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Nueve #14

Al final, siempre acaban echando el ancla, y a ella ya no le queda nada que hacer. Sus amigos se bañan, se tiran del barco, se ríen. Lili se tumba en la proa bajo el sol, a la deriva. A su alrededor, el vasto brillo de la luz y el agua de dentro de la ensenada, las olas suaves que rompen contra la costa rocosa como hilos. El agua salada se le seca sobre la piel. Le da la sensación de que tiene una herida abierta, de que una infección se acerca poco a poco a la superficie. No, no es una infección.

Es solo ella.

Es solo ella.

Eso no puede ser curarse.

No es posible que eso sea curarse.

Se oye un fuerte chapoteo, James grita y Amina y él hacen una carrera hasta el otro extremo de la calanque.

Lili cierra los ojos. Si empieza a llorar ahí, a plena luz del día, no parará; si lo reconoce, si escucha, si trata de alcanzar eso que siente, si respira, siquiera, no encontrará más que culpa, culpa y responsabilidad, pero no poder. La inestabilidad, tan íntima bajo su piel.

Inestabilidad económica e intervención: el corazón de la política, un punto clave en las convicciones.

Cuando los mercados se vuelven inestables, ¿cuándo se interviene? Alta imprevisibilidad, erráticas fluctuaciones de precios, ruptura de correlaciones, choques exógenos. Los friedmanitas dirían que es mejor dejar que los mercados vayan adonde tengan que ir y que la intervención es un soporte vital desastroso. Eso es justo lo que Lili rebatía en el aula, en sus ensayos, en las fiestas con sus compañeros de clase. La ceguera de la economía neoclásica, obcecada en que los mercados se estabilizarían de forma orgánica, en que la intervención estatal es inútil —incluso perjudicial—, en que la violencia económica no es su problema. Respondiendo siempre un tajante «sí» a la pregunta: ¿pueden autorregularse los mercados?

Sin embargo, ahora quiere creer que es así. Que su tropiezo se corregirá solo, que la intervención no será necesaria, que es posible recuperarse aun de los peores errores, y que dichos errores no alteran la cantidad de felicidad que puedes sentir, que solo modifican su contenido, su textura y su calidad, pero no necesariamente las personas con las que la habrías compartido.

Otro chapoteo.

—¡Por el amor de Dios! —chilla Amina desde el agua—. ¡No me cojas el puto pie, Greene! ¡Te voy a ahogar!

Independientemente de la visión que cada uno tenga sobre la intervención, la economía moderna tiene una cosa clara: los mercados no vuelven a sus máximos anteriores, solo siguen avanzando. Hacia nuevos mínimos, hacia nuevos máximos: avanzan a ciegas y con contundencia.

Y, aun así, ella sigue mirando atrás. Sigue midiendo sus días según el tiempo entre los hitos del pasado.

Han pasado casi dos semanas desde la última vez que la llamó.

Ha empezado a dejar su móvil en su habitación. Esta mañana lo tenía sin batería; son Amina y James los que van mandando fotos y actualizaciones al chat de grupo.

Hace unas noches, oyó a Amina mientras hablaba con Jackie por teléfono. Mientras nadaba en la piscina, al atardecer, le llegaron los sonidos distantes de un lado de la conversación.

«No lo sé». Un suspiro desde la planta de arriba cayó sobre los jardines. «No quiere hablar y yo no quiero presionarla… No sé, Jackie, ¿de verdad lo piensas? No, está… como entumecida. Como si no sintiera nada».

¿Nada? Ojalá no sintiera nada.

Ojalá no sintiera nada y fuese invisible; ojalá no pudiera causar más daños.

Sin embargo, a pesar de la frágil cáscara protectora que trata de mantener a su alrededor, se siente vulnerable, expuesta, como una herida tratando de aprender a vivir consigo misma. Rodeada de agua salada, con el aire a su alrededor y el cielo abierto sobre ella, espera la noche que llegará en unas horas y, después de eso, los días y las noches y los días que vendrán.

Le da vértigo.

Ve un destello en sus inmediaciones: la pulsera. Refleja la luz del sol que rebota en el agua. Algo suyo que él tocó una vez, la delgada cadena dorada que le rodea la muñeca.

«Estás preciosa». Un cumplido inesperado y sencillo, antes de la gala. Y luego, una expresión confusa, aunque con una sonrisa. «Y hueles muy bien», añadió, mientras le rozaba la piel sensible del interior de la muñeca con los labios.

Se frota la piel bajo la pulsera. Le ha dado demasiado el sol, pero la piel quemada pronto dará paso a un bronceado. Al final, tendrá un cuerpo que él no habrá tocado.

Casi dos semanas. Es casi el tiempo más largo que ha pasado sin él, desde antes de él.

Parece que fue ayer. Parece que fue hace meses.

El peso de su risa; el sonido de su voz. Son cosas que no deberían difuminarse tan deprisa. Piensa también en las palabras torpes que le habría dicho, en los jardines de París. En las cosas que pensaba —que pensó, por un estúpido momento— que podría haber… Que querría haber…

Pedir su perdón, sí, pero más que eso: disculparse.

Decirle simplemente: «Lo siento».

«Lo siento mucho, muchísimo».

