Ocho #12
—¿Diversificación? ¿Quieres decir que por fin reconoces que el capitalismo acabará por colapsar bajo el peso de sus propias contradicciones y que lo que haces es cubrirte las espaldas?
—Se puede sacar mucha rentabilidad de un colapso.
—¡Aleksandr!
La atrae hacia sí con una sonrisa y le da un rápido beso en la sien. No es inapropiado: la sala es lo bastante oscura, los demás hablan lo bastante alto, es un gesto lo bastante casto. Sin embargo, Lili se permite cerrar los ojos un segundo al sentir sus labios contra su piel. Después de tantos días separados, lo que quiere es estar a solas con él. Quiere el fuego, sentir cómo la llena, quiere estar con él, pero, aún más que eso, se da cuenta de que quiere estar a su lado, aunque sea en una sala llena de gente con la que está en desacuerdo, en una fiesta que debería aborrecer. Quiere estar a su lado, acompañarlo en lo que es importante para él.
—Me han dicho que fuiste a hacer senderismo —le comenta, mirándolo a los ojos.
Él entorna la vista, confundido un instante, antes de relajarse.
—Ah, sí.
—¿Te gustó?
—Me pareció precioso. Fui corriendo y volví corriendo. Me dijiste que era uno de tus lugares preferidos, ¿no?
—Sí.
Él asiente.
—Entiendo por qué. Se ve el océano hasta donde alcanza la vista. Como si pudieras estar solo por voluntad propia.
Lili lo mira de hito en hito, porque… sí.
—¿Crees que puedes socializar un poco más, además de con este grupo, o no podrás soportarlo? —le pregunta él, echando un vistazo a su alrededor.
A su espalda, sus nudillos le acarician la columna, arriba y abajo.
La sala está abarrotada de gente contra la que, en general, se rebelaría: élites, políticos y banqueros. La mayoría de sus objetivos e ideales, a ella, le parecen peor que desagradables: beneficios y poder escondidos bajo el idioma del entendimiento cultural, de la cooperación bilateral y la prosperidad global.
Y sí, eso es lo que siente: desagrado, una preocupación algo temblorosa que se desliza por la superficie de sus sentimientos ante la posibilidad de su propia hipocresía, por la impresión que da que ella —una demócrata socialista bastante fervorosa— esté ahí. Paladea la sensación de que debería estar nerviosa, en ese sitio, con esa gente. Con ese hombre.
Y, sin embargo, se siente notablemente segura: capaz de abrazarse a sus creencias, capaz de mantenerse sobre sus propios pies, a su lado, en su mundo, por una noche, y de entender el equilibrio entre sus prioridades, una perspectiva que es diferente de la suya pero no —comprende— irreductiblemente incompatible, y más que eso: la idea de que, tal vez, la compatibilidad no sea cuestión de hacer coincidir los intereses, sino de voluntad.
No siente que esté cediendo, ni que esté doblegando su moral o sus convicciones por sentirse así. Por pensar así. Lo que siente es que comprende.
De repente, en mitad de esa sorprendente calma, en mitad de esa comprensión, siente la aguda punzada del descontento, y el corazón le da un vuelco. Porque esto debe de significar mucho para ella —él debe de significar mucho para ella— si está empezando a sentirse así. Si quiere hacer lo que está haciendo.
Pero le da la mano antes de que esa idea se retuerza hasta convertirse en algo desagradable.
—Sí. —Asiente y sonríe—. Puedo socializar un rato más.
No es el típico público de las galas neoyorquinas, hombres demasiado ricos con mujeres frágiles, afición a los barcos y al bourbon, a la colonia y la cachemira, a la hiedra y el ladrillo rojo. La gala está llena de diplomáticos chinos y estadounidenses, de políticos de Washington D. C. y de Pekín, de banqueros que se mueven entre el Tesoro y Wall Street, de intérpretes y asistentes que median en las interacciones codo con codo con el murmullo de las lenguas, trajes sobrios, qipaos, auriculares translúcidos y cables curvados escondidos en los cuellos de las camisas, posturas rígidas de los servicios de seguridad contratados. Lo que se desprende es un poder de un brillo discreto y oscuro, en lugar de la ostentación de la riqueza.
Para su sorpresa, la gente no la mira como esperaba, como si fuese un accesorio al que admirar, como se mira normalmente a una chica joven que acompaña a un hombre mayor. En lugar de eso, la evalúan como una persona a quien sopesar. ¿Quién es ella? ¿Qué significa? ¿Qué hace con él? La protegen el nombre de Aleksandr y su presencia, pero más que eso, queda claro, por cómo él se orienta hacia ella, por cómo se comporta con ella, que espera que se la trate con respeto.
No, ese no es su mundo. Pero, al lado de Aleksandr —con su mano sobre la parte baja de su espalda, o aferrada a la suya—, protector pero sutil, con una actitud con la que la reclama, con orgullo y sin esconderse, siente que crece un poco. Porque es difícil ver eso y quedarse; recibir, y no escapar. Sin embargo, logra apartar esa inquietud que la acecha, el aliento que siente que contiene.
En una ocasión, Lili le aprieta la mano, entre conversación y conversación.
