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Ocho #2

Lili dio señales de vida rápidamente y le envió a James una disculpa por haberse perdido su cena de cumpleaños. Sintió una fuerte punzada de dolor por su egoísmo, por haber desaparecido de ese modo. Le explicó más o menos lo ocurrido —7.34. Surgieron unos viejos asuntos familiares, lo siento mucho, lo que hice estuvo fatal— antes de abrir el portátil en la larga mesa del salón y sentarse a trabajar.

Se pasó casi todo el día revisando su tesis. Bebió más café, mordisqueó una crujiente manzana amarilla. Resolvió más comentarios y abordó las revisiones finales sin prisa pero sin pausa. Aferrarse a la rutina mientras las oleadas de culpa la anegaban fue una distracción, pero una distracción productiva.

Oleadas de culpa y también de tristeza. Trató de respirar para navegarlas mientras rompían contra ella una y otra vez, y siguió trabajando, guiada por el suave repiqueteo del teclado bajo la presión de sus dedos.

Cuando Aleksandr volvió, ella ya estaba enfrascada en su tesis, pensando en una corrección de Kerr sobre el mecanismo de confesión en las sociedades seculares. Al oír el ascensor, lo saludó con un murmullo, abstraída en su tarea, pero cuando Aleksandr entró al loft, mirando su móvil, levantó fugazmente la vista y… Oh, no debería gustarle tanto vestido con ropa de correr, empapado en sudor y con la respiración acelerada.

«Hola», la saludó él al verla sentada a la mesa del salón. «Puedes trabajar en mi despacho si lo prefieres», le ofreció, señalando el pasillo con la cabeza mientras revisaba sus emails.

«Estoy bien aquí», respondió ella. Intentó concentrarse en la pantalla mientras él se dirigía a su cuarto, y luego al baño. Oyó el sonido lejano de la ducha a través de las puertas abiertas.

Ese día, él quiso darle espacio. Cuando volvió, secándose el pelo mojado con una toalla, hizo más café y le llevó otra taza; ella se fijó en que le había añadido un poco de leche de avena. Luego se fue a su despacho a trabajar; el sonido de las llamadas de teléfono le llegaba a través de las puertas entornadas. Un recordatorio tranquilizador de que seguía allí, por si lo necesitaba.

Y, a pesar de que Lili sentía la fuerza de su atracción por él, se permitió tomarse ese espacio para ella y para trabajar en su tesis. Y, a través de todo eso, sentía que empezaba a asentarse. A través de las subidas y bajadas recurrentes del dolor —una marea que traía consigo el escozor de las lágrimas; se mordía las cutículas, desbloqueaba el móvil, volvía a mirar la fotografía—, era capaz de sentir la diferencia, de observar los cambios. Era como si el cuerpo que le había dado la bienvenida tras la noche anterior —y también su mente, sus pensamientos—, ya no estuviera tan enfadado. Como si ya no estuviera tan lleno de rencor.

Aunque sí estaba exhausto.

Mientras se ponía el sol, Lili contuvo un bostezo y alzó la vista de la pantalla. Aleksandr estaba en la cocina, preparando la cena. Lili cerró el portátil, caminó hacia él y, desde detrás, le acarició la espalda con una mano, con las puntas de los dedos. El suave algodón de su camiseta negra estaba caliente.

«¿Con qué te puedo ayudar?», le preguntó, echando un vistazo a los fogones.

«Con nada», respondió él. «He metido algunas verduras en el horno y el arroz estará listo a la vez. No sabía qué te apetecería».

«No, es perfecto», respondió ella, apoyándole la mejilla en la espalda.

Después de cenar, mientras hacía girar el vino en la copa medio vacía, le preguntó: «¿Has terminado de trabajar por hoy?». Él asintió y dio un trago. Un blanco seco; no se había rellenado la copa después de que ella rechazara una segunda. «¿Te apetece ver una película, o algo por el estilo?».

«Claro, lo que quieras», respondió él.

Ella se llevó el portátil al sofá. «Así que no tienes tele, ¿eh?», comentó mientras abría Netflix. «No tengo mucho tiempo libre», contestó él. Lili se acurrucó bajo el brazo con el que la rodeaba y le puso las piernas sobre el regazo. Mientras tanto, movía los dedos por el trackpad, echando un vistazo a las películas y series disponibles. Una tristeza residual había empezado a arremolinarse en su interior desde que el cielo se había oscurecido, como un dolor que esperase agazapado. Pensó en su móvil, que estaba a su lado, en el sofá. Pensó en la fotografía que contenía.

«¿Qué te apetece ver?», preguntó él.

Ella se encogió de hombros y le pasó el ordenador. «Algo fácil. No sé. Algo bonito, supongo».

Aleksandr asintió y tecleó un título. Lili se rio con suavidad cuando empezaron los títulos de crédito. «¿Esto quieres ver?».

«¿Qué tiene de malo?».

«¿Acaso quieres revivir tu juventud en Londres?».

«Te aseguro que no regentaba una librería en Portobello Road en los noventa».

«No, solo te acostabas con todo lo que se movía en un kilómetro a la redonda».

