Nueve #10
Pasea por las callejuelas de Saint-Germain-des-Prés, el barrio latino. Como llueve, hay poca gente. Ve las ruinas medievales, el palacete del museo de Cluny; camina junto a tiendas de libros de texto usados, comercios de comida halal, puestos de crepes, tiendas de souvenirs a rebosar de baratijas. Los autobuses del transporte público, turquesa y blanco sucio, pasan junto a ella, salpicando agua de los charcos de la carretera. Recorre calles residenciales, pasa junto a galerías cerradas, boulangeries de lujo y barandillas en las que hay sujetas bicicletas bien cuidadas. Detrás del Cluny, los frondosos arboles de sus terrenos se estremecen bajo la lluvia: la Sorbona, vacía. Entonces cae en la cuenta: nunca le preguntó dónde había estudiado en París. Cuando tenía su edad y vivía allí.
Entre chubascos intermitentes, encuentra un café.
Se sienta fuera, bajo el toldo verde oscuro. Las sillas de mimbre de cuadros color verde y crema esperan, vacías. Se pide un café mientras la lluvia sigue sin decidirse. Sobre las mesas, limpias y ordenadas, hay ceniceros, vasos del revés apoyados en servilletas, pequeñas cartas dobladas y terrones de azúcar. Juega con los bordes de uno mientras contempla el tráfico irregular de peatones.
Rota, se siente rota, pero, por el momento, más tranquila, más en calma, igual que las calles que observa. Abre su diario y busca una página en blanco. No tiene ganas de escribir. En lugar de eso, con la barbilla apoyada en una mano, empieza a trazar líneas gruesas y fuertes con el bolígrafo, y otras más suaves para el sombreado. Dibujos insignificantes de cosas pequeñas —nada que ver con lo que Amina es capaz de hacer—, pero que la reconfortan.
—Merci —murmura cuando el camarero le trae el café.
Sabe a quemado, pero es ácido y con un toque terroso. Aparta el dolor de cabeza que se estaba gestando. Mientras lo bebe, levanta la vista de la página y otea la cafetería.
A un par de mesas de ella, se sienta un hombre.
El local está casi vacío; dentro hay unas pocas mesas más. Luz gris, lluvia de agosto.
—Un café allongé, s’il vous plaît —le oye pedir.
El camarero se marcha y el hombre abre su periódico, una copia de Le Monde.
Lili lo observa, levantando la vista constantemente de sus dibujos inconsecuentes. Se fija en que dobla el periódico para pasar la página, en el gesto de agradecimiento que hace cuando el camarero le lleva el café. Tendrá unos quince o veinte años más que ella: va bien vestido, pero informal, de mañana de domingo. Tiene el pelo castaño y lleva un abrigo fino para protegerse de la lluvia y unas gafas sobre la cabeza. Es guapo; le resulta vagamente familiar, del mismo modo que la mayoría de hombres guapos mayores que ella.
—Salut!
De repente, una mujer se le acerca saludándole con una ancha sonrisa, y, como consecuencia, a él se le dibuja una radiante. Ella se sienta a su lado y se lanza a explicarle una historia a la que da inicio con una suave carcajada, y él la escucha con una chispa de afecto en los ojos, con una sombra de sonrisa divertida en los labios, inmerso en el torbellino de su llegada. El camarero empieza a acercarse, pero el hombre ya sabe lo que va a pedir —señala en silencio su propio café—, así que ella sigue charlando, sin darse cuenta de nada, mientras se quita la bufanda roja.
—T’y crois toi? —exclama la mujer. Bajo la luz del tráfico, Lili oye el siseo de la máquina de café del interior—. Incroyable, non?
La sonrisa de él se torna cómplice, ladina y jocosa; le responde con un comentario irónico. La mujer pone los ojos en blanco y le da un cachete en el brazo. Se inclina hacia delante, apoyando los codos en la mesa diminuta, y le roba un sorbo de café. Su cuerpo se ha orientado de inmediato hacia él; consuelo, presencia.
Es hermosa. Elegante, delgada; lleva un jersey fino y la preciosa melena oscura suelta. El hombre la observa feliz, eso está claro, a pesar de su sonrisa burlona.
Él descansa un brazo en el dorso de la silla de ella, rozándole la espalda con la mano, trazando un patrón sencillo y suave con los dedos, mientras la mujer le habla de algunos de sus planes, de horarios de tren, de cenas, de un libro que se ha comprado, de algo relacionado con el trabajo; pequeños fragmentos de la semana que se ha marchado y de la que está por llegar. La conversación es demasiado rápida y coloquial como para que Lili la comprenda del todo; pero hay cosas que sí entiende, como la forma que él tiene de hacer las preguntas, algunos comentarios e ideas, cómo la escucha, los gestos, que indican que está interesado en lo que dice, pero también en cómo lo dice. Se halla frente a la queda intimidad de dos personas que se conocen bien, que han pasado la semana juntos y pasarán juntos también la siguiente.
Cuando se da cuenta, es una sensación fría y repentina.
Otras personas.
Podría haber… Podría… podría ver ya a otras personas.
