Nueve #8
—¿Solo tus amigos?
—Sí —responde Lili, concentrándose en la chica que tiene delante. Concentrándose en esa sonrisa, en esos ojos tan bonitos—. Solo con mis amigos. ¿Y tú?
El cigarrillo se consume, caliente, entre los dedos de la chica. El tiempo pasa. Cada vez está más cerca.
Eva se ríe —un sonido liviano— y exhala una suave nube de humo. Ahora están tan cerca que tiene que ladear la cabeza para exhalar y no echarle el humo a Lili a la cara.
—Aquí todo el mundo es mi amigo —bromea—. Probablemente sea amiga de los amigos de tus amigos… Y eso significa que también somos amigas, ¿no?
«Yo no soy tu amigo, Lili».
Lili alza el mentón y da otra calada demasiado profunda a su cigarro. El humo entra copiosamente en sus pulmones, en su garganta irritada de gritar en el bar, y ese momento de casi asfixia, de calor excesivo, que le provocan el cigarrillo, la noche que la rodea, el humo en su garganta, le proporcionan a su cuerpo un instante de sensaciones tangibles. Justo antes de exhalar, y de sentir el vértigo que las sigue.
—¿Eso quieres? ¿Que seamos amigas? —le pregunta.
Eva hace un ruidito, como si se lo estuviera pensando, y su sonrisa adopta un matiz cómplice. El silencio se alarga mientras ellas siguen mirándose, un segundo, y luego dos.
—¿Cuánto tiempo vas a estar en París? —pregunta Eva, en lugar de responderle.
Sin dejar de mirar a Lili, da un trago de vino.
—¿Por qué lo preguntas? ¿Alguna recomendación para esta americana? —responde Lili con voz provocadora; un coqueteo, una broma inocua.
Empieza a acercarse, a acercarse, acortando las distancias, y siente urgencia, urgencia…
Eva sonríe con suficiencia y tira la ceniza en la alcantarilla. Con el movimiento, su brazo se roza con el de Lili. Su pelo suave y fragante le acaricia el hombro.
—Si la americana las quiere… ¿Qué quiere la americana?
Qué cerca está, y su pelo huele a jazmín y a cigarrillos. Tiene los hombros delicados y la piel suave, la boca carnosa —madura—, los ojos claros, aunque el alcohol se los haya nublado un poco. Sus contornos están difuminados: la blusa de seda, el resplandor anaranjado de las farolas, el tenue brillo de sus finos collares de oro. Vislumbra un pequeño colgante, una medallita, acurrucada en su pecho sobre sus clavículas, bajo su blusa, y una suave brisa cálida le arruga la seda verde, haciéndola resplandecer como una gema. Ella también contempla a Lili, mientras las palabras —una pregunta, una invitación, el potencial— penden en el aire, entre ellas.
Cuando Eva exhala su cigarrillo, Lili saborea el humo, suave contra su propio pelo, su propia boca, mientras observa la de Eva, de labios un poco húmedos del vino, de dientes blancos; el corazón le da un brinco cuando su propio cigarrillo se consume y le quema los dedos. Eva se mueve hacia ella, muy ligeramente, apenas, y están cerca, muy cerca; sus pechos suben y bajan y a Lili le da la sensación de que puede ver su pulso, y saborear su perfume, y degustar los restos de vino que le quedan en los labios. El corazón le late cada vez más y más rápido; es como si oyese el tictac de un cronómetro, apremiándola hacia algo, con insistencia y fervor: alguien, necesita encontrar a alguien, como esta chica, por ejemplo, una boca fresca y un cuerpo nuevo, la posibilidad de un refugio temporal, del calor físico, un placer que pueda hacerla sentir segura, aunque solo sea un instante. Eva baja la vista —hace aletear las pestañas, se detiene un momento de más en la boca de Lili— y… Qué fácil sería. Es una chica muy guapa, justo su tipo. Qué fácil podría ser, joder. Acercarse un poco a ella, rozarle la piel y que le brillasen los ojos. Otra persona, otro cuerpo, una y otra vez, hasta que se haya limpiado de él, hasta que se lo haya borrado de la piel, hasta que su nombre —su nombre— ya no esté. «Aleksandr». Casi puede oír sus jadeos. «Sasha…». Lili se acerca un poco más, y un poco más…
Pero… siente, de repente, otra piel.
Eva le roza los labios con los suyos, y ella se queda rígida.
No es él.
Nadie es él.
—Lo siento —susurra Lili, apartándose. Se tropieza; recupera el equilibrio. Deja caer el cigarrillo en la alcantarilla; mira la expresión confundida de Eva—. Lo siento, tengo que irme. Que tengas una noche estupenda, de verdad, es que… No puedo…
Entra, se abre paso entre los cuerpos y encuentra a sus amigos.
—Yo me voy ya —le dice a Amina al oído, con voz ronca, sobre el ruido.
—¿Ya? —repite Amina, confundida.
El borde de su vaso tiene manchas de pintalabios. Rojo borgoña.
Lili consigue asentir.
—Es que estoy… —«Respira, Lili, respira»—. Estoy muy cansada. Necesito dormir.
—¿Quieres que te acompañe? —pregunta James con el ceño fruncido.
Está un poco borracho, pero se lo dice en serio.
—No, no —insiste, soltándose del brazo de Amina, que la tiene rodeada de la cintura, alejándose de la preocupación de sus rostros—. Estoy bien, de verdad. Por favor, quiero que os divirtáis.
