Siete #13
—¿Sexualmente? Sí, confío en él. Esta vez, con los moratones… Es como si el sexo duro hubiera fracasado y hubiera tenido éxito a la vez, como si hubiese ido más allá de lo que había experimentado nunca. Como si fuese una la promesa de lo que ese subespacio podría ofrecerme… No sé. Se trata del dolor que los dos estamos buscando, del dolor del que estás huyendo… —Se interrumpe. Se está acercando demasiado; se está mostrando demasiado vulnerable—. Y, en cualquier caso, él también es diferente de lo que se podría esperar. No es American Psycho, no me está haciendo daño solo por hacérmelo. Se lo pido yo. Si lo conocieras, te quedaría claro que… Que tiene una profundidad difícil de encontrar, una sensibilidad, que, sinceramente, impacta un poco. Me siento bien teniendo relaciones sexuales con él. —«Me siento segura», piensa—. Me resulta un poco inesperado, viniendo de un hombre como él. No sé cómo explicarlo… Sabe cómo estar en sintonía con la gente. Conmigo, al menos, ¿sabes?
Amina frunce más el ceño; tiene el semblante muy serio.
—No, Lili, no lo sé. Porque no lo conozco. Es como si lo tuvieras encerrado fuera de tu vida, totalmente apartado de nosotros.
Lili se agarra del borde de porcelana del lavabo, tensa.
—Poco a poco —la advierte.
Su amiga suspira pesadamente. Lili —aliviada— detecta su rendición en el sonido.
—No es que no entienda el sexo duro, o que no disfrute de él a veces —cede Amina—. Quiero decir… ¿qué persona con un mínimo de dignidad no ha pedido nunca que la estrangulen un poco?
Lili se ríe por la nariz.
—Muy elegante.
—Lo único que te estoy diciendo es que, quizá, la próxima vez sea mejor que le pidas que se corte un poco.
—Ya —responde Lili.
Se da la vuelta y empieza a rebuscar de nuevo en el neceser de maquillaje.
Amina entorna los ojos en el reflejo.
—Habláis de todo esto, ¿no? ¿Es consentido, verdad?
Lili suelta una exclamación, horrorizada.
—Por Dios, Ami… ¡Sí, claro que es consentido! Consiento, consiento mucho. En todo caso, soy yo la que lo empuja a pasarse de la raya, créeme. Y ahora, por favor, deja de hacerme de madre o no tendré más remedio que pensar que Jamie y tú os habéis convertido en unos blandos y unos aburridos.
—No intentes cambiar de tema, se te da fatal.
Lili suspira.
—Puedes confiar en mí, ¿por favor? —le pide. Ya le ha contado todo lo que está dispuesta a revelar, y es más de lo que nunca se ha sentido cómoda confesando—. Sé cuidar de mí misma. Sé perfectamente. Y esto es bueno, te lo prometo. Un poco brusco, pero… es bueno para mí. Es lo que quiero.
Amina la mira a los ojos un largo momento.
—¿Estás segura?
—Sí, estoy segura.
Su amiga exhala con fuerza.
—En fin, vale —cede. Lili siente que le han quitado un peso de encima—. Vale, sí, confío en ti. Joder, no acabes haciendo que me sienta estúpida, ¿vale?
—¡Lili!
Se vuelve y mira hacia al granero, donde acababa de parar para despedirse del personal de la granja que todavía no había salido hacia la ciudad. Eileen corre tras ella, haciendo crujir la gravilla bajo sus zapatos.
—¡Menos mal que te pillo! —añade—. ¿Vuelves a la ciudad?
Lili asiente con una sonrisa; ha sido una semana maravillosa y se siente plena, exultante, pero también arde en deseos por volver a Nueva York. Por volver junto a Aleksandr.
—Sí, cojo el tren de las diez.
—Vale; esto no me va a llevar mucho rato. Mira, esta semana has hecho un gran trabajo, todo el mundo se ha dado cuenta.
—Oh… Vaya, gracias. Es muy amable de tu parte.
—Has sido maravillosa. Tienes los conocimientos, unas bases fuertes, verdadera pasión… Has destacado en todos los talleres; lo han comentado todos los formadores… Y, además, tienes la visión y las habilidades estratégicas que a menudo faltan en este tipo de negocio.
Lili se ríe, contenta, feliz por las alabanzas.
—Si alguna vez estoy de bajón iré a buscarte, Eileen. Ya me pagas, no sé si también hace falta que me subas así el ego.
—Bueno, pues nos encantaría seguir pagándote. Nos gustaría que trabajases con nosotros a jornada completa, en un puesto fijo.
Lili se queda de piedra.
—¿Qué? —pregunta, sin aliento.
—Eres una miembro del equipo excepcional, y necesitamos a alguien que lidere las operaciones estratégicas y de expansión. No podemos seguir asignándoselas a gente que se dedica a varias cosas a la vez. Somos conscientes de que tendrás que continuar trabajando a media jornada hasta que termines tus estudios, y estarías por debajo de mí, pero tendrías mucho margen para ascender. Entiendes cómo funciona la recaudación de fondos y tienes los conocimientos y los instintos adecuados, pero también comprendes lo que significa expandir un negocio como este con éxito sin comprometer sus valores esenciales. Seguirías haciendo trabajo de campo, pero te encargarías, espero, de ver cómo nos expandimos a una docena de ubicaciones más por toda la ciudad en los próximos años, y de un aumento de la integración en los espacios del centro, con gran visibilidad por los acuerdos con el ayuntamiento. Va a ser un año clave para nosotros, y te queremos en el equipo.
