Games Ocho #9
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Ocho #9

—Sí, en los cabos, al otro lado del puente. Cuando estaba en el instituto iba mucho —añade en voz baja. Recuerda bien la sensación de estar sola voluntariamente. Un alivio respecto a sentirse sola todos los días—. Sobre todo en invierno. No hay casi nadie. Me encantaba. —Lili observa la combustión del cigarrillo entre los dedos. Al otro lado de la línea, Aleksandr guarda silencio. La escucha. Ella oye el patrón rítmico y tranquilizador de su respiración. La chispa de inquietud que le ha provocado la fotografía se calma—. Bueno —prosigue—. Si consigues convencer a Michael, deberías ir.

—Tengo permiso para salir sin mi carabina, cariño.

Lili sonríe.

—Por supuesto.

—¿Estás en casa?

—Sí, estoy en el loft. Te he robado un cigarro —confiesa avergonzada.

—Ah, y sin mí —la provoca.

—Ten cuidado. He visto que faltaba uno.

—No tengo ni idea de cómo puede haber pasado —replica con voz inexpresiva.

—Tranquilo, no se lo contaré a Michael —le asegura en tono conspirador—. Tu secreto está a salvo conmigo.

Él se ríe con afecto.

—Qué magnánima. ¿Qué haces mañana por la noche?

—Creo que nada —contesta, conteniendo un bostezo—. ¿Por qué lo preguntas?

—Tengo una cena de gala. Me gustaría que me acompañaras, si puedes.

—¿Y qué hay de tu carabina? —bromea Lili.

—Michael ya tiene acompañante, pero de lo contrario tampoco sería mi primera opción.

«Oh».

—Entonces ¿iría como… tu acompañante? —pregunta.

—Sí, Lili. Como mi acompañante.

Se muerde el labio; piensa en la inesperada punzada de inquietud cuando ha visto la fotografía, cuando ha visto con más claridad las sombras oscuras de… de algo. Formas crecientes de significado que apuntan a los contornos de posibles pérdidas futuras, una ausencia que, por ahora, está llena.

Pero la amenaza de la pérdida, y la ausencia… están unidas a la plenitud que siente por lo que tiene.

—Vale —contesta Lili en voz baja.

Es casi un susurro, pero es claro.

—¿Sí?

—Sí —repite—. Sí, me gustaría mucho.

—Listo —dice Amina, dando un paso atrás—. ¿Qué te parece?

Lili examina su reflejo en el espejo de Amina.

Es un vestido bonito. Precioso, de hecho. Negro, sencillo, ajustado pero no demasiado, lo justo para ser sugerente, y no excesivamente revelador. No es muy escotado, le llega justo por debajo de las clavículas, pero es de seda, sin mangas, y le deja toda la espalda al descubierto.

—Es… Sí, es bonito —responde Lili, dándose la vuelta. El escote de la espalda es tan bajo que se le ven los dos hoyuelos de la parte baja de la columna—. Es precioso.

Amina asiente, dando su aprobación.

—Es un Demeulemeester. Pensé que te gustaría. Un poco alternativo, vanguardista y deconstructivista, pero encaja totalmente para un evento de etiqueta. Es una especie de guiño, ¿sabes? Ah, y lo compré en TheRealReal de segunda mano, así que es activamente anticapitalista.

—Eso, que le den al sistema —comenta Jackie mientras se mira al espejo poniéndose un minivestido verde delante—. ¿Has visto a todas esas chicas que hay en la puerta del TheRealReal del SoHo? Son fans de Engels.

—Cállate o no te presto eso —le espeta Amina—. Creo que te quedaría bien el pelo recogido —añade, volviéndose de nuevo hacia Lili. Le sujeta el pelo con la mano a la altura de la nuca—. Así, más o menos.

Lili sonríe al ver cómo, al apartarse el pelo de la cara, su rostro aparece despejado, con los pómulos marcados y un brillo en los ojos. Es como si descubriera algo agradable en su propio rostro.

—Es precioso, de verdad.

—Quédatelo.

Lili se vuelve hacia ella con brusquedad.

—¿Qué?

—Haz como si fuera un regalo de cumpleaños atrasado.

—Pero ya me hiciste un regalo de cumpleaños.

—Pues haz como si fuera otro.

—Amina, no. No me siento cómoda con eso, esto es caro…

—Da igual, no me lo voy a poner nunca —insiste ella—. Lo compré a propósito para ti. Se supone que tiene que llegar hasta el suelo y a mí me llega a las rodillas.

—Pero si me enteré de que tenía que ir a esta gala ayer.

—Ya, bueno. A veces compro cosas porque sé que te van a quedar bien.

—¡Eso es una locura! ¿Tienes idea de lo privilegiado que suena eso?

—¡Lili! —protesta Amina, molesta—. Me hace feliz regalártelo. En serio. Así que, discutiendo, lo único que consigues es hacerme infeliz.

—Pero no…

—Muy infeliz. Absolutamente desgraciada. De hecho, si me lo devuelves, lo quemaré.

Jackie se echa a reír. Las mira con afecto mientras vuelve a meter el minivestido en el armario de Amina.

—Marwan, ¿no ves que eso sería peor? —la provoca—. Piensa qué desperdicio. ¡El coste para el medio ambiente!

