Games Ocho #3
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Ocho #3

Y ocurre algo similar con cómo encaja en su vida. Es distinto, pero, de algún modo —de algún modo—, congruente. Como un problema matemático cuyo resultado sorprende, pero, de algún modo, tiene sentido. A ella se le antoja notablemente fácil verlo junto a sus amigos, sentirse bien si los deja solos para ir a servirse una copa, sin preocuparse por los derroteros que la conversación pueda tomar en su ausencia. Ya está deseando volver con él a casa.

Lili aparta la vista y desenrosca una botella de vermut.

—Creo que es capaz de cuidarse solito —le responde a Amina mientras se echa un chorro en su vaso de plástico.

—Me sorprende que por fin lo hayamos conocido.

—Ya lo conocíais —replica Lili—. De esa noche, en el bar.

Jackie se ríe por la nariz al aparecer a su lado para exprimirse una lima en su gin-tonic.

—Sí, claro —dice—. De haberlo visto desde la otra punta de un bar del Distrito Financiero, antes de que te llevase a su casa.

—Tampoco habría estado mal verlo el día de tu cumpleaños, aunque, si no recuerdo mal, optaste por una visita a domicilio, ¿no? —añade Amina.

—Ya basta —les implora Lili, pero esconde su sonrisa dando un trago de su copa.

Se siente agradecida porque Amina no recuerde la conversación que mantuvieron en el baño de la casa de los padres de Jackie, porque le haya tomado la medida cuando Lili se lo ha presentado a sus amigos y le haya preguntado: «¿Qué preferís vosotros, los altos ejecutivos, un apretón de manos o un firme asentimiento a modo de saludo? Hoy tengo de oferta los dos». Eso ha hecho reír a Aleksandr, y que Lili se relaje, en consecuencia, y ella parecía satisfecha consigo misma. Mientras Aleksandr saludaba a James, a quien ya conocía, Amina le ha dado un apretón en la mano y Lili ha sentido que su amiga estaba de su lado, que la protegía, que la apoyaba. Que confiaba en que Lili sabe lo que hace.

—Vale, vale —recula Jackie—. Venga, vamos a bailar. Me encanta esta canción.

—¿Tienes idea de lo que dice la letra? —le pregunta Amina—. ¿No se te ha quedado nada del español que aprendiste en el instituto? No dicen más que guarradas.

—¿No es maravilloso dejarse llevar por la música? —bromea Jackie mientras se balancea al ritmo de la canción—. No hacen falta letras cuando sientes el ritmo de una forma tan elemental, tan fundamental, tan… ¡Vamos, Lili!

—No, estoy bien aquí —contesta Lili, y se ríe cuando Jackie intenta tirar de ella hacia la pista de baile.

—Seguro que a Aleksandr le encantaría —repone Amina mientras sigue a Jackie con un brillo travieso en la mirada.

—¡Adiós! —les dice con decisión, y se abre paso entre la multitud en dirección a los sofás.

—Lo único que digo es que el declive de la democracia liberal no es necesariamente malo.

—Por el amor de Dios, Elijah —interviene Lili, apoyando una mano en el hombro de Aleksandr mientras descansa en el reposabrazos, a su lado—. Esto es una fiesta.

Elijah frunce el ceño.

—No podemos dejar nunca de luchar —contesta.

Aleksandr le rodea la cintura con un brazo.

—¿Luchar por qué, exactamente? —replica ella—. La semana pasada andabas diciendo que el Estado Islámico tenía sus méritos como estado viable.

—No, no, lo que yo dije fue que Jesús también fue un radical en el desierto.

Lili nota que a Aleksandr le tiemblan los hombros de risa contenida.

—¿No te parece que estás pasando por alto…, no sé, algunos hechos históricos? —sugiere Varsha.

Elijah chasquea la lengua con desdén.

—Al final, la historia no es más que propaganda, ¿no?

—Bueno, no sé yo…

Al ver que la conversación continúa sin ellos, Lili acaricia el hombro de Aleksandr con la mano. Él la mira con una pequeña sonrisa, pero ejerce una leve presión sobre su cintura con el brazo con el que se la rodea para sentársela en el regazo. Lili exhala de golpe, haciendo equilibrios con su vaso, pero se acurruca contra su pecho, sin apartarle el brazo de los hombros.

—Oye —le dice, mirándolo a los ojos en la oscuridad, bajo el estruendo. Nota la suavidad del lino de su camisa bajo la piel desnuda de sus brazos—. ¿Qué ha hecho Elijah? ¿Acaparar la conversación?

—Tenía algunas opiniones sobre que los padres de tu compañera de piso hayan comprado una propiedad.

Lili pone los ojos en blanco.

—Ya. Ha decidido que el marxismo de pega es su personalidad para el mes que nos ocupa.

—Y yo que pensaba que contigo ya lo había visto todo —replica él.

—Al menos yo tengo cierto respeto por la historia. Por esos pequeños detalles que llamamos hechos.

—No sabía que eso era opcional.

—Si te quedas en Bushwick el tiempo suficiente, te darás cuenta de que todo es posible.

—Tus amigos son… interesantes.

Lili hace una mueca.

—Elijah no es mi amigo. Lo que pasa es que piensa que Amina está buena. Está esperando la oportunidad de tirarle la caña desde la universidad.

—¿No es Amina la dueña de este estudio? —pregunta él con el ceño fruncido—. ¿Y la novia del hijo de Greene?

