Ocho #4
—No, pero mis amigos pueden ser un poco cargantes —admite, dándole la mano—. Has estado a la altura —bromea.
—Ha sido un placer. Me ha gustado conocerlos. ¿Seguro que no tienes frío?
—No, no —responde ella, haciendo un gesto con la mano—. La temperatura es perfecta, estoy bien.
Escaparates oscuros, bares abarrotados; las calles de su barrio. Pasan por delante de una agencia inmobiliaria en Belfort, cerrada, claro, porque es de noche. Aleksandr resopla al ver los anuncios, iluminados con una luz fluorescente.
—¿De verdad la gente paga tanto por vivir en Brooklyn? —pregunta, revisando las propiedades con escepticismo.
Lili le da un golpecito con el hombro.
—No seas pretencioso —le advierte.
—Este barrio no era así cuando me mudé a la ciudad. Estos precios se pueden comparar con los de Manhattan.
—Ya, bueno… Se llama gentrificación —contesta Lili, señalando un bar al pasar: cócteles experimentales de veinte dólares, banquitos de terciopelo de color ciruela, paredes de terracota con tintes salmón—. Aunque yo tampoco puedo quejarme mucho, porque técnicamente formo parte de ello… No lo puedo negar. Pero es un problema grave. Mira todos esos edificios nuevos que han hecho cerca del río. La mayoría están financiados por fondos inmobiliarios. Cambian el barrio, perpetúan un sistema que está roto.
—Pues el chico de Greene tiene algunas ideas interesantes, y eso que trabaja dentro de ese sistema roto.
—¿Jamie te ha contado su idea del fondo de inversión?
Aleksandr asiente.
—Está bastante bien pensado. Al otro lado del océano hay fondos haciendo lo mismo; conozco a algunos de sus socios directivos. Los que nos dedicamos al capital de riesgo no somos muchos; es útil tener contactos.
Lili está perpleja.
—¿Te has ofrecido a presentarle a gente?
Se encoge de hombros.
—Sí. Es joven, pero le irá bien. Tiene entusiasmo, un apellido conocido… Silicon Valley no tiene nada en contra de los jóvenes, sobre todo si eres un hombre blanco y rico.
—Eso es cierto en cualquier contexto.
—¿Y tú? —pregunta—. ¿Has empezado a buscar trabajo para después de graduarte? Teniendo en cuenta que las finanzas no son una opción para ti… —Sonríe.
—Oh. —Lili se muerde el labio—. Pues resulta que… me han ofrecido un trabajo en la granja, ahora, cuando estuve en el intensivo. A tiempo completo, con sueldo y todo eso, para después de la graduación. Trabajaría en su…, quiero decir, en nuestra expansión y nuestras operaciones estratégicas.
Él enarca las cejas.
—Felicidades.
—Gracias. En realidad, eres la primera persona a la que se lo cuento. La verdad es que no sé si lo voy a aceptar.
—¿Por qué no? ¿No te han ofrecido un buen sueldo?
—No, para mi sorpresa, está bastante bien. Somos un negocio rentable, tenemos financiación real. El sueldo sería comparable a los salarios de entrada en los puestos corporativos, más los beneficios. Y bastante más de lo que ganaría si intentase abrirme camino en una agencia de las Naciones Unidas.
—¿Y quieres aceptarlo?
Lili lo observa, tratando de atisbar una chispa de juicio o de desdén; pero su mirada es transparente, está colmada de interés.
—Creo que hay mucho que decir a favor del trabajo comunitario como motor para el empoderamiento y la seguridad económicos —contesta con cautela—. En Marin también me dediqué a cosas similares con mis padres de acogida. Al cuidado de jardines, al cultivo local… A la gente del área de la bahía de San Francisco le preocupa mucho el suministro de alimentos, la seguridad alimentaria, ese tipo de cosas. Es un trabajo importante.
—Entonces ¿por qué dudas?
Exhala con fuerza.
—Porque… ¿parece demasiado bueno para ser cierto? La oportunidad de dedicarme a algo que me gusta y ganar un buen sueldo con ello… Ni siquiera creí que lo de la granja fuese una opción. Y, por otra parte, esto te va a parecer una estupidez, pero… ¿Es lo bastante impresionante? ¿Me va a llevar por el camino que más me conviene? Es que casi puedo oír lo que me diría mi tutor: «Un máster en Economía y ¿para qué?». Yo no me puedo permitir hacer lo que me dé la gana después de graduarme, como Amina. No digo que eso sea su culpa, necesitamos más artistas, todos deberíamos ser artistas… Pero yo soy responsable de cómo me vaya en la vida. ¿Y si tomo la decisión equivocada? ¡No lo sé! No lo sé. —Le dedica una sonrisa; empieza a sentirse incómoda—. Pero no pasa nada, todavía me queda un poco de tiempo para decidir… ¡Ah, espera! —Lo coge del brazo—. Paremos aquí un segundo.
Es uno de sus paseos preferidos: caminar hasta Manhattan cruzando el puente de Williamsburg. Otea la larga franja de agua brillante como vidrio, el resplandor del centro de la ciudad, El World Trade Center en el horizonte.
—Me encantan estas vistas —dice, tirando de Aleksandr hacia la barandilla.
