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Siete #12

—Bueno, creo que, en esto, el cariño que te cogimos también tiene algo de culpa —admite Jane—. Nos gustaba tenerte con nosotros. Si alguna vez hubiéramos tenido un hijo, o hubiéramos decidido adoptar, habríamos querido una niña como tú: tan lista, tan dulce, tan callada y considerada… —«Callada», piensa Lili. «Ni una sola persona de las que me conoce hoy me llamaría callada»—. Y tu asistente social estaba de acuerdo con nosotros… Rebecca, ¿te acuerdas de ella? Una chica encantadora. De hecho, creo que te preguntó qué preferías, después de que se hubieran realizado las comprobaciones de rigor con tu familia directa. Para entonces, ya llevabas seis o siete meses con nosotros. Y, según nos contó, tú le dijiste que querías quedarte. Así que, por nuestra parte, con eso nos bastó. Te adaptaste muy bien a los bosques, y era bueno que pudieses quedarte cerca de San Francisco, para no someterte a demasiados cambios. Siempre estabas leyendo, te cuidabas sola… Eras muy independiente.

—Ya —consigue decir Lili.

No querer ser nunca una carga: la letanía de su infancia.

—Supongo que lo podríamos haber formalizado, pero no nos pareció necesario —reconoce Jane—. Además, ya estábamos un poco quemados por lo que había ocurrido en el pasado.

—¿Quemados?

—Oh, nada muy dramático. Pero, cuando empezamos, nos encariñábamos demasiado de los niños que acogíamos. Queríamos adoptarlos a todos, queríamos arreglar el mundo entero, ¿sabes?, pero la vida real no funciona así, y, desde el punto de vista financiero, tampoco es sostenible. El Estado te presta apoyo económico por la acogida, pero no por la adopción. Y así puedes ayudar a más niños. Puedes ser un espacio seguro en el que ellos pasen un tiempo, ya sean unas semanas, como la mayoría, o años, como tú. Y fíjate en lo bien que has salido tú: fuiste a una universidad de la Ivy League, vives en Nueva York, estás haciendo un máster… Te ha ido muy bien. ¡Niños, la cena está lista! Ezra, no, ve a por tu hermana —grita Jane. Se la oye más lejos, como si estuviese apartándose el teléfono para no gritar directamente en él—. Bueno, no te robo más tiempo. Además, aquí ya tenemos la cena lista.

—Ya. Vale.

—Cuídate, Lili. Me alegro mucho de saber de ti. Cuídate, vale?

—Sí, claro —susurra Lili.

La llamada termina.

Lili mira el móvil. La pantalla se ha teñido de negro.

Al cabo de un instante, exhala despacio, temblorosa.

No está muy segura de qué siente.

No es… No es negativo. No lo cree. Es un poco como recuperarse del vértigo que sientes en el borde de un acantilado. Una sensación parecida a la del último esfuerzo en una larga caminata, cuando estás jadeando y tratando de recuperar el resuello. Está un poco mareada. Como si pudiera caerse hacia un lado o al otro, pero… pero aún conserva cierto equilibrio, aunque precario, bajo sus pies. Se balancea un poco, pero está ahí.

Permanece unos segundos inmersa en esta sensación extraña y nueva. Luego se levanta, enchufa el móvil al cargador y vuelve a la planta baja, con sus amigos.

—Oye, Li, ¿puedo pasar? —Es Amina. Abre una rendija la puerta del baño, dejando escapar el vapor de la ducha caliente que se está dando Lili—. Es que no encuentro mi cepillo del pelo. Creo que está ahí.

—¡Claro, pasa! —contesta Lili, enrollándose una toalla—. Ya salgo.

—Vale, gracias.

Sale de la ducha y empieza a secarse mientras Amina busca en el baño húmedo, abriendo y cerrando cajones. Mirándose en el espejo empañado, empieza a ponerse crema hidratante en la cara después de haberse lavado bien la piel, tras el día que ha pasado al aire libre, entre la tierra y el sol.

No les ha contado a sus amigos que anoche habló por teléfono con Jane, pero hoy se ha sentido más liviana, más tranquila. Todavía lo está asimilando. Se ha recogido el pelo en un moño poco tirante; no tenía tiempo de lavárselo antes de la cena. Abajo, oye a Jackie y a Jamie en la cocina, donde están empezando a preparar la cena. Amina rebusca entre los neceseres; los tubos de máscara de pestañas se chocan con las botellas de protector solar y…

—¿Qué tienes en el cuello?

Mierda.

—¡Nada! —contesta a toda prisa, tapándoselo con la mano.

Pero Amina es más rápida que ella. Le aparta la mano y ve los moratones que estaba tratando de esconder.

—Li, ¿qué coño es eso? Eso no es ninguna broma.

—No pasa nada.

—¿Los ha visto Jackie?

—Dios, suéltame ya…

—¿Cuándo ha pasado esto?

—¡Que no pasa nada! —repite Lili. Se suelta el pelo mientras busca en su bolsa de maquillaje el protector solar con color que ha estado usando todos los días para tapar las marcas, junto con el corrector, el cuello de las viejas camisas de cuadros que se pone para ir a trabajar y la larga melena oscura—. Solo es sexo. No hay para tanto.

—Pero… ¿está todo bien claro entre los dos? ¿Hablado?

