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Ocho #13

La mirada de Aleksandr se oscurece —lujuria—, pero sigue siendo clara. Intensamente clara, centrada en ella, repleta de cosas como calor, afecto, respeto y…

Lili se inclina hacia él y lo besa.

Solo han pasado unas horas desde la última vez que lo ha besado, pero también han pasado semanas desde la última vez que lo tocó de verdad. Semanas desde que se apretujó contra él, desde que quiso convertir su piel en la de ella, desde que respiró el mismo aire entre sus labios, una y otra vez, hasta que pensar se convertía en un imposible.

Y él la desea a ella tanto como ella a él. Lo siente, lo sabe, por la rapidez con que le enreda las manos en el pelo, la rapidez con la que le recorre el muslo con ellas, las mete debajo del vestido, la atrae hacia sí. Y, mientras tanto, la besa con tanta pasión que a ella se le encoge el corazón. Se tocan casi con torpeza de las ganas que se tienen, de lo mucho que se han echado de menos, de lo mucho que…

Un sonido desesperado se le escapa entre los dientes; está tratando de proteger su propia mente de las palabras nuevas, de un vocabulario nuevo. Aleksandr se ríe con suavidad, malinterpretando su gemido solo cómo un indicador de su necesidad.

—Ya casi estamos en casa —murmura; la agarra del cuello y empieza a besárselo—. Te voy a hacer llorar, Lili… He pensado en estar dentro de ti cada noche, cada maldita noche… Quiero hacerte sollozar, joder, he echado de menos cada puta parte de ti…

—No —jadea ella, cogiéndolo del cuello de la camisa y llevándose su boca de nuevo a la suya—. No, no…

El Maybach se detiene. Lili levanta la vista, desorientada por un segundo, antes de darse cuenta de que han llegado ya. Tribeca está a pocos minutos de Chelsea.

—Vamos —le apremia Lili, tirando de su mano mientras abre la puerta del coche, sin esperar a que Richard los asista.

Disfraza su urgencia de entusiasmo, cubre la ansiedad que se multiplica con una capa de deseo, y tira de él hacia el vestíbulo.

Cuando el ascensor se cierra, ya está arrancándole la camisa, con la boca hambrienta, pegada de nuevo a la de él. Tira de los botones con dedos temblorosos, tratando de adueñarse más de él, y él no trata de detenerla, no trata de calmarla. En lugar de eso, la levanta en sus brazos y la besa con avidez al tiempo que la estampa contra la pared del ascensor. Le suelta el moño tirando con fuerza y Lili gime contra sus labios al sentir la punzada de dolor que se le extiende por el cuero cabelludo, al sentir que él tiene tantas ganas de estar dentro de ella que le hará daño para conseguirlo, porque eso es lo que ella desea; lo desea: desea el ardor intenso del sexo, desea que la calcine para esconderla de sí misma, para cegarla ante sus propios pensamientos…

El ascensor llega a su destino con un suave sonido; de repente, están en el loft. Siente el espacio abierto que los rodea, la oscuridad, el reflejo de las farolas en el techo, pero no se detiene para fijarse en nada de ello; sigue besándolo mientras sus pies se tropiezan. Pero entonces él le da la vuelta con brusquedad y siente el golpe duro de la mesa contra los huesos de las caderas. Mira atrás, confundida, sin entender por qué no tiene la boca de él sobre la suya, por qué le ha robado de la caricia de su lengua…

Pero él la presiona con la mano firme entre los omóplatos, inclinándola sobre la mesa y dejándola sin aliento. Le separa las piernas con el pie, abriéndola ante él, y ella nota el golpe de la superficie dura en el pecho, las hendiduras de la madera bajo las palmas de las manos, mientras trata de no perder el equilibrio.

Y entonces viene el roce de la piel. Lento, deliberado. Él presiona los labios contra su espalda desnuda y los desliza por la columna, como si necesitase saborearla, como si necesitase acariciar cada centímetro de ella. Un escalofrío exagerado recorre hasta su última vértebra bajo el peso de su desnudez, de la cruda vulnerabilidad que siente por sentirse deseada, por cómo la inmoviliza, porque no le permita hacer nada que no sea recibir.

—Llevo toda la noche queriendo hacer esto —le dice en voz baja—. Toda la puta noche. Cuando te he visto…, joder…

Un quejido de impaciencia, necesitado, desesperado, se eleva desde la garganta de ella, pero, en realidad… El dolor, una tensión en la boca de su estómago, en su pecho, que empeora si piensa, porque si piensa…

Bajo su vestido, él recorre sus piernas con una mano y la mete entre sus muslos. No lleva ropa interior; quería que el vestido le quedara bien. Cuando Aleksandr se da cuenta, al deslizar los dedos sobre ella y sacarlos mojados, se queda quieto. Y entonces la penetra con ellos, bien hondo. Ella gime. Su boca caliente y abierta sigue desplazándose hasta llegar a la parte baja de su espalda, a los hoyuelos en la base de su columna.

