Siete #16
Haciendo equilibrios con las tazas en las manos y el periódico bajo el brazo, abre la puerta del dormitorio valiéndose del codo, y dando un sorbo de café mientras tanto. Cuando se mete de nuevo en la cama, Aleksandr la rodea con un brazo y la atrae hacia sí agresivamente. Ella suelta un gritito, tratando de no derramar el café, mientras él la empuja sobre la cama, pegándola a él.
—¡Cuidado con el café! —protesta, y se vuelve para dejar las tazas en la mesita de noche.
Aleksandr sonríe y apoya la cabeza en una mano para mirarla.
—Buenos días. —Tiene la voz soñolienta.
Desliza una mano bajo su camisa y en la barriga desnuda de Lili. Los botones están mal abrochados. Se inclina hacia delante y la besa entre los pechos. Lili exhala y siente su sonrisa contra la piel. Mientras sigue besándola, acariciándole las curvas de los pechos con los labios, abriéndole la camisa, ella le pone las manos en el pelo y exhala un suspiro.
Pero, de repente, él frunce el ceño y se aparta. Mete la mano por un lado y saca un pequeño cristal negro.
—¿Por qué hay una piedra en mi cama?
—No es una piedra. Es obsidiana. Te protege. Mantiene alejada la negatividad emocional y los malos espíritus. La verdad es que viene muy bien para tu luna en Escorpio. Te ayuda a centrarte. Es que, con esa mezcla de Capricornio, Escorpio y Aries, hay mucha… —mueve las manos en círculos, señalándolo en general—… intensidad.
Él la mira de hito en hito.
—Tú, Aleksandr —le informa ella—. Tú eres el mal espíritu.
Él pone los ojos en blanco. Deja la obsidiana en la mesita de noche y tira de ella hacia sí para volver a besarla, un beso largo, adormilado pero ardiente.
—¿Cómo has dormido? —le pregunta, acariciándole la mejilla con un nudillo. Lili se abandona a todo ello, al tenue ir y venir de las cosas que se calman, que se asientan—. ¿Bien?
—Sí —murmura ella—. Estoy… bien. ¿Qué haces hoy?
—Bueno, tenía pensado quedarme en la cama.
—¿A dormir? ¿En serio, después de las seis? —bromea.
—Yo no he dicho nada de dormir.
—Oh…
—No, no me refiero a eso. Me refiero a estar contigo.
Una punzada de dolor, pero respira y se le pasa.
—¿Y tú? —le pregunta él.
—Escribir, creo. —Se siente frágil tras lo ocurrido ayer; quiere recomponerse mediante su trabajo.
—¿Cómo va la tesis?
Ella asiente.
—Bien. En realidad, ¿te…? —Lili se muerde el labio; vacila—. ¿Te la leerías? —Aleksandr enarca una ceja y esboza una sonrisa traviesa—. No para que me la revises ni nada —añade con firmeza—. Y tampoco quiero que me hagas ver la gloriosa luz neoliberal. Pero el fin de semana pasado dijiste varias cosas interesantes. No es que esté de acuerdo contigo, obviamente, pero, no sé, para defenderme de contraargumentos, ese tipo de cosas…
La sonrisa de él se ensancha.
—Me encantaría —dice.
Un sentimiento que no es capaz de expresar merodea por la lengua de ella.
La forma como él la mira… ¿Podría ella merecerse esto? ¿Más allá de hoy, más allá de mañana?
Ahí, en su cama, bajo la luz del alba, se siente más y a la vez menos ella misma de lo que se ha sentido nunca. Es como si pudiera observarse pensar, observarse sentir. «Se me permite tener esto», se dice. Algo con forma de felicidad.
Pero no está segura.
No está segura.
Lili se aclara la garganta y mira hacia la ventana, donde la mañana se va tornando más brillante. Nota, bajo las puntas de sus dedos, la piel desnuda y cálida de los hombros de él.
—¿Te apetece salir a correr? —le pregunta él.
Lili frunce el ceño. Aleksandr también está mirando por la ventana, evaluando la mañana.
—¿Disculpa?
—Que si te apetece salir a correr. A mí me ayuda a aclararme la mente.
—¿Y por qué correríamos? ¿Nos persigue alguien?
—¿Es eso un no?
Lili se lo queda mirando.
—Sí, es un no —le confirma—. No, yo me voy a quedar a leer, como haría una persona normal un viernes a las seis de la mañana.
—¿Quieres que me quede contigo?
—No, no. Ve a torturarte, yo estoy bien.
Aleksandr sonríe y sale de la cama.
—Volveré dentro de una hora o dos.
—¿Una hora o dos? ¿Piensas correr por toda la isla?
—No tanto —responde mientras se dirige a su vestidor—. Escríbeme si necesitas algo.
Lili se incorpora en la cama y alarga los brazos para estirarse. Da un largo trago de café y cierra los ojos un instante. Se pierde en la luz de la mañana, en la taza caliente que tiene en las manos, en los sonidos que hace Aleksandr al abrir y cerrar cajones mientras se viste.
Sobre su mesita de noche está el libro de Solzhenitsyn; aún no ha leído los últimos capítulos. Se lo dejó allí cuando se fue a la granja. Se acurruca en las sábanas calentitas, se apoya en el cabezal y busca la página en la que se quedó.
Aleksandr le da un beso rápido antes de irse y ella sonríe. Se queda escuchando el sonido del ascensor. Unos instantes después, tras oír el ruido de la puerta de la calle, una breve conversación con Louis y la risa de Aleksandr, Lili cierra de nuevo los ojos, solo un instante, bajo la luz que se intensifica con el paso de los primeros minutos del día, y se aferra al vaivén de su voz.