Ocho #7
Cuando está en el coche, yendo a cenar con Michael: «¿Michael come? Yo pensaba que solo había que echarle combustible»; «Lo llevé a Noma por su cuarenta cumpleaños y creo que el nivel de felicidad fue comparable al del día de su boda».
Cuando Lili le manda por correo electrónico una copia de su tesis, siente un fugaz disgusto por enviar una obra suya a la red oscura de blackriver.com desde su cuenta de columbia.edu. «Solo por confirmarlo, con este correo te estás postulando oficialmente para el programa de analistas de BlackRiver, ¿no?»; «Bah, que te den».
Cuando Lili se está preparando algo para cenar y él está a punto de entrar en una reunión para finalizar los términos de su nueva adquisición: «Suena a que estás dando luz verde a la evasión de impuestos de tus inversores»; «Ah, Lili, es una adquisición para mejorar nuestra capacidad de personalización en las distintas clases de activos, una amplia indexación de los mercados y las preferencias de los inversores para mejorar su desempeño después de pagar los impuestos»; «Lo que te he dicho, evasión de impuestos».
Cuando ya no puede aguantar más y le menciona los emails que encontró impresos en su escritorio. «Oye, ¿de qué va eso de desarrollar una estrategia de desinversión en combustibles fósiles para BlackRiver? ¿Y lo de las políticas de voto más estrictas para los accionistas contra las administraciones que obstaculizan las acciones climáticas?»; «Veo que has estado haciendo tus comprobaciones debidas»; «¡Estaba encima de tu mesa! Bueno, ¿de qué va?»; «Me parecía una conversación importante, un tema que explorar más a fondo»; «Que sepas que adherirse al acuerdo de París no significa que vayas a conseguir llevarme a la cama»; «¿En serio? Me dejas perplejo»; «No ofrezco mamadas a cambio de los KPI de descarbonización»; «En fin, pues tendré que romper la propuesta»; «¡Aleksandr!».
El verano se alarga. Se despierta feliz, envuelta en una sensación generalizada de salud, suerte y viveza. Sus días están llenos, entre el trabajo en la granja, la redacción de sus tesis en el loft y las noches con sus amigos. Se van de copas al Lower East Side. Vino naranja, humo de cigarrillos, aceras calurosas, caóticas cenas en grupo, una tarde de inauguraciones por las galerías de Chelsea en la que Amina se centra en el arte y Lili y James beben demasiado champán y se ríen todo el rato; noches en el piso viendo películas con Jackie, acurrucadas en el sofá, mirando Instagram y pintándose las uñas de los pies. Durante un día de trabajo en la granja de Williamsburg, la que está junto al río, Eileen responde a sus preguntas sobre el sueldo, los beneficios y su potencial trayectoria mientras quitan las malas hierbas de los campos de zanahorias. Todo empieza a parecerle cada vez más posible, como si el camino que hay ante ella estuviese tomando forma.
Divide su tiempo entre el loft y su apartamento. De Williamsburg a Tribeca, de Tribeca a Williamsburg. El loft le resulta reconfortante aun a pesar de su ausencia; hace que se sienta cerca de él.
Pero sigue estando ahí: la pena, el aniversario en mitad de la vida acogedora que va creciendo a su alrededor. Gana peso en los momentos de silencio, en los que está sola. A veces la golpea con saña el recordatorio de la ausencia, la presencia de la foto que le envió Jane en su móvil. La golpea cuando se despierta por la noche, o mientras se queda dormida, en casa de él, o en la suya. Es como una vieja herida que ha vuelto a abrirse y que a veces olvida cómo acomodar, una vieja herida vengativa que se vuelve contra ella, hasta que inspira profundamente y, vacilante, deja que se asiente.
Un día, la acometida llega en la forma de una caja de cartón bien empaquetada, cubierta de cinta adhesiva.
—¡Jackie! —grita Lili al irrumpir en casa; se quita las Blundstone sucias, porque acaba de llegar de la granja, y deja la bolsa llena de hortalizas sobre la mesa de la cocina—. ¡Ya estoy en casa, vámonos!
—¡Dame un segundo, estoy terminando de peinarme! —se oye desde el baño.
Lili pone los ojos en blanco. Se desabrocha el mono de trabajo; debajo, ya lleva el sujetador deportivo y las mallas cortas. Jackie le ha rogado que la acompañe a su clase de barre. Se rellena la botella de agua y se pone las deportivas. Revisa el correo distraídamente mientras da un largo trago de agua. Hay algunas cartas de Columbia para ella y unos cuantos cheques que la agencia le ha mandado a Jackie. Y, sobre la mesa de la cocina, hay una cajita que acaba de llegar. Echa un vistazo al remite… y se queda muy quieta.
Es de Jane. Es la caja que le dijo que le enviaría.
Lili echa un vistazo al pasillo. Oye el ruido de fondo del secador de pelo, la música que Jackie tiene puesta en su móvil. Coge la caja y se va a su habitación.
Se sienta en la cama y corta la cinta adhesiva con las llaves. El sol entra por la ventana y se extiende por el suelo, bañando de luz sus plantas y sus montones de libros apilados. Mientras tanto, ella abre la caja, bien empaquetada con papel de embalar marrón.