Suelta un resoplido mientras le quita el tapón al corrector.

—Cálmate, anda.

—Te lo digo en serio —insiste Amina, interponiéndose entre Lili y el lavabo—. Ya sé que te gusta el sexo duro, pero esto es… A ver, entre los dos ya hay una dinámica de poder, y…

—¿Por qué, porque es un hombre blanco? —masculla Lili.

Limpia la condensación del espejo con una mano y empieza a aplicar corrector sobre los moratones. Ya se le están curando. A la luz del día, es fácil que pasen desapercibidos, pero bajo la luz del cuarto de baño, que es más dura, se ven con más claridad.

—Porque es mayor que tú. Y porque está podrido de dinero, Lili, joder.

—¿En eso se basan tus objeciones? ¿En el dinero?

—¿Lo estás defendiendo?

—No por su dinero, pero sí por el sexo que yo misma le pido.

—Tiene mucho más dinero que tú.

—Eso no tiene mucho mérito —replica, fulminando con la mirada a su amiga a través del espejo. Sin embargo, la preocupación es tan evidente en el sincero rostro de Amina que se arrepiente de inmediato—. Perdona. —Suspira y se vuelve para apoyarse en el lavabo. Coge la mano de Amina con las dos manos—. Lo siento, perdóname. Pero estoy bien, te lo prometo. Sé lo que hago. Lo que hacemos… está claro. Hemos sido claros con los límites y las normas. —No es una mentira, pero tampoco es del todo cierto.

Amina enarca la ceja en un gesto escéptico.

—Antes siempre decías que hablar sobre los límites antes del sexo era inherentemente poco sexy y el equivalente a dárselo todo a alguien bien masticado.

Nota una chispa de vergüenza e incomodidad; una sensación compleja. No está acostumbrada a abrirse.

—Ya, bueno, igual he madurado. No es que… No hace nada que yo no desee, nada que yo no le pida. Es… —Exhala. Le cuesta hablar de esto, incluso con sus mejores amigos—. Está bien, ¿vale? Todo, en general. Creo que estar con él podría ser bueno para mí. Es solo que esa vez se nos fue un poco la mano.

—Lili, ¿qué…? —Su amiga suspira. Está eligiendo con cuidado sus palabras—. ¿Qué sacas tú de todo esto?

Lili se pone rígida.

—¿Qué quieres decir?

—Lo que quiero decir es que eres una mujer joven, preciosa y brillante. Él es muy guapo, sí, y está podrido de dinero. Soy consciente de que también es inteligente, y de que tiene ese encanto como de otra época… Veo las similitudes que hay entre los dos y entiendo por qué vuestras diferencias, la de edad, sobre todo, podrían resultarte atractivas. Pero ¿qué estás sacando, en realidad, de esta relación?

Lili frunce el ceño.

—No te entiendo. ¿Te refieres a lo material?

—No, Lili. Me refiero a lo que hay debajo de lo físico. ¿Por qué deseas este tipo de sexo? ¿Por qué deseas que te hagan daño durante el sexo?

Lili parpadea, sorprendida.

—Guau. Vale… La próxima vez me aseguraré de ponerme unas enaguas y tumbarme boca arriba. Madre mía.

—No te estoy juzgando —insiste Amina, cogiéndola de las manos—. Solo estoy tratando de entender, te lo prometo. Estoy tratando de cuidar de ti.

Lili exhala despacio. Dar voz a cosas como esta, compartir esa parte oscura y cruda que habita en su interior, va en contra de todos sus bien entrenados mecanismos de protección. Pero, tras concederse unos instantes, lo intenta.

—Porque… porque lo hace todo un poco más fácil —confiesa en voz baja. Se suelta de una de las manos de Amina y juega con el bote de protector solar—. El sexo así, el sexo con él, en concreto, hace que… que sea más fácil lidiar con todo. Conmigo misma.

Amina asiente con cautela.

—Vale —acepta—. Intenta explicármelo un poco mejor.

—No sé… La idea del subespacio, ¿sabes?

—Sí, claro. La rendición psicológica, la liberación emocional… Igual que a través del BDSM o los juegos de poder. Es como si activaras un resorte y cayeras dentro y fuera de ti misma, ¿no?

Lili asiente.

—Ya lo había probado antes, con otras personas. No de forma explícita, pero… Había tratado de llegar a ese punto, había dejado que me trataran con brusquedad, los había animado a hacerlo. Pero nunca… nunca había logrado llegar a ningún sitio. Nunca me había sentido lo bastante segura para dejarme ir del todo, para dejar que me hicieran lo que quisieran hacerme. Para ser sincera con este tema. Sentía que corría un riesgo demasiado grande de que estuvieran interesados en hacerme daño y solo en hacerme daño, en lugar de en… ¿empujarme? No lo sé, hay una distinción entre las dos cosas. Son distintas, y esa distinción es importante. Si empujas a alguien al precipicio, luego tienes que estar para recogerlo —añade en voz baja. Siente que ha perdido un poco el equilibrio dando tantas explicaciones—. No se trata de darme unas cuantas cachetadas. Es… Creo que, con la persona adecuada, puedes alcanzar un lugar dentro de ti mismo. Si no confías en eso, no llegas a ninguna parte.

—Entonces ¿confías en él?

Lili asiente.