Ocho #8
Contempla la siguiente fotografía. Su madre, en algún lugar de los cabos de Marin, frente a colinas verdes y llenas de árboles, con una mochila gastada de color azul y su frondosa melena negra recogida en un moño en lo alto de la cabeza, con algunos rizos rebeldes. Está de espaldas a la cámara, pero mira atrás con una sonrisa exultante de felicidad. Parece más joven que Lili.
Le da la vuelta, sin aliento. «1992, Monte Tamalpais». Es del año en que sus padres se conocieron en la universidad. Lili hace las cuentas. Su madre tenía diecinueve años.
—¿Puedo? —pregunta Jackie con amabilidad.
Lili asiente y le pasa las fotografías. Está un poco impactada. No deja de mirar las imágenes mientras su amiga las examina. Rostros nuevos, facetas desconocidas de sus padres. Supone que estaban en sus archivos para la adopción. Los potenciales padres de acogida también quieren saber quiénes son los padres.
—Tu madre era guapísima —observa Jackie. Lili nunca le ha enseñado a sus amigos las pocas fotos que conserva de su infancia, las que tiene guardadas en su armario. Ahora, Jackie las coge con cuidado, con gentileza, como si quisiera asegurarse de no emborronar la tinta vieja o dejar las huellas de sus dedos. Lili siente una punzada de vulnerabilidad ante el gesto, ante la sutileza con la que las manipula—. Te pareces mucho a ella, es impactante.
Lili asiente.
—Lo sé.
—Ella también tiene pinta de taponar el desagüe de la ducha con el pelo —bromea.
Lili se echa a reír, para su sorpresa. Una pequeña carcajada.
—Lo siento —le dice.
Jackie le da un golpecito amistoso con el hombro.
—También te pareces mucho a tu padre. —Jackie mira las fotografías y luego a Lili, como si las estuviera comparando. Asiente, como confirmándolo—. ¡Estaba muy bueno!
—Esto… Vale —responde Lili.
Jackie se echa a reír y le devuelve las imágenes.
Hay algunas otras que no ha visto porque estaban pegadas —por la degradación de la pátina brillante del papel, tras los años que han permanecido guardadas— y que ahora despega para que puedan respirar un poco, antes de volver a guardarlas.
—Ah, espera. ¡Esta me encanta! —exclama Jackie, señalando una con un dedo para que Lili deje de reorganizarlas—. Es preciosa.
Es la fotografía en la que salen los tres —su madre, su padre y la pequeña Lili— en la playa. Viento, brisa marina, luz del sol. Es la que le envió Jane, la que la sumió en una espiral de pena. Ver esa imagen le duele, es como el golpe de una ola gigantesca; recuerda el aniversario que acaba de pasar y lo mucho que le afectó, pero también recuerda… También recuerda cómo la abrazó Aleksandr. Cómo ella se agarró a su chaqueta con desesperación. El calor de su cuerpo, que la envolvía.
«Estoy aquí, Lili. Estoy aquí. No me voy a ir».
—¿Cómo se llamaban?
—Aisha y Jack —contesta, mordiéndose un pellejo encarnado de la cutícula.
Siente el ruido de las barreras con las que se protege, levantándose de nuevo. Como el zumbido eléctrico de una valla avisándola de que se está acercando a un terreno peligroso, a un terreno que es demasiado escarpado y sensible y que le convendría no atravesar. Ha dado un paso hacia delante para explorarlo, insegura, pero ha llegado la hora de retroceder.
Le sonríe a su amiga. Un gesto tembloroso, pero sincero.
—Vamos —dice, cogiéndola de la mano—. Vámonos, que llegaremos tarde.
Después, con la impresora de Aleksandr, imprime una copia de esa fotografía. La pega al espejo que tiene en casa, entre las Polaroids de sus amigos que tanto le gustan. No quiere que la original siga desvaneciéndose por el efecto de los años y la luz del sol. En su cama, en Williamsburg, mientras Jackie ha salido con Simon, saca la caja de zapatos de su armario y se pasa un buen rato en silencio, contemplando las fotografías de su infancia y reorganizando las nuevas según su cronología, guiándose por las fechas apuntadas con tinta anaranjada. Se queda mirando algunas mucho tiempo, respirando con dificultad, y se siente a la vez muy cerca y muy lejos de algo. Con sus destellos de felicidad, estos recuerdos con sus padres le resultan demasiado dolorosos de mirar. Verse de niña, con su enorme sonrisa, cogida de sus manos, hace que le entren ganas de llorar.
Dentro de la caja de Jane también estaban los diplomas de su madre, su certificado de nacimiento, algunas manualidades de cuando era pequeña y un osito de peluche, hecho a mano, que recuerda de repente con una punzada: su asistente social lo cosió para ella mientras estuvo en el hogar de acogida utilizando unas camisetas viejas de su padre. Olía tanto a él…
Lili se queda muy quieta. De inmediato, empieza a recogerlo todo de nuevo; lo mete en el fondo de su armario junto a la caja de zapatos llena de fotografías. No está preparada para eso.
Sin embargo, trata de sentir esa vieja pérdida en lugar de hundirse bajo su peso.