Lili desenvuelve con curiosidad uno de los paquetitos que hay dentro. Jane solo había mencionado unas fotos y unos documentos, pero lo que cae sobre sus piernas son unos tarritos de una especie de sirope dorado y de gránulos multicolores. Es miel del jardín de Jane —allí, en Mill Valley, tiene abejas— junto con un poco de polen. Le sorprende. ¿Se acordará Jane de que, cuando era adolescente, le gustaba añadirle un poco de polen al yogur? El desayuno era siempre un caos, una rotación permanente de niños. Le parece poco probable que se fijase en lo que le gustaba comer a ella, que reparase en sus pequeñas costumbres. De todos modos, es un gesto dulce, a pesar de que sea incompatible con su veganismo.
Lili aparta los tarros con cautela, con cierta desconfianza. Sigue tirando papel de embalar al suelo hasta que encuentra lo que buscaba: un sobre.
Nunca ha leído el informe de su caso.
Lili deja la caja tras ella y hojea las páginas suaves como una pluma, desgastadas por el paso del tiempo. No es una carpeta muy voluminosa: su número de la Seguridad Social, su historial médico, su cartilla de vacunación, las primeras notas del colegio, un informe de la trabajadora social. Ve unas letras en negrita —certificados de defunción— y pasa de largo a toda prisa. Busca el brillo que delate la presencia de las fotografías, hasta que las encuentra.
No es más que un montoncito de imágenes; en su mayoría, imágenes individuales, fotos de Lili, probablemente las que el departamento utilizó con el fin de identificarla y encontrarle un lugar de acogida, fotografías que tenían la función de que las familias de acogida y adopción se familiarizaran con la niña.
No había visto casi ninguna. Ella, corriendo por el césped con un vestidito vaquero; ella, un bebé adorable enseñándole las manitas a la cámara; ella, monísima a los dos añitos, con una sonrisa enorme y el pelo lleno de pintura de colores.
Mientras mira las fotografías, un dolor suave y frágil empieza a revelarse en su interior, en algún punto cercano al plexo solar. Es como si se le estuviera cayendo la cáscara. Siente a la vez un impulso protector hacia esa niña pequeña y la necesidad de que la protejan. Porque, al mirar esas imágenes, percibe también a sus padres. ¿Fue su madre quien hizo la foto en la que sale en Crissy Fields, abrigada para protegerse del frío a pesar de que hiciera sol, con la playa y el Golden Gate de fondo y un cervatillo de peluche agarrado con las dos manos? ¿Fue su padre quien capturó esa sonrisa encima de un tobogán, con el sol reflejado en el metal? Su perspectiva —detrás de la cámara— es la misma desde la que ella, ahora, ve las imágenes. Se ve a ella. Es como si estuvieran sentados a su lado.
—Oye. —Lili mira atrás. Jackie está en el umbral de la puerta, vestida con ropa deportiva gris y rosa claro, parecida a la de una bailarina—. ¿Qué pasa? ¿Qué hay en la caja?
—Hum…, nada, cosas de cuando era pequeña. Mi madre de acogida me ha enviado mi expediente.
—Oh. —Jackie se queda quieta—. ¿Es…? ¿Estás bien?
—Sí, ven, mira. —Lili le hace un gesto para que se acerque—. Esta soy yo de pequeña.
Jackie rodea la cama y se sienta a su lado. Lo hace con cierta vacilación, como si se temiera un desplante. Coge la fotografía que Lili le ofrece. Lleva el pelo brillante y voluminoso, recién secado. A Lili se le ocurre chincharla —¿Cómo se le ocurre secarse el pelo antes de una clase de barre?—, pero cuando ve la expresión de ternura que aflora en el rostro de su amiga ya no puede pensar en nada más.
—¡Li! —exclama Jackie con los ojos brillantes—. ¡Eras una monada! ¡Mira qué mofletes!
A Lili se le escapa una sonrisa.
—Sí, era muy mona.
—Yo quiero una como tú.
Ella resopla.
—No estás en absoluto preparada para tener un hijo.
—Le dijo la sartén al cazo…
Lili se ríe con suavidad y sigue mirando las fotos y los papeles. Unas imágenes traspapeladas se deslizan de entre las páginas. Las deja caer —ahora las cogerá— y se pregunta cuántas más habrá mientras hojea los documentos con cuidado.
—¿Esos son tus padres?
A Lili se le para el corazón unos instantes. Jackie ha visto las fotos que se han caído en su regazo.
—Sí —dice, sin aliento.
Deja el expediente a un lado con cuidado.
En sus piernas hay dos fotografías. Son antiguas; los colores están desvaídos. Son de sus padres, solo de ellos. Nunca las había visto.
Su padre, en un balcón en una ciudad que decididamente pertenece a Oriente Medio —minaretes, grúas, pintura descascarillada en un edificio colonial—, con los pies descalzos apoyados en una mesa y, de fondo, el cielo gris de la mañana y el verde de los jardines. Lleva el pelo de color claro alborotado y una camiseta blanca arrugada; parece que acabe de levantarse. Mira el dorso de la fotografía: «1995, El Cairo». Es del viaje que hicieron tras graduarse en la universidad. Iban de camino a Beirut.