hiciste y luego… le corresponda decidir a él. No lo digo en plan sexista, ni como un desequilibrio de poder tóxico, sino en el sentido de que, de algún modo, cuando le engañaste con otro, tú le quitaste a él todo el poder que tenía, fuera cual fuese el equilibrio que había en vuestra relación…, o como quieras llamarla. Le quitaste el poder de decisión, así que ahora se lo devuelves».

«Creo que siempre fui yo la que tuvo el poder en nuestra relación —murmura Lili—. Fue muy intensa, desde el principio, y él no es una persona fácil ni de lejos, y se crece con el control, pero… no conmigo. No más allá del sexo. Siempre me daba… espacio para decidir, o para dar forma a las cosas, ahora que lo pienso».

Jackie asintió. «Quizá de eso se trata. Quizá esa sea la parte que no es egoísta. Que te expliques, que te disculpes y luego aceptes lo que decida, sea lo que sea. Vas a luchar por la oportunidad de disculparte, pero no lucharás contra lo que decida».

«¿Y si…?». Movió los palillos en el tofu, ansiosa, entre la cebolleta y las semillas de sésamo. «¿Y si me dice que no?».

Su compañera de piso suspiró. «Eso también forma parte de no ser egoísta. Tendrás que vivir con ello. Tú quieres estar con él, con todas tus fuerzas, y se lo vas a dejar claro, pero… pero luego dejas de insistir. Dejas que quede en su mano».

Lili la escuchó y asintió. En el avión, se había mordido las uñas hasta las cutículas mientras le daba vueltas: era posible que él le dijera que no —era probable, de hecho— y ella tendría que vivir con ello. Con la dolorosa idea de que crecer implicase una pérdida, y no una ganancia.

«¿Cómo lo vas a hacer?», le preguntó Jackie, apoyándose en el respaldo del sofá. «¿Vas a…? No llamarlo, claro, pero ¿vas a ir a su casa?».

«No, hay un sitio al que le gusta ir a desayunar —murmura—. Voy a intentarlo ahí. En terreno neutral, más o menos. Para que pueda irse, si quiere».

Así pues, Balthazar.

—¿… para desayunar, señorita?

Mira al maître, que la mira expectante, con las cartas en la mano.

—Lo siento, sí, yo…

Tras el chico, el destello del cristal.

Lo ve primero en el espejo.

Es como un centro de gravedad para ella. En esa enorme estancia, que sigue pareciéndole demasiado intensa y fastuosa para desayunar, están los banquitos rojos, las paredes de color azafrán desvaído, los camareros poniendo las mesas y los clientes tomando el café, en una imagen de un salón comedor medio lleno, con el tintineo de la cocina y las risas de la calle, los enormes ventanales y la luz del sol reflejada en los enormes espejos de las paredes. Y ahí, él.

Aleksandr.

En uno de los sillones, cerca de la ventana. Una taza de café sobre un platito blanco. Un periódico, el Times. Un buen traje, el destello de los gemelos en las muñecas. Está concentrado leyendo. Una mañana de viernes.

Un hombre en una ciudad de millones.

El aliento contenido le atraviesa el cuerpo mientras lo mira. Disfruta de la intimidad de contemplarlo sin ser vista unos segundos más. En estos momentos previos a cuando la vea, casi podría quedarse quieta y creer que la está esperando a ella, casi podría imaginar que sonreiría al verla, que sigue siendo suyo.

—Lo siento —le responde Lili al maître—. He quedado con alguien. Gracias.

Casi no quiere verlo: el momento en el que se fije en ella.

«Esto ha sido una estupidez», empieza a pensar mientras se abre paso entre las mesas y el corazón le martillea en el interior del pecho. Trata de secarse las manos sudadas en la falda —se ha vestido con ropa sencilla, un jersey fino, todo negro, con la intención de estar cómoda— e intenta recordar las palabras que ensambló anoche mientras daba vueltas en la cama. «Piensa, Lili, piensa». Piensa en lo que le habría dicho cuando estaba en París, en el parque, y lo llamó por teléfono, y las cosas mudas que lloró durante semanas con la cabeza enterrada en la almohada, y piensa también en lo que tal vez le diga ahora, a este hombre que tal vez no le dedique ni una sola palabra, que tal vez se marche antes de que a ella le dé tiempo a abrir la boca, a este hombre que una vez la abrazó con fuerza mientras lloraba a sus padres presa de un dolor que llevaba años enquistado, que la empujó demasiado lejos para luego recogerla, este hombre que tal vez ya haya terminado con ella para siempre y tal vez la deje ahí plantada con nada salvo su indiferencia, su frialdad, y sus propias manos, vacías.

Las botas se le resbalan contra el suelo y está a punto de caerse.

—Joder —murmura.

La mirada oscura se levanta del periódico; su tropiezo ha llamado su atención. El mismo instinto que cuando un camarero pasa a toda velocidad por su lado con platos llenos o le deja sobre la mesa un café recién hecho.

Y, sin embargo, a quien ve es a ella.

Y oh, oh, el momento en el que la ve: inesperada, en ese restaurante; se le entreabren los labios en una expresión de perplejidad, y ella, en ese instante, ve las profundidades de sus ojos, su expresión abierta y descarnada, ve una mirada llena de tantas cosas —incredulidad, confusión, deseo— durante la fracción de segundo en el que los dos comparten una inhalación compartida. Pero, tras ese instante, su expresión se endurece, se cierra en banda con una intensa hostilidad, y sus dedos se tensan sobre el periódico.

Pero en ese instante, en ese fugaz momento, antes de que se haya cerrado en banda…

Ahí hay algo. Aunque ese algo no sea más que odio, y dolor, le indica que le importó una vez.

Que quizá, quizá, todavía le importe.

—Hola —saluda ella.

Habla en voz baja, con cierta torpeza, pero no con debilidad.

Él la mira fijamente.

Lili se aclara la garganta.

—¿Puedo sentarme? ¿Por favor?

Cierra el periódico de golpe y lo tira sobre la mesa.

—¿Te has perdido?

Ella se estremece. Su voz, que había oído por última vez en un mensaje de voz —ardiente de desesperación, «habla conmigo, joder»—, se ha tornado completamente fría.

—No, yo… —se interrumpe y mira al suelo.

Le tiembla el aliento, el pánico le para el corazón.

«Mírale —se dice con firmeza—. Mira lo que has hecho».

Mira lo que todavía deseas.

Se agarra con fuerza de su bolsa de tela.

—Me gustaría que hablásemos —le dice, mirándole a los ojos—. Si te parece bien.

—No tengo absolutamente nada que decirte —responde Aleksandr.

Su mirada es firme, intensa; está llena de odio.

Y el odio… Ella puede hacer algo con el odio.

—Ya, de acuerdo. —Asiente—. ¿Puedo… puedo entonces decir algo yo?

No le responde, pero tampoco se niega.

Y ella se aferra a esa ausencia de rechazo. Se sienta y echa un vistazo al restaurante, cada vez más ajetreado. Tiene el estómago vacío y revuelto, lleno de recuerdos de la última vez que estuvieron allí, de la calidez de los momentos de vidas pasadas.

—No pretendía… —Se le rompe la voz, titubea—. No, joder, lo siento, lo que quiero decir…, lo que quiero… Yo…

Palabras torpes otra vez. Su expresión es gélida, y ella no sabe interpretarla.