—Sí, pero creo que Elijah argumentaría que la monogamia es un constructo capitalista cuyo fin es atraparnos en las estructuras de explotación. Y no sé qué sobre los reptilianos.

—Dios mío —masculla Aleksandr.

—Oye, y tú… Tú has dicho que trabajas en finanzas, ¿no? —interrumpe Elijah en voz alta, mirando a Aleksandr.

Lili se siente molesta.

—Sí —contesta él, moviéndola sobre sus piernas para que esté más cómoda.

—Entonces ¿qué dirías en su defensa?

—¿Del Estado Islámico?

—No, no. Del orden liberal actual —repone Elijah—. De las democracias como un frente para Halliburton, para la expansión del neocolonialismo de Gates.

El sofá se hunde un poco. Amina y James acaban de sentarse a su lado.

—Elijah, hemos recibido algunas quejas, así que hemos venido a suplicarte… ¿Puedes, por favor, parar? —le pregunta Amina.

Los bajos retumban cuando cambia el tempo de la música; al empezar la nueva canción, se oye un chillido de una voz muy parecida a la de Jackie.

—¡Es una fiesta! —añade James—. Celébrame a mí, alábame a mí o, joder, ponme verde, si quieres, pero deja de aterrorizar a mis invitados.

—¡Todo es capitalismo! —exclama Elijah—. ¡De principio a fin! Lo que necesitamos es una revolución total, y no esa basura que llaman socialismo democrático. ¡Todo lo que no sea rechazar de plano el beneficio es asesinato!

—¿De qué modo? —pregunta Aleksandr dando un trago de whisky.

A Lili le llega su aroma: ahumado, notas de turba.

—El concepto de beneficio es esencialmente opuesto al de ética —asevera Elijah—. No se puede ganar ni un solo dólar con honestidad, sin hacer que otros se partan la espalda.

—Y yo que pensaba que la profesión más vieja del mundo era la prostitución —repone Aleksandr.

A su lado, James se ríe por la nariz tan fuerte que Lili se sobresalta y está a punto de derramar el contenido de su vaso de plástico.

—Para obtener beneficio, necesitas explotación —continúa Elijah—. Eso no es negociable, y la gente como tú —señala a Aleksandr— nos estáis explotando a todos.

—Dios, qué bien se lo pasa uno contigo —musita James, apoyándose en el respaldo.

—¿Qué pasa? ¡Tengo razón! Todos los problemas que tenemos, las preocupaciones sociales, las plagas de nuestro tiempo, las planean los financieros y los políticos, la gente como él…

—Elijah, déjalo en paz —salta Lili.

Él levanta las dos manos en señal de rendición.

—¡Vale, vale! Pero ¿en serio, Lili? Estás durmiendo con el enemigo. La causa comunista se merecía algo mejor de tu parte…

—Elijah, estás apuntado a Equinox —interviene Amina—. No conozco a ningún comunista que vaya a ese gimnasio.

—Necesitamos acondicionar nuestros cuerpos. ¡Que estén sanos! Para la lucha de clases…

—Estás sospechosamente mudo —le murmura Lili a Aleksandr mientras Amina y James se alían para atacar la hipocresía de la colección de zapatillas deportivas que tiene Elijah.

—StockX es una plataforma de reventa, no una tienda benéfica, por el amor de Dios —oye decir a James.

—No creo que obtenga grandes satisfacciones por destruir la visión del mundo de un crío.

—Para que no te confundas —dice ella—. Yo voy a seguir criticando tu capitalismo y tu libre mercado. Ambos me parecen una mierda. Lo que pasa es que las opiniones de Elijah también me lo parecen.

—Ya me va bien así. No tengo tolerancia más que para una feroz socialista en mi vida.

—Él no es socialista —asevera Lili—. No es más que un farsante. Cuando le dije que a Trotski lo asesinaron con un piolet, se pensó que estaba de broma… Ay, perdón —se disculpa al ver que se le escapa un bostezo. Trata de esconder la cara en su camisa, para contenerlo.

Él esboza una media sonrisa. Le acaricia con la punta de los dedos la franja desnuda de piel que deja expuesta el diminuto top negro y ajustado.

—¿Cansada? —murmura.

Lili desvía la mirada hacia las enormes ventanas con los cristales empañados. Es casi medianoche y la fiesta se ha tornado más oscura, más sucia. El suelo vibra de la cantidad de gente que baila; hay rostros que no reconoce, sudor, humo de cigarrillos.

—¿Te apetece acompañarme andando?

Aleksandr frunce el ceño.

—Claro, te llevo a casa.

—No, no a mi casa. Me refería a la tuya, a si te apetece volver a Tribeca cruzando el puente a pie.

La sonrisa que le ilumina el rostro dice muchas cosas. Sorpresa, un afecto que asoma cuando esta remite. Lili quiere hacerlo sonreír así todos los días.

—Bueno, pues la verdad es que ha ido mejor de lo que esperaba —comenta ella, aliviada, cuando ya están en la calle, tras haberse despedido de sus amigos. La brisa fresca empieza a secar la fina capa de sudor que le cubre el cuerpo. Siente una emoción residual, una satisfacción inesperada por cómo ha ido la noche, por lo cómoda que se ha sentido teniéndolo al lado—. Gracias por haber venido.

—¿Estabas preocupada por algo en concreto? —le pregunta él, divertido.