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Siete #14

Porque, por supuesto, tenía que ser ella quien lo estropeara. Tenía que ser ella quien olvidara el aniversario de la muerte de sus padres por estar ensimismada en su verano, ensimismada fingiendo que merecía cosas que no podría sino romper.

El tráfico ruge a su alrededor; nota el escozor de las lágrimas. Toca la pantalla del teléfono —cierra los ojos con fuerza cuando, con el corazón desbocado, vuelve a ver la foto sin querer—, buscando rápidamente entre sus contactos. Jackie, Amina, James. No, no, no. Busca las llamadas recientes.

—Lili —responde él; una voz grave y familiar acompañada de los ruidos de la oficina, del calor que irradia de esa voz cuando abraza su nombre—. ¿Cómo estás?

—Yo… —Un sollozo escapa de su garganta.

La calle la rodea, ruidosa, indiferente.

A él le cambia la voz de inmediato.

—¿Qué ocurre?

—Yo no… La he cagado, y no…

—¿Dónde estás?

—¿Podemos…? —Reprime las lágrimas mirando fijamente al cielo—. ¿Podemos vernos?

—Sí, pero ¿dónde estás? —La urgencia que se desprende de su voz empeora el golpeteo irregular y creciente de su corazón, como si estuviese a punto de sufrir un ataque de ansiedad.

—En el centro —consigue decir—. En la Sexta, en el Village.

—En quince minutos estoy en casa —responde él. Oye movimientos, el cambio que se produce en los sonidos que lo rodean. Una puerta al cerrarse, pasos—. ¿Te ves capaz de llegar hasta allí?

Lili asiente antes de darse cuenta de que no puede verla.

—Sí —susurra—. Sí.

De camino hacia Tribeca, trata de no desmoronarse. «Todo está bien», se dice, pero le parece el chiste más cruel del mundo, un insulto en su forma más despreciable, fingir que hay algo en todo esto —en ella— que esté bien.

En lugar de eso, cuando, sin saber cómo, consigue doblar la esquina de Walker, lo único que está remotamente bien —una oleada de alivio— es que ha vuelto a sentirla: la reconfortante familiaridad de sentir que el suelo se desmorona bajo sus pies, la seguridad que le confiere confirmar que bajo ella no hay firmeza alguna, sino agua, solo agua: unas aguas oscuras, unas profundidades inhóspitas, un dolor mucho más grande que ella.

La puerta del ascensor se abre. La recibe el espacio abierto y luminoso.

—¡Lili!

Ya está en casa, esperándola. Atisba su expresión de profunda preocupación un instante antes de besarlo, corriendo, para sofocar el pánico que siente antes de que estalle.

Él la coge del pelo. «Bien». Eso es lo que quiere: arder en dolor y violencia. Pero las manos de Aleksandr se mueven con dulzura, y no con brusquedad. La aparta y la mira a los ojos.

—¿Qué ha pasado? —pregunta con el semblante serio mientras busca en su mirada.

—Nada —insiste Lili, agarrándose de las solapas de su traje—. Vamos, vamos a… a…

Él la agarra de las muñecas.

—Habla conmigo.

—Para. No…

—Lili, ¡por favor! ¿Qué pasa? —pregunta, tratando de abrazarla contra su pecho, tratando de calmarla.

Lili se resiste a su abrazo y se zafa de él, que se lo permite, condenándola a una punzada de venenosa decepción: quiere hacerle daño y quiere que él se lo haga a ella. Entierra la cara en las manos, incapaz de soportarlo.

—Para… ¡Para! Aleksandr, joder… ¡que me hagas daño! —se le rompe la voz, áspera y ronca como un grito atrapado—. ¡Hazme daño, joder! ¡No te estoy pidiendo nada nuevo!

—Lili… —La coge de los hombros, pero ella se retuerce y le aparta las manos.

—¿Qué pasa? ¡Esto es lo que hacemos! ¡Sexo y ya está! ¡Y ya…! —De nuevo, el pánico le hunde sus garras en el pecho.

Ella se clava las uñas en las palmas de las manos. Lo único que quiere es un dolor limpio, un dolor que tape la culpa y la vergüenza.

—Así no —contesta Aleksandr, de nuevo acariciándole el pelo con la mano—. Habla conmigo, por favor.

Un grito de furia se gesta en su garganta. A Lili le entran ganas de estropear esto también, de completar todo el ciclo.

—Esto es lo único que puedes darme —le espeta con desdén.

Él se queda de piedra.

—Sabes bien que eso no es cierto…

—Es lo único que quiero de ti. ¿No es eso lo que hicimos la última vez? ¿Follar y no hablar de ello después?

—Eso no fue…

Ella lo interrumpe con una exclamación de frustración, casi un grito.

—Dios, ¡joder! ¡Venga ya! ¿Te pensabas que esto significaba algo? Aquí no hay nada más, esto es lo único que quiero de ti…

De repente, él la agarra del pelo con más fuerza, causándole un estallido de dolor frío en el cuero cabelludo. Es un acto reflejo que de inmediato se diluye, pero ella nota que a él se le ha puesto el cuerpo rígido.

—No te atrevas a mentirme —le espeta Aleksandr entre dientes.

Lili intenta tragar saliva, todavía entre los brazos de él. El golpeteo de su propio corazón reverbera en su mente mientras lo mira; nunca lo había visto tan furioso. No hay nada en él que sea amable ni que le resulte familiar.

