Ocho #11
—La adquisición de Londres, ¿no? —pregunta Kara. Lleva un vestido de seda del color del merlot que parece brillar bajo las elegantes luces del salón. Un anillo de pedida —un zafiro oscuro rodeado de diamantes— resplandece en su mano, cuyas uñas están pintadas de un rojo oscuro impecable—. He visto los correos hoy. Se está convirtiendo en una verdadera pesadilla.
—¿No debería estar yo en esa llamada con Petrov? —le pregunta a Michael el desconocido, ansioso—. ¿Me necesita? Puedo ir a buscarlo si necesita apoyo…
—Sí, deberías —lo apremia Kara con falso entusiasmo—. En realidad, antes he oído decir a Petrov que te estaba buscando, que era imposible cerrar ese trato sin ti.
—Debe de haber sido después de que lo haya oído decir que te va a despedir.
—No, lo que has oído es que me va a ascender, lo has entendido mal. Dentro de poco voy a ser tu jefa…
—No sé por qué, pero me da que se las arreglará sin ninguno de vosotros dos —replica Michael.
—Michael solo está molesto porque lo han dejado fuera de la llamada —explica Lili disimulando una sonrisa.
Kara se ríe encantada.
—Sí, Mike, parece que sin ti también se las arregla bastante bien.
Este suelta un gruñido.
—Te he dicho mil veces que no respondo a ese nombre…
—Gustav Tang, un placer conocerla —interrumpe el desconocido, mirando a Lili con una sonrisa radiante—. Creo que no nos conocemos.
—Lili Marwan —contesta, estrechándole la mano—. Soy…
—Parte de un nuevo programa de reclutamiento —interviene Michael secamente—. Petrov está haciendo mentorías con estudiantes de máster.
—Es la acompañante de Petrov —le corrige Andrew al unirse al grupo, y apoya una mano en el hombro de su marido—. Lili, Tang lidera nuestras operaciones en China, supervisa el fondo mutuo con el que trabajamos allí, que es la principal razón por la que nos premian esta noche. Y a Kara ya la conoces…
Lili siente que le arde el rostro al recordar la discusión de la que Kara y Andrew se vieron obligados a ser testigos.
—Sí, esto… Sobre la otra noche, en la recaudación de fondos de los Greene… Fue un poco grosero por nuestra parte, siento mucho…
Kara hace un gesto como quitándole importancia; su sonrisa es amable, tiene un matiz travieso.
—No lo sientas; es un placer volver a verte. Y a mí también me entran ganas de gritarle a veces. ¡Me alegro de que alguien se atreva!
—¿Cómo va la llamada? —le pregunta Michael a Andrew.
—Bien, ya está terminando.
—¿Y cómo pinta? ¿Se está yendo al garete?
—No, lo que pasa es que el equipo directivo está asustado. Van como pollos sin cabeza, parece que acaben de terminar el MBA…
—¿Qué ha pasado? —pregunta Lili.
—Nos ha pillado un poco por sorpresa… —empieza a explicar Kara.
—¿Por sorpresa? —masculla Michael con una expresión de escepticismo y disgusto—. Hay que despedir a alguien.
—… un intento de adquisición hostil de una firma que estábamos a punto de comprar —continúa Kara, ignorándolo—. Por parte de otra empresa de capital privado… Apollo, qué asco, ¿verdad?
Lili frunce el ceño.
—¿Es grave?
Kara resopla.
—Qué va. En realidad, saldríamos ganando si fueran por esa vía y nosotros nos retiráramos, la verdad. No, es un problema de percepción. Petrov odia que la gente trate de socavar nuestro capital privado. Él viene de ahí.
Lili enarca una ceja.
—Entonces ¿es una cuestión de ego?
Kara le guiña un ojo.
—Como todo en esta industria, sí. ¿Qué piensa hacer Petrov? —pregunta mirando a Andrew, que acepta una copa de champán de un camarero.
—Llegados a este punto, imponerles una píldora venenosa…
—Hum… Una dilución no sería una desgracia… —comenta Tang.
Kara arruga la nariz.
—No, podríamos salir de ahí. Lavarnos las manos antes de que se convierta en un absoluto desastre.
Andrew inclina la cabeza.
—Sí, claro, pero para él es una cuestión de principios. Prefiere quemarlo todo, enterrarlos en deudas y que el activo pierda todo su valor antes de dejar que la gente piense que puede jodernos así.
—¡Cuidado! —le advierte Tang, y dirige a Lili una mirada divertida—. La vas a asustar.
—Créeme, ya lo he intentado —murmura Michael.
—Y ella sabe defenderse sola —interviene Andrew—. Es probable que Marwan sepa más de economía que todos nosotros juntos.
—¿Eres economista? —le pregunta Tang, impresionado.
Ella niega con la cabeza.
—No exactamente. Estoy estudiando un máster.
—Al final, en la fiesta de Greene no me llegaste a dar una respuesta —observa Andrew—. ¿Te interesa una carrera en finanzas después de graduarte?
—No, la verdad es que no —responde, decidida a ser más razonable esta vez.
Andrew sonríe.
—No tienes por qué ser educada con nosotros. Podemos soportarlo.
—Bueno, yo no creo que Tang pueda soportarlo, es delicado como una flor —comenta Kara.
