Games Nueve #6
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Nueve #6

—¡Lili! —la llama Amina desde la cocina soleada. Tiene la cara lavada y el pelo mojado, recogido con una pinza. Se ha puesto un vestido azul—. ¿Quieres una copa?

—Sí, por qué no. Pero dame diez minutos, deja que me cambie…

En el baño, se salpica la cara con agua fría. Cuando se roza la mejilla, se queda rígida y se agarra del lavabo de fría porcelana.

No puede ni tocarse sin estremecerse recordándolo a él. No es capaz de soportar ni las caricias más inocentes: ponerse el pelo detrás de la oreja o echarse agua en la cara.

A través de las puertas y las paredes, oye el golpeteo de las babuchas de Amina sobre el suelo, la suave risa de James.

Lili contiene los sollozos sin hacer ruido. Contiene esos lamentos dolorosos y sincopados en el interior de su garganta y de esa diminuta habitación.

No puede llorar.

Solo un momento, piensa.

Solo un momento más.

Ella sabe cómo hacer frente a la inestabilidad. Y no cree en que los mercados se corrijan solos, ni en la inercia ni en el laissez faire.

Intervención agresiva y corrección forzosa: esas son las herramientas de las que la economía se vale cuando está en crisis.

La pregunta es siempre cuándo intervenir.

—Greene —le dice Jamie al maître—. Une réservation pour trois.

El restaurante es oscuro y sofocante. Hay mesas diminutas, grandes grupos, gente fumando fuera y ventanales abiertos que dejan entrar los últimos resquicios de la luz del día, cuyo resplandor se une al de las velas. Detrás de la barra, hay un espejo que refleja una vez tras otra la sala y su bullicio seductor, lleno de cuerpos calientes y vino en las copas.

Líquido, lánguido y nocturno; una velada púrpura, un crepúsculo lavanda. Es un barrio lleno de vida, de calles laberínticas, situado más abajo del Canal Saint-Martin, que muestra la deriva hacia el este de la gentrificación. Mientras caminaban, tras renunciar al Métro, han visto grupos de jóvenes y el parpadeo de la Bastille por encima de las azoteas. Al pasar por place de la République, más sucia y cruda que el resto de la ciudad, y también más viva al caer la noche, se ha fijado en la estatua de Marianne que se alza en el centro de la plaza, en las calles llenas de kebabs, los bares ruidosos, el silbido de las bicicletas y las sirenas perezosas de las ambulancias francesas. Camina entre los grafitis que brotan a los lados de sus edificios, con sus agresivos garabatos, los estallidos de carcajadas de los grupos de amigos sentados en los cafés, con sus botellas medio vacías de vino, y, de repente, el estruendo del Métro al pasar bajo los respiraderos que hay bajo sus pies. Le da la sensación de que París exhala cuando cae la noche, de que suspira en voz baja, con una sonrisa pícara con la que enseña los dientes.

Mientras se arreglaba —Amina bebía sentada en su cama, ayudándola a decidir qué ponerse, y James estaba en el pasillo hablando con Hassan, que lo ha llamado de improviso por FaceTime—, Lili ha tratado de encontrar esa vieja expectación que solía sentir antes de salir de noche. Se ha bebido su copa más rápido de lo debido, teniendo en cuenta que tenía el estómago vacío, mientras Amina echaba un vistazo a su ropa. El alcohol le ha regalado una emoción endeble y superficial, pero se ha aferrado a ella con ambas manos, tan decidida como desesperada. «Me encanta cómo te queda este vestido», le ha dicho Amina, sacando una prenda negra de la maleta de Lili. «Te lo compraste en Awoke hace unos meses, ¿no? Es perfecto». Lili ha tragado saliva y ha sonreído. Por dentro aullaba. No había caído en cuándo era la última vez que se lo había puesto; una noche de mayo en otra ciudad, en otro bar.

—Bien sûr —responde el maître, tachando el nombre en el cuaderno—. Suivez-moi…

Lili se tropieza al seguirles; ya está un poco borracha. Amina la sujeta, riéndose.

—Cuidado —le dice, dándole la mano.

La luz se refleja en el vivo azul de su vestido. Lili nota también la mano de Jamie sobre su hombro.

Por encima del ruido, Amina le parlotea al oído:

—… un chef muy joven y prometedor. Trabaja con granjas locales, he pensado que eso te gustaría, y sus platos son muy innovadores, y muchos tienen las verduras como protagonistas.

Tras la barra, el resplandor de las botellas de licor —coñac, Chartreuse, absenta; montones de etiquetas extranjeras—, interrumpido por el estruendo de la coctelera y los movimientos agresivos de los brazos del barista.

—¿Cómo te encuentras? —le pregunta James mientras despliega su servilleta.

Cuando se han sentado en la mesita de la esquina, el francés ha empezado a sonar a su alrededor con fluidez. Amina asentía mientras el camarero le recitaba los platos del día, y luego ha pedido una botella de vino. «Sancerre, ¿sí?», ha querido confirmar, mirándolos. El camarero ha dejado sobre el mantel blanco una jarra de agua, con el cristal plagado de gotitas de condensación.

