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Nueve #9

No está mojada. Sus dedos son torpes —borrachos, desesperados—, pero se imagina la mano de él sobre la suya cuando la suave tela de su ropa interior cede contra su muñeca, cuando el tenue ardor del placer empieza a refulgir.

«… habla conmigo, joder…».

Un sonido —mitad gemido, mitad sollozo— resuena en su garganta. Echa la cabeza hacia atrás, buscando el anhelo profundo y atroz en su interior, buscando esa herida de deseo.

«… no me dejes así».

Es como si estuviese tratando de encontrar viejos moratones, como si estuviese tratando de abrir de nuevo sus cicatrices. Busca los recuerdos que su cuerpo guarda de ese hombre, una herida en la que meter los dedos, en la que hundirse más adentro de su propia piel y sus propios músculos. Quiere soportarla, quiere algo de él que no pueda perder. De él, ese hombre que la tocó con tanta intensidad que recuerda exactamente cómo se sentía cuando jadeaba, cómo se sentía cuando los gemidos le atravesaban la garganta, cuando estaba bajo sus manos.

«… por el amor de Dios, ¿tienes idea de lo que se me está pasando ahora mismo por la puta cabeza? Haz el favor de decirme que estás bien…».

Si se toca lo suficiente hondo, lo suficiente duro, ¿será como era con él? ¿Quedan resquicios de él en su cuerpo a los que ella pueda aferrarse, que ella pueda perseguir, encontrar?

¿Quedan resquicios de cómo le pedía que le hiciera daño?

¿Y se lo haría todavía?

Intenta imaginárselo: el peso sobre su cuello, la presión sobre su tráquea. La ira y el fuego centrados en ella, el dolor infligido una vez tras otra, algo que se amorate, que sangre…

«¿Es esto lo único que quieres de mí?».

El móvil se cae al suelo; sus manos siguen moviéndose.

Un gemido, un anhelo sobre su piel: como si estuviese buscando una herida de entrada al tiempo que reza que no haya una de salida, que la bala de él se quede para siempre alojada en su interior, que las sombras de sus manos, esa presión que perdura, sean para ella y pueda quedárselas. Que el calor del cuerpo de él siga dentro de ella, limpiándola, porque él podía hacerle sentir que no era nada, pero una nada que él deseaba.

«¿Es esto lo que mereces, Lili?».

El talón desnudo se le resbala en el suelo de madera al tiempo que se atraganta con un sollozo repentino, aterrorizado.

—Por favor —jadea; una súplica atrapada en su garganta.

Baja más los dedos, los mueve más rápido, e intenta contener las lágrimas, tragarse el pánico, y le da la sensación de que esto es lo único que sabe hacer: lograr que su cuerpo florezca de placer bajo una capa acre de dolor, mientras su mente y su corazón se pudren, y todo su ser se pudre en esta oscuridad que ella ha engullido.

Su pecho se hunde con violencia con su respiración acelerada, bajo el peso de las cosas que no pudo —que no quiso— permitirse tener, las cosas que deseaba, no, que desea, porque las desea todavía. Algo palpita en su interior y se tatúa en su carne como un hematoma que no se cura, y su cuerpo tiembla como si hubiera una fiebre tratando de abandonarlo, como si hubiera una fiebre encontrando un hogar en ella, para ocupar el espacio de lo que ella se arrancó de dentro.

«Por favor… Por favor…».

¿Cómo pudo hacer algo así? A él, a ella, a ellos.

Qué amargo es en su cuerpo el sabor de su propia tristeza, qué humillante es el ardor de su propia vergüenza, qué hondo puede clavarse este dolor. Una pérdida que ella creía que estaba evitando: pensaba que sería más fácil, que le dolería menos mutilarse antes de que pudiera hacerlo él. Pero que hubiera dentro de ella otra persona, ese edificio sin ascensor de Mulberry… Lo sintió como una violación. Solo de pensar —¡pensar!— en las manos de otro, en más caricias que no sean suyas, se estremece, solo pensarlo hace que las lágrimas lleguen antes, porque lo único que desea, lo único, joder, es el refugio de él. Soportará su ira —quiere su ira, toda su ira— por lo que ha hecho; quiere que la rompa por ello, que le haga daño —que le haga daño con la fuerza de lo mucho que le importa—, y luego quiere que la escuche, que escuche esa disculpa que es pura agonía dentro de ella, que escuche su arrepentimiento, ese arrepentimiento desmedido que crece y crece y crece hasta hacerse más grande que cualquier dolor, porque lo que ella tenía, lo que ellos tenían, lo que ella intentó exorcizar con el calor de un desconocido, lo que se arrancó del cuerpo como si fuesen los puntos de una herida, era algo con lo que podría haber dado forma a su vida: aquellas mañanas luminosas y noches eternas, las llamadas y los mensajes desde husos horarios distintos, las cenas y el tiempo separados y el tiempo juntos, y volver a la misma cama, y el «cómo estás» y el «te he echado de menos» y el «me muero de ganas de verte», y el café, en esa casa —su hogar—, entre sus brazos, y «qué te parece esto» y «no, no estoy de acuerdo» y su sonrisa contra su piel y…

«No me veía casándome con ella».

Grita. Sus dedos se detienen brevemente; son insuficientes en esta habitación vacía, por mucho que lo intente y lo intente, estando tan lejos que de él.

