Games Nueve #5
76%

Nueve #5

—Hará calor —oye a Amina—. Solo necesita ropa ligera, algunos bañadores… Nos quedamos cerca del mar. ¿Dónde tiene el pasaporte? Ah, y escríbele un correo a la directora de la granja, ¿quieres? Dile que necesita tomarse un tiempo. Que es una emergencia.

En el cuarto de baño, Jackie coge los productos de aseo de Lili, el cepillo de dientes, el del pelo, las que se trajo de casa de él el sábado…

A través de la puerta abierta, oye a Amina al teléfono con James.

—Oye, que adelante. ¿Puedes comprar tú los billetes?

Cuestiones logísticas de las que se encargan otros. La sensación de que caminan de puntillas a su alrededor, de que hacen cualquier cosa por acomodarla. Y un vacío que persiste. Hay una distancia que separa la piel que los demás pueden tocar de ella, que está dentro.

«Te equivocas», piensa, recordando lo que le ha dicho Amina. «No irá a mejor. Solo cambiará».

Las horas y los kilómetros se alargan ante ellos en el cielo. Acurrucada en el asiento del avión, contempla a través de la ventana el crepúsculo naranja y las nubes que se oscurecen. Tiene la mirada cansada, frágil.

La acompañan el aire enrarecido de la cabina, el ruido de las páginas de las revistas, los toqueteos de las uñas sobre las pantallas cuando la gente elige las películas, y el ruido del plástico cuando desenvuelven la comida del avión y el siseo de los refrescos que abren los auxiliares de vuelo. Los rayos inclinados de la luz del crepúsculo se van moviendo por la cabina: brillantes y luminosos, bañan las hileras de asientos, reflejándose en el pelo rubio de James. A su alrededor, idiomas distintos, periódicos extranjeros, pasaportes. Vientos de Europa; de repente recuerda vagamente que nunca ha estado allí.

—¿Quieres algo de comer? —le pregunta Amina, apoyándole una mano en la rodilla—. ¿O de beber?

Niega con la cabeza. Se ha tomado una pastilla para dormir que Jackie le quitó a su madre y está esperando a que le haga efecto.

Amina se inclina un poco sobre ella y le pide a la azafata un hummus, pan de pita y una ensalada. Saca la tarjeta de crédito, y, tras el pitido del datáfono, le pone una botella de agua en la mano.

—Gracias —susurra Lili.

Cuando el carrito de comidas pasa de largo, James mira a Lili y le pregunta:

—¿Te apetece ver una peli?

—Vale —contesta.

James le pasa uno de sus auriculares.

Elige una película a la que ella no le presta mucha atención. Palabras extranjeras, subtítulos. En circunstancias normales, se habría metido con él —«Jamie, ¿quién se pone a ver cine de autor en un avión?»—, pero, cuando los créditos dan paso a la primera secuencia, se da cuenta de que ha elegido una película en la que no haya amor, ni ligereza, ni frivolidad: una película seria, que resonaba el año anterior como posible Óscar a la mejor película internacional, con guerras, países lejanos, momentos de comedia negra, humor irónico y tristeza generacional.

A su lado, Amina hojea la Numéro. Sobre eso también habría hecho un chiste, también habría chinchado a su amiga con afecto. «¿La encargaste en el quiosco expresamente, Ami?».

En lugar de eso, Lili se limita a mirar la película, acurrucada entre sus amigos, y no dice nada. Sabe que Michael ya se lo debe de haber contado, y esa certeza la invade con una claridad lúcida y triste. Se deja flotar en esos sentimientos, inquieta, distante. Pequeños parones en el tiempo, saltitos de olvido, distanciamiento: consigue disfrutar de una calma sorda cuando logra concentrarse en la película, pero enseguida se la atraviesa una esquirla de realidad. La desorientan el ruido del motor del avión, los anuncios que resuenan en la cabina, lejanos y poco inteligibles, y el murmullo de la tripulación de vuelo.

Las luces de la cabina empiezan a bajar. Una noche artificial, atrapada entre dos husos horarios.

Lili cierra los ojos.

En economía, la inestabilidad es inevitable.

Lili lo comprende. Conoce los medios mediante los cuales los bancos centrales tratan de hacer frente a la tendencia natural de los mercados hacia la inestabilidad; ha estudiado la planificación —rigurosa y continuada— de gobiernos y bancos centrales para prevenir las sorpresas, minimizar los desequilibrios y mantener la estabilidad.

Ella no planificó esto.

Lili rompe el plástico que envuelve el paquete de cigarrillos y lo tira a una papelera al salir a la calle. Es por la tarde y el piso que han alquilado está en la rue du Perche. «Estamos al lado de las galerías», le ha dicho Amina cuando el taxi los ha dejado en el Marais. «Deberías ir a ver algunas de las exposiciones mientras yo esté en las reuniones, a ver qué se cuece, ¿vale?».

