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Nueve #4

—Sé que no es… un hombre fácil —añade Michael, más cuidadoso con sus palabras ahora—. A veces, puede que dé la impresión de que no hay nada que le importe, de que piensa que el mundo es un juego, una broma macabra, que no hay nada sagrado para él. En eso hay una cierta ironía; no creo que a él se le haya escapado. Porque eso es increíblemente ruso, aunque décadas enteras lo separen del país. Y lo cierto es que no, la mayoría de las cosas no le importan mucho. Sin embargo, tú… —Michael exhala un suspiro—. Tú si le importas. Ha decidido que le importas. —Ella se clava las uñas en los brazos. No piensa llorar. ¡No piensa llorar!—. Puedes culparle de muchas cosas. Pero no le culpes por querer preocuparse por ti. Se ha permitido muy pocas cosas que le importen en esta vida. Permíteselo. Por favor.

—No puedo —insiste con voz ronca.

—¡Inténtalo, por el amor de Dios!

—Estará mejor sin mí —susurra.

—No te corresponde a ti tomar esas decisiones por los demás.

Algo se le atora en la garganta: el calor de un sollozo desesperado. Se abraza con fuerza a sus rodillas.

El móvil empieza a vibrarle sobre el banco, entre los dos.

Michael suspira de nuevo al ver el nombre, pero Lili no lo mira. Se limita a parpadear para contener las lágrimas.

Cuando la llamada termina, Michael vuelve a hablar.

—No sé qué habrá pasado, pero podéis hablarlo —la insta—. Habla con él, no estropees las cosas así. Sé lo que se siente, llevo casi una década casado…

Ella se estremece tan rápido que hasta le duele.

«No me veía casándome con ella».

Y la idea de que, al final, cuando todo pase, ella también será una mujer con la que no se veía casándose.

—Dímelo —le ruega Michael—. ¿Qué ha pasado? En serio, ¿qué puede ser tan malo como para que necesites ignorarlo así? Ese hombre mueve cielo y tierra por la gente que le importa. ¡Habla con él!

Lili trata de respirar, pero el oxígeno se le atora en los pulmones.

Él merece poder olvidarla.

—Le he engañado con otro —susurra.

Mira al frente. Contempla los ferris que cruzan el río. Mira a cualquier parte menos al hombre que hay a su lado, que se pone rígido al comprender lo que ella acaba de confesar. Es por cobardía, supone, por lo que se abraza a las rodillas con más fuerza, por lo que deja que el sol le nuble la mirada con que otea el río, por lo que no se atreve a mirarle.

Cierra los ojos.

Respira una vez, y luego otra.

Oye el rumor del agua en el interior de su cabeza y, cuando los abre, Michael ya no está.

Un peso inconmensurable se asienta sobre ella.

Sus actos se enfrentan al fin a sus consecuencias.

Puertas que se cierran, caminos que se transforman. Un espacio luminoso ha desaparecido.

Y, así, seguimos.

Cuando abre la puerta de casa la reciben las voces de sus amigos. Se encuentra conversaciones cálidas en el salón y un vestíbulo abarrotado de zapatos: las Teva de plataforma de Jackie con sus correas de velcro deshilachadas, las botas de fútbol que James se pone para su liguilla de fútbol recreativa y las babuchas gastadas de Maryam Nassir Zadeh de Amina, de color verde lima desvaído. Hay uno de sus rollos de lienzo metido en un tubo, contra la pared, al lado de una bolsa arrugada de materiales de pintura.

Cuando la puerta se cierra tras ella, la bolsa de tela se le desliza por el brazo.

Tiene las llaves colgadas de la mano. El móvil no suena.

—¡Hola! —Amina asoma al vestíbulo. Lili oye las risas de los demás tras ella—. Íbamos a ir al parque a jugar al voleibol, te estábamos esperando…

Lili rompe a llorar tan de golpe que le duele el pecho.

Tiembla y tiembla con los hombros hundidos; trata de no derrumbarse en mil pedazos. Unos brazos la rodean, cálidos e inmediatos, mientras el calor abrasador e increíble de sus lágrimas le quema la garganta. No sabe cómo, ni donde, pero cree que está balbuceando algo —una confesión, una explicación inútil—, y se encuentra como respuesta el aire plagado de palabras de consuelo. Pero ninguna la reconforta.

La verdad está ahí, a la vista.

Hubo un antes, y ahora hay un después.

—¿Y si…? ¿Y si hablas con él? No sé, explícaselo…

—No va a querer hablar conmigo —susurra Lili, con la cara hundida en la almohada. Jackie la abraza con fuerza—. No querrá.

Lo ocurrido en el vestíbulo hace un rato está borroso. Ella se derrumbaba mientras los sollozos le sacudían todo el cuerpo y sus amigos trataban de tenerla en pie; Jackie la ha cogido del rostro, con los ojos azules muy abiertos, «ay, Lili, amor»; alguien de brazos fuertes la ha estrechado contra su pecho al ver que no podía parar de llorar y, entonces, el olor del detergente de la ropa de Jamie, los recuerdos de la universidad, «ya está, Lili, ya está»; las manos de Amina sobre su espalda, acariciándola arriba y abajo para tratar de calmarla; la inhalación colectiva y repentina de los tres cuando por fin ha susurrado que lo ha engañado con otro, y la sensación de que lo estaban esperando, de que todos lo estaban esperando, no que ella se derrumbase, sino que lo estropeara todo…

Ahora solo está Jackie.

