Ocho #14
Un sollozo que no sabía que empezaba a gestarse brota, libre y, joder, ¿está llorando?
Está llorando por el dolor que le causa tenerlo dentro de ella, por el dolor que le causa tenerlo con ella, porque siente que le está destruyendo el cuerpo, que se lo está destruyendo para cualquiera que tenga alguna esperanza de venir después de él, pues está experimentando algo que nunca, jamás, alcanzará con otra persona. Porque él la romperá para luego reconstruirla, una y otra vez, tantas veces como ella le pida, y eso significa algo, tiene que significar algo, porque ¿cuánta gente sería capaz de hacerlo? ¿En cuánta gente podrá ella confiar para que se lo haga?
No quiere examinar la textura de esa sensación, de lo que ha nacido entre ellos cuando ella no miraba, de lo que ella pensaba que sería solo físico. Quiere solo darle su cuerpo y saber que él la empujará más de lo que quiere, pero exactamente como necesita, con brusquedad, con una brutalidad que la ayuda a dejarse ir de una puta vez, que le arrebata esa tensión agotadora y beligerante, la sensación constante de estar siempre esperando que pase lo peor. Deja que la empuje, y deja que la coja.
No se había dado cuenta. No se había dado cuenta de que eso era confiar.
Confiar de un modo que le hace sentir placer en los arcos de los pies, en los dedos que se enroscan, en la presión de su espalda y el ardor de sus caderas, en el orgasmo que se gesta en la base de su vientre; pero, más que eso, confiar de un modo que la hace sentir felicidad, porque la hace sentirse sana, segura, sujeta y deseada, como si por fin hubiera encontrado su lugar.
Las lágrimas empiezan a caer rodando hacia su pelo. Aparta la vista, entonces. No puede verlo, no puede mirarle, no puede enfrentarse a ello, a ser… Gira la cabeza: el Twombly, el loft oscuro.
Pero entonces una mano le agarra la garganta.
—¿Qué quieres, Lili? —le pregunta, casi sin dejarla respirar con el ritmo de sus embestidas.
Y, Dios, cómo la mira cuando ella no puede apartar la vista, cuando no puede más que perderse en lo inmediato, lo intenso y lo penetrante de esa mirada, que la contempla llorar como si para él fuese algo hermoso.
Otro sollozo estalla en su garganta, que él sigue apretándole. La tensión se acumula en la mirada de él. El ardor, el grueso de su carne dentro de ella; una sensación tan extraordinariamente alejada de lo que solo es físico que es como si él viviera dentro de ella. Lili siente, en su pecho, que se gesta algo que ella solo desea de él.
—Esto —susurra, rodeándole los hombros con los brazos, tratando de abrazarlo acercándolo tanto a ella que sus susurros apenas existan, que lo que ella diga dure solo ese breve instante, entre ellos dos—. Esto… a ti… Todo… Lo único que quiero eres tú.
Él inhala con fuerza. La incredulidad queda patente en su mirada, pero entonces, con una rapidez salvaje, se tiñe de determinación, de propósito.
—Me tienes —contesta él, y exhala, apoyando la frente contra la de ella sin dejar de follársela con una turbadora mezcla de brutalidad y ternura—. Me tienes… Joder, Lili, me tienes entero… —Y, Dios, cuánto quiere eso, lo quiere tanto, quiere tanto que sea suyo; quiere saber que nunca la abandonará—. Yo cuidaré de ti —murmura con una voz que es casi un gemido—. Cuidaré de ti. Te lo prometo.
Pero ella niega con la cabeza, a pesar de que él la sigue sujetando del cuello.
—No puedes —le responde con la voz estrangulada, rota de desesperación, hecha jirones, de tanto anhelo; con esa voz frenética emite su última protesta mientras en su cuerpo empiezan a florecer las cosas más oscuras, aunque desea fervientemente dejarse ir, creerle, sobre todo, creerle…
Le aprieta más el cuello. Lili lo ve fruncir el ceño, como si estuviera tratando de entenderla, como si se diera cuenta de que se está gestando una tormenta en su interior, más allá del sexo, y más allá del placer y el dolor.
—Confía en mí —insiste con voz grave.
—¡No! —protesta ella, negando con la cabeza—. No, no, no…
Llega entonces el titubeo —el fracaso— de su aliento, cuando él le aprieta más el cuello, lo bastante para amoratarlo. Vestigios de él que podrá quedarse.
—Yo cuidaré de ti —repite él; un murmullo contra sus labios, un gemido de tensión, como si quisiera demostrarle algo, como si no fuese a soltarla hasta que no le creyera—. Te cuidaré siempre, joder… Eres mía, Lili. Eres mía.
Oh, que le digan de viva voz cosas que deberían permanecer para siempre mudas… y no ser capaz de silenciarlas.
Lili aprieta los puños en su pelo e, incapaz de pensárselo más, lo besa. Nota que se estremece cuando le clava las uñas en el cuero cabelludo, pero enseguida responde con la misma fiereza, enseguida le pide más, con las lágrimas de ella, calientes, en su rostro. Es un beso ardiente de bocas abiertas, tan fervoroso que se le estremecen las costillas, que la dureza que rodea su corazón titubea, solo un instante.