«Calla, Lili», le dijo, señalando la pantalla. A su lado, la notaba calentita. «Te vas a perder momentos importantes de la trama».

Era una película dulce, con la que era fácil reírse. La había visto a medias cuando estudiaba el grado, una vez que tanto Jackie como ella pillaron una gripe después de los exámenes finales. De vez en cuando, Lili miraba su móvil, que estaba apoyado en su pierna. Abrió el mensaje de Jane mientras en la película cenaban y le mandó una breve respuesta: 21.09. Gracias. Espero que vaya todo bien. Mirando de nuevo la fotografía, apoyó la cabeza sobre el pecho de Aleksandr, escuchando a medias el diálogo de la película.

Se trataba de aumentar la exposición. Si la miraba otra vez, iría drenando el dolor, iría dejando espacio para el amor que contenía.

«¿Son ellos?», le preguntó él. Lili asintió. «Sí», susurró. «Sí, son ellos».

Ahora, cuando entra en India Street, Lili oye una voz conocida que grita su nombre.

—¡Li! —Amina, que está asomada a la ventana—. El timbre está roto. Te tiro las llaves. Jamie, cariño, quítate de en medio…

—¡Marwan, espero que hayas traído el puto café! —la advierte Jamie mientras Amina se vuelve hacia él—. Tenemos que preparar una barbaridad de cosas para esta puta fiesta. Me dan náuseas solo de pensarlo.

Lili se echa a reír y coge las llaves plateadas. El metal brilla bajo la luz de la mañana.

—Lo tengo —contesta—. No te preocupes.

—¿Has dejado que tu papi se las arregle solo? —le pregunta Amina mientras coge el Campari.

Lili se echa a reír y mira a Aleksandr.

Está en el otro extremo de la fiesta, charlando con su compañera de cuarto de la universidad, Varsha. Su copa —un whisky que James ha recorrido cielo y tierra para encontrar— sigue medio llena. Lo cierto es que parece genuinamente interesado en la conversación. Cuando Lili ha dejado a su grupo de amigos, que están sentados en los sofás de cuero hechos polvo que hay junto a las ventanas, Varsha estaba hablando del estado actual de la crisis de refugiados ucranianos en Polonia. Trabaja como productora de campo y ha estado destinada hace poco en la región, ganando experiencia como corresponsal de guerra. Mientras Lili los observa, Elijah —uno de sus antiguos compañeros de clase— la interrumpe. Una sombra de irritación aflora en el rostro de ella, hasta que Aleksandr, deliberadamente, le hace otra pregunta sobre la cuestión.

La fiesta está atestada de gente. El estudio donde Amina pinta es un viejo loft industrial precioso, y la ubicación perfecta para grandes fiestas. Las paredes de ladrillo expuesto están pintadas de blanco y hay unos enormes ventanales que dan a Greenpoint, a la ciudad. Hay plantas por todas partes: monsteras, helechos, una gigantesca higuera hoja de violín en una esquina con palitos de incienso clavados en la tierra que la sustenta. Normalmente, los lienzos gigantescos e inacabados de Amina están por todas partes, pero hoy los han guardado con cuidado en el almacén.

Se han pasado casi todo el día preparándose para la fiesta. «Que no, Ami, no voy a fregar el puto suelo antes de que vengan cien personas», ha protestado Jackie. Ahora, el enorme loft está abarrotado y oscuro, y hace calor. Sus viejos amigos de Columbia se entremezclan con los amigos artistas de Amina, el personal del restaurante en el que trabaja Hassan, lo que parece el equipo de remo de la universidad de Jamie al completo y sus compañeros de clase de Dalton. También hay unos cuantos compañeros de fatigas de Jackie, de cuando trabajaba en Spring Place. En la cocina abierta, que está llena a rebosar con los fregaderos repletos de hielo y de cerveza, uno de sus amigos cocineros, ya medio borracho, juega a ser camarero. La música demasiado alta reverbera a través del suelo; Lili nota los bajos, que retumban bajo sus pies: una mezcla inexplicable de trap machacón y reguetón. Se oyen gritos de bienvenida tras la llegada de más invitados, que traen consigo el penetrante olor de la marihuana. El baile se está saliendo de madre; el suelo está pegajoso y la gente se frota la nariz al salir del baño; hay pantallas de iPhone rotas, flashes de las cámaras, conversaciones a gritos. Lili, que conoce a casi todo el mundo, intercambia radiantes sonrisas a modo de saludo mientras sigue a Amina hacia la barra improvisada.

Aleksandr no podría estar más fuera de lugar, pero hay algo especial en su forma de habitar el espacio. Cualquier espacio, en realidad. Es alto, autoritario, claramente distinto a los demás. Su camisa de lino negro es demasiado refinada, a pesar de que se la haya arremangado, los zapatos, demasiado caros. Cuando ha bajado a recibirlo a su llegada, ha puesto los ojos en blanco al verlo. «¿En serio?», le ha preguntado, tratando de disimular que le gustaba su aspecto. Él se ha echado a reír y la ha atraído hacia él para besarla. «Yo también me alegro de verte, Lili».

No encaja, pero se siente cómodo. Destacar no le afecta. Ya se lo esperaba; le relaja la atención de los demás.