Nueve #12
«Jack, tendrá acento americano por tu culpa», le había advertido más tarde, tras oír cómo ayudaba a Lili a pronunciar palabras en árabe, agachada entre los botes de especias. Recuerda la sensación del tomillo salvaje molido, el zumaque seco y la áspera sal entre los dedos.
Él puso los ojos en blanco. «¿Prefieres que le hable en inglés?».
Su madre sonrió con gesto travieso. «Igual lo mejor es que no le hables y ya está», bromeó, dándole un golpecito en el hombro con la cadera. «¿Qué vamos a hacer de cena?».
Él se puso de pie y le rodeó un hombro con el brazo. «De eso ya me encargo yo», respondió. «Vamos, Li. Te echo una carrera hasta el coche».
Su padre era quien cocinaba en casa; trabajaba muchas horas, pero tenía un horario fijo, mientras que su madre solía tener que quedarse hasta tarde en el despacho o en el laboratorio sin saberlo con antelación. De niña, Lili se quedaba despierta con él a menudo, hasta más tarde de su hora de ir a dormir, y se sentaba en la encimera mientras él cocinaba para su madre, feliz, como si estuviese haciendo algo prohibido. Mientras él clarificaba mantequilla, le dejaba aplastar pistachos con una cuchara de madera, partir el perejil con las manos desnudas y robar cucharadas de yogur directamente del cartón. Le enseñó a pelar granadas sin mancharlo todo: preparaba un cuenco de agua fría y partía la fruta limpiamente con un cuchillo antes que dejar que Lili sumergiera en el agua la pulpa blanca, pelara la membrana y fuese sacando las semillas rojas de su carne. Había aprendido ese truco de su madre. Siempre que cocinaba —comida libanesa, recetas de varias culturas de Oriente Medio—, lo hacía para su madre.
Ahora, décadas después, Lili le pide al anciano tendero que la ayude con las comidas preparadas que tiene tras la vitrina. Él le dice algo en francés que ella no entiende. Lo intenta de nuevo en armenio, pero ella le dedica una débil sonrisa y niega con la cabeza disculpándose. Él sonríe y agita la mano, rindiéndose, sin molestarse. Con gestos, confirma qué aceitunas, postres y platos de verduras quiere llevarse.
Mientras el tendero cuenta manualmente los productos de su pequeña compra y ella paga, Lili se pregunta si podrá ver en su rostro algo que le indique que pertenece a la misma parte del mundo que él, por poco directa que sea su pertenencia, si habrá alguna señal en ella que apunte a la miríada de recuerdos que tiene guardados en su interior. Cuando le entrega la bolsa de plástico con la compra, no le hace ningún gesto de reconocimiento en particular. Asiente con educación; sonríe con amabilidad. Lili le da las gracias en francés y se marcha.
Cuando James y Amina llegan al apartamento, Lili ya está allí, cocinando.
—Hola —saluda al verlos entrar—. Estoy haciendo la comida, aunque sea un poco tarde. ¿Os apetece?
James le sonríe; Amina luce una expresión radiante.
Ha preparado fattush: tomate y pepino troceados, rábanos crujientes, perejil amargo y melaza de granada, con pan de pita frito y ajo machacado. Ha perdido mucha práctica con las hojas de parra, así que ha comprado el warak enab ya hecho, además de pimiento rojo asado, aceitunas y pan de pita blando y recién hechos. Para sus amigos, ha comprado también baklava con nueces picadas, labneh y queso feta.
Comen juntos, arrellanados en el salón. James pone un álbum de Arthur Russell y los tres charlan sobre los cuadros que Jamie y Amina han visto en el museo Picasso —Lili y Amina no son en absoluto aficionadas a él, Jamie comprende su atractivo— y de la intensa lluvia, bajo la que los tres se han quedado atrapados en algún momento. Hablan de la logística del día siguiente; Amina tiene una reunión con la galería antes del tren. Su amiga repite de fattush y Lili disimula una sonrisa.
La envuelve una atmósfera liviana y delicada. Esperanzada, vacilante; podría aplastarse fácilmente, pero ha echado raíces.
Al final de la tarde, el cielo se despeja. El sol brilla, ya mostrando los comienzos de un precioso atardecer, así que deciden salir. Van a tomar un helado, sorbete de albahaca y crema de noisette. Están en una plaza diminuta, en un parque que bordea la Île de la Cité, en la que los sauces se pliegan hacia el agua. Notre-Dame asoma en la distancia, mientras el agua acaricia las barcas del río y las bicicletas pasan dejando tras de sí un murmullo fugaz.
A lo largo de la orilla, varias parejas y grupos de amigos disfrutan del buen tiempo con vino y comida. Hay también algunas personas solas, adormiladas bajo el sol. Le llegan fragmentos de conversaciones, ecos de risas cálidas. Amina escupe huesos de cereza en el Sena mientras Jamie descorcha el vino rosado barato que han comprado por el camino y les cuenta una anécdota sobre su hermano, William, que no se ha podido librar de las vacaciones con su padre y su madrastra. Amina hace un comentario irónico y, cuando Lili se ríe, negando con la cabeza, ambos intercambian un mirada.