Amina y Jamie se han ido a casa; Jackie se lo ha pedido en voz baja. Se han despedido en susurros, la puerta se ha cerrado, y ella, que no podía parar de sollozar, ha apretujado la frente contra las rodillas: demasiada gente, demasiadas caricias que no eran de él.

—¿Quién… quién fue? —le pregunta Jackie con vacilación—. ¿Con quién…? O sea, ¿con quién te…?

—Nadie importante. —Su voz suena vacía, incluso para sus oídos.

Se hace un silencio entre las dos, un silencio triste. Están en la habitación de Jackie, acurrucadas en la cama. Está oscuro, las luces del piso están apagadas. La calle está en calma. Solo se oyen las sirenas ocasionales y el suave siseo del difusor de aromas de Jackie, que está en una esquina.

Sabe qué pregunta viene ahora.

—¿Por qué…? —Jackie se interrumpe. Lo vuelve a intentar—. ¿Por qué lo hiciste?

—Antes de que lo hiciera él —susurra.

—¿Qué quieres decir?

—Me… me asusté —susurra de nuevo, apretujada contra la almohada que comparten.

—¿De qué te asustaste, amor?

—Pensé que… —Se interrumpe; inhala; «respira, Lili, respira»—. Pensé que sería más fácil… si yo lo hacía primero, porque él… él dijo… dijo…

La garganta se le contrae alrededor de una nueva oleada de lágrimas; el peso de la ausencia es cada vez más acuciante, más opresivo. «Ausencia», algo que ella siempre entendió como una falta, como algo que ignorar, y que ha resultado ser una presencia tan profunda que hace que le cueste respirar. Trata de repetir lo que él le dijo, esas palabras que pronunció después de la gala, enmarcado por el verdor del parque, pero lo que recuerda en su lugar es una piel desconocida pegada a suya, otro hombre en su interior.

Lili se agarra con fuerza al edredón y llora.

—Ay, amor… —susurra Jackie. Hunde la cara en el pelo de Lili y la abraza con fuerza. Hasta ella tiembla con la violencia de los sollozos de Lili—. No pasa nada, amor, no pasa nada… Estoy aquí, todo irá bien.

Palabras insignificantes, amabilidad inútil.

Apretujado contra su pecho, su móvil ya no suena.

—¿… un poco de té?

Lili parpadea al despertar. Una voz de mujer conocida. Jackie. Es por la mañana.

—Sí —susurra—. Por favor.

Un beso rápido en el pelo. Jackie se inclina sobre ella, tapando el sol unos instantes. La piel le huele a limpio, a recién duchada, y deja en el aire la suave fragancia del champú y el aire del exterior, como si acabase de volver de correr.

Oye el sonido del hervidor de agua en la cocina.

—¿De jazmín está bien? —le pregunta Jackie— ¿O prefieres matcha, o alguno de hierbas, o…?

—De jazmín está bien —contesta Lili, sentándose en la cama de Jackie.

Siente que su cuerpo está vacío. Todavía tiene tierra bajo las uñas, de trabajar en la granja. Mira su móvil.

No hay llamadas perdidas.

No hay nuevos mensajes.

—Hola.

Lili levanta la vista. Amina está en el umbral de la puerta, también vestida con ropa de correr. Lleva el pelo recogido en una cola alta y tiene las mejillas sonrosadas, de un color saludable. Lili se pregunta si su presencia aquí es un indicador de las conversaciones que están teniendo lugar entre sus amigos, de que el acto cometido ha cobrado vida más allá de ella, más allá del dolor que siente en el pecho, y ahora existe, por sí solo, en el mundo: un tema de conversaciones ajenas a ella —que son sobre ella—, algo que ya no está en sus manos.

—Hola —susurra Lili.

Se lleva las rodillas al pecho y se abraza a sí misma.

Algo aflora —una pizca de tristeza, unas migajas de pena— en la expresión de Amina. Lili aparta la vista y mira por la ventana. No quiere eso, no quiere su pena, molesta e intolerable, pero, sobre todo, lo que no quiere es su empatía. No quiere su preocupación ni sus cuidados porque no se los merece. Quiere arrancarse la piel con las uñas, quiere seguir durmiendo.

Amina se sienta a su lado.

—Te vienes con nosotros —la informa con firmeza, con decisión—. Te vienes al sur de Francia con Jamie y conmigo. Salimos esta noche. Primero vamos a París. Tienes que salir de esta ciudad.

Y ella… Ella ya no tiene fuerzas para seguir negándose a apoyarse en los demás, para seguir negándose a aceptar lo que dicen que quieren darle.

—Vale.

Amina frunce ligeramente el ceño, pero se borra la expresión de incredulidad de inmediato, a toda prisa.

—Ya sé que ahora mismo no quieres escuchar estas mierdas —añade, con voz más amable—. Pero esto pasará. En algún momento, de algún modo. Irá a mejor.

Lili asiente distraída. Jackie entra con una taza de té y Lili trata de darle las gracias con una pequeña sonrisa. Amina le dice que ya se encarga ella de hacerle la maleta y Jackie se ofrece a ayudar.

Desde la habitación, oye las ruedas de su pequeña maleta de mano, la que metió de nuevo en su armario este verano tras el viaje a Marin que no fue, y el ruido de los cajones de su cómoda.