Siete #11
—Oh, no querrás hacerle esperar —bromea—. Te desearía que te fuese bien la cena, pero…
Aleksandr vuelve a reírse; se oye el eco con claridad en el familiar espacio abierto del loft.
—Adiós, Lili. Nos vemos pronto.
—Adiós —responde ella con una sonrisa. Un pitido le indica que la llamada ha llegado a su fin, y ha vuelto a quedarse sola.
Se incorpora en la cama y se cruza de piernas. Otea el cielo, que sigue oscureciéndose tras la ventana del dormitorio. Se oye el ulular de un búho, perdido entre los árboles, el canto de las aves del crepúsculo. Abajo, sus amigos están discutiendo en voz muy alta; seguro que Amina está haciendo trampas y fingiendo que no es así. Era de esperar.
El sonido de su risa sigue vibrando, cálido, en su pecho. Se siente segura.
Echa un vistazo a su móvil. Lo desbloquea de nuevo y busca entre sus contactos.
Se muerde el labio.
«Jane Remnick».
Tras un segundo de duda, la llama.
Se lleva el móvil al oído. Suena una vez, dos, tres…
—¿Sí? —Es una voz de hombre; primero se sobresalta, pero enseguida reconoce a Robert.
—Ay, ¡hola! —exclama Lili, nerviosa de repente—. Hola, Robert. Soy Lili. ¿Cómo estás?
—¿Lili?
—Sí, Lili… ¿Lili Marwan? —le recuerda.
—No, no, si ya sé quién eres. —Se echa a reír—. Es que me ha costado reconocerte. ¿Cómo estás?
—Bien, bien. —Asiente, a pesar de que no puede verla. Empieza a toquetear los bordes de la manta—. ¿Estáis bien? ¿Va todo bien?
De repente, enfrentarse a la realidad de lo que ellos suponen se convierte en un golpe inmediato que la desestabiliza. Sus padres de acogida son personas que conoce desde hace años y, aun así, se siente completamente alejada de ellos. Eran como barcos que moraban en un mismo puerto y que se cruzaban en la noche, una vez tras otra. Sobre todo Robert. Acoger niños era más bien un proyecto de Jane, no suyo. Durante su infancia y adolescencia, él fue una figura neutral, si bien benévola. Trabajaba hasta tarde, leía no ficción en su sillón, practicaba carpintería en su cobertizo; en la casa, no se hacía notar mucho. Había servido en el ejército, pero entonces ya trabajaba como forestal. Mientras vivió allí, Lili lo oyó confundir a menudo los nombres de los niños en acogida temporal. Sin embargo, cuando se fijó en lo mucho que a ella le gustaba leer, le construyó con sus propias manos una librería preciosa de madera de roble rojo, sin que ella se la pidiera y sin decirle nada hasta que la tuvo terminada.
—Sí, ya sabes, ahí vamos. ¿La universidad bien? ¿El trabajo bien?
—¡Sí!
—Me alegro. ¿Jane? Jane, es Lili. Acaba de llamar, lo he cogido yo…
Oye la voz de una mujer en la distancia y, luego, el sonido del móvil al cambiar de manos.
—¿Lili?
Oír la voz de su madre de acogida despierta en ella sentimientos más complejos.
—Hola, Jane —contesta Lili, con una pequeña sonrisa y ligeramente temblorosa—. Perdona, vi tu mensaje hace un par de días, pero he estado muy ocupada con el trabajo. —Es una excusa, pero también una costumbre, la de aferrarse a una cierta distancia que la proteja. Con Jane, siempre ha tenido la sensación de que la eligió, de que tomó la decisión de acogerla a largo plazo, pero que no la eligió lo suficiente. Y que no le costó una mierda dejarla marchar. Y eso ha dado lugar a una duda constante: ¿acaso no fue ella suficiente para que la adoptara de forma oficial? ¿Fue demasiado?—. No te he podido devolver la llamada hasta ahora. ¿Cómo estás?
—Oh, es que últimamente me acuerdo mucho de ti… June, no, no juegues con eso. Perdona, los niños… —Su voz suena cansada, pero afectuosa; lo bastante presente para hacerte desear más. Lili recuerda bien la sensación—. Estaba vaciando unas cajas viejas y me acordé de ti. Encontré algunas fotos. De hecho, te las enviaré. Son de cuando eras bebé, estaban en los archivos que nos entregaron cuando te acogimos. Es posible que ya tengas copias, pero…
—No, por favor —la apremia Lili con urgencia—. Envíamelas.
—Claro, no hay problema. ¿Me podrías recordar tu dirección?
—Claro.
—Ya no vives en la residencia, ¿no?
Lili niega con la cabeza.
—No, los estudiantes de posgrado no viven en el campus.
