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Nueve #3

—Exacto, kommunalka. Unas diez familias en un apartamento aristocrático dilapidado, el 3 de Ligovsky Prospekt, con sus altos techos ornamentados sobrevolando nuestra casi pobreza comunitaria. Cocina y baño compartidos, una habitación privada para cada familia y viejos suelos de roble que no hacían más que crujir. Tras la muerte de su padre, cuando él tenía unos siete años, su madre se trasladó con él a nuestro kommunalka. —Michael se ríe con amargura—. Tal vez fue una de sus únicas decisiones defendibles como madre, aunque no lo hiciera por eso. Fuera como fuese, lo conocí en la cocina justo después de que se mudaran. Para los rusos, la cocina no es solo el espacio de la casa donde cocinamos, es también donde vivimos, donde recibimos a los invitados, donde mantenemos conversaciones hasta altas horas de la noche, donde los niños hacen los deberes. En la radio poníamos a Vysotski y transmisiones internacionales ilegales. Había huevos duros y montones de periódicos viejos, de la semana anterior.

»Él tenía siete años. Era el final de la tarde y su madre se acababa de ir, a la hora que todos los demás volvían de la escuela o del trabajo. Lo recuerdo bien, allí, sentado a la mesa. Un chico serio de mirada dura. Me dio la sensación de que allí se acababa de producir una discusión. Mi abuela estaba cocinando y yo estaba medio escondido detrás de mi hermana mayor, que estaba ayudándola mientras chismorreaba con una de sus amigas. Mientras yo lo observaba, él se puso a estudiar… Creo que matemáticas. Mi abuela lo adoraba. Todos los abuelos y todos los padres lo adoraban. Por la noche, después de llevarnos a los demás a la cama, lo dejaban quedarse en la cocina hasta más tarde, mientras ellos empezaban a beber y a conversar.

»Todavía recuerdo el tictac del enorme reloj de su cuarto. Suyo y de su madre, quiero decir. El papel pintado dorado y desvaído, el póster con el alfabeto cirílico… Había libros por todas partes: Bulgákov, Dostoyevski, Chéjov… Elena enseñaba en la universidad y siempre traía libros a casa.

—¿Elena? —pregunta Lili con el ceño fruncido.

—Ah… Elena es su madre. —Asiente—. Pero casi nunca estaba en casa. Estaba en las aulas, en la calle, quién sabe dónde. Cuando Sasha estudiaba, yo me iba a su habitación a leer. Allí se estaba más tranquilo. Él casi siempre estaba solo. Yo tenía hermanos, y a mis padres, mis abuelos… El ruido nunca me dejaba pensar. —Michael se ríe con suavidad, un eco de un afecto genuino—. Aprendí a leer pronto, porque cuando no sabía sacaba de quicio a Aleksandr. No hacía más que pedirle que me leyera titulares en voz alta, mirar qué libros tenía por encima de su hombro… Me aburría si él no venía al patio a jugar. Una de las primeras cosas que leí hablaba de los millones de muertos que se habían «descubierto» de repente. Como si el gulag hubiese aparecido de la nada, como por arte de magia. La gente por fin leía los informes sin censura, con una perplejidad que la dejaba paralizada.

»Y sí, en aquel entonces ya podíamos hablar con un poco más de libertad, pero todo nuestro dinero se esfumó con las reformas de Gaidar. Había un borracho gobernando el país, todo estaba en venta, los traficantes del mercado negro estaban al mando, la gente se peleaba en las calles… Recuerdo ver a Tchaikovski en todos los canales, El lago de los cisnes en bucle en la televisión estatal, mientras la capital se llenaba de tanques.

»Nada era seguro. Nada estaba claro. Durante casi ocho años habíamos vivido en una clase de mundo, y, de repente, ¿qué? ¿Mercados libres? ¿El pueblo, libre?

—Hablas como un socialista —murmura Lili.

Michael se encoge de hombros, como si le fuera indiferente.

—Después de vivir algo así no te casas con nada. No eres más que… un par de manos, en realidad. Te reduces a aquello que puedas coger. La mayoría de la gente no es capaz de sobrevivir a un cambio así, del gris a un tecnicolor que te quema las retinas. La psique de los rusos se fracturó un poco cuando se dieron cuenta de que ese nuevo mundo requería de otra especie de persona, de otro tipo de hombre.

»Cuanta más libertad teníamos, más rápido se esfumaba la comida de las estanterías. Teníamos cartilla de racionamiento para todo. Las tiendas estaban vacías, había colas larguísimas para cualquier cosa… La gente se pasaba horas y horas esperando. Yo tenía doce años entonces, y mi madre me mandaba a hacer la cola a mí. Tenía hermanos más pequeños, así que ella no se podía pasar tantas horas fuera de casa, y en invierno hacía demasiado frío para que lo hiciera mi abuela. Pero cuando oscurecía era peligroso, y oscurecía rápido, y temprano. No era seguro volver solo por la calle, y cuando Aleksandr se enteró de que quien iba a hacer la cola era yo, empezó a acompañarme. Él tenía quince años, así que la gente no solía meterse con nosotros cuando él iba conmigo. Perdió muchas horas de estudio así. Ahora no puedo ni oler el mentol sin que me entren ganas de llorar. Zolotaya Zvezda… Estrella Dorada, se llamaba, aunque creo que aquí lo llamáis bálsamo de tigre. Se lo ponía debajo de los ojos para aguantar despierto, para seguir estudiando cuando volvíamos a casa. Y pasaba la medianoche y su madre todavía seguía fuera de casa.

