Nueve #18
—Es solo que… no estoy acostumbrada a abrirme con nadie —susurra. Le cuesta; es como si estuviese soltando unas gotitas de aire de una botella de oxígeno que la ha mantenido con vida, pero que quizá también la haya estado asfixiando—. Supongo que nunca he sentido, o he visto, que eso acabe bien. Abrirme con la gente. Depender de ellos.
—¿Te refieres a tu infancia? —pregunta Jamie.
Lili traga saliva.
—Sí —susurra—. Sí. —Se enjuga los ojos húmedos con el dorso de la mano—. De todos modos, mirad adónde me ha llevado esto. Con él también me cerraba, pero consiguió entrar igual. —Se queda con la mirada fija en el techo, tocando nerviosa los dedos de Amina, que todavía le está dando la mano—. Consiguió entrar igual.
Al cabo de unos segundos de silencio —casi agradable, mientras está con ellos en la cama, vulnerable por una vez—, Amina vuelve a hablar.
—Ya sé que tu infancia no fue… genial. —Lili se pone tensa; es lo habitual. Jamie se da cuenta y le acaricia la espalda para tranquilizarla—. En una casa de acogida, en un limbo permanente… Y sé que perder a tus padres tan joven debe de causar el peor dolor imaginable. No soy capaz de imaginarme el dolor de una pérdida así, y esto lo digo por los dos —añade, mirando a Jamie—. Quizá un día quieras hablarme más sobre ello… No, no te preocupes. No te estoy pidiendo que lo hagas ahora, Li. No tienes por qué darnos eso ahora. Pero tienes que saber que no vamos a huir si nos cuentas cosas horribles o dolorosas.
—Siento que es una carga —confiesa—. Y no quiero cargaros con eso…, conmigo. No quiero arriesgarme a perderos.
«Preferiría desaparecer en el interior de mí misma antes que perderos», piensa.
—No es ninguna carga —insiste Amina con vehemencia. Aprieta la mano de Lili—. No nos vas a perder, Lili. Tenernos, abrirte con nosotros, no significa que nos vayas a perder. No hay muchas cosas que puedas hacer para perderme. Aunque a veces no esté de acuerdo con tus decisiones, aunque a veces, si te soy sincera, no me caigas bien… Hasta entonces te quiero. Eso no va a cambiar.
Lili niega con la cabeza.
—No sé si merezco eso —admite.
—Pero de eso se trata —dice Jamie. Sorprendida, acurrucada junto a él, se vuelve un poco para mirarlo. Atisba tras él el ramito de jazmín que dejó hace unas noches—. De eso se trata, Li. Si fuera cuestión de lo que merecemos, pues joder, vaya suerte de mierda tenemos todos, ¿no? No nos merecemos las cosas malas que nos pasan. Ni de coña nos merecíamos que murieran nuestros padres, ¿no? Y eso significa que las buenas tampoco tenemos que ganárnoslas. La vida no funciona así. No puede funcionar así.
Lili asiente sin convicción. Trata de creerlo.
—¿Qué vas a hacer ahora? —le pregunta James.
Ella exhala un pesado suspiro.
—Pasar página. Está con otra persona, y yo… he de permitírselo. Después de lo que hice…
Cometió un error terrible —y siente una vergüenza que sí merece—, pero tiene que vivir con ello.
Ella ya era ella antes de él, y lo será también después.
Ha de creerlo. Es el único modo de seguir adelante: creer que este dolor es solo el principio, que hay una vida para ella más allá de él, que habrá un día en el que habrá dejado de dolerle respirar, que las sombras de esa felicidad que se transformó en dolor irán difuminándose, perdiendo intensidad.
«He de olvidarte».
Y es difícil, pero respira, y seguirá respirando.
Cada vez que inhale, avanzará un poco hacia lo que hay después. Hacia el resto de su vida.
Los días siguientes van haciendo el equipaje. Pasan tiempo en el barco, disfrutan de cenas perezosas en casa. Van doblando ropa y metiéndola en la maleta, ponen lavadoras, sacan la arena que se les ha quedado en los zapatos.
Por las noches, Lili contempla el mar tras nadar en la piscina. Se lo imagina con Sanaë. Se imagina la suma de todos los recuerdos que comparte con él desvaneciéndose; empieza a permitir esa sobreexposición gradual de momentos hasta que se borren por completo.
A su lado, en la piscina, James y Amina hacen planes para cuando estén de vuelta en Nueva York: quieren organizar una cena todos juntos. James se ríe de algo que han mandado al chat. Los cubitos de hielo repiquetean cuando se termina la copa de prosecco. El cielo inmenso se oscurece sobre ellos y, a lo largo de la costa, los pueblos parpadean.
