Nueve #7
Echa la cabeza hacia atrás para terminarse el vino —no, ahora es un cóctel— y, de repente, la cuenta está sobre la mesa. Lili trata de coger su cartera, pero James ya ha dejado su tarjeta, haciendo caso omiso de sus protestas, y cuando se ponen de pie y se despiden de la mesa de al lado ella ya va trastabillándose, y Jamie se ríe y la agarra del codo, y ve que Amina la mira preocupada pero tampoco en exceso, porque ella también ha bebido. Lili se limita a reírse, los coge a los dos de los brazos y les dice que está bien, que está genial.
En la calle, todo le da vueltas.
Los pensamientos más densos empiezan a agolparse, ahora que hay aire fresco.
Sin embargo, oye reír a sus amigos —afectuosos, amables, la observan con mirada cálida y una mueca sutil pero extraña en sus sonrisas que ella no quiere empeorar— y ella les sonríe de vuelta, porque esto sí sabe cómo hacerlo, ella sí sabe cómo hacer que los demás sonrían. Sabe cómo hacerles momentáneamente felices de un modo que a ella también la complace, que la hace sentir bien, beneficiosa, una buena persona. Quiere ser eso para la gente que ama, para estas personas que le importan, en lugar de condenarlas a cargar el peso de toda su fealdad. Y Lili les da las manos, y entonces resuena la risa de Amina, y la brisa nocturna, y la enorme sonrisa de Jamie, y ella trata de tirar de ellos —«¡Vamos!»—, y nota el corazón magullado, y las costillas quebradizas, pero los quiere, los quiere mucho, y ese amor que siente por sus amigos y por lo que podría ser su vida y por lo que ha sido tiene que ser algo. Tiene que existir, de algún modo, en algún sitio, en algún puto sitio.
Y sobre ellos, en el cielo púrpura, una noche que nunca es oscura del todo flota sobre una vieja ciudad.
Cuando llegan al bar abarrotado que hay más abajo, en esa misma calle, James se abre paso entre la gente para ir a buscarles unas copas. Antes de que Lili pueda protestar —ella también debería pagar en alguna ocasión—, Amina la arrastra hacia la pista de baile. Lili cierra los ojos y se abandona a un glorioso momento de calor y oscuridad, y permite que la guíen, que la conduzcan a través de los cuerpos, las manos, los corazones, los actos y los cuerpos capaces de cometerlos. Lili sacude la cabeza —le ha sobrevenido un pensamiento repentino, frío, y tóxico: el recuerdo de sus propios actos— y sigue bailando, entrelazando sus manos con las de Amina.
Alguien le pone un cóctel en la mano: un negroni, lo de siempre. Demasiado vermut y poco Campari, pero está bueno, fuerte. Lili lo vacía de golpe, se lo bebe hasta que los cubitos de hielo le humedecen la nariz. Sigue bailando, y la canción cambia, y la sala se hace más densa, más embriagadora, plagada de nubes espesas y estruendosas de sonido. De repente, Amina suelta una exclamación: ha encontrado a alguien, rostros que conoce de su mundo del arte. «¡Sí, vamos a pasar unos días en la ciudad!». Nota una mano caliente en la suya, James, que tira de ella para sacarla de la pista, donde se maneja con facilidad gracias a su altura, y sigue a Amina, que ya está abrazándose a amigos y conocidos. Entonces, un aluvión de presentaciones:
—Li, no conocías a Pedro, ¿verdad? Alma trabaja en Zwirner, en Nueva York, pero está haciendo un recorrido de visitas por algunas galerías europeas… ¡Qué locura! ¡No sabía que estabas aquí!
Fuera, el calor del verano refresca al tiempo que la noche degenera dentro; un jaleo cada vez mayor, y copas, y alegría, y un sinfín de conversaciones y grandes grupos de amigos. Lili está arropada bajo el brazo protector de Jamie y sigue medio canturreando, medio bailando mientras arroja miradas a su alrededor. El francés que la rodea es demasiado rápido y confuso como para entenderlo, y todo el tiempo hay nuevos nombres, y nuevas caras, y menciones de una exposición, algo que Amina tiene que ver antes de irse, y las copas que piden a gritos en la barra, y alguien —Pedro, uno de los conocidos de Amina— va a por más bebidas y pregunta si alguien quiere algo.
—¡Cualquier cosa que lleve mezcal! —pide Lili, y él le sonríe.
—No sé si eso ha llegado al mercado francés —le responde él al oído, acercándose a ella.
James se ríe, pero apretuja más a Lili contra su costado, alejándola de Pedro, y le da su copa.
—Es un sidecar…, creo —grita por encima del ruido.
Ella arruga a la nariz al notar el sabor inesperado del limón, y, al otro lado del grupo, Amina los mira con una expresión que parece esperanzada, y Lili le sonríe, con una sensación indeterminada en el pecho. Siente que es una sonrisa, debe de tener aspecto de sonrisa…
Le vibra el móvil.
Con insistencia. Es una llamada, ¡una llamada! Y a Lili casi se le sale el corazón por la boca.
Casi tira la copa de la prisa con la que trata de sacar el móvil del bolso, golpeada de repente por una lógica fría, clara y bienvenida, porque es él, obviamente, tiene que ser él, tiene que serlo…
—Hola, hereje —saluda James, riéndose, al responder a la llamada grupal de FaceTime desde su móvil. Lili ve un destello de la melena roja de Jackie—. Estamos por ahí, te llamamos mañana… No, no, te he dejado las llaves en la cómoda. Bueno, joder, pues claro, tu habitación es un desastre…
—Perdón —murmura Lili, abriéndose paso entre la gente—. Necesito un poco de aire.
