Nueve #2
El olor de la tierra es fresco, rico. Lili arranca las últimas pamplinas que le estaban robando terreno a las remolachas, se pone de pie y se sacude la tierra del mono de trabajo. Dentro de poco termina su turno. En el invernadero, los voluntarios rebuscan lo que quieren llevarse entre las hortalizas que no se venderán en el mercado. Eileen la saluda con la mano y Lili asiente como respuesta, arreglándoselas para dibujarse una sonrisa. Esta mañana, cuando ha llegado a la granja de Williamsburg, le ha entregado el papeleo —los formularios fiscales, el contrato de trabajo— y no ha sentido nada salvo unos muros que se estrechaban a su alrededor.
Primero un pie y luego el otro, se ha dicho a sí misma. Cuando se ha levantado de la cama, cuando se ha vestido; también cuando ha mirado el móvil y se le ha hecho un nudo en la garganta al ver las llamadas recientes y los nuevos mensajes.
Corresponden a horas avanzadas de la noche: las 00.43, las 2.97, las 4.56…
Señales de que no duerme, igual que le pasa a ella, pero por razones muy distintas.
No tardará en enterarse. Es inevitable que lo descubra, que sume dos más dos; si no llega a conocer los detalles, sí será capaz de imaginarse los contornos. Sin embargo, ante la idea de confesárselo ella misma, su cuerpo entero se convierte en un grito. Ninguna de las posibles explicaciones que podría darle —la torpe lógica de hacerse daño ella misma antes de que se lo hiciera él, que quería convertir el inevitable abismo que se le venía encima en una certeza, para que lo que ocurriera estuviera en su mano, para tener tiempo de prepararse— significaría nada para él. Y esa espera, esta demora entre el acto que ella ha cometido y el momento en el que él lo descubra, esa tierra de nadie entre una elección y sus inevitables consecuencias, le duele más de lo que nunca habría imaginado.
Se va sin despedirse de nadie, con su bolsa medio llena de hortalizas imperfectas. Ha cogido pepino limón porque sabe que a Jackie le encanta. Pasa por el compost y los colmenares, se desliza por el hueco de la cerca de malla metálica cubierta de carteles que anuncian los eventos comunitarios y los talleres de la granja para salir a River Street y…
Hay un coche negro parado en la esquina. A Lili se le corta la respiración.
Sin embargo, el hombre que espera a su lado no es Aleksandr.
—Hola, Lili —la saluda Michael. Luce un traje gris y una expresión fría y casi inescrutable—. Estás viva, por lo que veo.
—Mira, te firmo lo que quieras, ¿vale? —le dice, pasando por su lado lo más rápido posible. No puede hacer esto; se niega a hacer esto—. Un acuerdo de confidencialidad, lo que tú me digas, ¿vale? Solo… No sé, envíamelo, o algo, ahora no puedo…
—No he venido a eso —repone, siguiéndola.
Lili vuelve a mirar el coche de golpe, presa del pánico.
—Espera, ¿está…? ¿Está aquí?
—He venido solo yo —la tranquiliza. Habla con voz queda, como se le hablaría a un niño o a un animal asustado. A Lili le saca de quicio; no se merece tanta cautela—. No sabe que estoy aquí.
—Entonces ¿por qué…?
—Me gustaría hablar contigo. Por favor.
—¿Por qué? —repite, caminando a toda prisa por River Street, en dirección a Domino Park. A Michael no le cuesta seguirle el ritmo. No tarda en vislumbrarse las grúas azul intenso del parque. Quiere que se vaya, necesita que se vaya. No es capaz de enfrentarse a esto—. El precio de vuestras acciones sigue estable, no sé qué te preocupa tanto.
—Me dan igual las putas acciones, lo que me importa es él —salta—. Se está volviendo loco, lo único que hace es preocuparse por ti. Creo que está a horas de acampar debajo de tu casa, lo único que lo retiene es que no quiere agobiarte. No hace más que trabajar. Solo ha parado para llamarte a ti.
—¿No deberías estar contento de que yo ya no sea un problema para ti? ¿De que lo nuestro se haya terminado?
De repente, Michael se le pone delante, impidiéndole el paso.
—¿Sabe él que se ha terminado? —Le clava una mirada penetrante, como si acabase de descubrir un nuevo detalle.
—¿Qué? —replica ella en voz baja—. ¿Te estás quedando conmigo?
—Lili, ¡lo has dejado tirado! No tiene ni puta idea de qué ha pasado. No sabe si ha pasado algo con tu familia, si no quieres hablar con él porque quieres lidiar con ello tú sola, o si es algo con la universidad, o qué. —Su tono de voz es insistente. Nunca había visto a Michael tan poco contenido—. No sabe ya ni qué pensar, joder.
Lili niega con la cabeza.
—Mira, yo… No sé lo que estará pensando —susurra—. Pero él no tiene la culpa de nada, no es por nada que haya hecho él, lo que pasa es que no puedo hablar del tema y… Por favor, déjame en paz. Él no… —Cierra los ojos un instante y exhala con fuerza antes de bajar la vista—. No me necesita en su vida. Y yo no lo necesito en la mía. No encajamos. Tú mismo lo has dicho otras veces.
Michael suspira.
—Lili, por favor… —Señala los bancos del parque—. ¿Podemos sentarnos?