Él la mira con curiosidad.
«¿Estás bien?», parece preguntarle.
Ella asiente ligeramente. Un intento de esconder algo inefable, un resplandor vulnerable e inseguro que está tratando de contener.
«Respira, Lili», se dice.
«Respira».
—Así que una neurocirujana —le chincha Lili mientras esperan el coche.
Es tarde, casi medianoche. Lleva la chaqueta de Aleksandr sobre los hombros y su forro suave le acaricia la piel desnuda. Están bajo una ligera lluvia estival que no amaina; las ruedas se deslizan por la carretera mojada. A unos metros de distancia, Andrew y Michael se ríen, charlando con unos colegas que también esperan sus coches. Una felicidad difuminada vaga a través de ella: está cansada, pero tranquila.
Aleksandr inclina la cabeza y la mira con el ceño fruncido.
—¿Qué neurocirujana?
—La mujer con la que salías.
—Ah. ¿Has estado chismorreando con Michael?
—Ha sido más bien una batalla dialéctica.
—Me alegra saber que los bandos siguen bien delimitados. El día que Michael y tú unáis fuerzas será mi perdición.
Lili sonríe con suficiencia y le da un golpecito con el hombro en el brazo.
—Bueno, como decía, una neurocirujana. Impresionante.
Aleksandr enarca una ceja.
—No creo que pueda apropiarme de sus méritos como si fueran míos.
Ella pone los ojos en blanco.
—¿Cómo se llamaba?
—Nathalie.
—Nathalie —repite. Un nombre francés, ligero, un sonido elegante y sereno—. ¿No funcionó?
—Evidentemente —declara, mirando la chaqueta de él sobre sus hombros con una sonrisa.
—¿Por qué no? —No son los celos lo que la llevan a preguntárselo, sino la curiosidad.
—¿Michael no te ha contado ninguna de sus teorías?
—¿No le caía bien? —bromea ella.
—A Michael no le cae bien nadie —contesta secamente—. No, era encantadora. Ahora está casada. Michael y yo fuimos juntos a su boda.
—¿Entonces? —insiste Lili—. ¿Por qué se terminó?
Aleksandr se encoge de hombros.
—Porque, al final, no era justo para ella.
—¿Qué quieres decir?
—No le permití entrar en mi vida, no de verdad. En mi casa, mis días, mis pensamientos… No le permití formar parte de un modo significativo. Supongo que no me parecía necesario. No me veía casándome con ella. Ah, ahí está el coche.
El calor de la noche se emborrona, se concentra; un flujo de adrenalina. Y entonces estalla.
Aleksandr le abre la puerta del coche.
El martilleo de su corazón en su garganta cuando entra.
El siseo de la seda, cuando él la ayuda para que el vestido no se le enganche en ningún sitio.
Las risas de Andrew cuando se sienta frente a Lili, porque Michael se quita la pajarita negra, irritado pero aliviado por ser libre.
La conversación, relatando lo ocurrido durante la velada.
—… Habría sido mejor que hubieras subido, se lo podrían haber tomado como un insulto.
—Nadie se ha sentido insultado, Michael. El que lidera ese proyecto es Tang, puede aceptar el premio en nombre de la firma.
El peso de la mano de Aleksandr, que ella coge con fuerza con las dos suyas, sobre su regazo.
La mano izquierda, el dedo anular sin alianza.
«No me veía casándome con ella».
Eso no…
Se le para el corazón. Mira por la ventanilla a toda prisa.
Ahí, atrapada entre la ingravidez del deseo y la suspensión de las consecuencias, lo ve de nuevo: ese problema matemático, claro como el agua. Los días, las semanas: las mañanas en la cama, los viajes de trabajo, las llamadas nocturnas, el tiempo con sus amigos, las noches con él, las llaves en su bolso.
En ese momento, el cambio de sus pensamientos, el potencial de la esperanza, todas esas cosas que se iban tornando más resplandecientes con el paso de los días, se acumulan. Y cuando lo mira, sonriendo por un comentario de Andrew, se transforman: dejan de volar para convertirse en plomo. En tensión. En una sombra sobre su cabeza, en un peso a punto de derrumbarse sobre ella.
Tener cosas bonitas significa que puede perderlas.
No sería la primera vez.
El coche se detiene en Chelsea. Se las arregla para esbozar una tensa sonrisa cuando Andrew y Michael se bajan; el primero se despide con afecto, el segundo se limita a hacer un gesto con la cabeza.
El coche acelera, apartándose de la curva. Dentro, un silencio que suena a riqueza los aísla del tráfico de la ciudad y la mampara del conductor, Richard, que se dirige hacia el centro.
—Ha ido bien —murmura Aleksandr—. Gracias por haber venido.
Lili se atreve a mirarlo entonces.
Oh, cómo le arde el corazón. Cuánto desea a ese hombre, cuánto sigue deseando a ese hombre.
Siente la familiar acometida de la lujuria, el deseo físico, caliente como la sangre. Se aferra a eso. A ninguna otra cosa, a nada más. No en ese momento.
—¿Sí? —responde.
Se las arregla para sonreír mientras le pone una mano en la pierna; acaricia la fina tela. Empieza a ascender por su muslo.