Mientras se da la vuelta, mientras se marcha, una emoción se metastatiza con crueldad: el desprecio que siente por sí misma. Es un desprecio crudo, aderezado con una ira que la sacude, que le provoca unas náuseas acres en el estómago, además de pánico —qué cerca ha estado, qué cerca ha estado otra vez, joder—, por ver la tristeza y la confusión de Amina, la preocupación sincera de Jamie, en ese bar oscuro pero iluminado de risas, en París, en verano, en sus veinte. Porque es ella quien los ha hecho estar así, como si se hubieran descubierto con las manos vacías, como si se sintieran inútiles.
Nunca se había odiado a sí misma de verdad.
Pero ahora la sensación está ahí. Al alcance de su mano.
Entra tropezándose y suelta las llaves con torpeza. Pone una mano en la pared para no caerse en el pasillo oscuro, se quita los zapatos y busca su habitación, respirando desacompasadamente. Le vibra el móvil; son mensajes de James: 1.34. Escríbenos cuando llegues. 1.42. Lili? 1.44. Lili, vemos tu ubicación, escríbenos. 1.54. Si no nos contestas volvemos a casa. Escribe una respuesta —1.55. perdón, ya he llegado— y se deja caer en el suelo, junto a la cama.
Se frota el cuello, tratando de acompasar su respiración apresurada. En su cuarto reina un silencio sepulcral, pero el pánico creciente que se está adueñado de ella es estruendoso: siente el colapso de la sangre densa en los oídos, de trenes que aceleran en la noche, de relojes que van cada vez más y más rápido.
1.56. ¡Por fin!
1.56. Vale, llegaremos en una hora o dos
La luz borrosa entre blanca y azulada, el resplandor de la pantalla. El circulito rojo de las notificaciones: dos dígitos, intactos, todos los mensajes de él que no ha leído.
Dos dígitos que no han cambiado en las últimas cuarenta y ocho horas, desde que estuvo sentada junto al East River, desde que Michael habló con ella. Hace solo unos días que recogió sus cosas, que se marchó del loft, que salió sola y dejó que un chico que no conocía la tocara —recordarlo es como autolesionarse: le empiezan a temblar los dedos alrededor del móvil—, pero el día antes de aquello, solo un día antes de todo aquello, se despertó en su cama, estuvo en sus brazos, y él la abrazó, y la besó, y esa sonrisa, y la sensación cálida de tenerlo con ella… La brillante luz de la mañana la anegaba, y ella alargó las manos hacia él para que la abrazara antes de irse, pero fue mucho más que eso —más que eso— y, oh, ojalá él la hubiera dejado allí dentro, ojalá la hubiera inmovilizado y la hubiera retenido por mucho que ella tratara de resistirse contra él, ojalá no la hubiera dejado moverse, ojalá no la hubiera dejado moverse hasta que este arrebato febril se le hubiera pasado.
Lili entra en sus mensajes.
31/7, 00.31. Ya he aterrizado. Llego en media hora, antes dejamos a Michael en casa.
Y entonces llega el estallido, el impacto: llamadas y más llamadas de cuando llegó a casa y lo recibió su ausencia.
31/7, 01.01. ¿Dónde estás?
31/7, 01.03. Lili, contesta al teléfono.
31/7, 01.05. ¿Dónde estás? ¿Estás bien?
31/7, 01.06. Por el amor de Dios, contesta al teléfono.
31/7, 01.06. ¿Dónde estás?
31/7, 01.06. Lili, ¿qué coño pasa? ¿Qué ha pasado?
31/7, 01.34. Estoy en tu puerta.
31/7, 01.34. Veo la luz de tu cuarto encendida, por favor, déjame subir.
31/7, 01.37. Por favor, contesta al puto teléfono.
31/7, 01.37. Ya me estoy temiendo lo peor, ¿estás bien? ¿Te ha pasado algo?
Espacios entre mensajes, minutos entre mensajes. Los minutos que estuvo en la calle, gritando su nombre; cuando Jackie bajó y él le rogó que lo dejara subir.
31/7, 02.13. ¿Te lo has llevado todo, todas tus cosas?
31/7, 02.14. Lili, ¿qué coño pasa?
31/7, 02.14. Te lo suplico. ¿Qué coño ha pasado?
31/7, 02.15. Dime qué es lo que no va bien.
31/7, 02.15. Sea lo que sea, por favor, dímelo.
31/7, 02.17. Contéstame, joder. Me estoy volviendo loco.
31/7, 02.19. Lili, por favor.
Se lleva una mano al cuello; estremeciéndose con violencia. Le tiemblan los hombros porque hasta respirar le supone una carga; el pulso desbocado se le acelera cada vez más.
También hay mensajes de voz. Clica en el primero.
«Lili, ¿dónde estás…?».
Un sollozo se escapa de su boca, desesperado e instantáneo, en cuanto oye su voz. Se la tapa con la mano.
«¿… las llaves? Habla conmigo, coge el teléfono por favor, no sé qué ha pasado, pero puedo ayudarte, sea lo que sea… Dios, para eso estoy aquí, joder, para qué si no…». Oye la preocupación, el malestar, el nerviosismo por no saber absolutamente nada, y ahí, ahí…, también su ira.
Lili se aferra a eso.
Sube las rodillas al pecho, dejando que el borde del vestido de seda se le arrugue alrededor de las caderas. Clica en otro mensaje de voz. Desliza la mano entre sus piernas.
«… yendo a Brooklyn. ¿Qué coño pasa, Lili? ¿Estás bien…?».