Games Nueve #16
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Nueve #16

—Santo Dios, tiene pinta de haber sido insufrible… Oh, Meredith estaba guapa, pero mirad a William, tiene ganas de morirse. La voy a enmarcar… Aunque la subasta silenciosa tenía algunas obras muy buenas, mirad ese Frankenthaler… Espera, no, no he dicho nada… Espera, no, Lili, no…

Pero ella ya le ha quitado la revista. Ha reconocido el rostro que aparece en la página.

Se ha pasado semanas, semanas enteras, pensando en él, atrapada en un estado de recuerdo y represión constantes, y, de algún modo, ver a Aleksandr es un jarro de agua fría de todos modos.

Cuando lo mira —en una fotografía satinada, en una fiesta oscura, ante un flash brillante— se le corta el aliento. No cree que hubiera entendido de verdad lo que era el anhelo, lo que era esa agonía que te agarrota los músculos, hasta ese momento. Lili lo mira con ansias; no había visto su rostro desde que borró la Polaroid de su móvil, mientras volvía a Brooklyn, y ahora aquí lo tiene.

Alto, con la espalda ancha, esbelto, con su pelo negro y sus rasgos patricios, familiar, tan familiar… Pómulos altos, nariz recta, la forma de su mandíbula, la sombra de barba y la boca… Una boca que conoce curvada en forma de sonrisa, y ella sabe lo que es que esos labios le rocen la piel. Y los ojos oscuros e inteligentes, mirando a algún lugar fuera del plano enfrascado en alguna conversación, esa mirada que para ella se había convertido en algo íntimo, como el sonido de su propia respiración al despertar, una calma que es necesaria y preciosa.

Se le ve saludable y bien descansado. Nada apunta a que esté exhausto, a que pase las noches en vela —es lo que debería querer para él, que no esté herido, que esté ileso—; de hecho, está guapo, increíblemente guapo. ¿En qué momento se acostumbró ella a esa belleza? ¿Cuando se quedaba dormida a su lado? ¿Cuando era lo primero que veía cada puta mañana? ¿Se acostumbró entonces a lo guapo, a lo hermoso que era?

Lleva un traje oscuro, sin corbata. Los primeros botones de la camisa están abiertos, como siempre, costumbres que ahora intenta recordar; hasta la más pequeña de ellas, como si eso demostrara que, de algún modo sigue siendo suyo, porque con él…, de su brazo, con una sonrisa, con él…

Una mujer. Es alta, y es hermosa, y no es Lili.

Es casi tan alta como él, y cercana a su edad. Es despampanante: un atractivo absurdo, elegante, incluso congelada en una página. Solo es unos centímetros más baja que Aleksandr, ella sí que podría verlo todo casi desde su misma perspectiva. Melena castaña y brillante, pómulos marcados, sonrisa radiante y ojos amables y brillantes. Ella también está hablando con alguien que no aparece en la foto, y su postura está orientada hacia Aleksandr. Se siente cómoda con él, lo sabe por cómo descansa el brazo en la curva de su codo, por cómo le pone la palma de la mano sobre el pecho. Una postura íntima, y qué buena pareja hacen, ella, con ese pelo tan lustroso y ese vestido elegante, y él con su traje perfecto y a medida, y sus ojos oscuros, y su mano apoyada en la parte baja de su espalda, atrayéndola hacia su costado.

El corazón de Lili arde con una violencia repentina. Como rociado en gasolina, y prendido al instante.

Lee el pie de foto con avidez. «Aleksandr Petrov, CEO de BlackRiver»… No, eso ya lo sabe, lo conoce, ¡lo conoce!; pasa a lo siguiente: «Sanaë Huang, reputada abogada británica…, especializada en derecho internacional y derechos humanos; casos que han sentado precedente, representa con frecuencia a víctimas de genocidio y atrocidades masivas ante la Corte Penal Internacional…, asesora principal de enviados especiales, condenas históricas, una labor filantrópica prodigiosa…». Las letras se acaban convirtiendo en un borrón de impresionantes méritos, zonas de guerra y cuerpos internacionales.

—Lili. —Es Amina—. Lili, no…

Se pone de pie, apartando la silla, y sale corriendo de la casa, golpeando los escalones de piedras con los pies descalzos. Pasa la piscina; oye a sus amigos gritando su nombre mientras corre dando tumbos por el huerto de árboles frutales.

«Respira, Lili», se dice una y otra vez; nota la corteza caliente de un árbol bajo la mano. «Respira, vamos, respira».

Un minuto. Solo necesita un minuto.

—¡Lili! —Es James.

Cierra los ojos y apoya la frente contra el tronco de un árbol.

—Estoy bien —dice—. Solo necesito un minuto.

—No significa nada —insiste—. Nadie lleva a gente con la que se está viendo de verdad a ese tipo de fiestas, a no ser que estén casados o algo así. Como hicimos tú y yo hace unas semanas, es muy común…

—Deberíamos ponernos en marcha antes de que el calor apriete demasiado.

James frunce el ceño.

—¿Qué?

—Para ir al nacimiento. —Tenían pensado ir a los pueblos del macizo de Luberon y visitar el nacimiento del Sorgues—. Antes de que llegue todo el mundo. Por la tarde habrá demasiada gente.

—No hablarás en serio…

—En serio, está bien, solo necesito un segundo.

—Está bien, Jamie —salta Amina, que se encuentra detrás de él—. ¿No la ves? Está de puta madre, como siempre.