—Bien. —Lili asiente y el mundo se mece un poco con el movimiento. Coge su copa de vino y da un buen trago; el alcohol le arde en la garganta—. Sí, bien, estoy bien. Solo tengo un poco de jet lag. Ya se me pasará.

—¿Te apetece que vayamos mañana a ver la ciudad, antes de que Ami se prepare para Perrotin?

—Sí, claro, lo que queráis.

—Bueno, ¿qué es lo que siempre has querido hacer, cuando pensabas en ir a París? —la apremia.

«Pasaba mucho tiempo en iglesias».

Ella sonríe y niega con la cabeza.

—Podéis hacer planes sin mí. Ya es bastante que me haya acoplado a vuestras vacaciones, quiero daros un poco de espacio. —Vuelve a sentirse como una niña intentando con todas sus fuerzas que su presencia no sea una carga para nadie.

Amina frunce el ceño.

—Bueno, nos gustaría pasar tiempo contigo, ¿sabes?

Ella fuerza una pequeña carcajada.

—No hace falta, en serio. Quiero que os divirtáis.

—Pero queremos que estés…

—Estoy —insiste Lili; siente que el pánico la abrasa, que le duelen hasta los dientes de forzar la sonrisa—. Ahora mismo, estoy.

Sus amigos intercambian una mirada; se da cuenta de que su sonrisa es demasiado ancha, demasiado impostada. A través de la neblina creciente del alcohol y del aturdimiento del viaje, se da cuenta de que se orientan a su alrededor, de que tratan de protegerla, de interpretarla; de que intentan reconfortarla y no asfixiarla.

Solo que lo que ella quiere es que la asfixien. Quiere dejar de respirar.

—Decidme qué queréis hacer mañana —dice, sirviéndose otra copa de vino—. Por favor —añade, con la mejor sonrisa de la que es capaz.

Sus amistades son algo que todavía puede estropear. No puede perder esto también.

No puede.

Lili se emborracha.

El vino no deja de correr, y cuando se acaba la botella llegan los cócteles. El restaurante es íntimo, pero hace calor y es muy bullicioso, y el ruido sigue creciendo a medida que la noche pasa y va llegando más gente, y no dejan de pasar platos blancos y limpios que sacan de la cocina, bandejas llenas de ostras, vinos naturales de color naranja y el humo de tabaco que entra desde la calle, en la que el colofón violeta del crepúsculo se extiende sobre los edificios.

Se llevan los platos y traen otros nuevos, y logra tomar un bocado o dos antes de que el estómago se le ponga del revés y vuelva a recurrir a su copa, y a sus risas de sabor metálico. Le duele la cara de tanto forzar la sonrisa, pero les da más y más y más, dejando que la atmósfera y el bullicio la impulsen. Se ríe cuando Jamie imita a Amina un día, la última vez que estuvieron en París, que miró tan de cerca un monocromo Klein que uno de los empleados de la galería la regañó («Ami, casi se te tiñó la nariz de azul, estabas prácticamente vandalizando el patrimonio cultural francés»), y también de la rápida respuesta de Amina, aunque Lili no la pilla. En la mesa de al lado, en cambio, sí la oyen y los comensales se echan a reír; Amina los mira con una sonrisa mordaz. Lili siente que un zumbido persistente empieza a llenarle los oídos. Mira por la ventana, inclinando la cabeza para que le llegue el aire fresco, el resplandor, la felicidad oscura de la noche de verano, y «París tiene un cierto peso», y «he pensado que podríamos irnos de viaje», y Lili siente que se tambalea, que pierde el equilibrio, y trata de contener el aliento y…

Platos nuevos sobre el mantel.

—¡Joder, esto está buenísimo! —gime James.

La comida es, ciertamente, deliciosa; platos pequeños e imaginativos: hinojo rallado como parmesano sobre unas bolitas de risotto; brotes de shiso, hojas de portulaca y rábanos de color púrpura; anchoas saladas con un chorrito de aceite de oliva verde. Mientras les llenan los vasos de agua y les sirven unos vasos de cóctel cortos llenos de vermut, ella marea la comida en su plato, pero no come. En lugar de eso, se ríe más fuerte, sonríe más ancho, y, cuando sus amigos le vuelven a preguntar qué quiere hacer al día siguiente, vuelve a inclinarse por sus planes, hará lo que ellos quieran: los museos, los mercados, los monumentos. Luego se ponen a hablar de las muchas galerías que hay en la zona donde han alquilado el piso.

—Creo que te van a gustar mucho, son parecidas a esa exposición de Mehretu que vimos hace una semanas —comenta Amina, y Lili inhala con fuerza, pero su amiga enseguida empieza a contar que se ha puesto en contacto con ella una galería de Almine Rech porque está interesada en su trabajo y que le han pedido que se pase por allí mientras esté en la ciudad, y Lili le coge la mano, feliz, sinceramente feliz por su amiga, torpe de tan fuerte que es el deseo de zambullirse en la felicidad que siente por otra persona.