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Nueve #17

Acelera, el pulso le martillea más fuerte, los pies corren más rápido, como si todo el pánico que sentía estuviera por fin campando a sus anchas, causando estragos en sus pulmones; los latidos de su corazón rabioso se aceleran con la sensación de abandono. Escapa, escapa del fuego atroz de sus propias decisiones, que le pisan los talones. Sus propias decisiones.

Cuando lo piensa, la ira la golpea de nuevo, con fuerza, con saña. Ira contra sí misma; ahora lo ve con claridad. Por haberlo perdido, por la forma de lo que casi tuvo, lo que estaban construyendo, lo que podría haber sido suyo. Ira es una palabra que se queda corta para la emoción abrasadora y sin rumbo que está atrapada bajo su piel caliente y sudada. Eso lo hizo ella, eso se lo hizo ella a sí misma, y ahora la puerta se ha cerrado y él ya no está.

La sobreviene una oleada de náuseas, tan fuerte que casi la tumba. Consigue llegar a un lado de la carretera antes de vomitar.

Pone las manos en las rodillas mientras sufre las arcadas vacías, las acometidas desesperadas de su estómago. No tiene nada que dar, nada que vomitar. El ardor ácido del café sube por su garganta porque no está comiendo, casi no toca la comida.

Tiene las palmas de las manos frías y sudadas. Un grito le araña el interior del pecho; el sollozo más profundo de todos, el que lleva semanas tratando de reprimir.

«No me veía casándome con ella».

Porque, un día, ella también será una mujer sobre la que dirá eso. Quizá ya lo sea.

Recuerda la conmoción que sufrió bajo la lluvia de Nueva York, por la noche, después de la gala. Las palabras casuales de él, mientras ella llevaba la chaqueta de su traje sobre los hombros. Recuerda cómo cogió su mano entre las dos suyas, en el coche, aguantando, incapaz de creerlo, incapaz de verlo como nada más que un daño potencial, una catástrofe inevitable que la esperaba: tuvo la certeza de que él le daría eso para quitárselo después, de que estaría con ella para luego abandonarla. De que terminaría aún peor por haber pensado nunca que algún día podría tenerlo, por dejar que los días se convirtieran en años, por haber pensado que podría merecerse ese tipo de felicidad que echa raíces, que se convierte en algo real.

Ahora, inclinada en un lado de una carretera de un país extranjero, temblando con violencia, le parte el corazón. Porque ahora se da cuenta, ahora ve que sí, que se lo merecía: la felicidad y a él. Se lo merecía y lo dejó escapar, lo apartó con las dos manos, de un empujón, causándole esa clase de dolor que nadie debería soportar. Y se pregunta: ¿te cambia eso de forma irrevocable? ¿La cambiará haber herido a alguien para quien quería serlo todo, que podría haberse convertido —que se estaba convirtiendo— en todo para ella? Siente el miedo inmenso, la esperanza aterradora de esa posibilidad que ella ha destruido con sus propios actos.

Sus actos.

Él es un hombre que habla, y que habla bien —que habló con ella durante horas, sobre sus pensamientos y sobre libros y sobre ideas y argumentos, sobre teorías y contradicciones y temas de acalorado debate—, pero, más que eso, es un hombre que actúa. Que le dejó las llaves en el bolso, que la llevó a un museo vacío para que solo estuvieran ellos dos, que le abrió las puertas de su casa y reorganizó sus horarios para verla. «Vuelvo mañana por la noche». Un cepillo de dientes en su cuarto de baño; una Polaroid en su cartera.

Habrían llegado a eso, piensa ella. Ya estaban llegando, los contornos de sus vidas empezaban a mezclarse, a cambiar para acomodarse, a crecer hacia una vida compartida. Y ahora, en cambio, él la tendrá con otra persona.

Lili empieza a vomitar otra vez. Esta vez, sí expulsa bilis.

Le cuesta respirar, pero lo ve claro, por fin lo ve claro. A pesar de que las mismas lágrimas que le humedecen las mejillas le nublan la vista, lo ve: él ya la está dejando atrás y un día, dentro de poco, habrá desaparecido del todo. Ella será una persona que lo conoció un día y él será una persona que la conoció un día, pero ya no, no en realidad. Porque se convertirán en personas diferentes, mutiladas por lo que ella hizo, sí, pero también, simplemente, cambiadas por sus respectivas vidas, que continuarán por separado. Habrá momentos que navegarán el uno sin el otro, días malos que no conocerán, instantes de felicidad no compartida.

El sol es abrasador y cegador; el zumbido de los insectos es opresivo, como opresiva es la hierba seca, los olivos que la rodean. Lili trata de respirar a pesar de la punzada de dolor de su costado. Se le nubla la vista cuando la esperanza muda que llevaba consigo, guardada con celo, se derrumba por fin.

Lo desea. Lo desea con todas sus fuerzas, pero debe olvidarlo.

Así que esto es tener el corazón roto.

Y también es una liberación.

Ha de pasar página. Él ya lo ha hecho.

Y quizá, algún día, en alguna parte, lo volverá a ver. Al otro lado de una sala, al otro lado de la calle. Cruzarán una mirada, sin hablar, y el mundo seguirá girando a su alrededor mientras ellos contienen el aliento unos instantes.