Lili respira. Inhala y exhala. El aire le llena los pulmones, el oxígeno le llega a la sangre; es biología y sigue adelante quiera ella o no, igual que esos días indiferentes que continuarán escapándosele por entre los dedos. El milagro de la vida, que a ella le parece un lastre. Su cuerpo es una cosa que carga.

Cierra los ojos.

Él no está ahí, y no es suyo.

¿En qué momento se convierte la pérdida en algo inconmensurable?

¿En qué momento es la pena imposible de digerir?

Cenan temprano en el pueblo, en Cassis. Empapados de sol, con la piel todavía caliente después de las largas horas en el barco, encuentran un restaurante cerca del puerto. Pescado fresco y mesas en la calle. Mientras mira a la gente pasar, Lili tira la ceniza del cigarro en el cenicero. Amina frunce el ceño.

—Estás fumando bastante —comenta.

«Esos cigarrillos que tienes en el vestidor… Fumémonos uno».

Lili se encoge de hombros.

—En realidad no. Es el mismo paquete.

Más tarde, Lili entra en el restaurante para ir al baño. Cuando otea el salón, un rostro familiar llama su atención. En un espejo, tras la barra, atisba su propio reflejo y… Dios, verse a sí misma, sin esperarlo, de improviso.

Está pálida, a pesar de tantos días al sol. Tiene el pelo oscuro detrás de las orejas y el rostro descarnado: descarnado de dolor, de miedo y de cansancio. Su mirada parece caminar por el filo de la vulnerabilidad, tan vacilante en su tristeza que no permite que estalle, una fragilidad en la tensión que soporta, el eco de las lágrimas que contiene, los labios cuarteados. Qué joven parece.

«No quiero odiarme a mí misma», piensa, apartando la vista.

«No quiero por nada del mundo odiarme a mí misma», piensa, pero, a su alrededor, no ve más que razones para hacerlo.

Siguen transcurriendo los días. Pasan largas horas en el mar, bajo la luz cegadora del cielo. Hoy, Lili está tumbada en la proa del barco con Amina, que dibuja.

—Qué bonito —murmura Lili, con la cara acurrucada contra los brazos.

—Gracias —responde su amiga, y ladea la cabeza para examinar su obra, un boceto de la costa vista desde la entrada de la ensenada.

Lili se queda adormilada con los sonidos que Amina hace al dibujar —los trazos del lápiz sobre el papel grueso, el roce de sus dedos al difuminar una línea—, con el sube y baja del barco y de las olas.

Está cansada.

Está muy muy cansada.

Siguen visitando pueblos a lo largo de la costa. Son pueblecitos viejos y amados, llenos de turistas maravillados y vecinos tranquilos, de franceses de vacaciones. Cuando bajan del barco, James les presta a las dos sus camisas azul claro de algodón ligero, amable contra su piel dolorida de tanto sol. Amina los lleva a sus heladerías preferidas y a calas escondidas. Siente el consuelo de la piedra cálida y las rocas bajo los pies. Playas y agua salada; ¿qué día de la semana es? Pueblos en colinas, campos de lavanda, lonjas, iglesias diminutas con murales que son obras maestras. Cuando pasea por las callejuelas, Lili observa a la gente que la rodea, que pasa por su lado, y sigue viéndolo a él. Instantes de él en otros hombres, en fragmentos de las conversaciones que flotan a su paso. La confunde y le rompe el corazón una vez tras otra.

Una tarde, al llegar a Menton —«No, Jamie, no vamos a colarnos en Italia, ya nos hemos acercado lo suficiente», le advierte Amina—, las olas rugen sobre la orilla. Allí, en la Costa Azul, las playas suelen ser de guijarros, y las olas hacen un sonido áspero al arrastrarlos.

Cuando estudiaba la carrera, había un poema de Matthew Arnold que a Lili le encantaba. Una melancolía majestuosa, una sensación de agotamiento continental, un eco de la guerra del siglo XX, que, de algún modo, precipitaba y lo anticipaba a la vez. Los versos del poema se enraizaban en ese detalle, en los guijarros arrastrados por las olas.

Ella nunca se ha sentido particularmente joven. De hecho, siempre le ha preocupado que el tiempo se le escape, siempre le ha preocupado que las cosas se marchen, y, sin embargo, ahora se siente increíblemente joven y a la vez ya muy exhausta.

Porque ella estará aquí, y sentirá todo esto y algún día, de repente, dejará de hacerlo.

El agotamiento de todo lo que está por llegar, que pasará en un abrir y cerrar de ojos.

Una tarde, sale al jardín. La cena está en el fuego: los tomates se están pochando; las hierbas ya están cortadas. Ha oído los murmullos de la conversación de sus amigos cuando ha bajado las escaleras después de ducharse. Ha echado un vistazo a la cocina y ha visto a Jamie sentado a la mesa, hojeando los periódicos de ayer, mientras Amina le acariciaba el hombro despacio, en un gesto reconfortante, mientras le hablaba en voz baja y cálida, con sencillez, con afecto. Mientras Lili los observaba, Amina se le ha sentado en la piernas, comentando algo que aparecía en el periódico. Él la ha rodeado con un brazo, distraído, y ella le ha apoyado la mejilla en el pelo. Lili se ha ido sin que la vean.