Tras llegar, han metido las maletas en el antiguo y elegante ascensor, envueltos en el olor a sudor del aeropuerto, que se mezclaba con el de las aromáticas lilas del patio trasero, en la confusión propia del cambio de hora. Han abierto las ventanas para que entrara aire fresco y el suave calor de la tarde y han confirmado la reserva para cenar. Lili ha bajado en cuanto ha podido al estanco de abajo y con su tosco francés, que aprendió de niña, ha comprado un paquete de cigarrillos. La tienda diminuta, situada al lado de una farmacia, vendía también sellos, boletos de loterías y cargadores de móvil. Se ha llevado también un pequeño mechero.

En su teléfono sigue sin recibir nada, salvo varios correos de una preocupada Eileen porque ayer no se presentó en el trabajo y una alerta por el bajo saldo de su cuenta, ya que insistió en pagar por su billete de avión. En el taxi, le ha respondido a Jackie —Ya hemos aterrizado. Te quiero— y ha mirado la retahíla de mensajes suyos sin abrir, una cantidad estática, cada vez más enrarecida. Ninguna llamada reciente, ningún mensaje nuevo en el buzón de voz.

Ahora, en la calle, se enciende un cigarrillo y le da una rápida calada. Por encima de ella, oye las voces de sus amigos a través de la ventana, sus palabras indistintas. Se están arreglando para salir a cenar y la risa de Amina llega flotando hasta ella. El piso es precioso: techos altos y suelo enlosado en espina de pez. Un estallido de flores frescas les ha recibido en el vestíbulo, junto a una nota de bienvenida de los padres de Amina escrita en la caligrafía anónima de una florista cualquiera.

Cansada, desorientada —los últimos coletazos de la pastilla para dormir—, Lili otea la calle. Edificios residenciales haussmanianos, galerías de arte que no tardarán en cerrar, un restaurante en la esquina que poco a poco se llena con la clientela habitual. Cuando ha bajado, ha oído el repicar de las campanas, que daban las ocho. Es casi de noche y la calle está llena de gente que ríe. Hace calor y el aire es húmedo, pesado. La ciudad está abarrotada antes de que empiecen las vacaciones de agosto. Qué alegre es el verano.

Lili da otra calada rápida, inhalando con brusquedad.

Gitanes. En el estanco, ha pedido Gitanes.

Para estar más cerca de él. Más lejos de él.

Una noche. Puede sobrevivir a una noche allí. Ha tratado de mostrar entusiasmo ante la idea de cenar fuera; si se ha escapado a comprar tabaco es solo para controlar ese estado de anestesia emocional que está tratando de mantener para protegerse. No desea por nada del mundo ser una carga para sus amigos, un peso muerto que les toque arrastrar durante sus semanas de vacaciones.

Lili tira lo que le queda de cigarro a una alcantarilla y saca las llaves de la bolsa de tela. Trata de encontrar en ella una pizca de alegría. Trata de sonreír, de relajar la postura, de prepararse para ofrecer a sus amigos un poco de dulzura, un poco de amabilidad, pues se lo merecen de sobras.

De repente se tropieza; las llaves están a punto de caérsele de la mano.

Al final de la calle, hay un hombre. Alto, con el cabello oscuro —un cabello oscuro que le resulta familiar, con el largo justo para rozar el cuello de la camisa de lino— y la espalda ancha. Está hablando por teléfono, de espaldas a ella, oteando la calle…

Se abre una puerta y sale una mujer: rubia, radiante, relajada; inhala el aire del crepúsculo al tiempo que la suave luz del sol le acaricia el rostro. Cuando el hombre se vuelve hacia ella, su hermoso rostro se ilumina con una sonrisa. La atrae hacia sí y la besa en la sien, y luego en las mejillas, y en los labios, rebosante de felicidad al verla, mientras ella ríe. Luego se marchan juntos, de la mano.

Lili respira hondo; tiembla como si acabase de correr un maratón.

No era él.

Era otro hombre, esperando a otra mujer.

Abre la puerta de su edificio, cruza el patio casi corriendo y sube las escaleras, con el pánico pisándole los talones. Tarda un instante en abrir la puerta del piso antes de cerrarla tras ella de un portazo. Se apoya en la puerta de gruesa madera, tratando de respirar, tratando de respirar, y… No se había dado cuenta hasta que el corazón ha estado a punto de salírsele por la boca. No se había dado cuenta de lo aferrada que estaba al miedo y la esperanza —la puta esperanza— de que él fuese a buscarla, a pesar de todo. Y se había olvidado —¡se había olvidado!—, presa de la premura de su marcha, de que esta era su ciudad, la ciudad en la que vivió a los veintitantos, cuando tenía su edad; se había olvidado de que él vivió su juventud en los noventa, en esas calles. Los recuerdos que compartió con ella se colocan en su sitio de inmediato aunque varias décadas la separen de ellos, encajan de forma íntima y repentina, justo cuando ella estaba tratando de escapar de él, y de ellos.

—¡Hola! —Es James, que asoma por el pasillo. Lleva una copa en la mano; Lili ve el resplandor naranja del Aperol—. ¿Has encontrado el estanco?

Ella asiente, tratando de acompasar los latidos de su corazón.

—Sí, sí, todo bien. ¿Cuándo… cuándo tenemos que salir?

—¿En una media hora? —contesta, mirándose el reloj. La luz del sol se cuela por la cocina, tras él—. Hemos pensado que podríamos ir caminando, hace un día precioso.