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Ocho #6

También podemos ofrecer servicios de gestión preferentes a los clientes que se basen en métricas estrictamente sostenibles, ¿qué te parece? Puedo preparar ahora mismo un listado de cuáles serían las métricas ideales. ¿Y si usamos nuestro apalancamiento para impulsar la descarbonización? Podemos incluso negarnos a gestionar los activos de las empresas muy contaminantes, que se niegan a hacer planes de transición o a discutir estrategias de reducción de emisiones.

¡Las posibilidades son infinitas y muy emocionantes!

Andrew Vasiliev

Director General en Inversión Sostenible

BlackRiver, Inc.

55 East 52nd Street, Nueva York, NY 100

De: Aleksandr Petrov

Enviado el: viernes, 15 de julio de 2022, 6.54

Para: Andrew Vasiliev

Asunto: Re: Planificación

Andrew, te he pedido un plan estructurado por fases.

No que le prendas fuego a todo.

De: Andrew Vasiliev

Enviado el: viernes, 15 de julio de 2022, 8.55

Para: Aleksandr Petrov

Asunto: Re: Planificación

Entendido. Envío adjunto el borrador.

Dime qué te parece y se lo reenvío a Kara para que el departa-mento de administración de inversiones lo apruebe. Estaré disponible todo el día. Para esto, sacaré tiempo de donde sea.

Lili vuelve la hoja, ligeramente desconcertada. Ahora comprende por qué ha impreso los correos: es una propuesta, llena de revisiones y comentarios. Los márgenes están repletos de su letra firme y cursiva, de comentarios en los que incide en algunos puntos en concreto, cuya lógica cuestiona o donde pide que se profundice más en algunos aspectos, como el impacto. Es el boceto inicial de un compromiso real con un plan de desinversión progresivo de los gigantes de los combustibles fósiles, con objetivos concretos, una priorización de estrategias de inversión y un borrador con políticas claras y definidas para ejercer el voto accionarial de BlackRiver a través de sus enormes participaciones en fondos indexados. Andrew se las ha arreglado incluso para colar una propuesta de inversión verde real con la supervisión de terceros. Su idea tiene una única pero inconfundible marca de aprobación de la mano de Aleksandr al lado.

Lili deja los papeles sobre la mesa. Sale del despacho tratando de no sonreír —y fracasando estrepitosamente en el intento— y cierra la puerta tras ella con suavidad. Recorre el pasillo para reunirse con sus amigas, con los brazos repletos de toallas y la sensación de que es dueña de un secreto muy valioso.

—Si queréis ducharos, los baños están por allí —les ofrece al volver al enorme salón, señalando hacia el otro lado del loft, donde se encuentran las habitaciones de invitados.

—No hace falta —responde Jackie mientras empieza a secarse el pelo con una de las toallas—. No serviría de nada, está todo mojado. Me he secado el pelo para nada.

Lili se encoge de hombros. Se quita la camiseta y la deja sobre la encimera de la cocina para que se vaya secando. Como el sujetador deportivo no se le ha mojado del todo, se rodea los hombros con otra de las toallas.

Amina se pasea por el enorme espacio abierto. Se ha quitado los zapatos junto a la puerta, pero, a pesar de llevar los pies descalzos, no se anima a pisar la alfombra blanca y va dejando, a su paso, las huellas de sus pies mojados.

—Es bonito —comenta. Parece sorprendida.

Contempla los enormes ventanales, los altos techos, el enorme sofá blanco, el Twombly, la colección de discos.

—No es tan… —Jackie se interrumpe— tan ostentoso como me esperaba.

Lili enarca una ceja.

—¿Qué te esperabas?

—O sea… ¿Dónde está el tiburón embalsamado de Hirst? —pregunta Amina, cogiendo una toalla.

—Exacto. Ah y… ¿dónde habéis follado? —añade Jackie—. Dímelo, para que no me siente en esas superficies.

—Dios —masculla Lili mientras enciende la hervidora de agua.

—Joder, ¿en tantas?

—Siéntate y calla —gruñe. Se pone de puntillas para sacar unas tazas del armario—. ¿Qué té queréis?

—¿Qué tienes?

—Hum… De jazmín, de menta, Earl Gray… Me parece que tengo un poco de sencha, también, y rooibos —contesta Lili mientras rebusca entre las cajas de té.

—Rooibos, por favor —pide Jackie.

—Yo también.

—¿Queréis leche? —pregunta Lili, abriendo la nevera.

Al lado de la leche entera, hay varios cartones de leche de avena ordenados pulcramente.

«Hay leche de almendra», le dijo Aleksandr el fin de semana pasado mientras leía informes financieros en el sofá y ella deambulaba por la cocina para prepararse algo de picar, un pudding de chía que él rechazó con cierto escepticismo. «Le he pedido al personal que empiece a asegurarse de que haya en la despensa».

«¿Leche de almendra?». Lili lo miró horrorizada. «Las almendras están destruyendo el medio ambiente. Entre la cantidad obscena de agua que necesitan y las sequías en California… En serio, Sasha. ¡Y ya ni hablemos del impacto que tiene la carragenina para la salud! Sí, la avena también tiene sus problemas, pero es mejor que la almendra».

«Almendra, avena… ¿Qué será lo próximo?», gruñó él. Tachó algo con vehemencia con su pluma estilográfica, como si estuviera en desacuerdo con una página entera del texto, pero al día siguiente, al abrir la nevera, se encontró varios cartones de leche de avena.

