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Ocho

Diversificación

—Date prisa.

—Estate quieta.

—Aleksa… Ah, ¡joder! Estoy a… Estoy a punto, Dios, ¿puedes…? ¡Ah, joder, ahí, ahí!

—No me metas prisa.

Lili suelta un gemido de frustración.

—¡Por favor! —suplica, furiosa, mientras le presiona los omóplatos con los dedos de los pies—. Es que… Joder… Va, va…

La presiona contra el colchón con la mano que tiene extendida sobre su barriga, inmovilizándola.

—Paciencia.

—No… —susurra, frustrada—. No más paciencia…

—Cálmate o te dejo así —la amenaza, apartándose para mirarla mejor.

Ella tiene las piernas sobre sus hombros; a él le brillan los labios cuando lo golpea la luz temprana que se cuela por la ventana.

Sabe que es posible que tenga que pagar por ello más tarde, pero Lili lo agarra del pelo y lo empuja contra ella de nuevo. Aleksandr se limita a reírse y se vuelve a colocar entre sus muslos.

—Qué carácter —comenta mientras le abre más las piernas. Lili nota su boca caliente y se agarra con fuerza de su pelo. Deja caer la cabeza contra la almohada; está muy cerca. Un calor febril empieza a adueñarse de ella; cierra los ojos y un grave gemido se le escapa de los labios cuando él la lleva al orgasmo, todavía aguantándola contra el colchón, mientras ella arquea las caderas—. Ahí está —murmura él, dándole placer mientras ella se rinde a las réplicas del clímax. Entre los dos se alarga el aliento de ella, que jadea, que crepita; es obsceno y luminoso. Su cuerpo repica como una campana—. Si no tuviera que irme a trabajar… —añade él, besándola en la cara interna de los muslos—. Te obligaría a hacer eso una vez tras otra.

—En realidad, el trabajo no es más que un delirio colectivo de la sociedad —musita Lili, todavía rendida al cosquilleo del placer.

—Por supuesto que sí. —Él sonríe, se incorpora y comprueba que tenga los gemelos bien ajustados.

Está completamente vestido, pero, cuando se recoloca el cinturón, Lili se da cuenta de que se le ha puesto dura.

—¿Necesitas ayuda con eso? —lo provoca ella, todavía sin aliento.

Aleksandr esboza una sonrisa triste.

—Puedo esperar unas horas.

—Es muy optimista de tu parte que pienses que estaremos follando otra vez en unas horas.

—¿Me estás desafiando?

Lili levanta la barbilla.

—No lo sé; ¿a ti qué te parece?

—Me parece que, para haberte corrido ya varias veces esta mañana, estás muy beligerante.

—Igual lo he fingido.

Él se echa a reír.

—Ya, seguro.

Lili se incorpora, apoyándose en los codos.

—¿Cómo lo sabrías? —replica—. Podría haber fingido todo este tiempo y tú no te habrías dado cuen… ¡Ah!

Alexandr desliza los dedos en su interior, tres a la vez. Lili se deja caer hacia atrás y sisea al notar el metal frío de su anillo, por lo repentino y sorprendente del gesto. Siente también la fría presión de su reloj contra la piel.

—Cuando te corres, lo sé, Lili —le advierte. Ella inhala con fuerza cuando él empieza a mover los dedos—. Créeme. Se te pone aún más estrecho cuando estás a punto. Aunque ya haya hecho que te corras varias veces, aunque ya te tenga bien abierta. —Inclina la cabeza y la besa en el hueso de la cadera—. Te empiezan a temblar los muslos, y respiras como si no pudieras terminar de coger aire una vez antes de que necesites cogerlo otra. Podría pasarme el día escuchando los ruidos que haces cuando estás a punto de correrte… Ah, ahí está —observa con una carcajada cuando una caricia de sus dedos le arranca a ella esa respuesta.

Pero luego se aparta; le da un último beso en la barriga. Lili gimotea cuando su calor la abandona.

—¿De verdad te tienes que ir a trabajar? —protesta, incorporándose en la cama—. Es fin de semana.

—Hago todo lo que está en mi mano para que los protestantes estén orgullosos de mí.

Coge la chaqueta del traje de los pies de la cama. Hoy toca uno de corte inglés, Savile Row, planchado. Todavía tiene el pelo húmedo tras la ducha que se ha dado antes, cuando se arreglaba para ir a la oficina mientras ella seguía medio dormida. Antes de dirigirse a la puerta, se inclina para besarla, poniéndole el pelo tras el hombro desnudo. Un beso que se alarga y se alarga cuando ella tira de él, devolviéndolo a la cama.

Le vibra el móvil en la mesita de noche.

Lo coge, lo desbloquea y encuentra un email nuevo de Eileen, en el que le pregunta si tiene disponibilidad para encargarse de organizar los horarios del personal contratado para agosto, además de los de los voluntarios. Ha añadido una posdata: «¡También estoy disponible en cualquier momento para hablar de la oferta de trabajo (sueldo, fecha de incorporación, etc.)! Pero si necesitas tiempo y espacio para pensártelo, lo respeto, por supuesto. Ya me dirás».

Al pensar en la oferta de trabajo, Lili se siente dividida entre una extraña combinación de alegría y aprensión.

Siente vértigo.

Necesita pensárselo bien, y supone que también debería hablarlo con Kerr, pero puede esperar un poco más. Escribe una respuesta rápida para Eileen («Sí, me encargo del horario del personal encantada. ¿Te va bien si te lo mando el lunes? Me encantaría hablar de la oferta la próxima vez que coincidamos») y luego echa un vistazo a su calendario.