—¿Sueles venir andando a Manhattan? —pregunta él.
Nota el tacto de la tela sobre los hombros: su chaqueta, que le ha puesto por encima ahora que se ha quedado quieta. Contempla la posibilidad de protestar, pero está calentita, como el cuerpo de él.
—Sí, me encanta. Si no voy con prisa, prefiero pasear a coger el metro. Creo que a veces está bien recordarnos dónde vivimos, tomar un poco de perspectiva —contesta, mientras Aleksandr la rodea con los brazos y la atrae hacia sí. Apoya la barbilla sobre su cabeza y ella descansa la mejilla en su antebrazo—. O sea… Ya sé que está muy visto, que es el centro del mundo, y todo eso, pero a veces hay que darle algún sentido. Hasta la persona más escéptica del planeta sentiría algo al verlo, de vez en cuando.
Él responde con un murmullo de asentimiento. Le da un beso en el pelo.
—Elijas lo que elijas, te vas a comer el mundo —dice.
Lili se encoge de hombros, con una sonrisa pintada en la cara, y luego tira de él, llevándoselo hacia la ciudad.
Cuando entran en el vestíbulo, se le escapa un bostezo. Acurrucada bajo el brazo de Aleksandr, oye, adormilada, que saluda a Louis. Ella hace lo propio con la mano.
—¿Quieres un poco de agua? —le pregunta Aleksandr cuando el ascensor se abre en el interior del loft.
—No. Quiero dormir —responde, tirando de él hacia el dormitorio.
—Lili, te iría bien beber un poco de agua…
—Que no, que a la cama —insiste, tirándose boca abajo en el colchón. Aleksandr se ríe. Está tras ella; no puede verlo. Nota que le tira de los pies y que le desata las botas militares para quitárselas—. Gracias —murmura, con la cara pegada al colchón, y reprime otro bostezo.
Otra carcajada; luego, un beso en la nuca.
—Tienes que ducharte, Lili.
—¿Para limpiarme los sucios restos de Greenpoint? —bromea.
Su cuerpo está exhausto. Tiene los pies cansados de tanto caminar y la garganta irritada, porque cuando ya cerca de Bowery ha empezado a gritarle apasionadamente a Aleksandr que Rawls era, en realidad, un socialista, después de que él la haya llamado «rawlsiana de conveniencia» por su visión de la economía. Sin embargo, permite que la lleve al baño adyacente, y luego tira de él, para que se duche con ella.
Más tarde, cuando están tumbados en la cama, se acomoda entre ellos la serenidad de la madrugada.
—No ha sido tan terrible, ¿no? —le pregunta ella. Están de lado, cara a cara; tiene las piernas enredadas con las de él.
—No era la primera vez que pisaba Greenpoint.
—Nadie lo diría —murmura.
Se le han escapado varios mechones rebeldes de la trenza. Tiene la piel sonrosada y caliente tras la ducha y porque siente que esta noche la ha besado en todos y cada uno de los centímetros de su piel. Lo recuerda hace un rato, arrodillado ante ella; el mármol cada vez más caliente contra su espalda.
Lili coge la mano de Aleksandr y se la pone bajo la mejilla. Trata de reprimir otro bostezo, pero fracasa. Se le cierran los ojos.
Cuando vuelve a abrirlos, cansada, Aleksandr la está mirando.
Hay algo en sus ojos. Algo distinto, un poco reservado. También más amable y más dulce. Sigue medio escondido en las horas posteriores a la medianoche, mirándola con una arruguita en la frente. Adormilada, Lili alarga una mano y trata de alisar esa arruga.
—No frunzas el ceño —murmura, y luego descansa la mano en su antebrazo.
Se acerca más a él y desliza los dedos sobre su piel desnuda. Desprende un calor familiar y reconfortante. Se pierde en la temperatura de su cuerpo, en el ritmo de su pulso. Él le apoya el brazo en la cintura y Lili respira; suspira de nuevo. Su cuerpo está cansado, su mente también. Es como si sus pies hubiesen viajado a alguna parte. Como si estuviera llegando a alguna parte.
Un beso entre los omóplatos, amortiguado por el sueño. Lili se acurruca entre las sábanas.
Una risa cálida contra la piel.
—Me voy a trabajar. —Un murmullo.
—Que te diviertas —masculla, con la boca pegada en la almohada.
Otra risa. Le acaricia el pelo por encima del hombro.
—Nos vemos dentro de un par de semanas —le recuerda él, en voz baja, como si no quisiera despertarla.
Lili frunce el ceño; se las arregla para abrir los ojos. Aleksandr está sentado en el borde de la cama, completamente vestido.
—Oh —dice—. Te vas de verdad.
—Sí, el vuelo sale dentro de poco.
—Espera, un momento —se apresura a decir, incorporándose—. Pero desayunemos juntos, o algo.
—Son las siete, duerme un rato más.
—No, estoy despierta, estoy despierta —gruñe, pataleando para librarse de las mantas. Lo coge de la mano—. ¿Cuánto tiempo tienes?
—Dentro de una hora he de estar en el aeropuerto.
—Perfecto. —Se frota los ojos cansados, se levanta y tira de él hacia el salón.