Y luego él se marchará.

Allí ya no queda nada para ellos.

Ya no queda nada entre sus dos cuerpos.

Llama a la puerta de su dormitorio.

—¡Adelante!

Sus amigos están despatarrados en la cama, escondiéndose del calor abrasador de la tarde. Amina está dibujando mientras James lee apoyado en el cabezal.

—Hola —saluda Lili. Les enseña la bolsa de papel que lleva en la mano. Aún quedaban algunas pastas en la panadería—. He comprado unas pastas y un poco de pan. ¿Para cenar, quizá? Es que he pensado que igual…

—Ay, amor —murmura Amina cuando ella empieza a llorar otra vez—. Ven aquí…

Se acurruca entre los brazos de Amina, que le murmura cosas en el pelo, mientras Jamie le acaricia la espalda. Sus amigos la abrazan mientras ella llora.

En la distancia, oye el viento por entre los árboles. A través de la ventana, puede ver el mar.

—Intenté llamarle —admite cuando logra volver a hablar. Tumbada entre sus dos amigos, se siente lo bastante segura para confesarlo—. Cuando estábamos en París. Yo… quería disculparme, ver si estaba dispuesto a escucharme. Pero había bloqueado mi número.

—Joder —dice James en voz baja.

—No pasa nada… —murmura—. Entiendo por qué lo ha hecho. No lo culpo, después de…, después de lo que hice yo.

Amina le acaricia el pelo, vacilante.

—Lili… ¿Por qué…, por qué lo hiciste?

Es instantánea la acometida de la vergüenza. Sin embargo, la recibe, la acepta.

—Para que no lo hiciera él antes. Pensé que era inevitable que él… Que me dejara antes. O que me hiciera daño antes. No lo sé, igual fue porque… Ya no importa, sea como sea, es…

Algo que pasó. Momentos que se convierten en recuerdo.

—Y a vosotros dos… —prosigue Lili—. Lo siento, de verdad, lo siento muchísimo. Siento haberme comportado así, haberos estropeado el viaje siendo tan egoísta. Lo siento mucho. Es que no sabía… No sé cómo…

—Ya está —murmura Amina, abrazándola con fuerza—. No es egoísta estar sufriendo, Lili. Es solo que…

Lili levanta la vista y la mira.

—¿Qué? —pregunta, temerosa, preparándose para lo peor.

Amina suspira.

—Pues que es un asco, Lili. La distancia que has impuesto entre tú y los demás. No solo ahora, durante estas últimas semanas, si te digo la verdad… Siempre, un poco. Ya sé que no es el mejor momento para decirte esto…

—No, no —insiste Lili en voz baja—. Puedo soportarlo.

Eso parece tranquilizar a su amiga, que continúa:

—Me da la sensación de que sé muchas cosas sobre ti. —Habla en voz baja, pero rápido, acelerada, como si estuviera nerviosa por dar voz a una opinión que llevaba un tiempo guardándose, algo muy poco propio de Amina—. De que sé todas esas pequeñas cosas que son importantes en la superficie. Eres una de mis mejores amigas en el mundo entero, puedo ver cualquier cosa… Lo que sea: un titular, una película, una conversación cualquiera en el tren, y sabría exactamente lo que tú dirías, y con qué tono de voz y cómo se te arrugaría la nariz o cómo te reirías mientras lo dices. Pero nunca… nunca te has abierto con nosotros de verdad. Sí, sé que te encanta tomar vino de Madeira al final de una noche de fiesta, como un viejo, y sé que eres incapaz de dormir con los calcetines puestos, que te encantan las peonías y que cuando cocinamos para ti cuando estás tan estresada con el trabajo o con los exámenes que casi no puedes ni hablar te sientes cuidada, pero nunca nos pides que lo hagamos. Y tú… tú lo sabes todo sobre mí. Sabes cómo fue mi infancia, lo que quiero hacer con mi vida, mis sueños más vergonzosos y disparatados… Pero tú nunca te abres con nosotros igual, a cambio. Yo no sé ninguna de esas cosas. Si lo pienso, no las sé. Cuando se trata de las partes más oscuras, las dolorosas, mantienes siempre una distancia. No las compartes con nosotros. Ni siquiera nos quisiste contar que te estabas enamorando…

Lili siente de nuevo el escozor de las lágrimas, pero no la interrumpe.

—Y no dudo de que nos quieras —prosigue Amina—. No lo dudo, te lo prometo. Es solo que… me gustaría que confiaras en nosotros tanto como nos quieres. Me gustaría que dejaras de mantenernos a una distancia de seguridad.

—Sí que confío en vosotros —protesta con un hilo de voz.

—Lili… —Amina se interrumpe para elegir sus palabras con cuidado—. Me refiero a confiar en que nosotros no te haremos daño.

Lili se queda en silencio. Siente la reacción habitual a ser vista tan de cerca: ponerse la coraza, levantar sus muros. Pero, en lugar de aferrarse a ese instinto —en lugar de echar a correr, de huir de ello—, decide soltarlo. Decide permitir que parte de lo que la ha hecho derrumbarse en la carretera, de lo que ha provocado que se hunda de ese modo al verlo en la fotografía de la revista, se filtre un poco también aquí. Si se ha derrumbado, se ha derrumbado: tendrá que construir algo nuevo.