No puede. No puede quedarse ahí tumbada, no puede dejar que él le dé tanto, no puede…

Se impulsa con todas sus fuerzas y se da la vuelta, inestable sobre sus pies. La seda se le enreda en las piernas, pero le da igual; se aferra a él, haciendo equilibrios en el borde de la mesa. Bajo el vestido, siente la piel tan caliente que podría purgar sus pensamientos, un contraste con las palmas de la mano de él, aún frías de la noche. Le rodea la cintura con los muslos; lo necesita cerca para perseguir eso que tanto busca.

Pero, mientras ella le desliza la camisa por los hombros —la chaqueta ya ha quedado abandonada en alguna parte—, Aleksandr la agarra del rostro y la besa de tal modo que siente un titubeo en el pecho, un aliento que se rompe, y él lo atrapa una vez tras otra, moviendo la boca contra la de ella, la lengua, los dientes.

—Aleksandr… —murmura mientras lo besa, incapaz de apartarse.

Busca a tientas su cinturón, acariciándolo por encima de los pantalones, al tiempo que él le sube el vestido —sin dejar de besarla, demasiado ardiente, demasiado intenso— para quitárselo por la cabeza, después de que la seda susurre en su cintura. Inclina la cabeza para besarle las clavículas y la curva de los pechos, mientras ella consigue desabrocharle el cinturón. Un patrón se teje entre el torno de su lengua, que cincela su piel con deseo, y la mano entre sus muslos, con dedos que se deslizan dentro de ella; caricias dolorosamente familiares que la obligan a echar la cabeza hacia atrás, con las manos enredadas en el pelo de él, mientras intenta respirar y memorizar cómo la toca, lo que tendrá que imitar ella con sus propios dedos.

Cierra los ojos con fuerza.

—Para —gime, a pesar de que no hace más que mover las caderas contra sus dedos—. Para, no… No quiero correrme así…

—Lili, hace semanas…

Pero ella niega con la cabeza, luchando contra él; no quiere correrse sin él, sin el calor ardiente entre sus cuerpos.

—No, así no, por favor… Fóllame, por favor…

—Déjame hacerte esto primero.

—No, ¡no! No puedo esperar… Aleksandr, es que… ¿es que no quieres? ¿No me deseas?

La boca de él se queda quieta. Cuando levanta la vista, tiene los ojos rebosantes de tensión, casi cercanos a la ira. Su mano se retira de entre sus muslos, asciende por su pierna y entonces la agarra del muslo, fuerte, muy fuerte. Tira de ella hacia el borde de la mesa y se desliza su pierna sobre el hombro, obligándola a tumbarse sobre la superficie de madera.

—Tú… —dice él, sin aliento. Ella siente el peso caliente de su cuerpo cuando se pone contra ella, cuando se desliza sobre su escandalosa humedad. Desliza los labios sobre el tobillo, apoyado en su hombro, aún con el zapato de tacón puesto—. Tú eres lo único que deseo, hostia.

Lili exhala justo cuando la embiste.

El dolor es ardiente y agudo; su exhalación se convierte en un grito. Está estrecha, demasiado estrecha después de que él haya estado fuera semanas, y su cuerpo se resiste, se contrae. Está muy mojada —de un modo casi indecente; se nota la cara interna de los muslos empapada y pegajosa—, pero han pasado demasiados días, su cuerpo alberga demasiada tensión y demasiada urgencia, es demasiado el miedo que atraviesa sus pensamientos, y a él le cuesta penetrarla.

—Quédate quieta —le ordena; coge su tobillo delicado para sujetarla mientras ella intenta albergarlo, y la mira a los ojos, fijándose en el temblor de sus muslos, en la tensión de su cuerpo, que no le permite entrar. Aprieta la mandíbula —gestos que la confunden, que no logra interpretar— y le escupe en el coño.

Lili se deja caer y se golpea la cabeza contra la mesa tan fuerte que se le tiñe la visión con un estallido blanco. La mente se le borra, el cuerpo se le afloja en un momento de incredulidad, y entonces el calor del cuerpo de él se abre paso a través de su carne, penetrándola hasta el fondo, por fin. Un agudo lamento se eleva en su garganta cuando siente que por fin él ha vuelto a casa, dentro de ella.

—Blyat —masculla él, penetrándola, a embestidas que cada vez la abren más—. Apenas han pasado dos semanas, cómo puedes estar tan estrecha… ¡Joder, Lili!

Ella soporta el dolor, le ordena a su cuerpo que se relaje, que le permita vivir esto, que, por favor, le permita vivir esto. Alarga una mano y se agarra del borde de la mesa, para aferrarse a algo, y empieza a follarse a sí misma contra él. Le tiemblan las piernas; se le enroscan los dedos de los pies. Un dolor oscuro empieza ya a causar estragos en su interior, separado del placer. Aleksandr le levanta las caderas de la mesa y la penetra más profundo; Lili ahoga un grito y le deja entrar.

—Así, muy bien, pequeña —gime—. Así, cariño… Joder, ¡joder!

Ella lo aguanta con dificultad; se le escapan suaves gemidos de frustración mientras trata de mecerse contra él, que baja la vista para ver cómo se le mueven los pechos al compás de la danza de sus cuerpos. Se inclina sobre ella y le sube más la pierna, presionándole la rodilla contra el hombro. Sorprendida, gime al sentir el cambio en la presión y la profundidad, al notar como se propaga su anhelo, el de él y el de ella, otra vez, y por cómo se siente, oh, cómo se siente…