A la mañana siguiente, mientras se dirigen hacia Marsella, mira por la ventana. Baja el cristal para que entre la brisa cálida y deja que la luz del sol descanse sobre su rostro. Mientras conduce, Amina va mirando a Lili de vez en cuando, para asegurarse de que esté bien. En un momento dado, le pone una mano sobre la rodilla, y Lili se la coge y se la estrecha.
Con el vuelo a París no hay complicaciones. Es una aerolínea de bajo coste con asientos de vivo azul. Sin embargo, como añadieron a Lili al viaje en el último momento, no tienen el mismo vuelo de vuelta a Nueva York.
—¿Seguro que no quieres cambiármelo? —le pregunta Amina—. A mí no me importa volver en el tuyo, lo único que voy a hacer es dormir. O también te lo puede cambiar Jamie, lo que prefieras.
Lili niega con la cabeza y los abraza.
—No hace falta. Nos vemos al llegar.
Cuando sus amigos se han ido a su puerta de embarque, Lili pasea por la terminal. Se queda mirando el panel de salidas y observa los cambios que se van produciendo. Es algo que antes le encantaba: mirar los incontables vuelos que salían de un aeropuerto. Las posibilidades, las promesas de algo más; la posibilidad de que tal vez, en algún sitio, lo encontrase. Todo lo que sentía que le faltaba, y lo que había perdido. Ahora, levanta la vista y observa el sinfín de ciudades, de horas de salida, de vuelos que despegan y vuelos que aterrizan. Observa todos los lugares a los que podría ir, todas las vidas posibles.
No quiere ninguna.
Cierra los ojos y trata de apartar el pensamiento, pero ahora que está ahí, ante todas esas opciones, no hay nada más.
Solo lo quiere a él, a Aleksandr y la vida que podría haber tenido con él.
A su alrededor, oye un sinfín de lenguas entre los viajeros que están de paso. El consuelo de lo temporal, de la transitoriedad, del desarraigo… ha dejado de ser un consuelo. Dublín, Reikiavik, El Cairo, Río, Ámsterdam: todo ese potencial gris no tiene ya ningún significado para ella, carece de cualquier posible sentido de hogar. Cientos de ciudades distintas, cientos de caminos despejados, y no quiere ninguno, porque solo hay un lugar para el que quiere calcular la ruta, y…, está llorando. Está llorando sola en la terminal de salidas de Charles de Gaulle.
Puede ir a cualquier parte, salvo al único lugar al que desea ir.
Y entonces siente cómo se fracturan las últimas esquirlas de su corazón roto.
Susurros de una voz grave y áspera; una mano cálida que la cogía del rostro para hacer que lo mirase.
«Es dolor, Lili. Y el dolor termina».
Termina, pero solo cuando cambia. Cuando se convierte en una magulladura, en una cicatriz que puedes acariciar con el dedo, en una franja plateada y desvaída sobre la que otros te preguntarán en las dulces mañanas en la cama.
Pero ella no desea solo su dolor.
Desea su alegría, y los momentos de paz, y las risas, y las sonrisas de verdad, y las conversaciones que hacían que tuviera ganas de gritarle mientras él se limitaba a sonreír, y aquellas noches que él pasaba dentro del cuerpo de ella y le hacía sentir que estaba hecha de placer y era capaz de soportar su propio dolor, y aquellas mañanas en las que madrugaba para coger un vuelo pero aún se detenía un instante a besarla, y las noches en las que le preparaba la cena, y le servía vino, le contaba todo lo que estaba pensando, y a cambio escuchaba con atención todo lo que pensaba ella. Y ella no está de acuerdo ni con la mitad de lo que cree, ni con lo que representa, pero desea escucharlo de todos modos. Desea escuchar sus esperanzas, y sus pensamientos, y sus sueños, y desea dárselos si puede. Desea estar ahí cuando se marche y desea que él esté cuando ella vuelva.
Y si existe una posibilidad —cualquier posibilidad, por remota que sea, de que su disculpa signifique algo para él, aunque sea solo para que la rechace, para que le permita cerrar su historia con una negativa final—, la necesita. Necesita ofrecérsela de corazón —con las manos abiertas, con los pies firmes—, por primera y última vez.
No merece su perdón, pero cuánto lo desea.
Lili desbloquea su teléfono con dedos temblorosos y busca el contacto de Amina.
—¡Hola! —Oye los anuncios del aeropuerto a través del móvil—. ¿Qué pasa, amor? ¿Has cambiado de opinión? Nos quedan aún treinta minutos para embarcar, todavía podemos…
Un sollozo le trepa por la garganta.
—No puedo hacer esto —confiesa—. Ami, no puedo, no puedo hacerlo. No puedo olvidarlo. Necesito… —Entierra la cara entre las manos. A su alrededor, movimiento, luz, cambios. Corrientes de vida, posibilidades abiertas ante ella, y esto es lo que quiere elegir—. Lo echo de menos —susurra—. Lo echo de menos, lo echo mucho, muchísimo de menos y… No puedo hacerlo. No puedo. No puedo olvidarlo.