Ella también está pensando. En palabras que se pronunciaron junto a otro río, en recuerdos de décadas anteriores en esa misma ciudad. Sin embargo, ahora lo hace con fragilidad, con unos indicios de promesa —esperanza—, y no desde la desgracia, sino desde el recuerdo. Piensa en la oportunidad del perdón, si se lo pide, en una nueva y vacilante posibilidad.
A la mañana siguiente, se va del apartamento temprano. Su tren no sale hasta la tarde. Sus amigos siguen durmiendo, así que les deja una nota.
Fuera, la luz del sol temprano baña las calles vacías. Hay algunas panaderías abiertas, así que se guarda la ubicación de una y se dice que, a la vuelta, comprará unos cruasanes para James y Amina. Las demás tiendas están casi todas cerradas, así que pasea, cruza el puente hacia el lado izquierdo.
Los Jardines de Luxemburgo. Él le dijo que solía ir allí.
Acaban de abrir; las puertas de hierro están abiertas. Árboles de tronco grueso, follaje frondoso. La gravilla cruje bajo sus pies, endulzada por la arena blanca. Rodea la enorme fuente y se dirige hacia los árboles y los caminos en sombra, para luego sentarse en una de las sillas de metal verde que hay por todas partes.
Van pasando otros madrugadores como ella, gente que ha salido a correr, padres con sus carritos. Pequeños grupos de gente que practica qigong en silencio entre los árboles, estudiantes y monjas del Institut Catholique, que está cerca, que van camino de sus cursos de verano de idiomas. Un hombre de negocios vestido con un traje de corte holgado lee Le Figaro; unos mellizos de unos dos años, niño y niña, corren sobre el parterre de césped y flores que los franceses no suelen pisar, sagrado e inviolable.
Lili observa a los pequeños unos instantes antes de arrellanarse en la silla y desbloquear el móvil.
En Nueva York ya es tarde. La bolsa ha cerrado ya, aunque las asiáticas siguen abiertas.
«Aleksandr Petrov».
Deja el dedo suspendido sobre la pantalla un instante antes de llamar.
Suena el tono. Se muerde la uña.
¿Estará dormido o despierto? ¿Estará, quizá, pensando en ella? ¿Hay alguna posibilidad, por remota que sea, de que esté esperando esta llamad…?
Se oye un pitido doble y la llamada se corta.
Lili frunce el ceño y mira la pantalla.
El roaming no debería ser la causa. No ha tenido ningún problema para ponerse en contacto con sus amigos.
Baja por sus contactos hasta encontrar el número de Jackie. Lo más probable es que esté dormida, pero siempre pone el móvil en modo «no molestar» por la noche, así que no la despertará.
La llamada conecta sin problemas; le salta el buzón de voz. Oye la familiar dulzura de la voz de su amiga, el deje suave de sus palabras: «¡Hola! Me has llamado a mí, Jackie. Ahora no te puedo atender…».
Lili cuelga. El corazón empieza a latirle con violencia.
Llama al número de Amina. Varios tonos, el sonido del roaming internacional, y entonces…
—Hola, amor, ¿qué pasa? —Una voz adormilada, el sonido de las sábanas.
Su pulso se convierte en un pesado martilleo.
—Hola, perdona… Estoy en el parque, os he dejado una nota… Perdona, ahora te llamo.
Lili cuelga sin esperar a que Amina le responda y lo llama a él otra vez.
Y otra.
Y otra.
Ocurre lo mismo cada vez: tras unos segundos, se corta.
Empiezan a pitarle los oídos.
La ha bloqueado.
Lili se hunde en la silla y se aprieta el móvil contra el pecho.
A lo lejos, oye los sonidos de los niños que corren por el césped, los fuertes latidos de su corazón.
Inspira y luego espira.
El paisaje borroso pasa por su lado a toda velocidad: un tren rápido y unos asientos silenciosos. Lili contempla las franjas cambiantes de color con la frente apoyada en el cristal. Jamie se sienta frente a ella y le tiende un vaso de café, de poliestireno desechable.
—Toma —le dice—. Lo siento, es solo. No había leche vegetal.
—Gracias —murmura Lili.
Tiene las rodillas apretujadas contra el pecho. Deja que la bebida caliente repose sobre sus piernas.
—Ami todavía está esperando la comida. Creo que tiene fruta, o algo así; no había muchas opciones veganas. Tendría que haber traído algo para el tren, todavía quedan unas horas…
Ella niega con la cabeza.
—No te preocupes, de verdad. No tengo hambre.
—Li…
—Jamie, por favor —susurra—. Estoy cansada. Déjalo, ¿vale?
La observa unos instantes más, con gesto pensativo, como si estuviese a punto de decirle algo. Inseguro, desconcertado ante su regresión. Se le ve casi impotente, algo muy poco propio de él.
Lili aparta la vista y vuelve a mirar por la ventana.