—¿Estáis…? ¿Estáis seguros?
Eileen se ríe con afecto.
—Pues claro que estamos seguros. Hace ya tiempo que lo teníamos en mente. Lo de esta semana ha sido prácticamente una formalidad.
—Pero no sabía que iba a haber contrataciones para el equipo fijo. Me refiero a contrataciones que no fueran a jornada parcial, por horas.
—Y no las hay, al menos, no ahora mismo. Solo te lo hemos ofrecido a ti. Sabemos que tienes muchas otras opciones, y no podemos pagarte lo que te pagaría un banco de inversión o una empresa tecnológica, pero sí que podemos superar el salario de entrada de un trabajo en Naciones Unidas —le dice, guiñándole un ojo.
—Pero este verano… En junio dejé colgados un montón de turnos con muy poca antelación y…
Eileen hace un gesto con la mano, como quitándole importancia.
—Pero nunca lo habías hecho antes. Todo el mundo puede tener un imprevisto, y los másteres son muy estresantes. Simplemente, que no vuelva a pasar.
El corazón le late con tanta fuerza que casi le impide oír el canto de los pájaros de la granja. «¿Esto está pasando de verdad?», piensa.
—¿Puedo…? ¿Me lo puedo pensar?
—Por supuesto. Pero necesitamos que nos des una respuesta en las próximas dos semanas, más o menos, porque nos gustaría empezar agosto con el equipo al completo. Y aún mejor si nos lo dices antes, si puedes, así tenemos más tiempo de planificar y de asegurarnos de reservar la financiación correspondiente.
—Claro. Sí, claro… Así lo haré.
Eileen sonríe.
—Lo has hecho genial, Lil. —Le da un rápido abrazo—. Genial, en serio. Llámame si tienes alguna pregunta. Sobre el salario, los beneficios, ese tipo de cosas. Estamos decididos a que te quedes con nosotros. Encontraremos la manera.
Y, a pesar de la sorpresa, de la incredulidad, de la convicción de que tiene que ser una broma, de que eso no puede estar pasando, a pesar de que ni siquiera sabe si podría funcionar, si sería viable… Lili siente que se le ilumina el rostro con una sonrisa, que existe la posibilidad de un futuro que esperaba en una esquina en la que no se le había ocurrido mirar. Ahora siente que puede albergar esperanza por cosas que tal vez sucedan.
Lili y sus amigos llegan a Manhattan casi a mediodía. Van directos a casa de Jamie, en Perry Street, y Amina se vale de su llave para abrirles la puerta. Él ha vuelto a la ciudad antes, en coche, al alba, como todo el que trabaja en la ciudad, y todavía está en la oficina. Es un bonito día de verano, el inicio de la temporada de Leo, y los bares están llenos de gente bebiendo Aperol Spritz. Lili siente el secreto de la oferta de trabajo recibida —incierto, precioso; quiere retenerlo para sí un ratito más, hasta que tenga que ser realista, sopesar opciones y pensar en su futuro— como si fuera un sol en su interior, enterrado pero radiante. Amina va a la cocina y empieza a preparar la lista de la compra para la cena de cumpleaños mientras Jackie rebusca en el mueble bar. Cuando abre los ventanales para que entre un poco de aire fresco, Lili se queda allí unos instantes y respira hondo.
Se siente plena. Se siente feliz.
Más tarde, mientras corre a Citarella para comprar ingredientes de última hora —«Guanciale, y no beicon, ¿vale, pequeña vegana?», la ha advertido Amina—, recibe el mensaje.
Jane Remnick. 15.43. Hola, Lili. Me gustó mucho hablar contigo el otro día. Sé que la fecha de hoy suele ser un día duro para ti, así que he querido saber cómo estabas. Encontré esto entre los viejos documentos que te mencioné. Me pareció bonito compartirlo contigo hoy, como recuerdo.
Se queda helada de repente. Toca la imagen con dedos temblorosos para que se agrande a pantalla completa.
Están junto al mar. Monterrey, aire fresco, cipreses, chaquetas de lana, la luz del sol reflejada en las olas. Su padre tiene las gafas de sol en el pelo y sobre sus hombros está Lili, con unos cinco o seis años, una enorme sonrisa y el pelo alborotado al viento. Su madre alza un brazo para darle la mano y la mira con ojos brillantes, mientras coloca la cámara en un ángulo desde el que salgan los tres.
Una imagen espontánea, torcida y radiante. Rebosante de felicidad y aire salobre.
Lili se la queda mirando hasta que la pantalla se oscurece.
Y su primer pensamiento coherente es: «Por supuesto».
Ahí, de pie, en la esquina —semáforos que cambian, hordas de turistas, estudiantes de la NYU, paseadores de perros del West Village—, le queda muy clara la inevitabilidad de lo ocurrido. Es muy simple.
Por supuesto que tenía que pasar algo que estropeara su plenitud. Algo que arruinara la acumulación de luz, el creciente consuelo de que la felicidad formase parte de su vida, lo fácil que empezaba a ser despertar dichosa.
Es repentino, violento. Un golpe abrasador y ácido de culpa y vergüenza.