—Lo soy —responde ella, sin aliento, con la boca abierta y llena de gemidos, con la garganta llena de sollozos, desesperada, insistente. Como si así pudiera hacerlo realidad, como si así pudiera hacerlo durar—. Lo soy, lo soy, lo soy… Soy tuya.
Y es como si esas palabras lo rompieran y lo reconstruyeran a la vez. Lo mira a los ojos mientras trata de capturar su aliento con su cuerpo, y ve que hay algo en ellos que colapsa, algo que crece, que hay cosas que ella no debería permitirse vislumbrar. Que la mira de una forma, tan clara incluso a través del placer, que le revela que lo que ella le ha dicho significa algo para él, que lo significa todo para él…
Y hay más, hay mucho más que ella quiere decirle. Hay muchas más mañanas que quiere compartir, noches que quiere dormirse junto a él, entre sus brazos, muchas más veces que quiere sentir cómo se elevan sus gemidos en el cuerpo de ella; quiere estar con este hombre que la hace reír y sonreír y que la enerva y la enfurece, que la hace gritar y gemir. Le duele abrazarlo tan fuerte; debe de dolerle a él también, porque le clava las uñas en el cuero cabelludo, pero él no se aparta, y no se estremece, y ella no quiere bajar, porque el suelo que la espera no perdona, porque el impacto de la caída será peor con cada segundo que pase bajo la seguridad de su piel. Y, aun así, se aferra a él, porque el cuerpo de ella le pertenece a él y solo a él, porque quiere respirar en su boca un rato más.
Y cuando le aprieta aún más el cuello, robándole el último aire que le queda, y sus caderas ceden bajo él, a Lili se le cierran los ojos. Y sabe que le está dejando marcas que todo el mundo podrá ver, pero la besa como si lo fuera todo para él, y ella se lo permite porque es lo que desea, un ratito más, solo un ratito más. Quiere que todo el mundo lo vea, que todo el mundo sepa que esto ha existido, que ha existido esta vida entre ellos, este verano púrpura, magullado.
Cuando él se corre, llenándola de calor, con un gemido y —oh— la forma de su nombre, pesada, contra la piel de ella, no se da cuenta de que ella también se está corriendo, de que ya grita, de que la oscuridad se llena de gemidos, porque le tiembla tanto el pecho, porque las lágrimas le han nublado tanto la vista, porque lo está abrazando tan fuerte, que no puede sentir nada más que la inminencia de perderlo.
La noche es azul y silenciosa.
Lili parpadea, adormilada, y echa un vistazo a su móvil, que está cargando en la mesita de noche.
Son las 2.03 de la madrugada.
Se levanta de la cama.
El loft está en silencio. Solo se oyen sus pies descalzos, que se alejan suavemente por el pasillo, el tráfico nocturno de Tribeca amortiguado por los altos ventanales. Cierra sin hacer ruido el armario de la cocina tras ponerse de puntillas para coger un vaso; abre el grifo para llenárselo de agua. Su respiración sigue un patrón lento, casi dormido.
Desliza una mano por la pared mientras recorre el pasillo. La puerta del despacho está entreabierta.
Todavía entre el sueño y la vigilia, se vuelve a meter en la cama y se apoya en el cabezal. Se bebe el agua despacio. A su lado, Aleksandr duerme. Su respiración es regular y distante. En algún momento de la noche se ha girado hacia la ventana, dándole la espalda.
Se ha quedado dormido enseguida; estaba exhausto tras su vuelo desde la costa oeste, que era por la mañana, temprano. Ha intentado disimular lo cansado que estaba, reprimiendo un bostezo mientras miraba su bandeja de entrada una última vez. Cuando se han metido en la cama, ella le ha chinchado sin mucho entusiasmo, diciéndole que la diferencia horaria tendría que ir a su favor. Él le ha dedicado una sonrisa dulce, fatigada, y la ha atraído hacia sí bajo las sábanas. Todavía tenía el pelo mojado de la ducha que se habían dado juntos, en la que ella había cerrado los ojos bajo el agua caliente y se había permitido disfrutar de ese momento, de tener los brazos de él rodeándola.
«¿Estás bien?», ha murmurado él antes de eso, en la mesa del salón. Poco a poco, gracias a las caricias reconfortantes de las palmas de sus manos, ella ha vuelto en sí.
«Sí», ha susurrado ella, apoyando el rostro manchado de lágrimas sobre su hombro. Todavía temblaba un poco. «Es solo que… te he echado de menos».
Y él ha presionado los labios cálidos en su pelo, mientras descansaba una mano sobre su espalda.
«Yo también, Lili».
La mano izquierda, el dedo anular sin alianza.
Dios, asustarse de cosas tan quedas: el sonido de su respiración, el peso de su mirada. De cosas quedas, pacientes, fuertes. De cosas que quiere que duren, de cosas que quiere llamar suyas.
Ahora, cuando lo mira, nota el dolor en el pecho: el del corazón tirante de tanto desear y el del riesgo de la esperanza.
Es espantosa la inquietud. El miedo a que esto se convierta en algo que pueden arrebatarle. Y una vez el pensamiento ha tomado forma, ya no lo puede ignorar. Está ahí, y carga el peso de sus consecuencias.
Un giro pernicioso. Una vez sembrado, ya no hay forma de erradicarlo.