Ocho #17
Lo sabe porque le vibra el móvil, que lleva agarrado junto a las llaves, cuyo metal se le clava en las palmas de las manos. Un mensaje, su nombre, y no es capaz de abrirlo.
En la ducha de agua ardiendo, se frota la piel, se la rasca. El baño diminuto se llena de vapor y ella tiembla bajo el agua, dejándose arañazos rojos en los antebrazos y las caderas.
Sabe cuándo llega —y ve la cama vacía, las llaves sobre la encimera y que sus cosas ya no están, poco más de media hora después— porque la pantalla de su móvil se ilumina con una llamada.
Y, cuando la primera no obtiene respuesta, otra.
Y otra.
Y otra.
Se hace un ovillo en la cama. Y, con el pelo mojado, una camiseta suave y las rodillas apretujadas contra el pecho, se echa a llorar.
«Aleksandr Petrov».
«Aleksandr Petrov».
«Aleksandr Petrov».
Sigue llamándola y ella no es capaz… No es capaz de declinar las llamadas. El tiempo pasa envuelto en los bandazos de su nombre y sus sollozos.
Al final, oye el chirrido de la puerta de su apartamento, seguido del tintineo de las llaves y el repiqueteo de los zapatos de tacón. Jackie ha vuelto a casa.
Llama a su puerta y Lili trata de contener el llanto.
—¿Lili? —Abre la puerta una rendija—. Por el amor de Dios, ¿por qué no contestas al puto teléfono? Te hemos buscado por todas partes, y Petrov está abajo… ¡Lili! —La puerta se abre del todo; el colchón se hunde bajo el peso de Jackie cuando se sienta en el colchón—. ¿Qué pasa? ¿Estás bien? ¿Te ha…, te ha hecho algo?
—Estoy bien —susurra—. Estoy bien, lo prometo.
—No estás bien —contesta Jackie, acariciándole el pelo mojado. Lili se estremece y la mano de su amiga se queda quieta—. Lili… —dice en voz baja, asustada—. Cariño, ¿qué ha pasado?
El teléfono otra vez, seguido del timbre. Lili agarra el móvil con más fuerza y pulsa el botón lateral para silenciar el sonido, pero deja que la llamada continúe.
Y entonces oye su nombre desde la calle.
—¡Lili! —Una voz lejana que le llena el cuerpo de anhelo.
—Está abajo —repite Jackie, preocupada.
—Por favor —susurra—. Por favor, ¿puedes decirle…? ¿Puedes decirle que se vaya?
—Parece… Lili, parece muy asustado.
—Jackie, por favor —le ruega, astillándose bajo el peso de lo que ha hecho.
«¿Lo ves? Yo también puedo hacerme daño».
«Oh, pequeña… Lo veo perfectamente».
Se oye un suspiro —preocupación, vacilación— antes de que Jackie se levante, y luego el golpe de la puerta del piso. Al cabo de unos minutos, oye los sonidos amortiguados de sus voces, unas plantas más abajo, a través de la ventana abierta.
—Está aquí, está en casa. —Jackie—. Quiere que te vayas.
—Jackie, ¡por favor! —Con el sonido de su voz, Lili siente que el pecho se le derrumba, que no puede respirar, que nunca, jamás, podrá volver a respirar—. Pídele que hable conmigo; no contesta a mis llamadas ni a mis mensajes… Solo necesito saber si está bien.
—Lo siento, de verdad… Está bien, pero… Es mejor que te vayas a casa, ella no…, ahora mismo no puede verte.
—Déjame subir, por favor.
Lili se agarra con fuerza a las sábanas.
—No puedo… De verdad, va a estar bien, te lo prometo.
—Jackie…
—Dale unas horas, ¿de acuerdo? Te prometo que va a estar bien. Dale unas horas, yo misma le pediré que te llame, en serio… Ahora mismo necesita un poco de espacio.
—¿Está bien?
Lili se levanta y cierra la ventana. No puede seguir escuchando tanto dolor en su voz, tanta preocupación.
Pero no consigue aislar por completo los sonidos de la calle.
El edificio es demasiado viejo; hay grietas en la ventana: la conversación sigue colándose en el interior, a pesar de que ahora sea indistinta, ininteligible. Lili se aferra a los contornos de su voz, a su aspereza, aunque no logre entender lo que dicen.
Pasan unos largos minutos —la tensión de la puta esperanza— antes de que vuelva a oír un portazo. La puerta del piso se abre, se cierra; los pasos de Jackie.
—Ya se ha ido —dice Jackie, entrando de nuevo en su cuarto.
Pero no es cierto.
Mientras Jackie se abraza a Lili, estrechándola con fuerza —y mientras Lili la coge del antebrazo, agarrándose a ella aún más—, él sigue ahí fuera.
En su cuarto, su aliento entrecortado. En la calle, su presencia.
El móvil suena de nuevo sobre el edredón.
«Aleksandr Petrov».
Lili mira el nombre fijamente hasta que las lágrimas se lo emborronan y la pantalla se tiñe de negro.
Ocurre una segunda vez.
Una tercera.
Por fin, oye que arranca un coche. Su coche.
«No —piensa.—. No te vayas, no te vayas…».
El suave crujido del asfalto bajo las ruedas. El Maybach se aleja de la esquina. Los hombros le empiezan a temblar. Llora tan desolada que el llanto es mudo.
—No pasa nada —murmura Jackie, abrazándola. No le hace preguntas, solo trata de consolarla—. No pasa nada, no pasa nada… Vas a estar bien, te lo prometo, te lo prometo.
Cuando la pantalla empieza a iluminarse de nuevo —ahora, mensajes. Su nombre, su nombre, su nombre—, Lili se aprieta el móvil contra el pecho. Cierra los ojos y se aferra a los brazos de Jackie, que la estrechan.