Lili se pone rígida.

—Estoy bien, en serio.

Amina se echa a reír, un sonido duro y retorcido.

—Genial, ¿no lo ves? La pequeña Lili no necesita a nadie.

Se estremece al oír el término cariñoso; se aferra al árbol con más fuerza.

—Entiendo que lo estás pasando mal —continúa Amina—. Lo entiendo de verdad, joder, y me duele verte así, pensándote que puedes fingir que no pasa nada, pero estás… ¡Te estás comportando como si él te hubiera hecho daño a ti! ¡Y fuiste tú, fue una puta decisión que tomaste tú! ¡Tú decidiste apartarlo así, hacerle daño a él!

—Ya lo sé —susurra Lili—. Pero, Ami, tú no sabes lo que pasó…

—¡Pues claro que no sé lo que pasó! —grita—. ¡Porque no nos cuentas nada! ¡Te has cerrado en banda completamente! ¡Y ahora le estás rompiendo el corazón a todo el mundo, como si lo que tú hicieras no nos afectara! Pues nos duele, Lili, joder, nos duele de verdad.

Lili cierra los ojos con fuerza.

—Amina, por favor…

—No. ¡No! Necesitas escuchar esto. Y lo vas a escuchar, quieras o no. Es muy jodido lo que hiciste, ¿me oyes? Es muy jodido que le hicieras ese daño a alguien a quien le importabas.

—Ya lo sé —susurra ella, mirando al árbol—. Ya lo sé.

Su amiga suelta un grito cargado de frustración.

—¡Por el amor de Dios, Lili! ¡Enfádate, haz algo de una puta vez! ¡Discute, o habla conmigo! Pero deja ya… ¡Esta nada! ¡Te estás matando!

—Estoy bien —repite; una mentira que puede convertir en verdad si se esfuerza lo suficiente—. Estoy bien, se me pasará… Iba a… Iba a terminar así de todos modos. No somos… No éramos compatibles. Nuestras vidas no…

—Eso no te lo crees ni tú —la interrumpe James. Lili se sobresalta; no esperaba que interviniera—. ¿En qué coño te basas? ¿En tus impresiones externas sobre el aspecto que tenéis, o la impresión que los demás tienen sobre vuestras vidas por separado?

—No… no era sostenible —insiste—. Lo nuestro nunca iba a funcionar. Esto habría terminado así de un modo u otro y…

—No hagas esto —le espeta—. No te atrevas a hacer esto. Si creyeras eso de verdad, no te habrías convertido en… en una cáscara vacía. Eso de que dos personas tienen que estar en el mismo punto de su vida y opinar las mismas cosas, toda esa mierda… Es absurda. Estás asustada, eso es lo que te pasa. Estás asustada.

—Ya no importa —susurra—. Ahora ya no importa.

—Madre de Dios —interrumpe Amina, incrédula—. ¿Es que te da igual? ¿Te da igual lo que pasó, lo que le hiciste?

Y eso es lo que la rompe. Que dé a entender que lo que le hizo no le importa. Por fin, su perpetuo agotamiento se parte en dos y se libera la inmensidad de su ira, el odio abrasador que siente por sí misma.

—¡Pues claro que me importa! —chilla Lili. Ve el sobresalto en sus rostros; no se esperaban el arrebato—. La cagué, la cagué hasta el fondo, ¿te crees que no lo sé? ¿Que no estoy todo el tiempo, todo el puto tiempo, pensando en eso? ¿Imaginándome la cara que puso cuando se enteró? ¿Cómo se sintió cuando llegó a casa y yo me había ido sin más? ¿Cuando su amigo le tuvo que contar la puta verdad porque yo fui demasiado cobarde para hacerlo? ¿Te crees que no sé que no tengo ningún derecho a estar enfadada con él, por esa foto, por esa mujer o por cualquiera con quien se haya visto después de mí, porque esto es mi culpa, mi puta culpa, y yo…? Yo…

Se calla y deja caer la cabeza entre las manos.

—Lili… —Una mano sobre su hombro.

Se aparta de repente, con brusquedad.

«Respira, Lili. Respira».

Solo que ya no puede.

Pasa junto a ellos en dirección a la casa.

—¿Adónde vas? —pregunta Amina.

—Fuera.

—Lili…

No les hace caso. Entra en la casa corriendo.

En su habitación, coge unas deportivas y ropa de deporte. Se quita el bañador, se pone un sujetador deportivo y se recoge el pelo en una cola tan tirante que se hace daño en el cuero cabelludo.

Ya no puede más.

Necesita salir.

Necesita salir de esa puta casa.

Hace siglos que no corre, pero el ardor que le colma los pulmones de inmediato y los gritos de esfuerzo de sus músculos se acercan un poco a lo que necesita. Cruza las puertas y corre por la carretera. No lleva un buen ritmo, va demasiado rápido, pero sigue y sigue bajo el calor del sol, que está en lo alto.

No sopla la brisa del mar. Hace demasiado calor, no hay coches en la carretera: tan arriba, en las colinas, hay pocas casas y muy alejadas las unas de las otras. Acelera. Hace calor, mucho calor, como fiebre; es como tener fiebre permitirse pensar del todo en él: es incapaz de quitarse de la cabeza esa fotografía, esa imagen tan clara y tan directa de las consecuencias que siguen y siguen derivándose de sus actos.

«¿Es que te da igual? ¿Te da igual lo que pasó, lo que le hiciste?».