—Esta noche tenemos una fiesta —le recuerda a Aleksandr—. La gran celebración del cumpleaños de Jamie.

—Sí —contesta, tirándose de las mangas para que el traje le siente mejor. La caída del corte se le ajusta al cuerpo, las sutiles costuras, a los hombros—. En Greenpoint —añade, con la voz teñida de disgusto.

—Cómo me gusta verte tan emocionado —bromea Lili—. Mis amigos saben comportarse.

—¿Su cumpleaños no fue la semana pasada?

—Nació en la cúspide entre Cáncer y Leo —le explica—. Requiere de muchas fiestas.

—¿Quieres que compre unas latas de Pabst de camino, o ahora solo se bebe cerveza artesana? ¿Cerveza macrobiótica?

Lili pone los ojos en blanco.

—Qué gracioso. Sí, pásate por Souen de camino, ¿quieres?

—Haré lo que pueda. —Coge su móvil de la mesita de noche, se lo mete en el bolsillo interior del pecho de la chaqueta y se agacha para volver a besarla.

Es un beso rápido, afectuoso —le acuna el rostro con la mano un segundo; le acaricia el pómulo con el pulgar—, pero Lili lo agarra de las solapas del traje y lo alarga; recorre el borde de sus dientes con la lengua, suspira dentro de su boca. Algo se acelera en su interior, una chispa que debería ser tenue, pero que sigue llameando con fuerza, constantemente, cuando él está. Su aroma por las mañanas ya le resulta familiar; su calor es aquello con lo que ahora se despierta.

A él le vibra el móvil: un mensaje. Trabajo.

—Vete —cede ella, apartándose a regañadientes. Él le da un último beso, casto, en los labios—. Vete, vas a llegar tarde.

—Lo de llegar tarde es cosa de los empleados —replica él, irguiéndose.

Lili vuelve a poner los ojos en blanco, pero le sonríe y lo contempla mientras se dirige a la puerta. Se fija en la extensión de su espalda, en cómo le sienta el traje.

Cuando ya no puede verlo y oye el pitido del ascensor, se levanta.

—¡Que tengas un buen día! —le grita mientras entra en el baño a ducharse.

Otra risa, la de él, y el sonido distante del ascensor al cerrarse. Coge el cepillo de dientes del armarito, aún sonriendo para sí.

En el tren, escucha música mientras ve pasar la ciudad desde el puente. Va en la J, camino de Brooklyn. Cielo azul, un trayecto al revés del resto de la ciudad, la vieja fábrica de azúcar Domino. Baja los escalones de la estación de Marcy de dos en dos, casi brincando.

Amina. 8.34. ¿Hay alguien que esté de camino? Nos hemos quedado sin granos de café

James. 8.34. Ayuda

James. 8.34. Por favor

James. 8.34. Suplicaré si hace falta, no soy tan orgulloso

Jackie. 8.35. Lo siento, estoy en una sesión de fotos, no llegaré hasta la tarde

James. 8.37. Ayuda

James. 8.37. No veo bien

Lili. 8.38. De camino!

Lili. 8.38. Iba a parar a por café, os puedo comprar

Lili. 8.38. Alguien quiere algo de comer?

James. 8.39. Deberíamos comprar comida?

James. 8.39. Para la fiesta, quiero decir

James. 8.39. O sea provisiones

Amina. 8.40. Ja! Ni hablar. Que la gente se ocupe de su comida

James. 8.41. Y qué hacemos si a la gente le entra hambre?!?

Amina. 8.41. Que se pidan una pizza

James. 8.42. Una pizza?!?!?!?!?!

James. 8.42. Ha muerto la hospitalidad y no me he enterado???

Amina. 8.42. No sabía que estaba saliendo con una ama de casa del Upper East Side

Lili sonríe y se guarda el teléfono en la bolsa de tela mientras abre con un hombro la puerta de la cafetería del vecindario. Las calles de su barrio le resultan reconfortantes. Una vez tiene los granos de café frescos en la bolsa, un auricular con música puesto y su café con leche de avena en la mano, se dirige a Wythe, relajada en la mañana serena. Pasa junto al colorido escaparate lleno de novedades editoriales en McNally Jackson; se cruza con madres con sus carritos Bugaboo, sus cafés con hielo y sus zuecos Dansko, y también con un grupo de runners que se dirigen hacia la orilla del río.

«Le pedí a Garnier, a Simon, el número de teléfono de tu compañera de piso —le dijo Aleksandr el viernes por la mañana, cuando volvió de correr—. Para que supiera que estabas bien. No pretendía extralimitarme, pero pensé que sería mejor que supiera dónde estabas y que estabas bien».

«Oh —contestó Lili, desconcertada—. No, no… Ha sido muy considerado por tu parte».

El resto del fin de semana lo pasaron tranquilos. Juntos.

Cuando se había levantado a preparar más café y a escribir, dejándose para más tarde las últimas páginas de Pabellón de cáncer, mientras Aleksandr seguía fuera, corriendo, había echado un vistazo a su móvil. Apoyada en la encimera, revisó el chat de grupo y leyó los mensajes que sus amigos, cada vez más preocupados, le habían escrito, hasta detenerse por la noche, probablemente, después de que Aleksandr se hubiera puesto en contacto con Jackie.