Michael hace una pausa. Lili contiene el aliento; no quiere que pare. Los ruidos confusos del parque y de Brooklyn acuden a toda prisa para llenar el silencio momentáneo.

—No sé cuánto sabrás sobre su madre —dice al fin. Lili se relaja ante la promesa de unos instantes más de relato—. Su padre murió cuando era pequeño, pero su madre era profesora. Y bastante reivindicativa, además. Había distribuido samizdat de adolescente, criticaba al régimen… Protestas, panfletos, agitación; se dedicaba a ese tipo de cosas. Y también sabía cómo irse de rositas. Sabía asegurarse de que las peores consecuencias no recayeran nunca en ella.

Lili ladea la cabeza.

—¿Qué quieres decir?

Él sonríe con cierto pesar.

—Era muy guapa. Hermosa, en realidad. Todavía lo es; lo tuvo muy joven, apenas tenía veinte años. Era despampanante e inteligente, y lo utilizaba. Y supongo que también le enseñó a él cómo utilizarlo.

»Recuerdo que, cuando él sabía que iba a venir a cenar, que era en contadas ocasiones, él leía todavía más, tratando de encontrar alguna opinión o idea que le interesara, para… No sé, ¿para que se quedara un rato más en casa? Al final dejó de hacerlo, cuando tenía unos once años, más o menos. Para entonces, ya había entendido que ella tenía sus prioridades y que él no era una de ellas.

»Sin embargo, lo llevaba al Hermitage a menudo, quizá una vez al mes. Eso lo recuerdo. Aquello era importante para ella. San Petersburgo es una ciudad de museos, y ella le hablaba de historia, le enseñaba arte, recorría con él las calles de la ciudad. Yo estaba celoso, aunque luego, cuando volvía a casa, lo veía derrumbarse en la cama, agotado. Y yo intentaba que bajara a jugar con nosotros al patio, pero él me decía que lo dejase en paz. Creo que ella lo abrumaba.

»San Petersburgo, aunque entonces se llamaba Leningrado, es una ciudad maravillosa, pero es un sitio muy gris. El sol saldrá unos sesenta días al año, y en invierno llegábamos a pasarnos semanas enteras sin verlo. En parte, por eso a Aleksandr le gusta tanto Nueva York. El cielo es azul y brillante, incluso en invierno. Puedes ver el sol. Puedes respirar.

»Pero allí, entonces, no se podía. Creo que él se sentía asfixiado, y que tenía hambre… No, no es que tuviera hambre. Se moría de hambre, sufría un hambre despiadada. Crecer sin un padre en aquellos años… En cualquier año, en realidad, pero en esos, sobre todo, fue muy cruel. Tenías que luchar con uñas y dientes.

»Creo que, cuando por fin confesó que estaba tratando de salir el país, que había solicitado puestos en universidades extranjeras, Elena se rio de él. Como si ella no lo hubiese convertido en un muchacho —un hombre, llegados a ese punto— que querría irse, que sería capaz de irse, que disponía de la inteligencia, del conocimiento de idiomas, de la motivación y la insatisfacción para irse.

»Creo que les cuesta ver lo mucho que se parecen. Tienen el mismo tipo de inteligencia, la misma facilidad para ser crueles cuando quieren. Hay ciertas cosas que les preocupan con una pasión desmedida y otras que desprecian por completo. Aquella casa era claustrofóbica; siempre que Elena y Aleksandr estaban en ella a la vez, se sabía. Era una broma recurrente en el edificio cuando él era adolescente, porque, si coincidían, era inevitable que se oyeran gritos y uno de los dos acabase largándose, echando humo. Ella pensaba que Rusia empezaba a poner un pie fuera de la tumba y él, que el país se pudría en las calles. Ella pasaba su tiempo en las plazas y en las aulas y él ya estaba a miles de kilómetros de distancia.

»Así que sí, al final logró salir del país, y no fue una cuestión de suerte. Lo hizo todo él solito, y luego me ayudó a mí. Con las solicitudes, los exámenes, los estudios, el precio de las matrículas… Me ayudó con todo, y también me lo pagó él. Con qué dinero, no lo sé.

Michael se queda en silencio. En su respiración acompasada, Lili escucha también una calma resignada, que lo acompaña mientras regresa al presente poco a poco. Se resintoniza con los colores de ahora, con los sonidos de ahora, y la burbuja de sus recuerdos empieza a desvanecerse. Es una historia que ha logrado aceptar, relatos muertos que siguen estando vivos para él. Ser consciente de por qué los ha compartido con ella hace que le entren náuseas.

Lili guarda silencio.