—Simplemente, creo que el capitalismo tiene ciertas contradicciones estructurales inherentes —explica Lili, eligiendo sus palabras con cuidado. Andrew le cae bien, y Kara también—. Eso es todo. No me siento del todo cómoda con cómo la industria financiera se beneficia de ellas.
—Desde luego. —Andrew asiente. Lili no se esperaba esa respuesta—. Pero es valioso utilizar las fortalezas del sistema para arreglar el sistema mismo. Es mejor cambiar las cosas desde dentro, ¿no crees?
—¿No te parece eso un poco… peligroso? —pregunta—. Me refiero al equilibrio entre beneficiarse del estado actual del sistema al tiempo que abogas por una transición a otro estado futuro.
—¿En qué sentido?
—Bueno, hay una cierta hipocresía… Perdón, una cierta tensión, quiero decir —recula. Ve que Kara reprime una sonrisa—. Hay una cierta tensión. Es decir, ¿realmente podéis afirmar que os importan los ESG cuando tenéis una participación tan significativa en Exxon? Ellos solos son responsables del dos por ciento de las emisiones globales.
—Si contamos con gente como tú para que nos ayuden a ser honestos, sí —responde Andrew.
—Me cae bien —afirma Kara.
Michael la fulmina con la mirada.
—Que ni se te ocurra.
—No, creo que quiero quedármela.
Suspira.
—Kara, por favor. Estoy cansado.
—¿Por qué no despedimos a Tang y contratamos a Marwan?
—Si yo me hundo, te arrastro conmigo —le advierte Tang.
—Buen intento, pero nuestras acciones se hundirían si me fuera…
—Idos a dar una vuelta —les instruye Michael—. Estrechad algunas manos, aprovechad el premio y dejadme un rato en paz…
—Aquí estás. —Nota una mano sobre su hombro y entonces, cuando se da cuenta de que es Aleksandr, la nota en la parte baja de la espalda, sobre la piel desnuda.
Se inclina hacia el calor de su caricia.
—¿Todo bien? —le pregunta, mirándolo.
—Sí, solo había unos detalles inesperados respecto a una adquisición en Europa —responde él—. En unos días viajamos a Londres; ya lo arreglaremos entonces.
—¿Otro viaje a Londres? —protesta Kara—. Esta vez voy a solicitar la ciudadanía.
—Lo que deberías solicitar es conservar tu puesto —la advierte Aleksandr—. Este trato se está convirtiendo en un dolor de cabeza, Taylor. No me lo estoy pasando bien. ¿Una adquisición hostil, en serio?
—Petrov, yo puedo intervenir —se ofrece Tang, serio y entusiasta.
Kara se ríe por la nariz.
—Muy bien, Sheryl Sandberg.
—Nos las arreglamos solos, Tang. Gracias.
—Céntrate en tu mercado, que ahí ya tienes suficientes problemas —añade Michael—. ¿Has conseguido enterarte de algo sobre las enmiendas que quiere hacer el Partido Comunista Chino en la nueva Ley de Relaciones Internacionales?
—¿De verdad crees que voy a conseguir información del aparato de seguridad chino a la hora del cóctel?
—Lo que creo es que ni siquiera lo estás intentando…
—¿Estás bien? —pregunta Aleksandr, en voz baja y solo para Lili.
La conversación que les rodea se disuelve.
Lili asiente. Es consciente, en la distancia, de que los demás les miran de reojo, aunque estén enfrascados en su propia conversación. Echa un vistazo al resto de la sala.
—Vaya grupito —comenta—. Hay tantos peces gordos neoconservadores que podría irme de pesca.
—Vamos, Lili —le reprocha él—. El comité es absolutamente independiente. Unas relaciones sanas entre China y los Estados Unidos trascienden la política de partidos.
—¿Incluso en países que solo tienen uno? —le replica ella. Aleksandr le guiña un ojo y ella da un trago de champán, reprimiendo una sonrisa—. Bueno, cuéntame. ¿Qué se comenta esta noche?
Él le acaricia con suavidad la parte baja de la espalda.
—La pregunta que se hace todo el mundo es la siguiente: ¿está China relajando sus medidas?
—¿Y bien? ¿Las está relajando?
—Justo esta semana han reducido sus requerimientos de reserva.
—O sea, que sí.
—Los banqueros centrales —apunta—. A los banqueros centrales les encanta hablar. Sobre lo que están haciendo, lo que van a hacer, lo que es posible que hagan… Pero, en el banco central, los hechos cuentan más que las palabras.
—Pero ¿no son todos los bancos de China fundamentalmente el banco central?
Aleksandr se echa a reír. Es un sonido cargado de sinceridad; le salen unas arruguitas en los ojos.
—Bien dicho. —Ella reprime su satisfacción—. Pero sí, lo son. Con matices: quieren estabilizar el crecimiento, pero no quieren reavivar la especulación, sobre todo en el mercado inmobiliario. Sin embargo, la gente simplifica demasiado a menudo las oportunidades en China, y se piensa que tienen que ver o bien con el mercado inmobiliario o bien con el trabajo. Eso es reduccionista.
Lili frunce el ceño.
—Vale, y sabiendo eso… Y si fingimos que podemos dejar de lado el asunto de los derechos humanos… ¿Por qué invertir en China? La cantidad de energía que necesitas para cultivar las relaciones con el partido, con los reguladores… es excesiva.
—Para capitalizar el futuro es necesaria la diversificación.