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Ocho #15

Es tóxico, y no puede respirar, no puede respirar, no puede respirar…

A Lili se le corta la respiración, que es superficial. Como si hasta el aire hubiera dejado de ser seguro. Como si, con cualquier movimiento suyo, se fuese a hacer más y más claro.

«No me veía casándome con ella».

De pequeña, fue algo fundacional para ella: comprender, de una forma sencilla pero irrefutable, que ningún interés momentáneo en ella podría durar. Que todo lo bueno terminaría en algún momento, que la gente a la que ama se marcharía, que el beneficio no es más que una forma de medir futuras pérdidas. Que cuanto antes acelerara, precipitara y consumiera el interés, más rápido podría apretar los dientes —y cerrar los ojos, y contener el aliento— y superar la agónica experiencia, la pérdida inevitable, la grieta que le hendiría el pecho, el pánico que nunca se agota en su estómago, y más fácil sería aceptar que en ella no hay nada lo bastante valioso. Que no hay nadie que vaya a querer oír su voz durante el resto de su vida.

Sabe, conceptualmente, que sus amigos la quieren, que se preocupan por ella.

Que incluso Jane y Robert sentían afecto por ella.

Pero en su cuerpo no lo siente. Nunca lo ha sentido como un peso en el que apoyarse de forma permanente, sino como algo que puede acomodar temporalmente: un regalo de la vida, sí, algo hermoso, pero una felicidad que no puede sino apagarse —y que, sin duda, se apagará— con el paso de los años, con el declive del interés. Los amigos se acaban alejando. Le ha ocurrido antes y le volverá a ocurrir. Tuvo una familia de acogida durante más de una década; mira qué rápido la dejaron atrás.

A veces se pregunta —y es un pensamiento familiar, uno que puso a prueba de adolescente, en la oscuridad de su cama, en el silencio de los bosques y la niebla de Marin, y que ha revisitado en los momentos más vulnerables de la vida adulta, en el subespacio y en los momentos en los que la abren y la parten en dos—: si muriera ¿le afectaría a alguien?

¿Sería su pérdida un cataclismo para alguien?

Causaría tristeza, por supuesto. Habría lágrimas, duelos; pero se pregunta si no sería más que un duelo pasajero, al fin y al cabo. La tristeza por la muerte de alguien cercano, y no la agonía —el dolor que te aniquila, que te destruye los huesos, el que nunca remite— de una ausencia real, la que se siente cuando alguien que te es necesario desaparece, se marcha.

Antes solía preguntarse si sería alguna vez verdaderamente necesaria para alguien.

A veces, le gustaría poner eso a prueba: desaparecer y ver cómo su ausencia resultaría no ser más que espacio. Un espacio que podría reacomodarse fácilmente, que podría reabsorberse. Las personas a las que quiere, sus amigos cercanos, la echarían de menos, pero seguirían sin ella. Quizá no de inmediato, pero al final sí, con paso seguro. No es que haya deseado la muerte, sino que pensar en ella no le resultaba violento; la pérdida de sí misma no le parecía importante.

Y le causa dolor, un puto dolor insoportable, esa creencia, esa convicción esencial más dura que sus propios huesos: pensar que no significa gran cosa para nadie, y que no lo significará. Ni ahora ni nunca. Que no hay forma de que pueda sostener o alimentar esa cantidad de amor, que su propia insuficiencia —la acogieron, pero no la adoptaron; rechazaron su visita a Marin— lo haría menguar.

Pero si permite que él… Si se permite a sí misma la esperanza de significar tanto para él…

Se le acelera el corazón.

Lili deja el vaso en la mesita de noche, al lado de su diario y su bálsamo de labios, de sus gomas de pelo. Asustada por sus propios pensamientos —por las conclusiones que la esperan, por el agua fría, el pulso en su garganta—, vuelve a deslizarse bajo las sábanas. Entierra la cara contra el hombro de Aleksandr; lo rodea con sus brazos.

Está tratando de aferrarse a algo. Tratando de permanecer en algo.

Pero es un peso que crece. Cada vez que respira es más pesado, por su significado, por sus consecuencias.

Va más allá de lo tolerable.

—¿Qué ocurre?

Aleksandr hace una mueca; una sombra de disgusto.

—El trabajo —contesta, mirando el móvil bajo la luz de la mañana—. Al parecer, Michael está abajo. Nuestro vuelo sale dentro de poco.

—¿Qué? ¿Ahora? —pregunta, sentándose en la cama.

—Por desgracia, sí. Ha tenido que adelantarlo —contesta, revisando los detalles. Está irritado, salta a la vista. Se ha despertado antes que ella. Ya vestido, le ha dado un beso en el hombro y le ha dejado un café en la mesita de noche—. ¿Cuándo empiezas las clases?

Ella ladea la cabeza.

—¿Por?

—He pensado que podríamos irnos de viaje.

—Oh.

Un zumbido; el iPhone otra vez.

—Lo siento —dice Aleksandr, mirando de nuevo la pantalla—. Me tengo que ir. No sabía que había cambiado los vuelos para tan temprano. Pero dímelo, ¿de acuerdo? Qué fechas tienes disponibles, adónde te gustaría ir… De los detalles ya me encargo yo.