Le resulta imposible respirar mientras se toca, tratando de ahuyentar ese deseo de su cuerpo. Porque no es un deseo que vaya a desaparecer, y no es un deseo que sea físico, del que pueda desprenderse, que pueda perseguir en otros cuerpos. Es ese vuelco al corazón en la calle y la esperanza de que la llame, es su corazón dejando de latir mientras esperaban al coche después de la gala, bajo la lluvia.

La mano izquierda, el dedo anular sin alianza.

Y es insoportable. Es insoportable lo mucho que deseaba que fuese tras ella, lo mucho que deseaba que hubiera sido él el hombre que ha visto hoy en la calle, bajo el sol tardío, que hubiera sido él quien la llamaba en mitad del bullicio del bar. Qué intensa era la esperanza que albergaba de que lo hiciera —inexplicable, improbable, estúpida— y qué poco se lo merecería, pero aun así… Aun así, cuánto lo desea, cuánto querría estar con él. Aun con esta atroz aceptación de su culpa, con la carga de esta responsabilidad, lo único que quiere —lo único— es a él, y no lo dice en pasado, y no es nada que vaya a abandonarla, es algo que no hará sino perdurar y perdurar.

El golpe sordo de placer llega de forma tenue y repentina, junto al dolor de la muñeca, el temblor de los pies contra la madera, la seda alrededor de las caderas y las lágrimas calientes en la cara. La deja enferma, con náuseas en la boca del estómago, y se siente destrozada, y se siente vacía, porque en su cuerpo no ha encontrado nada.

Acompañada del zumbido de las viejas farolas de la calle, llora. Deja de huir.

Lo único que quiere es a él, y no está preparada para olvidarlo.

La mañana siguiente amanece gris.

Es temprano, pero James ya está en la cocina del apartamento, preparando el café.

—Hola —la saluda al verla. Lleva una vieja sudadera de color rojo desvaído con la capucha puesta. Bosteza mientras presiona el émbolo de la cafetera francesa—. ¿Quieres un poco de café?

—Sí, gracias. —Asiente y le dedica una débil sonrisa de agradecimiento. Él le sirve una taza y se la pasa. La cerámica caliente contra las manos le resulta reconfortante.

—¿Cómo has dormido?

—Bien. —Se oye el ruido de la nevera al abrirse; James saca los ingredientes para preparar desayuno: huevos, tomates, fruta y leche—. ¿Y tú?

—Bastante bien —responde, tratando de contener otro bostezo. Abre el zumo de naranja y corta un pedazo del pan que compraron ayer en una boulangerie. Se oye el clic de los fogones al encenderse, el chasquido de la llama—. ¿Te encuentras bien, después de anoche?

Cuando se ha despertado, se ha quedado un rato en la cama. Durante más o menos media hora, ha mirado por la ventana abierta cómo se iba aclarando el cielo, del color del suave acero. Ha explorado el agotamiento que la anegaba, la sensación de dolor que flotaba en su cuerpo, como si hubiese hecho demasiado ejercicio, como si hubiese estirado demasiado. Como si, físicamente, hubiese tocado fondo.

Pero, en esa fragilidad, ha hallado algo. Algo tenue, como una rendición.

—Sí, estoy bien —responde, y es… posible—. ¿Qué tal Ami?

James sonríe avergonzado.

—Resacosa —admite, cascando los huevos sobre la sartén—. Todavía está durmiendo. ¿Qué quieres desayunar? Puedo prepararte avena; tenemos fruta…

Lili le dice que no con un gesto. Ya se ha vestido: una falda, un suéter ligero extragrande y unos zapatos.

—No te preocupes por mí, me voy ya —dice—. Voy a dar un paseo.

Él levanta la vista de los fogones con el ceño fruncido —se oye el chisporroteo de los huevos, que empiezan a cocinarse— y mira por la ventana.

—Han dicho que va a llover.

Lili se encoge de hombros y se termina el café.

—Pero no mucho. No pasa nada.

—Nosotros vamos a ir al museo Picasso, sentarnos un rato en un café, echar un vistazo a varias librerías… Hay varios sitios veganos por aquí, los he buscado.

—No te preocupes, de verdad, estoy bien —responde Lili, cogiendo su bolsa de tela del sofá.

—Vamos, Lili…

Ella se apresura a rodearle la cintura con los brazos, a abrazarlo con fuerza.

—De verdad, Jamie —susurra, pegada a su sudadera—. Estoy bien. Necesito estar sola un rato. Volveré en unas horas, lo juro.

Al cabo de un instante, su cuerpo —sorprendido— se relaja. La rodea por los hombros y la apretuja contra él.

—Escríbenos, ¿vale? —le pide en voz baja—. Cuando quieras. Entiendo que quieras estar sola, de verdad que lo entiendo. Pero a veces está bien estar sola con otras personas, ¿vale?

Lili lo abraza más fuerte antes de soltarlo.

Las calles están tranquilas; hace más frío que ayer. Acompañada de una leve resaca, Lili cruza el río. Bajo el cielo gris, la ciudad parece más calmada, más dormida. Un poco cansada, algo más parecida a un hogar. Abrigos ligeros, cuellos subidos, la pátina de la lluvia sobre el pavimento. Se recoge el pelo en un moño suelto en la nuca.