Games Nueve #13
84%

Nueve #13

Amina ya ha intentado hablar con ella. Esa mañana, ha pillado a Lili volviendo al apartamento después de su paseo por los jardines. Estaba en la farmacia de abajo, comprando protector solar, ya vestida para su reunión con la galería. Ha saludado a Lili a través del cristal y le ha pedido con gestos que entrase. «Hola —le ha dicho con una sonrisa—. Los europeos tienen un protector solar buenísimo, he pensado en comprar varios botes… Estaba cogiendo también para ti».

«Ya tengo», ha contestado Lili con frialdad, oteando las estanterías llenas de paquetes de plástico, de marcas extranjeras.

Amina ha levantado la vista de golpe, con el ceño fruncido, confundida. «¿Estás bien?».

Lili ha asentido. «Tengo que hacer la maleta. Nos vemos luego».

«Li, espera… ¿Ha pasado algo? Anoche parecías…».

«Nos vemos arriba», la ha interrumpido Lili, ya saliendo de la farmacia. «Suerte en la reunión».

Ahora, oye el silbido de la puerta del tren al abrirse y, junto a una oleada de ruido de fuera, un grupo de adolescentes franceses entra en el vagón. Mientras parlotean en su idioma, con sus botellas verdes de agua Badoit y sus bocadillos envueltos en plástico del vagón restaurante, se agarran de los respaldos de los asientos para no perder el equilibrio mientras buscan dónde sentarse.

Lili mira por la ventana.

La soledad es cada vez más tensa, más fuerte, más acuciante.

Alquilan un coche en la estación de tren. Es manual. James y Amina discuten por quién va a conducir mientras Lili permite que el sol descanse sobre su rostro.

Amina conoce bien la zona; pasó aquí muchos de los veranos de su infancia. Mientras conduce, va señalando pueblos en la cima de las colinas. Las ventanillas están bajadas y entra una suave y cálida brisa. A su alrededor, el brillo y la dulzura del sol. Y pinos hermosos, tejados de terracota, el sol brillante de la Costa Azul y el olor de las flores de naranjo.

La casa es preciosa. El sotobosque, fuera de la verja de hierro, zumba, plagado de insectos; pasan junto a una hilera de cipreses que llevan hacia la enorme villa color ocre, haciendo crujir el camino bajo el coche. Transmite una calma reconfortante, aderezada con el canto de las cigarras, con las higueras llenas de frutos. Cerca de allí está el mar.

Mientras sus amigos deshacen sus maletas, Lili pasea por la casa. Es fresca, a pesar del calor que hace. Oye las cascadas de agua que no ha visto, los pájaros que cantan. Ve un libro de recetas abierto y melocotones en la cocina. Las ventanas dan al patio trasero, a la piscina y a la resplandeciente vastedad del mar. Una buganvilla trepa por el emparrado, arrojando sombras sobre la terraza; de ella emana una densa fragancia y el zumbar de las abejas.

Lili decide salir. Se sienta junto a la piscina y saca sus cigarrillos.

Contempla cómo los vientos del Mediterráneo hacen entrechocar las flores que tiene cerca: peonías besadas por el sol, una madreselva en flor de ineludible aroma.

Le parece excesivo, todo ello, más que excesivo, pero no tiene energía para protestar; no se acaba de sentir como una persona.

Tras ella, en el interior de la casa, oye los pasos y las voces de sus amigos.

Y allí, sentada junto a la piscina —mientras se acerca el crepúsculo, con un cielo inmenso sobre el mar—, intenta, de nuevo, respirar. Sostiene el cigarro con dedos torpes.

Así es como se hace.

Así es como se aprende a respirar bajo el agua.

Así es como se aprende a vivir… sin.

La temporada de Leo ha terminado.

Cuando vuelve dentro, James ya ha empezado a preparar la cena. Las cebollas sisean en la sartén, y a su lado hay unos jugosos tomates de una variedad local y un taco de queso en papel encerado. Amina está cortando estragón en la tabla de madera.

—Estaba pensando que mañana podríamos salir con el barco —propone James mientras remueve el risotto—. Me puedo encargar yo de navegar si vosotras me echáis una mano con los cabos.

—Sí, hagamos eso —responde Amina—. Podemos salir pronto y pasar el día entero en el mar. Li, te metí dos bañadores en la maleta, no estaba segura de cuál preferirías.

—Mejor id vosotros solos —dice Lili.

James la mira de golpe. Amina se limita a suspirar.

—Ya te lo hemos dicho, nos gustaría pasar tiempo contigo.

Lili niega con la cabeza.

—No hace falta que hagas eso, Ami. No hace falta que finjas.

—¡No estamos fingiendo!

—No habéis venido a Francia para tener que llevarme de la manita todo el día —insiste Lili—. No planeasteis estas vacaciones para que yo me acoplara así. Estoy perfectamente, puedo cuidar de mí misma. Vosotros dos ya habéis hecho más que suficiente. No quiero estropearos todas las vacaciones.

—No estás estropeando nada. Queremos estar contigo, queremos hablar contigo…

—Amina, por favor —le ruega Lili, alzando la voz sobre las palabras de su amiga—. Por favor, deja que…

El silencio se alarga unos incómodos segundos. Siente un golpe de vergüenza, de reparo. Ellos no hacen más que tratar de cuidar de ella; han insistido en pagarlo todo —el piso de París, la comida— y ella no sabe cómo no estropearlo. Con su presencia o con su ausencia.