Cuando se queda a dormir en el loft, deja la puerta del vestidor de Aleksandr abierta para que las siluetas de su ropa la reconforten. Ese cuadro —Rublev, dorado— resplandece en una esquina.
Amina. 22.07. Ya tengo las fotos de la fiesta!
James. 22.07. Joder, por fin. Qué has hecho? Revelarlas a mano?
Amina. 20.08. Soy una mujer muy ocupada cuyo tiempo es altamente demandado
James. 22.08. Sí, y yo tengo un perfil de ig del que ocuparme
Amina. 22.08. Los hombres no deberían tener redes sociales
Jackie. 22.08. Ami, son chulísimas!
Amina. 22.09. Gracias! Si queréis copias, decidme.
Jackie. 22.09. Yo quiero! Me haces una de la que salimos Lili y yo al lado de las plantas?
Amina. 22.10. Hecho
Al ver que la pantalla del móvil se ilumina, Lili abre el chat mientras se lava los dientes.
Después de salir a cenar con sus amigos —martinis fríos y comida griega—, Lili ha vuelto andando al loft para disfrutar de la brisa nocturna. Su tacita de yerba mate a medio beber todavía la esperaba en la encimera de la cocina; la ha dejado ahí esa tarde, cuando ha pasado para llevar una bolsa con verduras y hortalizas imperfectas que puede llevarse gratis de la granja. Sabe que él vuelve mañana y ha pensado que podría cocinar algo entonces.
Ahora, después de escupir la pasta de dientes y mientras la bañera se vacía tras ella, echa un vistazo a las fotos. James, preparando las copas en la cocina abarrotada; Jackie y Lili abrazadas contra la pared de plantas, con la melena de un vivo rojo y el pelo negro y brillante ejerciendo un fuerte contraste ante los verdes; una instantánea de Lili, frente al espejo del pasillo, comprobando el estado de la raya del ojo, en la que también sale Amina, medio escondida tras el flash de su cámara…
De repente, Lili deja de pasar las fotos del álbum.
Ahí están los dos. Aleksandr y ella, después de que la sentara sobre sus piernas, en el sofá. Lili le rodea los hombros con un brazo y él tiene las manos en su cintura, y, mientras tanto, las conversaciones fluyen a su alrededor. Amina y James están sentados a su lado, gesticulando con vehemencia mientras hablan con un Elijah que no sale en el plano. El flash de la Polaroid ha capturado la fiesta oscura, pero Lili mira a Aleksandr con un brillo travieso en los ojos y le dice algo a él, solo a él, que tiene una sonrisa en los labios mientras la mira, mientras la escucha. Son palabras solo para él, y es como si estuviesen los dos solos, enfrascados en una conversación secreta en un idioma secreto, entre todos los demás.
Y ella no…, ella no…
No se había dado cuenta de cómo se miraban.
Lili vacila antes de compartirla. Envía la foto y bloquea el móvil. Siente una incertidumbre ansiosa que le retuerce las entrañas.
Sale del baño y entra en su vestidor. Busca el paquete de cigarrillos, aunque se acabe de lavar los dientes. Se le escapa una sonrisilla al ver que falta uno, además del que compartieron hace unas semanas.
Ya en el salón, se sienta en el alféizar de la ventana y se lo enciende. Se lleva las rodillas al pecho e inhala profundamente. Trata de encontrar la calma en el humo que se eleva, en la ligera irritación de su garganta. Tira la ceniza por la ventana abierta y escucha los pedacitos de las conversaciones que tienen lugar abajo, en la calle, las de los peatones que pasan por allí, las de las cenas de trabajo del restaurante de la esquina, las de la inauguración de una galería.
El móvil empieza a vibrar a su lado.
«Aleksandr Petrov».
—Hola —saluda en voz baja tras aceptar la llamada.
—Es una buena foto —dice—. La que me acabas de mandar.
Su voz grave despierta una cálida vibración en su cuerpo. Calma sus nervios.
—Sí —contesta, jugueteando con la goma de los calcetines prestados, con el cigarrillo caliente entre los dedos.
—¿Tienes la original?
—Esto…, no. Pero la tiene Amina, se la puedo pedir. ¿Por?
—Porque me gustaría tener una copia.
Siente una opresión en el pecho.
—¿Por qué? —repite.
—Es una buena foto, Lili. —En su voz, oye una sonrisa que no es capaz de interpretar.
—Ya. —Da otra suave calada al cigarrillo—. Sí, se la pediré.
—Gracias. Ya es un poco tarde para ti, ¿no?
Lili se encoge de hombros y tira la ceniza.
—Sí, acabo de volver de una cena con todos. ¿Cómo te ha ido el día?
—Bien. Todavía me está yendo. En un rato tenemos las reuniones finales para revisar los términos.
Frunce el ceño.
—Ahí son casi las nueve de la noche.
—¿Y?
Resopla.
—¿Has podido ver algo de la ciudad?
—No mucho. Es bonita, pero estamos centrados en la adquisición. Ya volveré.
—Deberías ir a Tennessee Cove, si tienes tiempo —le recomienda Lili—. No es más que una ruta de ida y vuelta, no lleva más de dos horas, pero las vistas del océano son preciosas desde allí. La playa es de arena negra.
—¿Está cerca de la ciudad?