Nueve #15
Bordea la piscina caminando sobre el césped con los pies descalzos. Bajo la sombra rosada de la buganvilla, había una botella de vino abierta sobre la mesa de la terraza, donde descansaban las copas limpias. Se ha servido una —tinto— y se ha alejado de la casa, bajando los viejos escalones embaldosados. Ahora, caminando sin un propósito, se dirige al extremo más lejano del jardín, cerca de los huertos y el borde del acantilado.
Lili deja la copa de vino sobre el muro de piedra tosca que marca las lindes de la propiedad. Desde aquí, el descenso es vertical. La altura del muro, que solo le llega a la cintura, le permite ver fácilmente la vasta bahía, los puertos de pescadores y los viñedos, así como las aguas de azul intenso salpicadas de las velas blancas de los barcos. Las playas están abarrotadas; a la gente le encanta este pueblo. Al sentarse en el muro, roza el denso jazmín que crece al lado, y su aroma dulce flota hasta ella.
A su madre le encantaba el jazmín. Crecía en casa de su madrina, en Beirut, y también en la puerta de su apartamento de North Beach, en San Francisco.
Lili arranca una ramita. Desliza el delgado tallo entre sus uñas, toca las flores diminutas y delicadas de pétalos suaves y húmedos, tan aromáticas que son casi jugosas.
«¿Qué significa esa palabra?». Un recuerdo con su propia voz cuando era niña, aguda, liviana, dulce.
Fue tras una de las llamadas que su madre hacía a Beirut con frecuencia, por las noches. Su padre estaba trabajando hasta tarde y ella había terminado ya las clases de ese día. Lili estaba jugando bajo la mesa de la cocina —recuerda bien las baldosas del apartamento, diminutos azulejos amarillos por cuyas juntas deslizaba las uñas—, leyéndole un libro con dibujos del revés a varios de sus animales de peluche, reconfortada por la voz de su madre, que cambiaba del árabe al francés.
Cuando la llamada terminó —el pitido del teléfono; un silencio—, de la quietud posterior no se desprendía alegría. Lili asomó la cabeza; una de las palabras que había oído seguía resonando en sus oídos. Apoyó el pequeño mentón en la rodilla de su madre y le preguntó: «¿Qué significa esa palabra?».
Ella se echó a reír, confundida, y le acarició el pelo. «¿Qué palabra, cariño?». Estaba toqueteando, distraída, la endeble tarjeta de plástico para las llamadas a larga distancia, llena de hileras de números diminutos y códigos telefónicos internacionales.
Lili le repitió la palabra con torpeza, imitando los sonidos lo mejor que pudo. Era una palabra desconocida para ella. Recuerda cómo a su madre le cambió el rostro, casi ensombreciéndosele.
«Oh. Watan», repitió, pronunciándola correctamente. Su sonrisa triste aflora en la mente de Lili; entonces era para ella inescrutable, pero ahora la comprende. «Watan. Significa hogar».
«¿Como aquí?».
«No, es un poco más que eso. Hogar, como tu país, el lugar al que perteneces».
«¿Donde estaban tu mamá y tu papá?». Sabía que sus abuelos habían muerto y también entendía que su madre venía de un lugar muy lejano.
Su madre hizo un gesto con la cabeza, entre un sí y un no. «Más o menos».
Lili frunció el ceño, se puso de pie y alargó los brazos hacia su madre. «No lo entiendo».
«Tu hogar no siempre está donde están tus padres», contestó ella, cogiéndola en brazos. «Está donde te sientes segura».
«¡Pues este es mi hogar!», declaró Lili con una sonrisa, acurrucándose contra el hombro calentito de su madre, contra su larga melena negra. Fue una niña menuda, que cabía con facilidad en los brazos de su madre. Su padre siempre se la subía a hombros. «Watan», repitió.
«Sí, lo es», contestó su madre, dándole un beso en la frente. «Mientras yo respire».
Ahora, Lili se apoya la mejilla en las rodillas. El aire es cálido; están en el sur de Francia. Juguetea con el tallo del jardín. Clava las uñas ligeramente, haciendo pequeñas hendiduras en la piel verde, dejando su huella.
Al cabo de un rato, cuando Amina la llama y le dice que la cena está lista, arranca unas cuantas flores, cuyos tallos protestan, emitiendo un chasquido agudo cuando los corta. Pone unas cuantas arriba, sobre su mesita de noche. Tira el vino de su copa, la llena de agua en el baño, coloca unas cuantas flores y la deja en el dormitorio de sus amigos, al lado de las cartas de navegación de Jamie y de la crema de manos de Amina. Cuando mira el ramito, al cerrar la puerta, ve que es pequeño e insignificante. Empezará a secarse mañana —mucho calor, muy poca agua—, pero, aun así, dejará un aroma dulce y embriagador.
Más tarde, esa semana, cenan en Marsella tras un largo trayecto en coche. Cuando llegan a la casa, ya es de noche. Los faros del coche iluminan el camino de gravilla blanca que lleva allí. Amina sale del coche canturreando alegremente. Se tropieza un poco; demasiado vino rosado.