—Vale —susurra.

—Volveré mañana por la noche —la informa mientras se pone la chaqueta—. Es un viaje corto. —Lili asiente en silencio—. ¿Tienes planes para hoy? —pregunta, y le alza la barbilla para mirarla.

—No. Solo escribir.

Se agacha para besarla, rápido, antes de irse, pero Lili lo coge de los hombros y lo atrae hacia sí. Al cabo de un instante, siente sus brazos alrededor de la cintura.

Es como si estuviera tallando dulzura. Creando un momento al que aferrarse.

—Nos vemos mañana —murmura—. Te escribo cuando aterrice.

—Mañana —susurra ella.

Después de que él se marche, intenta concentrarse en su trabajo.

El golpeteo del bolígrafo contra la mesa de madera del salón; el parpadeo del cursor.

—Mierda. —Hace una mueca.

Sin querer, se ha arrancado demasiada piel de la cutícula. Empieza a sangrar.

Cuando le queda claro que escribir es un imposible, cierra el portátil.

Sale a la ciudad bulliciosa. Cruza Canal a toda prisa, corriendo entre los coches. Es viernes y el centro está rebosante de vida por la llegada del fin de semana, colmado de gente, de restaurantes abarrotados, de risas. Está en Chinatown, con sus aceras llenas de puestos de fruta, las balanzas que oscilan, la vibración del metro que pasa bajo las aceras y el ruido de las bolsas de plástico, atiborradas de lichis y mangostinos, y del cambio en efectivo. Las alcantarillas huelen a agua del mar; las lonjas han limpiado y cerrado hasta mañana. Es como si tuviera la cabeza entera atestada de tráfico, de ruido, como si un millar de pensamientos estuvieran sacando conclusiones precipitadas y ella tratase de correr más rápido.

Después, ya de vuelta en el loft, en la cocina, se encuentra su té pulcramente ordenado en el armario al que llega con facilidad. En el baño, su pasta de dientes sin fluoruro descansa al lado de la Sensodyne de él y su pastilla de jabón orgánico al lado de su gel de baño, tan caro que roza el ridículo. En el vestidor hay colgadas varias de sus camisas y vestidos y una bolsa de tela llena de ropa limpia.

Las consecuencias la acechan desde todos los rincones.

Esa noche no puede dormir.

Sentada en la cama, observa los lofts vacíos al otro lado de la calle. Las vidas llenas de cosas que no ve, lo que significa que no son suyas, que no puede tocarlas.

Ese miedo que pende sobre ella crece y crece; la ansiedad se alimenta a sí misma. No puede vivir con él. Con este miedo fundamental y sin nombre, con la amenaza de la pérdida, con la niebla del duelo, con este dolor interminable. Ese equilibrio congelado que le ha funcionado hasta ahora es demasiado peligroso como para dejar que se descongele; demasiado inestable para reajustarlo.

Porque esto sí lo sabe.

Sabe que algo hermoso puede volverse feo.

Que algo que está entero se acaba rompiendo.

Cuando por fin se duerme, lo hace con la memoria de unos brazos que la estrechan, fuertes, cálidos, en esa misma cama.

Y las cosas que creía que podría sobrellevar la vencen.

La mañana siguiente en el loft es fría. Vacía.

Deja las llaves sobre la encimera de la cocina. Recoge sus cosas y las mete en la mochila que había dejado en el vestidor. Se cuelga la bolsa de tela del hombro y deja Pabellón de cáncer en la estantería del despacho. Con manos temblorosas, escribe en el chat de grupo: (11.23) ¡Eh! ¿Qué planes teníais para esta noche?

En el tren, mientras le llegan los mensajes de sus amigos —notificaciones, planes, sitios, una velada entera por delante—, borra la foto que había guardado en la fototeca: la Polaroid en la que salen los dos.

Sale. Ha quedado con sus amigos. Es sábado por la noche, los bares están tan abarrotados que la mitad de la gente está en la calle, se oyen gritos de júbilo de grupos de amigos que se reencuentran con caras conocidas. Dentro, cuerpos que chocan, ojos ligeramente vidriosos, gente haciendo amigos nuevos en las largas colas de los baños. La presión es casi asfixiante. Es casi lo que necesita.

Se dirige a la barra, intentando encontrar a sus amigos entre el gentío. El móvil le vibra mientras se pide una copa; ya casi están ahí, el metro se ha quedado parado en un túnel, entre dos estaciones, y ahora están en la cola, porque el portero está pidiendo los carnets. (22.59) Perdona, está tardando la vida…

—Hola. ¿Esperas a alguien?

Ah, joder. Si todo fuera tan fácil.

Se vuelve para mirar al desconocido con una sonrisa deslumbrante.

—No —responde.

El peso de su sonrisa, la suave inclinación de su cabeza. Lejano, lo siente muy lejano.

—Entonces ¿puedo invitarte a otra copa?

—Sí, gracias.

—Me llamo Justin. —Le tiende la mano con una sonrisa.