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Siete #15

El repiqueteo del cristal contra el mármol cuando deja el jabón. Agua caliente sobre su piel. Unas manos que le recorren los brazos, que la limpian de espuma; el aroma a sándalo. El baño está en silencio y Aleksandr la besa en las vértebras, en la cima de la columna, y ella se apoya en su pecho.

—¿Cómo estás? —murmura él.

Después, de ella quedaba el cuerpo, en el suelo, abrazado por él. La camisa de él en su mano débil, los temblores, el aire que respiraba, que volvía poco a poco. El vacilante flexionar de sus dedos, que trataban de mover de nuevo su cuerpo de formas pequeñas, de formas sutiles. «Este es mi brazo. Estas son mis manos». La seguridad que le prestaba el cuerpo de él, a cambio, alrededor del suyo; un beso en el hueco de su cuello.

Unas manos y una piel conocidas. La ayuda a levantarse y permite que ella sola haga pie, pero le ofrece su firmeza para que se apoye en ella. Agua, líquido bajando por su garganta irritada. Los ojos cerrándose y abriéndose: oscuridad y luego luz.

Es como si estuviera fuera de su propio cuerpo, fuera de los límites de sí misma. Como si las cosas que pensaba ser, las cosas que pensaba que jamás podría superar, siguieran estando con ella, pero ahora pudiera descansar su peso en algún sitio por un instante. Y hay algo más, algo incómodo, sin nombre, pero definitivo. No puede relajarse; este alivio no durará…

Pero, de momento, se siente segura en sus brazos.

—Cansada —murmura.

Se permite acariciar el agua con los dedos.

Decide contárselo. No es nada que le deba. Es algo que quiere darle.

Lili respira hondo y confía.

—Yo… Murieron hoy —susurra—. Mis padres murieron hoy.

Él guarda silencio. No la juzga, no se sorprende, no reacciona. En lugar de eso, sigue abrazándola con firmeza. Y escucha.

—Me había olvidado —admite en un murmullo. El agua besa los lados de la bañera—. Estaba haciendo recados. Estaba feliz, sentía que era un buen día, y entonces mi madre de acogida me ha mandado un mensaje. Hablamos hace poco porque había encontrado unas fotos y… y…

Entonces brotan las lágrimas. Lili trata de enjugárselas y su mano, caliente del agua, alivia el escozor de sus ojos.

Aleksandr le da un beso en el cabello. No dice nada.

—Me había olvidado —repite. Es como una bofetada, esa confesión de insuficiencia, porque ¿cómo ha podido olvidarse? La densa oscuridad (ella no vale nada, no merece nada) empieza a aflorar de nuevo—. Me había olvidado de la fecha de la muerte de mis propios padres…

Estalla de nuevo en sollozos. Le tiemblan los hombros, réplicas de los gritos ahogados que no logra retener.

Bajo el agua, Aleksandr coloca la palma de su mano en su barriga para atraerla hacia sí. Un poco más segura.

No la acalla, no la silencia. Se limita a abrazarla. El tacto del pecho de él contra su espalda, de sus brazos a su alrededor, es como si le hubieran tallado un rinconcito de seguridad en la noche, un lugar al que puede llevar algunas partes de sí misma —las partes feas, horribles, repugnantes—, mirarlas y señalar: «Mira, creo que esa soy yo. Creo que jamás me liberaré de eso. Creo que eso es lo que yo soy, que soy la raíz de todo eso, y lo odio, y a la vez no puedo vivir sin ello».

—Nadie lo sabe —susurra—. Lo de hoy. Nunca les he dicho a mis amigos cuál era la fecha concreta, ni siquiera a Jamie. Pero yo… yo… los echo de menos. Los echo muchísimo de menos y… y a veces siento que jamás lograré dejar todo eso atrás, y yo… me siento tan sola como si hubiera un espacio entre yo y todo y todos los demás, y como si…, como si esto fuera todo, como si fuese a morir aquí y esto fuera el resto de mi vida. Este dolor que encuentro en todas partes, que me espera en todas partes, haga lo que haga, vaya donde vaya…

Lili permite entonces, estallando de nuevo en sollozos, que las palabras le fallen. Tiembla de necesidad de compartirlo, está dividida entre eso y la incapacidad de creer que alguien pueda escucharlo y quedarse a su lado.

Pero él la abraza. No se aparta.

Pasa el tiempo. Allí, entre los brazos de él, el dolor se seca. El sufrimiento se transforma en dolor, el dolor en tristeza, la tristeza en duelo.

Ella se vuelve ligeramente en sus brazos y lo mira.

Y Aleksandr le devuelve la mirada sin titubear.

Oh, la de cosas que florecen en su pecho —entre los escombros de sí misma, entre las partes que no logra recomponer y la ruina que tanto le avergüenza mostrarle a los demás— cuando ve cómo la mira, como si él estuviera dispuesto a sostenerlo todo por ella.

Y tener esto —tener tanto de esto— va de la mano con un dolor inevitable.

Esta felicidad significa que puede hacerle daño.

Pero Lili alarga una mano y le besa. Nota el tacto cálido y suave de sus labios; él permite que sea ella quien dé forma al beso. Para ella, que tiene las mejillas mojadas de sus propias lágrimas, su aliento es consuelo, y su cuerpo, un lugar en el que quiere quedarse.

Aunque no crea que vaya a durar.

Aunque esto no sea más que otro dolor que esconderá en su interior. Aunque sea su próximo accidente de coche, la historia que contará durante el resto de su vida.

Aparta de su mente el coste de las cosas y cierra los ojos.

El tacto de la arena, el tictac de un reloj.

Se queda allí, con él, un ratito más.

Cuando despierta, es temprano.

Dejaron las cortinas abiertas, así que la luz de la mañana empieza a colarse en el dormitorio.

Lili parpadea, se estira, todavía inmersa en el calor de su sueño. Aleksandr está a su lado, rodeándola con los brazos. Está dormido con una mano abierta sobre la barriga de ella, bajo la camisa de él que lleva puesta. Reina un suave silencio; respira de forma acompasada.

Alarga una mano hacia la mesita de noche para coger el móvil y entorna los ojos para ver qué hora es.

Las 5.58 de la mañana.

Poco a poco, se libera de su abrazo.

Ver a Aleksandr dormido es como un secreto que quiere guardar. Su respiración, su pelo alborotado. Cuando descansa, la tensión que suele reinar en su rostro cuando está despierto —la agudeza, los cálculos— desaparece.

Estos momentos —él en las horas más tempranas; su presencia en la vida de ella— se le antojan preciosos y robados. Cómo si ella se estuviese adueñando —pidiendo— de más de lo que debe.

Lili aparta ese pensamiento de su mente, se inclina y le da un beso en la frente.

—¿Adónde vas? —murmura él.

—Tranquilo. Vuelvo enseguida.

Cierra la puerta tras ella con suavidad para que el ruido de la cafetera no termine de despertarlo.

Mientras prepara el café, Lili echa un vistazo a los periódicos del día, que ya están dispuestos sobre la encimera. Tras pensárselo un poco, coge el Times. Vierte un chorrito de leche de avena en su taza.