Lili suspira. Su reflejo juguetea con la delgada pulsera de su muñeca: una cadenita diminuta, dorada, que apenas se ve: el nazar que Amina le regaló por su cumpleaños. Una pulsera que casi olvida que lleva puesta cuando se ducha, que la hace sentir ella misma. El vestido se siente fino y ligero contra su piel, como agua; toda su vida, estas últimas semanas, han sido como el agua, como un río que fluye y se le arremolina en los tobillos, como si la dicha estuviera reclamando su lugar en sus días.

Anoche le envió un mensaje antes de quedarse dormida en la cama que le pertenece a él, emocionada. Le costaba dormir al pensar en que lo vería al día siguiente.

23.58. Si necesitas ayuda con el vestido, mis asistentes te pueden llevar varias opciones al loft, acordes a tus gustos.

23.58. No, no, yo me encargo

23.58. ¿Cuál es el código de vestimenta?

23.55. Has dicho que es una gala, así que un vestido formal, ¿no?

23.59. Hay que ir de etiqueta, por desgracia.

00.01. Vale, un chándal y una camiseta con el ombligo al aire, ¿no?

00.02. Sí, si te apetece.

00.02. Doy por hecho que tendremos que llevar lo que queramos beber

00.02. Por supuesto

00.03. Perfe, ¡espero que te guste el vino naranja!

00.03. ¿El vino qué?

00.03. ¡Qué ganas!

—Vamos —dice Jackie, cogiendo a Lili de la mano—. Ven, que te maquillo. Hoy una maquilladora me ha enseñado un truco nuevo con el colorete, quiero ver si te gusta.

—¿Aleksandr?

Al salir del ascensor, Lili ve su maleta contra la pared. Acaba de volver del aeropuerto. Oye una puerta cerrarse al fondo del pasillo. Se sienta de un brinco en la isla de la cocina sin pensar —lleva un vestido caro, de delicada seda—, pero la tela no se rasga, no sufre ningún tirón. Baja la vista e intenta que no se le enrede con las piernas ni que se enganche con el tacón de aguja de sus zapatos de tacón, que son más altos de lo que acostumbra.

—¿Tienes problemas?

Levanta la vista; Aleksandr aparece por el pasillo. Le sonríe mientras se pone los gemelos, tan injustamente guapo que es casi hermoso, como siempre. De algún modo, después de haber pasado días separados, le resulta aún más difícil soportar cómo la recorre con la mirada, con una expresión casi traviesa. Algo se retuerce en su pecho al verlo: el afecto que tanto echaba de menos, y no puede reprimir la sonrisa que se le dibuja en el rostro. Es igual que la que se le esboza a él, y siente la necesidad de correr hacia él y…

Lili se aclara la garganta.

—¿Quieres que lo haga yo? —pregunta, señalándole la manga.

Su sonrisa adopta un matiz cómplice que bordea la suficiencia. No necesita ayuda para ponerse los gemelos, ella ya lo sabe; es como un instinto aprendido, como ponerse una chaqueta o abotonarse una camisa.

Pero Aleksandr deja los gemelos en la palma de su mano.

—¿Sabes cómo hacerlo? —le pregunta, poniéndole una mano en el muslo; acaricia la seda del vestido en dirección a su cadera, como si estuviera, de nuevo, familiarizándose con las formas de su cuerpo.

Lili resopla.

—Pues claro que sé. De verdad…

Aleksandr se ríe; le da un apretón en la pierna. Ella se obliga a concentrarse. La manga de la camisa está planchada, almidonada; lo nota con la punta de los dedos. Su aroma, a colonia llena de matices, a frescura, de la ducha, despierta sus anhelos.

—Listo —dice ella, y levanta la vista al terminar con la segunda manga—. Ya está.

No está preparada para ver cómo la mira.

No está preparada para la intensidad de sus ojos, para la mezcla de orgullo, de afecto —de lujuria, con una pizca de incredulidad—, para esa emoción traviesa, para esa calidez dichosa, y hay más, aún hay más…

Abrumada, Lili le mira los labios. Y él la besa.

Ahoga un grito caliente y abre la boca y, al saborearlo de nuevo, un gemido se desliza entre los labios de los dos; el de ella, y un escalofrío le recorre la espalda al sentir el calor de su lengua en la boca. Le agarra el cuello de la camisa con los dedos, atrayéndolo más hacia sí. Recula con la fuerza del beso, porque él la besa como si quisiera devorarla, como si quisiera tallar dentro de ella un espacio para sí mismo, y graba en ella, a fuego, una felicidad salvaje y secreta: porque él la desea así, porque la ha echado de menos así; porque la inmensidad de su deseo encuentra un igual, increíble, en el deseo de él.

Se le nublan los pensamientos; Lili trata de coger aire. Aleksandr se aparta para dejarla respirar. Sonríe al verla con el ceño fruncido y apoya la frente contra la suya.

—Estás muy guapo —le dice ella, acariciándole una mejilla.

Aleksandr le coge la muñeca, le da la vuelta y la besa en la palma de la mano.

—Y tú estás preciosa —responde. Con el ceño ligeramente fruncido y una sonrisa confundida, le huele la muñeca, rozando con la nariz la fina pulsera, el nazar diminuto—. Y hueles muy bien.

—Aceite de lavanda —contesta ella—. Es calmante. Ayuda con los nervios. ¿Quieres un poco?

—¿Estás nerviosa, Lili? —la provoca.

—No —le asegura. Y, para su sorpresa, es cierto—. Estoy preparada para fulminar con la mirada a todos los peces gordos y para señalar todos los fallos de la administración en política exterior.

Él sonríe.

—Mientras te pueda hacer una foto cuando los acuses de neoimperialismo…