Lili se levanta. Pone unos euros en el platillo del café, se cuelga la bolsa de tela del hombro y se va.
Mientras camina, empieza a llover con fuerza. Un chaparrón, de esos con gotas grandes y gordas que estallan al chocar contra los adoquines, de los que llegan junto a ráfagas de viento que soplan entre los árboles. Las pocas personas que había en la calle se esfuman en un instante, metiéndose en edificios, refugiándose en cafés o bajando a toda prisa los escalones del Métro. La opresión húmeda de la tormenta de verano desciende sobre ella desde el violento cielo gris.
Llueve demasiado para seguir. Tras pasar unos instantes acurrucada bajo el toldo recogido de un restaurante cerrado, Lili ve la intimidante iglesia que se alza al otro lado de la plaza vacía. Las pesadas puertas están abiertas y, sobre los escalones de piedra caliza gastada, unas pocas personas sacuden sus paraguas antes de entrar.
Domingo en Saint-Sulpice. Está abierta.
Dentro hace frío, el reconfortante frescor de un espacio vasto, y contrasta con la humedad pesada y caliente del exterior. La misa todavía no ha empezado. Lili trata de escurrirse el agua del pelo en el umbral, para no mojar el interior de la iglesia.
Una vez ha dejado atrás la tormenta de verano, se siente inmersa en el espacio oscuro, en el silencio intenso. Mientras se le acostumbran los ojos a la luz, nota la piedra gastada bajo sus pies, suave como si el agua la hubiera moldeado siglo tras siglo. El aroma residual a incienso es pesado, fragante, colma el aire frío. Se fija en el parpadeo de las velas encendidas, en las muchas capillas laterales, en el resplandor de las llamas sobre los viejos murales. Hay hileras e hileras de sillas de madera, quizá cientos de ellas, ordenadas en filas rígidas y austeras bajo los altos arcos de la bóveda del techo.
Mientras pasea despacio a través de los arcos oscuros, Lili observa a los feligreses, fijándose en el eco de sus pasos. Hornacinas con luz tenue, velas encendidas, euros que caen en las cajas de limosna, cera, oraciones. Unos cirios delgados iluminan el arte en penumbra, el rostro de la Virgen María, las pinturas al óleo de la pared. Arte antiguo, arte que perdura y se siente y se contempla cada día, aunque para ella no signifique gran cosa.
El espacio es más íntimo que espectacular. La gente va y viene: un hombre enciende una vela en una capilla lateral mientras su hijo pequeño levanta la vista hacia el techo abovedado, estirando el cuello; una joven entra para refugiarse de la lluvia, trayendo consigo un soplo de aire fresco y el repiqueteo de sus pasos por el pasillo central. Se hace la señal de la cruz sobre el pecho, un gesto reflejo, mirando al altar, antes de elegir una silla y sentarse.
Como tocar la piedra, una rutina, un ritual.
Abluciones de fe, gestos que persiguen un sentido; Lili se hace preguntas respecto a eso, respecto a la confianza depositada en algo fútil, al menos para ella. Al fin y al cabo, ¿no es eso la fe? ¿La confianza en la futilidad?
Ese es un espacio que palpita; en él hay algo que a ella le es ajeno, que contempla desde fuera, de lo que no está al tanto.
«Pasaba mucho tiempo en iglesias».
Se le corta la respiración. Otras personas a su alrededor, entre ellos.
Podría estar… Podría haber…
«Respira, Lili. Respira».
Elige una silla y se sienta. Trata de calmar su pecho mirando a su alrededor. Esa iglesia podría albergar fácilmente a miles de personas, probablemente haya albergado a cientos de miles a lo largo de los siglos que ha pasado aquí, en pie, hundiéndose en la tierra.
Frente a ella, un joven, algo mayor que ella, inclina la cabeza arrodillado en un banco. Lili lo observa, lo estudia. Trata de encontrar una historia para él, comprender qué pide, por qué se arrodilla. ¿Cuál será el peso que le hace agachar la cabeza? ¿Algo que desea con fervor? ¿Algo que ha hecho, que ha confesado? ¿Será reconfortante pedir perdón así, querer sin expectativas, más allá de merecer o no? Porque es algo que, en la mayoría de tradiciones, se da por sentado: que somos pecadores, que no merecemos.
A ella, la fe siempre le ha parecido algo forzado, un modo de incrustar su mente en una creencia limitante, más que un modo de expandirla. Sin embargo, quiere comprender; ha pasado mucho tiempo estudiando la religión —cómo las distintas generaciones han lidiado con lo desconocido, con la incertidumbre, con sus inquietudes sobre la moral, la bondad, el valor, el mérito—, pero muy poco tiempo en iglesias.
Quizá no haya nada. Quizá ese hombre arrodillado sea feliz y quizá solo esté dando gracias.
Lili aparta la vista. Echa la cabeza hacia atrás y contempla los arcos en lo alto, el techo de piedra abovedado. Un estilo arquitectónico que pretende hacerte sentir la presencia de algo más majestuoso, más misterioso, más poderoso, aunque solo sea incienso, aunque solo sean cánticos, solo voces humanas que tratan de llegar más alto, hasta lo que no se ve.