Se muerde el labio con fuerza. Se queda mirando al suelo y las baldosas se le emborronan; la respiración se le acelera hasta rozar el pánico. Los zapatos de Michael resplandecen, negros contra el suelo gris, y los compara con el cuero marrón y arañado de sus Blundstone, y debería irse, debería irse y punto, y bloquear su número, y arrancar este verano entero de su vida, cualquier cosa, cualquier cosa, joder, para evitar el sabor de la culpa y la vergüenza, para no tener que enfrentarse a la magnitud de lo que ha hecho…
—Lili —repite Michael.
Levanta la vista para mirarlo. Él la mira con firmeza, con cuidado, con decisión. En sus ojos, preocupación por su amigo, pero también, y para su sorpresa, por ella. Le entran ganas de llorar. Una y otra vez le ponen delante cosas que no merece. Tiene que ponerle fin, tiene que acabar con ese yugo que obliga a soportar al resto del mundo.
Lili asiente una única vez. Se sienta en un banco cercano, se apretuja las rodillas contra el pecho y deja su móvil a su lado. Cuando Michael se sienta a su lado, mira fijamente al frente, al East River. Oye los gritos felices de los niños que juegan en el parque, el rumor de las olas contra la orilla. Al otro lado, se extienden unas vistas gloriosas de la ciudad, desde la piedra blanca de las Naciones Unidas y los rascacielos de Midtown hasta el puente de Williamsburg. Los ferris pasan por el río dejando tras ellos una estela de espuma blanca.
—¿Alguna vez te ha contado cómo salimos de allí? —pregunta Michael.
—¿De allí?
—Tras la caída del muro. Cómo logramos irnos de Leningrado y llegar a Inglaterra.
Un recuerdo lleno de la luz del alba. Él, recorriendo los moratones de su cuello con el dedo. Su arrepentimiento, el anillo de su padre. «¿Y después? ¿Fue peor?»; «Un peor distinto».
—Para ir a la universidad —contesta ella. Le duele repetir las cosas que le ha contado—. Me dijo que se fue en el 93. Que en cuanto se le presentó la oportunidad de irse, la aprovechó.
Michael resopla con fuerza. Una carcajada.
—La oportunidad… —repite—. Consiguió salir, y sacarme a mí, luchando con uñas y dientes. No teníamos ni dinero ni contactos. Ese chico… Este hombre salvó su vida y me salvó la vida a mí.
—¿Qué quieres decir? —susurra ella, porque es incapaz de contenerse.
Él suspira con la mirada perdida en el agua, en el oleaje que levantan los ferris, en la luz del sol que salpica la ciudad.
—Él es unos años mayor que yo. Fue el primero en irse a Oxford. Yo lo seguí un par de años después, exhausto y perplejo. Era la primera vez que salía de Rusia, y estar en Occidente me parecía absurdo e improbable; de repente, era como ver el mundo a todo color. Recuerdo los coches circulando por el lado equivocado de la carretera, los sauces de Cherwell, el final del verano… Ajeno. Todo me resultaba completamente ajeno.
»Cuando vino a buscarme al aeropuerto, hablamos en ruso, pero a la mañana siguiente, en su casa, cuando bajé las escaleras y entré en la cocina en la que estaban él y sus compañeros de piso… Un inglés perfecto. Perfecto. No solo el idioma; su inglés siempre había sido muy bueno. El acento. No tenía acento ruso, era como si se hubiera criado allí, como si fuese un británico de pura cepa. Como si hubiese limpiado una mancha oscura de historia de su vida. Yo estaba atónito. Mi inglés era bueno, obviamente, al fin y al cabo me habían aceptado en Oxford…, pero no como el suyo.
»“Te tienes que quitar ese acento —me dijo más tarde—. No te olvides de ruso, pero el inglés tienes que hablarlo sin acento. ¿Lo has entendido?”. También me hizo anglicanizar mi nombre. Michael, en lugar de Mikhail.
»Así había sido siempre, desde que éramos unos niños. Él siempre iba unos pasos por delante de mí, a un ritmo un poco demasiado acelerado, pero en el último momento, cuando yo ya pensaba que se había olvidado de mí, que me iba a dejar atrás…, se volvía para asegurarse de que yo siguiera allí, tratando de seguir sus pasos.
Lili lo escucha sin apenas respirar. Al cabo de unos segundos de silencio —en los que él reflexiona, en los que hojea sus pensamientos—, Michael prosigue:
—Somos una generación extraña, los hijos del colapso. Los noventa… —Niega con la cabeza—. Hay quien los llama los terribles años noventa. Fue como si aplicaran terapia de choque a todo un país. Los años de Gorbachov, luego Yeltsin, las reformas de Gaidar… Al final, fue un desastre, y un desastre doloroso. Es difícil vivir el crepúsculo de algo, el alba gris de lo que viene después. Creo que todo el mundo estaba agotado, pero aun así nos preparábamos para… En fin, no sabíamos para qué, pero llegó de todos modos. Llegó.
»Vi a Aleksandr por primera vez en la cocina, cuando éramos niños. No creo que te lo haya contado, porque no se lo cuenta a mucha gente, pero nos criamos en viviendas comunitarias, se llaman…
—Kommunalka —murmura Lili—. Me lo contó.
Michael la mira, reevaluándola. Ella aparta la vista.