—Sí, gracias —dice Amina.

Lili cierra el frigorífico con el hombro y desenrosca el tapón del cartón de Oatly. El hervidor de agua empieza a burbujear y se detiene automáticamente, y Lili les llena las tazas. El vapor se eleva, calentándole el rostro. La lluvia sigue cayendo contras las ventanas, amortiguando los ruidos del tráfico de Broadway.

—Hum… Parece que te conoces bien la casa —comenta Jackie.

—Supongo. —Lili vierte un poco de leche en el té antes de pasárselo a Amina. Jackie ladea la cabeza con una sonrisa de curiosidad—. ¿Qué pasa? —pregunta.

Empieza a mojar la bolsita de té en el agua aliente; un movimiento repetitivo que va tiñendo el agua del color rojo del rooibos.

—Nada, que hasta ahora no lo habías reconocido así —responde su amiga—. En plan… Que hay algo entre vosotros. Que no solo folláis.

—Hum —responde Lili, con la mirada fija en el té.

—¿Hum? —repite Jackie.

—Sí. Hum.

—Monosílabos, impresionante —interviene Amina—. ¿Y tú estabas haciendo un máster?

Suspira.

—Hay algo, ¿vale? —admite—. No sé qué es, pero… Me gusta. ¿Vale? Me gusta. ¿Contentas?

Lili se prepara para sus respuestas, pero, en lugar de presionarla, Amina sonríe. Jackie, que está a su lado, da un trago de té y esconde una sonrisa radiante.

—Sí —responde Amina—. Estoy contenta.

Lili siente cierto malestar; lo inesperado la desestabiliza. Se apoya en la encimera y da un largo trago de té.

—Dentro de poco te vas a Francia, ¿no? —le pregunta para cambiar de tema.

—¡Sí! —Su amiga esboza una sonrisa radiante—. En agosto no quiero ni pisar esta ciudad. ¿Estás segura de que no quieres venir?

Lili se echa a reír y niega con la cabeza.

—Sí, estoy segura. Como te dije, en agosto estaremos ocupadísimos en la granja. —Además, tiene que darle pronto una respuesta a Eileen; no se trata solo de lo que le costaría el viaje a Francia, tampoco puede largarse sin más. Empieza a sentir que las cosas van tomando forma, que todo se va colocando en su lugar, allí.

—¿Y cómo se las ha arreglado Jamie para conseguir tantas semanas libres? —pregunta Jackie.

Amina se encoge de hombros.

—Es un niño de papá, ya lo sabéis.

Lili frunce el ceño.

—¿Va en serio?

—No, no, pidió que se las aprobaran hace meses —admite Amina—. Ni siquiera Jamie es tan idiota.

—Bueno, eso es discutible —dice Jackie.

—Oye, al menos es guapo —replica Amina.

—Yo soy guapa, Ami. Él solo es rubio, rico y mide casi dos metros. Los estándares para los hombres están en el subsuelo.

—¡Eso no es justo! Jamie es muy inteligente, es solo que…

Sigue lloviendo. Con la taza caliente entre las manos, escucha parlotear a Jackie y a Amina, y siente el suelo firme bajo sus pies.

Dos semanas.

Se ha ido a San Francisco dos semanas y ella siente que vive una vida plena, a pesar de que el anhelo que siente por él sea una constante.

Está presente cuando va a la nueva exposición del Whitney con Amina: Lili. 11.34. He pensado que esta obra te gustaría. Aleksandr. 11.40. ¿Es un Mehretu? Lili. 11.41. Sí, pero no intentes comprarlo. Solo he pensado que te gustaría. 11.42. En serio, no lo compres. Deja que el arte sea para el pueblo. Aleksandr. 11.45. No lo voy a comprar, Lili. Lili. 11.45. Bien. Aleksandr. 11.46. De todos modos, ya tengo varias obras suyas. Lili. 11.46. Por el amor de Dios. Cuando Jackie y ella tratan de hacer un bizcocho de chocolate vegano y sin gluten en el loft («Bueno, yo no como huevos»; «¡Pues yo no voy a comer gluten!»; «¡Tendremos que ponerle algo que lo cuaje!»): Lili. 20.43. ¿Tienes sustituto vegano para el huevo? ¿Semillas de lino, por ejemplo? Aleksandr. 20.45. ¿Perdona? Cuando Jamie se hace con una caja de vino Brutal y organizan una cata improvisada mientras descuelgan las obras de la exposición colectiva en la que participó Amina («¿Esto hay que decantarlo?»; «No, creo que lo de los vinos naturales consiste precisamente en que te los bebes así, ¿no?»; «No sé si es asqueroso o si yo no me entero de nada»; «A mí me sabe como si estuviera viendo a Dios»): Lili. 15.37. ¿Los vinos sin sulfitos se decantan? Aleksandr. 15.45. Si es tinto sí, yo lo decanta-ría. Con los blancos no es tan necesario. «Vale, vale —anuncia Lili—. Vamos a probar a decantarlo».

Él prefiere las llamadas, los momentos intermedios de sus días.

Cuando ella está saliendo de casa para ir a trabajar a la granja y él está volviendo al hotel después de salir a correr: «Lo que me dijiste de la niebla no era ninguna broma, hace un frío que pela»; «¡Dale unas horas para que se disipe! Por la tarde se está mejor».