Se oye otro fuerte suspiro. Casi exasperado, pero, sobre todo, triste. Lili no los mira.

—Te vienes con nosotros —insiste Amina. Empieza de nuevo a picar las hierbas con el cuchillo—. Mañana te vienes al barco.

Lili cierra los ojos un instante; de repente, vuelve a estar terriblemente exhausta.

—Está bien —susurra.

Quiere ser más. Quiere hacer sonreír a Amina y reír a James; quiere que lo que sus amigos sientan a su lado sea felicidad, y no esta frustración y esa impotencia; quiere sentir que hace sus días más radiantes por estar a su lado y no que los estropea. Quiere confiar en que puede enseñarles la herida que tiene dentro y que, aun así, la querrán. Eso lo desea desesperadamente. Amina y Jamie están cerca —muy cerca—, Lili contempla cómo a ella se le mueve el pelo mientras pica las hierbas con decisión, se fija en la mirada de reojo que Jamie les echa a las dos, y Lili quiere alargar las manos hacia ellos y tratar de encontrar consuelo, pero…

Porque, aunque no lo estén, siente que sus amigos están muy lejos, y que ella está a kilómetros y kilómetros de distancia.

Empieza a sollozar en cuanto cierra la puerta de su habitación. Intenta reprimir esas grietas jadeantes que estallan en su pecho, reprimir la conmoción recibida en el parque, el pitido de sus oídos, la llamada al cortarse. Ha sido esa mañana. Esa misma mañana.

Se deja caer en el suelo y presiona la frente contra las rodillas, tratando de no desmoronarse. Es una casa enorme, pero trata de contener los sollozos, de llorar en silencio.

Tiene las manos vacías, tiene las manos completamente vacías.

Inspira, espira. Es lo que va a seguir haciendo, una vez tras otra, sin él.

No duerme.

Se pasa la noche en vela. Se apoya en el ornamentado cabezal metálico, desconchado por el paso del tiempo, enredada entre las sábanas. Sola, en la oscuridad, le da la sensación de que su corazón es un animalillo asustado. Con las mantas alrededor de los tobillos y el calor denso de la noche que se cuela por las ventanas abiertas, lo sostiene sobre las manos e intenta calmarlo, reconfortarlo. Lo sostiene en las palmas de las manos, que son insuficientes, y le murmura palabras que no lo consuelan.

Porque ¿qué podría decir?

¿Que se lo merece —que la bloquee de su vida, que la arranque de ella; justo lo que ella hizo con él—, que debe vivir así? ¿Que sus actos tienen consecuencias y las cosas terribles devuelven cosas terribles?

Intenta respirar alrededor de la forma de las cosas que desea, de las cosas que ha hecho.

Porque lo que desea —a él, solo a él, con ella, allí, en esa cama, en esa oscuridad, abrazándola; quizá él también sea incapaz de dormir en la noche azul y oscura— se convertirá en algo más indecible con cada día que pase.

Mientras intenta acostumbrarse al peso de sus propios actos, afloran de nuevo los sollozos que la sacuden, que la hacen temblar, y el agotamiento. Qué cansada está, y se lo merece. Se merece estar sola con esa tristeza. Se la merece, a pesar de que desea —a pesar de que quiera gritar— que merecer no significa desear.

Quiere abrazarse a sí misma. Quiere lanzarse al vacío.

Fuera, el cielo se aclara y empiezan a cantar los pájaros. Es por la mañana.

Empiezan a pasar sus días en el agua. Se despiertan temprano y van al muelle de Cassis, el pueblecito costero que tienen cerca. El azul radiante parpadea bajo sus pies cuando se sube al barco. A James le invade una felicidad inmediata en cuanto suelta los cabos del amarre y enciende el motor para salir del puerto.

Exploran las calanques a lo largo de la costa, acompañados por el brillo turquesa de las olas, por los gigantescos acantilados de piedra caliza y por el azul cegador del cielo. Paran en playas y ensenadas. Amina señala la roca roja del macizo l’Ésterel y los caminos de la ruta Corniche que rodean los acantilados, y nombra los pueblecitos que salpican la costa.

Al otro lado del mar, otro mundo: el Líbano, una parte de su familia que está fuera de su alcance. Su madre nunca fue a Francia, hogar de una de sus primeras lenguas. Lengua extranjera y materna: tierras distantes, países que comparten el Mediterráneo. Lili se da la vuelta.

Mientras navegan, Lili contempla cómo James se mueve alrededor del barco, adaptándose a su balanceo. Observa su intuición a la hora de acomodarse de cara al viento, y así tomarse unos momentos para disfrutar del calor del sol en su rostro. Al percibir su interés —aunque no sea más que producto del deseo de distraerse—, le enseña a atar nudos y le explica lo que va haciendo mientras se mueve por el barco. Amina, que está tomando el sol en la proa, se queda adormilada con un libro.

—¡Ahí está Saint-Tropez! —exclama James, señalando hacia la costa—. ¿Os apetece ir a comer?

Y esa ciudad, y luego otra; y así van pasando los días.