Las lágrimas le escuecen en los ojos.

—Hazme lo que quieras —susurra, conteniéndolas—. Lo que quieras, sea lo que sea, me da igual, por favor… Solo… Haz que pare, Sasha, por favor…

La mirada de Aleksandr se endurece, se cierra a ella. La fuerza con la que la agarra del pelo se acrecienta; tira de su cabeza hacia atrás, contra la pared, y a Lili se le borran los pensamientos un instante. Ahí está, el descanso, lo que tanto anhela…

Y entonces desaparece.

La mano de él sufre un espasmo, y luego afloja.

—Lili… —Su nombre suena a súplica en sus labios, a quiebre. De repente, ella se siente demasiado llena de sí misma, y nota un sonido desesperado entre sus dientes—. Lili, mírame. —Ella se resiste contra su mano, aún en su pelo, y qué fuertes son los golpes que da su corazón, y entonces él empieza a apartarse y ella tiembla, y tiembla, tratando de asirse a sus hombros, porque lo necesita, lo necesita…—. Por favor —susurra Aleksandr, con voz grave y áspera. Le sostiene el rostro con firmeza, pero no la suficiente para hacerle daño—. Dime qué ha pasado. Tienes que decírmelo. No podemos seguir haciendo esto.

No sabe cómo, pero encuentra su voz.

—Esto… Esto es lo que necesito. Es lo único…

—No me mientas —la interrumpe en voz baja, ronca—. No puedo hacerte esto. No así. No otra vez, no como la otra noche. Tú no eres solo esto.

—¡Por favor! —solloza ella; las lágrimas le caen sobre el pelo—. Por favor… No puedo, ahora no, no puedo…

—No parará hasta que no te permitas sentirlo —susurra—. Sea lo que sea. Puedo hacerte daño, pero necesitas sentirlo. Es dolor, Lili. Y el dolor termina.

«El dolor termina».

Pero, si termina, ¿qué vendrá después?

Mientras se resiste bajo él, bajo sus manos amables que no están dispuestas a herirla, siente que está a punto de alcanzarla ese dolor que se niega a permitir que otras sensaciones lo tapen, esa herida que no se puede borrar, sus esfuerzos constantes de huir de la ruptura. El subespacio, el olvido que tanto anhela, la noche que fueron demasiado lejos no la trajeron hasta aquí, no la llevaron a dar el siguiente paso después de aquel golpe certero de agonía emocional. A un siguiente paso que no fuera una escapatoria. Aquello la llevó al momento del colapso, y no hacia delante. Le demostró que podía sobrevivir acariciando el dolor, tal vez, pero ¿vivir después de él? Si el dolor termina —si termina—, ella seguirá aquí, sola, llorando la pérdida que todavía desea que no sea cierta. Es una liberación —una aceptación— que no desea.

Si el dolor termina, ella seguirá aquí, sin ellos.

Se le para el corazón. Su dolor es como un pozo en su interior, oscuro, sin fondo, sin fin, ¿cómo podría secarse? Un sollozo estalla en su pecho. No puede huir de esto.

Se deja caer contra la pared y luego se derrumba en el suelo, rota, por fin. Aleksandr la coge. El suelo está frío y duro, pero él enseguida la estrecha entre sus brazos, rodeándola por completo. Y ella empieza a sollozar con una pena que le sacude el cuerpo entero.

Risas vacías y sin vida, la brisa rota del océano, todos los pedacitos de la vida que debería haber tenido, arrasados. Siente la presencia de los miedos que la esperan y la amenaza de su cumplimiento, que la acecha siempre: tener algo es lo mismo que perderlo. Lili se aferra a él con más fuerza, le clava las uñas en los omóplatos y un sonido desesperado se abre paso en su garganta.

—Estoy aquí, Lili —afirma con voz ronca—. Estoy aquí. No me voy a ir.

Así, acurrucados, juntos, los brazos de él la rodean con apremio, con insistencia. Ella se agarra a él como si fuese un bote salvavidas, asiéndose con tanto desespero que es incapaz de ver más allá de sus brazos, y solloza, solloza porque por fin la ha alcanzado, por fin la anega por completo sin que tenga adónde huir: toda esa tristeza tan profunda y oscura.

Es como una presión en su pecho que se acumula y se acumula hasta que no le queda más remedio que cerrar los ojos, que cerrarlos con fuerza, mientras sigue ahí, enterrada en su pecho: aún está intentando que no sea cierto que ellos no estén y ella siga aquí, que esa verdad no se haga sino más y más cierta con cada día que pasa. Pero, si esa presión sigue creciendo, estallará o estallará ella, una o la otra —porque no es posible que ella sea solo ese dolor o la nada, tiene que haber algo en medio, algo tiene que ceder—; y, cuando empieza a resquebrajarse, a henderse… un grito agudo. Siente que en sus manos hay algo parecido a la fuerza —¿qué puede resistir esto?—, y tiene este cuerpo que apenas puede respirar, que solloza y busca desesperado algo a lo que aferrarse…

—Estoy contigo —un murmullo ronco—. Siempre estoy contigo.

Y, aferrada a eso, se deja ir, deja que por fin empiece a marcharse, y llora. Llora hasta que ya no ve nada pero lo siente todo, porque las palabras como «siempre» nunca se hacen realidad, y porque las promesas no pueden sino herirla.