Ocho #16
Tiene una sonrisa torcida —enternecedora—, un diente un poco roto, el pelo negro y alborotado. Unos ojos amables que reflejan la barra oscura del bar. Solo tiene unos años más que ella: veintiocho; es redactor en una agencia digital. Bromea con que alimenta el capitalismo publicitando productos para milenials con tipografías sans serif. Ella se ríe cuando toca. Cuando le dice que está estudiando un MBA, se muestra impresionado e interesado a la vez. Le pregunta si le gusta, si quiere dedicarse a la docencia.
Y tiene el pelo negro y los ojos oscuros, y es más alto que ella, y le dice algo medio divertido sobre la deriva estética del socialismo en TikTok, y ella se pregunta si debería buscarse a otra persona, a alguien que tenga un físico totalmente distinto…
El corazón le late en la garganta; se termina el gin-tonic. El destello blanco y puro del alcohol. Echa un vistazo al bar mientras aprieta la pajita negra con los dientes.
Así es más fácil.
No piensa tener una cosa más que pueda perder. Se niega.
—¿Quieres que nos vayamos? —le pregunta, interrumpiéndolo.
Él se calla y enarca una ceja. Está perplejo, pero enseguida sonríe, si bien un poco incrédulo.
—Me encantaría.
Es un edificio sin ascensor en Mulberry. Su compañero de piso no está y el salón no tiene ventanas. Hay un carrito en la esquina con vodka Tito’s y una botella de Ghia, sin alcohol, sin abrir; un MacBook cubierto de pegatinas sobre la mesa de café, copias de Camus, Bourdain, varios libros de Roth y un Žižek que no parece haber tocado nunca nadie. Dos bicicletas de piñón fijo apoyadas en la pared debajo de un póster de una exposición de Hann Trier en el MoMA y un vestíbulo lleno de zapatillas New Balance y Common Project.
—¿Te apetece otra copa o agua, o algo? —le pregunta al cerrar la puerta.
—No —contesta Lili, atrayéndolo hacia sí—. No, estoy bien.
El calor de su boca contra la de ella —sorprendido, luego entusiasta— no es el correcto. No sabe cómo besarla. No es falta de experiencia sino torpeza; la agarra de la cintura, le toca los pechos; no sabe lo que le gusta, pero ella no tiene ningún deseo de enseñárselo.
—¿Cuál es tu cuarto? —pregunta ella en voz baja.
Su pelo es demasiado áspero; su cara lisa no es lo que busca. Cuando le sonríe con la boca pegada a la de ella, se le pone el estómago del revés.
La ventana del dormitorio está abierta y deja entrar el aire fresco de la noche, que se mezcla con el del aire acondicionado. Se oye el tráfico, las risas de los borrachos, los sonidos de los restaurantes italianos de Mulberry. Tiene las sábanas de color azul marino; cuando el colchón se hunde bajo su peso, nota su aspereza detrás de las rodillas.
El ruido del envoltorio, la goma, deslizándose al inicio. Es rápido. Se quita las botas, se baja la ropa interior.
—¿Estás…? Ya sabes, ¿limpia? ¿Y tomas la píldora? —pregunta.
—Sí, las dos cosas, pero ponte el condón.
—¿Segura? Yo estoy limpio, así que si tú también lo estás, me parece bien…
—No —insiste—. Póntelo.
Cuando la penetra, nada fluye igual. Es incómodo con un cuerpo nuevo —adormecido por el látex del condón, anonimizado— que trata de descubrir cómo comportarse con ella. No está mojada. El roce es áspero y seco.
Gruñe cuando está del todo dentro de ella, cuando sus caderas se unen. Y entonces, la abrasa una sensación terrible, absoluta, repentina y visceral: es un error que alguien esté dentro de ella de ese modo. Le clava las uñas mordidas en los hombros. Siente que está a punto de gritar. Toda su lógica, de principio a fin, se desmorona.
¿Qué está haciendo?
¿Qué coño está haciendo?
Pero se obliga a soportarlo. A hacer caso omiso del pánico que le atenaza la garganta, del temblor que se adueña de su rodilla. Puede soportar esto. Si soporta esto…
«No, no, no, no, no…».
Se vuelve y mira por la ventana medio abierta. Deja entrar el alarido de las sirenas, la luz fluorescente de las tiendas de la calle, el incienso que arde en el alféizar de la ventana. Un ritmo ajeno e indeseado empieza a acumularse en su cuerpo.
No puede soportarlo más tiempo de lo que ya lo ha hecho; levanta una pierna y provoca que él exhale de placer en su clavícula, aunque lo que ella quiere es quitárselo de encima.
—Joder… —gime él, sin aliento.
Lili trata de sofocar el sonido de su voz concentrándose en el martilleo de su corazón, que le reverbera en los oídos.
Cuando intenta besarle el cuello, se aparta, dejándose caer sobre la almohada.
Siente el ardor. La sensación de haberse cauterizado.
Cada vez que la embiste, la agarra con fuerza del pelo. Siente el cuerpo de él como una violación. La rodilla no para de temblarle; le da la sensación de que el pecho se le está hundiendo.
No quiere que se corra dentro de ella. Se alegra —joder, cómo se alegra— de que se haya puesto un condón. Cuando oye un gemido entrecortado contra su hombro, se estremece.
¿Qué coño ha hecho?
Se da prisa. No quiere terminar, quiere marcharse.
Lo deja descansar sobre su cuerpo unos instantes, mientras jadea sin aliento, y entonces se lo quita de encima.
Se pone las botas y coge su camisa del suelo. Cuando él le pide el número, ella se encoge de hombros, sin comprometerse. Le pregunta dónde está el baño antes de irse; utiliza el aseo, se salpica agua fría en la cara. No quiere mirarse.
Cuando sale a la calle, siente un vacío enfermizo.
En la estación de Bowery, cambia el peso de un pie a otro mientas espera el metro al lado de un grupo de críos borrachos. Sus amigos han tratado de llamarla; tiene montones de mensajes: (23.21) Dónde estás???!; se las arregla para escribir una respuesta: (23.57) Lo siento, me he ido a casa, me encontraba mal. Un indigente sentado en el banco del andén mira cómo cambian los horarios de los trenes en la pantalla de llegadas.
Al volver a casa, y abrir la puerta de su apartamento, sabe que ha aterrizado.