Con la piel sudada y el pelo pegado al cuello, sale dando tumbos del bar.
Fuera, el aire fresco le regala un alivio superficial. Empieza a buscar los cigarrillos. La brisa caliente le agita el vestido lencero, fino y liviano, mientras busca el mechero, que está perdido en el fondo del bolso. El alcohol se revuelve en su interior; ha comido muy poco y eso se mezcla con una agonía abrasadora, como si le estuvieran golpeando con demasiada fuerza un moratón. Le tiemblan las manos.
Está bien. Está bien. Solo necesita un poco de aire, solo está un poco borracha y había olvidado… Se ha confundido.
—Mierda —susurra con las manos vacías.
«Vamos, amor. Respira».
Trata de inspirar. Le tiembla el pecho; las manos no le responden. Está cansada, eso es todo; está cansada, y un poco borracha, y tiene jet lag, y hace calor, y está oscuro, y…
Nota el plástico y una pizca de metal —por fin— y se aferra al pequeño mechero. Aliviada, se enciende el cigarrillo.
Con la primera calada, inhala el humo y, con ese calor gris que crea un poco de espacio en sus pulmones, echa la cabeza hacia atrás. Con un suave vaivén —inhala, exhala—, intenta enraizarse poco a poco donde está, en ese lugar, en esa noche, e intenta ignorar la inestabilidad que se ha adueñado de su cuerpo, una combinación de la falta de apetito, del sueño fragmentado, la represión y la violencia —el puto hematoma— de haber albergado esperanza, de haber sido tan estúpida como para haberse atrevido a albergar alguna esperanza.
—Excusez-moi, t’as un briquet?
Lili mira atrás.
—¿Perdona? —dice, mirando a la chica que se le ha acercado, que acaba de salir del bar.
Pelo oscuro, flequillo despeinado, una blusa ancha de color verde y una minifalda negra. Lleva una copa de vino medio vacía en la mano y un cigarrillo apagado entre los dedos.
—Un feu? —pregunta la chica.
Señala el cigarrillo de Lili y le hace un gesto con el pulgar.
—Ah, sí. Oui —contesta Lili y le da el mechero diminuto.
—Merci —responde la chica.
Se enciende el cigarrillo; la llama se refleja en su copa de vino.
Lili la observa dar la primera calada. Exhala el humo con una dulce sonrisa. Es bonita, con ese flequillo un poco demasiado largo. Tiene los ojos azules, la piel clara y los labios gruesos, carnosos. Se le intuyen unos hombros delicados, la curva y la sombra de las clavículas.
—C’est fou, non? —comenta, mirando hacia el bar con gesto travieso, y le devuelve el mechero.
Lili niega con la cabeza en un gesto de disculpa.
—Lo siento… Mon français n’est pas…
La chica se ríe, pero con amabilidad.
—No pasa nada, hablo inglés. Me llamo Eva.
Lili la mira a los ojos —una expresión cálida, curiosa; tiene los labios manchados de vino y una chispa evidente de interés en los bonitos ojos—, igual que tanta gente la ha mirado a ella tantas veces antes, en otros bares, en otras ciudades, y entonces la siente: la posibilidad, esa vieja conocida.
Esto sí puede hacerlo. Sabe cómo hacerlo.
Sonríe.
—Yo me llamo Lili —contesta.
—Lili —repite Eva. Ladea la cabeza, pensativa—. ¿De dónde eres, Lili?
Pronuncia su nombre como si fuese un dulce secreto que comparten. Se pasa las manos por el pelo; lleva varios anillos delgados, como delicadas tiras de oro. Tiene el cabello alborotado, pegado a los lados de su fino cuello, probablemente de bailar, pero luce abundante, natural—. ¿Dónde está tu hogar?
«Un hogar es un poco una ilusión, ¿no? Algo que nos contamos para sentirnos mejor. Una ilusión de que hay un lugar hacia donde vamos, adonde podemos regresar, cuando en realidad nos fuimos hace años».
—Nueva York —responde—. Soy de Nueva York.
A Eva se le ilumina la mirada.
—¡Ah, Nueva York! Me encanta. Una ciudad muy emocionante.
Lili asiente y le da otra calada a su cigarro. El alcohol se le revuelve por las venas; esto sí sabe cómo hacerlo. Lo sabe.
—¿Y tú? —le pregunta, apoyándose en la barandilla de la calle. Le llega el aroma del perfume de la chica, de Eva: jazmín y azafrán—. ¿Eres de París?
Ella asiente y da un trago de vino.
—Sí, por supuesto. ¿Qué te parece la ciudad?
—Es preciosa —responde Lili. La mira a los ojos a través de la neblina del alcohol, del ruido distante del bar, de la conversación de los otros fumadores de la esquina—. Preciosa.
—¿Has venido con alguien? —pregunta Eva, apoyándose en la barandilla, al lado de Lili. Tiene los ojos muy azules, la boca como una fruta madura. Se acaricia el labio inferior con el pulgar, distraída, para quitarse unos restos de tabaco. Lili la observa—. ¿A París?
—Con mis amigos —contesta, señalando el bar con la cabeza.
Eva esboza una media sonrisa.