Nueve #11
Él le dijo que había pasado mucho tiempo en iglesias. «Quería volver a sentirme pequeño, pero no anónimo, no insignificante».
Allí, todavía más alejada de la naturaleza que en Nueva York, se siente como si la humanidad lo hubiese engullido todo.
Cierra los ojos despacio, con suavidad. Se permite, vacilante, dejar entrar algunos de sus pensamientos.
A lo lejos, oye el sonido del océano.
Una costa diferente, un continente distinto. Arena negra, viento, el sol a través de la niebla.
Intenta, por fin, tratar de oír lo que hay bajo la cáscara.
Inspira, espira.
Y entonces la anega.
La inmensidad de sus actos, las réplicas de sus consecuencias, que, como las olas, nunca se detienen. El peso de las llaves en sus manos, el tintineo cuando las dejó sobre la encimera de la cocina, y la sonrisa de él cuando la atrajo hacia sí en la gala y le besó la sien, un instante, con rapidez, nada inapropiado. Recuerda aquella dicha tan intensa y aquel deseo que sentía con él, e imaginarlo —pura violencia, un pensamiento así— a él con otra persona, a otra mujer ocupando su lugar, a otras personas sintiendo el peso de su cuerpo, conociendo la sensación de tener sus manos sobre la piel… Y lo sabe, sabe perfectamente lo estúpido que es sentir que esa idea la asuste tanto, y la impacte tanto, y que estaría más que justificado que él se hubiese acostado con otras personas después de lo que ella hizo. Pero pensar en que esté con otra persona, sea quien sea, le provoca unas náuseas tan intensas que le nublan la vista.
«Bien», trata de decirse. «Tienes que sentir el peso de lo que has hecho».
Pero no quiere. No quiere haber hecho nada de todo esto.
Y ahí están sus pensamientos, y esos son sus actos, y aquí está lo que siente; y ahí está ella, responsable de todo, pero sin la percepción de que tiene ningún poder sobre ello. Y al otro lado del agua, al otro lado del océano, en otro continente, en otra ciudad, está el hombre que podía haber tenido. El que tuvo.
Envuelta en el silencio, intenta recordar los momentos en los que estuvieron juntos, a solas, sin aliento y con la piel caliente, los momentos en los que ella gimió contra su boca. Intenta recordar cómo, mientras él la abrazaba, se rompió al tiempo que alargaba las manos hacia su propio dolor, y también momentos anteriores, cuando era más joven y paseaba sola sobre playas de arena negra, llevando consigo una tristeza que no ha hecho sino desplazarse a distintas partes de ella, una tristeza infinita. En algún otro rincón de esa playa, imagina a un hombre mayor que ella, pero que cuando era más joven había tenido su edad y había pasado tiempo en iglesias enormes y vacías, en lugares de penitencia y perdón, en esa misma ciudad.
¿Por qué existe algo así entre dos cuerpos?
La religión —la cristiandad, el catolicismo en particular— tiene fijación con el cuerpo. Ella ha estudiado cómo esa fijación encuentra el modo de trasladarse al discurso secular, cómo las culturas morales se convierten en normas sociales. Castigar el cuerpo, negarlo; el alivio de la comunión, que se permite solo tras la confesión, pero también un modo de participar del cuerpo como absolución. Sangre, carne; salvador, sacramento.
La idea del cuerpo como algo que te limpia.
¿Qué busca nadie en los cuerpos de otros?
Espacio, silencio, calor, presencia. Castigo, refugio. Plantarnos con firmeza sobre lo que hemos hecho, en la violencia de nuestros propios actos, de nuestros propios fracasos; y que luego se nos ofrezca más, poder ir más allá de eso. La oportunidad de sentir placer y una liberación. Y existe una distinción entre tallar un espacio para ti en otra persona, un lugar momentáneo donde respirar, un respiro del mundo y, en cambio, querer lo bastante para tallar ese espacio en otro cuerpo para ella.
Así fue como él lo hizo, cree.
Así fue como la abrazó.
Lili oye los pasos sobre las baldosas, el sonido de un paraguas sacudiéndose, más voces bajitas de los recién llegados a la iglesia. Mira atrás; ha llegado más gente antes de que empiece la misa. No vendrá mucha gente: es agosto, la lluvia es torrencial, y es la primera misa de la mañana. Los recién llegados se sientan o entran discretamente en el confesionario.
Los católicos y los protestantes tienen perspectivas muy distintas sobre el perdón. Ella conoce a fondo la de los segundos —lleva meses escribiendo una tesis, lo ha estudiado a fondo en su máster— y conoce la de los primeros principalmente por contraste.
Mientras los protestantes rechazan el sacramento, esos intentos considerados arrogantes de limitar la soberanía ilimitada de Dios, para los católicos el ritual de la confesión es fundamental, como también lo es la liberación que supone: la capacidad de absolverse a uno mismo a través del sacerdote que escucha. Es un concepto clave para la fe católica: la idea de un viaje a través del sufrimiento, de la existencia de una voluntad —y responsabilidad— expresada en dónde vamos, en las decisiones que tomamos y las consecuencias que precipitan, y con las que tendremos que vivir. No está predestinado, sino elegido.
