Nueve
Activos en dificultades
Cuando se despierta hace frío.
El sol se cuela por la ventana convertido en franjas oblicuas. En la distancia, oye a la gente que ha salido a correr temprano, la cafetería de abajo, que está abriendo. Jackie duerme a su lado, acurrucada contra Lili en una postura protectora. Su perfume, una fragancia familiar —sándalo, iris, rosas secas—, se ha ido atenuando durante el sueño.
Lili echa un vistazo a su móvil.
Mensajes nuevos. Llamadas perdidas recientes.
Se incorpora y deja que sus pies queden colgando de la cama, meciéndose débilmente a unos centímetros del suelo. Le duelen los hombros; tiene los músculos agarrotados alrededor de un impacto que le enferma el pecho. Se siente sucia y tiene náuseas. Si se atreve a pensar, si empieza a abrirse paso a través de la bruma de la disociación, a dejar atrás la confusión que siente, como si hubiera recibido un golpe… Si permite que resurjan los recuerdos de anoche, de una piel extraña…
Sus pies encuentran el suelo. Se levanta.
En el baño, se lava la cara y los dientes. No se mira al espejo. Sin hacer ruido, para que Jackie no se despierte, se pone unos pantalones Carhartt y una camiseta de tela fina. Enciende el hervidor de agua en la cocina. Abre la nevera solo para cerrarla un segundo después; en el interior de su estómago siente cosas podridas y muertas.
Mientras espera a que salga el café, mete su cartera y su llavero —más ligero que ayer, pero no se permite pensar en eso— en su bolsa de tela. Se pone las Blundstone, se llena la botella de agua. Mientras el café cae gota a gota en la Chemex, observa cómo el agua caliente se extiende sobre el grueso filtro de papel. Le escuecen los ojos. Contiene las lágrimas.
No piensa llorar.
¿Qué derecho tiene a llorar?
—Hola.
Levanta la vista. Jackie la observa apoyada en el marco de la puerta de su cuarto. Tiene los rizos hechos un desastre.
—Hola —contesta Lili, y vuelve a mirar la cafetera.
Necesita salir de allí.
—¿Estás…? ¿Cómo estás?
—Bien.
Jackie frunce el ceño.
—¿Bien?
Lili asiente.
—Sí, estoy bien.
Abre un armario y saca una taza térmica. Coge el filtro con dos dedos e inclina la cafetera para servirse el café recién hecho.
—¿Adónde vas? —le pregunta Jackie.
—Hoy trabajo en la granja —contesta Lili, tirando los restos de café en el fregadero.
—¿Ahora?
—Sí, hoy hay mercado.
Jackie frunce más el ceño.
—¿No deberías…? Quiero decir, ¿no puedes llamar y decir que no vas? ¿Que estás enferma?
—¿Por qué iba a hacer eso? —pregunta en tono cortante. Jackie se limita a mirarla—. Tengo que irme —dice Lili, cogiendo el café.
Entra en su cuarto a buscar el móvil. No tiene mucha batería, pero sí la suficiente para unas horas. Se marcha sin volverse a mirar a su amiga.
El móvil le vibra sin cesar.
Mientras trabaja el mercado de productos ecológicos, su nombre es una constante en forma de llamadas y mensajes. Aparece mientras ayuda a reponer rábanos y portulacas en el puesto de la granja, mientras forma a los nuevos voluntarios, mientras responde preguntas como cuándo llegarán los últimos arándanos. Lili se estremece cada vez que el teléfono le vibra en el bolsillo: cuando le da el cambio a unas chicas de su edad con sudaderas de la Universidad de Pensilvania que han comprado unas cajas de fresas, cuando va a buscar más puerros para una pareja jasídica, cuando da los detalles sobre los puestos disponibles en el programa de otoño de la CSA a un par de chicos que están interesados. Al final se saca el móvil del bolsillo y lo mete en su bolsa de tela, que aparta de una patada bajo la caja registradora.
Se queda hasta tarde, hasta después de que cierre el mercado, y ayuda a desmontar las puestos, a plegar las mesas y a empaquetar los productos que no se han vendido; trata de mantenerse ocupada.
—Lili, ya puedes irte —le dice Eileen mientras terminan con los inventarios para los pedidos de los restaurantes—. No hay mucho más que hacer; ya puedo encargarme yo.
—¿Estás segura? No me importa quedarme…
—¡Vete! —insiste, con amabilidad pero con firmeza, y hace un gesto con su carpeta, como si quisiera ahuyentarla—. En serio, llevas aquí todo el día.
—Vale, vale —responde Lili, y trata de reírse.
Le arde como la vergüenza su forma de entretenerse, de tratar de distraerse, de aferrarse a cualquier cosa. Apesta a necesidad.
Eileen le sonríe, ajena a todo.
—Bueno, nos vemos mañana, ¿vale? ¡Ah! Te he mandado por correo el contrato de trabajo, ¿me lo puedes traer firmado… pasado mañana, por ejemplo?
—Ah, sí, claro. No hay problema.
Eileen le da un apretón en el brazo.