Arriba, Lili coge su portátil y echa un vistazo a las noticias mientras se lava los dientes. En su bandeja de entrada, junto con los correos de Eileen que ha estado ignorando, tiene uno de Kerr: le desea un verano maravilloso, espera que haya encontrado algo de tiempo para unas vacaciones y le pregunta cómo va con su última revisión, además de poner fecha a su primera reunión del año académico: «Agendemos algo para principios de septiembre, a finales de la semana que viene…».
Se queda paralizada con el cepillo de dientes dentro de la boca.
Septiembre, finales de la semana que viene.
Llevan en Francia más de tres semanas. Volverá a casa en unos días y empezará un nuevo curso. Los últimos meses de su máster, y luego… ¿Luego, qué?
Ya lo sabía, pero le sorprende de todos modos: es cierto que la vida sigue; eso ha quedado demostrado una vez tras otra. Sigue después del accidente de tráfico y sigue después del cataclismo autoinfligido, sigue y sigue, hasta que las heridas se transforman en magulladuras, y las magulladuras, en cicatrices. En cosas que llevas contigo, cosas con las que vives.
¿Podría haber algo hermoso en ello? ¿Cuando todo pase? ¿En las marcas que le queden de algo que conoció una vez y ya no está?
Porque ahora solo le parece insignificante, y le parece cruel, y le parece horrible.
Después de leer el correo, no se esfuerza demasiado por dormir. Se queda tumbada en la cama, pensando sin palabras.
Por la mañana, temprano, se pone un jersey y sube a la terraza. Allí, fuma mientras contempla las colinas ondulantes que llegan al mar. Los sonidos nocturnos la calman.
Después de graduarse podría ir a cualquier sitio; no hay nada que la ate a Nueva York, en el fondo no. Casi ha terminado sus estudios y su futuro en la granja pende de un hilo: una víctima más de sus actos. Sus amistades deberían perdurar a pesar de la distancia, son lazos que, en teoría, deberían poder alargarse sobre continentes, husos horarios y años. Podría ir a cualquier parte, desmontar su vida y macharse. De todos modos, no le parece que quede gran cosa de ella. Un potencial gris y a la deriva.
Amanece y ella sigue allí, fumando y pensando.
Intenta reflexionar sobre ello —sobre los caminos que nacen a partir de aquí—, pero no encuentra la atracción familiar de las posibilidades, la emoción de todo ese potencial que espera fuera de Nueva York, aquella que la embargaba cuando, en la universidad, tenía conversaciones sobre sus sueños más salvajes regadas de alcohol, cuando hablaba destinos remotos: Berlín, Ciudad de México, Melbourne, Estocolmo, Hong Kong, todos esos lugares a los que la gente viaja cuando tiene veinte años.
Solo hay un lugar al que le gustaría ir.
Juega con el mechero.
Una chispa y un destello, un chasquido de metal, la llama. El silbido del gas, un estallido de luz.
Esa inquietud que no cesa, como rascar el mundo que la rodea: «Dejadme entrar, dejadme salir de mí». Siente que no sacará nada de ella.
Apenas pasan de las seis. El sol ya empieza a elevarse tras las colinas y la brisa sopla desde el mar. El aroma a café se propaga por la casa; ya no es la única que está despierta. Se arrebuja contra el jersey.
¿Quedan lugares por explorar?
¿Cosas que pueda desear?
Mientras el fulgor del alba aumenta, oye el sonido de su respiración.
Solo su respiración.
Las cigarras dan paso al canto de los pájaros. Vuelve a ser por la mañana.
Cuando baja de la azotea, va a la piscina a nadar.
Anoche, durante la cena, hablaron de sus planes para otoño. El padre de Jamie no hace más que pincharle sobre su futuro; Amina espera que alguna galería la represente formalmente. Le preguntaron sobre la granja y la graduación y Lili se dedicó a marear la ensalada por el plato. «Voy a terminar la tesis y defenderla —contestó—. Estoy centrada en eso».
Pero ahora que la vuelta a casa está en el horizonte, le queda claro: no puede seguir posponiendo sus planes, ha de tomar decisiones.
Dentro de casa, James hojea una revista y mastica una tostada mientras espera a que termine de hacerse el café. Ahora que ha acabado de nadar, Lili se sienta a su lado en la mesa de la cocina mientras se seca el pelo con una toalla.
—… no me puedo creer que tus padres estén suscritos a esto desde su casa de veraneo —le está diciendo a Amina mientras pasa las páginas satinadas sobre los eventos de la alta sociedad de Nueva York—. Es absurdo.
—No soy yo la que lo está leyendo como si fuese Lady Di, que ha vuelto de entre los muertos —replica Amina.
—Ah, por fin, aquí está. Es que tengo que regodearme viendo lo que me he perdido estas semanas… Tienes suerte de que nos hayamos podido saltar este desastre… Es digno de la hoguera de las vanidades.
—He estado ya en varias de las fiestas de tus padres y no he sufrido heridas graves —replica Amina con sorna.
Jamie niega con la cabeza, alegre e incrédulo.