Y, en esa voluntad, existen ambas posibilidades: la del pecado y la del perdón.
Lili observa a los feligreses entrando en el confesionario y volviendo a salir.
Es como lanzar una moneda: perdón, absolución. Voluntad, responsabilidad. Merecer, desear. Fe, confianza.
¿Existe una cantidad de sufrimiento que debamos soportar para que el perdón sea sostenible?
Porque ¿lo perdonaría ella? ¿Si esto se lo hubiera hecho él?
¿Lo volvería a aceptar?
Vuelve a pensar en él con otras mujeres: cabello rubio y castaño y pelirrojo, melenas que nunca son negras extendidas sobre su almohada, cuerpos entre sus sábanas. Le duele como si estuviera escarbando en una herida en su estómago, una reminiscencia del mismo dolor que buscaba anoche.
Ojalá tuviera esa oportunidad.
Y es egoísta, hace que se sienta sucia, pequeña; es como una vergüenza ardiente y repentina: pero quiere que la perdone.
Un susurro, un atisbo de pensamiento.
Pero eso es lo que quiere, lo quiere. Lo desea con todas sus fuerzas: que sea posible que la perdone, que acepte su disculpa.
Lili respira mientras la iglesia se va calmando a su alrededor: la misa está a punto de empezar. Lili respira cargando el peso de la responsabilidad, respira sujetando entre las manos lo que ha hecho; respira a través de la más ínfima esperanza de él.
«Quiero tu perdón», piensa, y se levanta para marcharse.
«Estoy dispuesta a pedírtelo».
Tiene una idea. De camino al apartamento, compra una botella de vino, unas frutas y unas verduras. De pie, en la calle, desbloquea su teléfono y escribe algo en la barra de búsqueda de su navegador. Cambia de rumbo, dando un rodeo.
La tienda está lejos, a la sombra de Montmartre. La colorida fachada pintada de naranja y azul contrasta con el tiempo gris. Lili entra en la pequeña tienda, haciendo sonar la campanita de la puerta. Sigue lloviendo de forma intermitente, pero las nubes apuntan a que el cielo tal vez se despeje más tarde.
En el interior, huele a baklava con miel, a denso aceite de oliva, incienso y alimentos secos. Tras el mostrador, el anciano tendero —pelo blanco, gruesas cejas negras, un jersey de punto gris— levanta la vista al oírla y la saluda. Lili consigue dibujar una sonrisa y asiente a modo de saludo. Él le ofrece ayuda si la necesita —o eso supone; su francés es torpe— y vuelve a dedicarse a su crucigrama. Se escucha música bajita; proviene de una radio que hay junto a un diminuto jachkar de madera. Hay un gato dormido, con las patas perezosas colgando de la estantería.
Coge un cesto y empieza a explorar el establecimiento. Los cubos y los enormes sacos de lona abiertos muestran un surtido detallista y vistoso de mercaderías: dátiles enormes, almendras laminadas, lentejas rojas, aceitunas brillantes. En las sólidas estanterías hay botellas de aceite de oliva, limones en conserva, pequeñas latas de hojas de parra. Lili empieza a añadir productos a su cesto; tiene una receta en mente.
La tienda le recuerda a Samiramis Imports, a aquellos fines de semana de hace mucho tiempo en los que iba con sus padres a comprar al supermercado de productos de Oriente Medio en el distrito de Mission. Recuerda los botes de tahini, el jabón de aceite de oliva, los paquetes de tabaco de shisha que un día cogió para luego echar a correr por toda la tienda, provocando las carcajadas del tendero. Recuerda cómo se movía la preciosa melena negra y larga de su madre, recogida en un moño despeinado, mientras se paseaba con aire autoritario por los pasillos con la lista de la compra en la mano, tratando de encontrar el tahini adecuado, y cómo la miraba su padre, con una expresión casi melancólica que Lili no podía comprender.
Mientras su madre iba de un lado para otro sin parar, él cogía a Lili en brazos para que pudiera ver mejor los productos que había en las estanterías más altas y protestaba cuando ella, riéndose, trataba de coger los enormes sacos de arroz. Le ayudaba a leer las palabras en inglés y en árabe de los cartones y las latas y, al final, siempre se acababan encontrando a su madre hablando con algún desconocido, con su voz luminosa y su rapidez habitual, ya fuera en árabe, en armenio o en francés. «Tu madre sabe hablar en suficientes idiomas para no callarse nunca», bromeó su padre una vez, al oírla hablar a varios pasillos de distancia. Ella solía ir con el ceño fruncido, como atrapada en una discordancia entre la calma de su hogar y la inquietud, aunque estuviese hablando animadamente mientras tanto. Era después del 11S, los años en los que asesinaron a Hariri, en los que Siria retiró sus tropas del Líbano y hubo protestas multitudinarias. Sin embargo, esa expresión en concreto —una combinación entre añoranza y angustia— se esfumaba en cuanto los veía a ellos dos.