—Me alegro muchísimo de que te unas a nosotros, de verdad. Tuvimos que pelearlo un poco por el tema de la financiación, pero todo el mundo estuvo de acuerdo. Haremos la incorporación oficial la semana que viene, ¿vale? Así coincide con el nuevo periodo de liquidación.
Lili se cuelga la bolsa de tela del hombro y se va a casa, atravesando el murmullo suavemente agitado del barrio, en el que se va asentando la noche del domingo. El sol se derrite sobre la ciudad. Ve compañeros de piso yendo a la compra, padres empujando carritos con niños cansados y bolsas del supermercado en las cestas de debajo del asiento, pícnics improvisados en Domino Park. Observa a la gente al pasar junto a ella; contempla sus rostros, sus vidas. Al otro lado del East River, el puente de Williamsburg resplandece bajo la luz del crepúsculo, ocultando el perfil del World Trade Center.
Al doblar la esquina de su calle, se prepara.
Pero no está. No hay ningún coche negro que la espere, ningún hombre que conozca.
Lili se detiene antes de continuar. Ahora, contemplando su calle, se siente casi mareada, con las manos vacías.
A su alrededor flotan las conversaciones que descienden desde las ventanas de los apartamentos, el aroma de la comida recién hecha y la música que suena en las cocinas, donde la gente está preparando la cena. En esa misma manzana, en la esquina con Wythe, un grupo de adolescentes se ríe sin parar, armando un escándalo. La exuberante luz púrpura del crepúsculo se desvanece en el cielo.
Siente alivio y dolor a la vez. Le empieza a palpitar la cabeza; siente la amenaza de las lágrimas.
Como si el espacio físico que él le está dando indicase cuidado, confianza; como si él ni siquiera sospechase lo que ha hecho…
Sube corriendo las escaleras de su edificio, golpeando los escalones con las gruesas suelas de las Blundstone.
Cuando abre de un empujón la puerta de su casa, oye unas voces conocidas y el chisporroteo de las verduras en el aceite caliente. También música bajita y el repiqueteo de los platos sobre la mesa. Mientras Lili se quita los zapatos, Jackie asoma al recibidor.
—¡Hola! —exclama, con una sonrisa demasiado ancha—. Llegas justo a tiempo; la cena está casi lista.
—¡Cien por cien vegana, Marwan! —anuncia James desde la cocina—. Yo estoy cocinando, Amina está poniendo la mesa y los demás llegarán dentro de nada.
—No me apetece, gracias —responde Lili mientras se dirige a su habitación.
A Jackie se le congela la sonrisa.
—¿No quieres al menos comer un poco? —pregunta.
—Esta noche no —repite Lili, forzando una sonrisa que se le antoja más parecida a una mueca. Pasa junto a Jackie y entra en su cuarto—. Gracias, de todos modos…
Jackie intercepta la puerta antes de que se cierre.
—Lili —le dice, con la voz embargada de preocupación, ya sin sonreír—. Vamos, ¿qué…?
—Estoy bien —insiste. Se agarra de la puerta con fuerza—. Solo estoy cansada.
—No hagas eso, habla conmigo.
—No hay nada de qué hablar.
Su amiga entorna la vista.
—Lili, por favor… —Lili atisba a Amina detrás de Jackie, observándolas con atención mientras coloca los platos sobre la mesa—. Como hoy no lo has llamado, me ha llamado a mí para ver si estabas bien, para preguntar si necesitabas algo. Está preocupado por si te ha pasado algo…
—Bueno, pues estoy bien. Y no debería llamarte a ti. Por favor, Jackie… Déjame sola, ¿vale? —Empuja la puerta con el hombro y la cierra en las narices de su amiga, aislándose de las luces y los ruidos del salón.
Su cuarto ya está oscuro. Los últimos pedacitos de sol se han extinguido, escondiéndose tras los edificios.
Ahora que está sola, exhala despacio, apoyada contra la puerta. Detrás, oye el desconcierto silencioso de sus amigos. Luego, el crujido del suelo de parquet, cuando Jackie se aleja.
Lili siente una nueva punzada de culpa que se amontona sobre el dolor que ya llevaba acumulado en su interior: por haber rechazado a Jackie de ese modo y por la frialdad que necesita blandir para preservar ese equilibrio gélido que está constantemente a punto de volcar. Oye susurros amortiguados, voces graves y serias. No se esfuerza por entender qué dicen.
Le vibra el móvil.
Ahí, apoyada contra la puerta, se da cuenta de que le duelen los hombros. Sabe que es la tensión que se le ha ido acumulando en el cuerpo, que han pasado ya unas horas desde la última vez que ha tratado de ponerse en contacto con ella. Quizá tenía una reunión de trabajo; quizá haya salido a correr.
La llamada sigue y sigue.
Lili siente que algo empieza a quebrarse en su pecho.
En la distancia, oye a sus amigos, la cena, las conversaciones indistintas.
«Aleksandr Petrov».
«Aleksandr Petrov».
«Aleksandr Petrov».
Se deja caer al suelo, deslizándose puerta abajo.
Oye unas sirenas en la distancia.
En algún lugar de esta ciudad, hay una chica en un museo y un hombre a su lado.