Se muerde la lengua para no recordarle que dejó de vivir en la residencia en el primer año de universidad. Una vez se hubo mudado a Nueva York, se quedó. Nunca pasó los veranos en California ni fue de visita —tampoco Jane y Robert se lo ofrecieron con sinceridad—, así que tuvo que buscar alojamiento, un diminuto apartamento de una sola habitación en un edificio sin ascensor en Morningside Heights con Jackie, donde vivieron hasta que se mudaron a su piso de Williamsburg el último año de universidad. Supone que tampoco es un dato muy importante.
—¿Cuándo te gradúas? ¿En primavera?
—En diciembre, en realidad. Puede. Mi tutor cree que es buena idea.
—Era Ciencias Políticas, ¿verdad?
—Eh… no. Economía, ¿recuerdas?
—Ah, sí, claro. ¿Y te gusta? —Oye unos ruidos al otro lado, como si Jane estuviese aprovechando para hacer también otras cosas.
Está poniendo la mesa, cree. Deduce que, para ellos, es más o menos la hora de cenar. Siempre cenaban temprano.
—Sí. —Lili asiente y se muerde la uña—. ¿Cómo van las cosas por ahí? ¿Cómo va el jardín…?
—Que sí, ya voy, es solo un minuto… Lili, escucha. Ya sé que para este verano te dije que no, que no venía bien que nos visitaras, pero he estado pensando, y… ¿qué tal si hablamos para otoño, o para invierno, tal vez? Las cosas irán mejor, estaremos mucho más tranquilos. Estaremos los dos solos, ¡con el nido vacío!
—¿Qué? —Lili frunce el ceño, confundida. Aquella casita amarilla nunca estaba vacía. Jane solía acoger al menos a cuatro niños a la vez, acogidas a corto plazo que circulaban cada pocas semanas y niños que se quedaban algo más de tiempo, un par de meses, por ejemplo—. ¿Cómo que vacío?
—Ah, claro, creo que no te lo hemos contado… No sé cuándo fue la última vez que hablamos, debió de ser hace tiempo. —«Hace meses, Jane, meses», piensa Lili, algo resentida—. Pero hemos decidido dejar lo de la acogida. Nuestro último niño, Tobias… No os llegasteis a cruzar, un chico muy dulce. El caso es que ahora lo estamos ayudando a emanciparse, y dentro de poco se irá a la universidad, y los pequeños, June y Ezra, ya tienen el proceso de adopción en marcha. Mickey ya se ha ido… Volvió a vivir con nosotros, no sé si lo sabías. Lo de vivir con su tía no funcionó bien, por desgracia. Pero ahora ya se ha graduado y está viajando de mochilera por Europa. Creo que su hermanastra, que es un poco mayor que ella, va a la universidad en Irlanda. De hecho, le dije que se pusiera en contacto contigo, porque tú podrías darle buenos consejos sobre la universidad y todo eso, y…
—¿Lo dejáis? —la interrumpe Lili, perpleja—. ¿Por qué?
Jane se ríe con cierto cansancio.
—Bueno, Lili, nos estamos haciendo viejos —le explica con amabilidad—. Ezra, no, estate quieto, por favor. Yo acabo de cumplir sesenta y Robert se está acercando a los setenta. Ya no somos tan jóvenes. Cuando llueve me duelen las articulaciones, y me gustaría viajar un poco, quizá bajar a México, a la costa. ¿Quién sabe?
—Es que… No sé. Supongo que no os había imaginado nunca sin tener en casa niños de acogida. —Lili no sabe qué más decir.
—Ya, bueno. Los cambios son inevitables. Hay que dejar ir lo conocido y dar la bienvenida a lo que quizá sea nuevo y maravilloso, y todo eso. Tal vez también es por eso por lo que últimamente pienso tanto en ti, porque estoy reflexionando sobre los últimos años, haciendo balance, ese tipo de cosas. Tú fuiste la que estuvo con nosotros durante más tiempo, ¿sabes? Ezra, por favor, ¿puedes ir a buscar a tu hermana y…?
—Jane, ¿por qué nunca me adoptasteis? —le suelta Lili de repente.
Se hace un silencio.
—Vaya —contesta Jane, con una suave risa—. Menuda preguntita.
Se siente casi desorientada tras haber puesto por fin ese tema sobre la mesa, esa pregunta que tanto le ha pesado, que tanto tiempo lleva arrastrando.
—¿Fue porque no encajaba? —insiste.
—Ah, no, nada de eso… Pero ya conoces mi filosofía: ayudar a tantos niños como podamos. Beneficiar a muchos y no a pocos.
—Sí, pero… pero os quedasteis conmigo —insiste Lili.
Se siente al borde del precipicio.
—Ya, bueno, te cogimos cariño. Pero la adopción no es nuestro modo de hacer las cosas. Siempre he pensado que lo mejor para los niños es que se reúnan con sus familias biológicas, ya lo sabes. Ser una especie de trampolín, un puente por el que cruzar. Cuando tú llegaste a casa, el Estado estaba intentando encontrar familiares que se pudieran ocupar de ti, pero no se abría ninguna vía posible. Creo que te lo contamos, aunque eras un poco pequeña para comprender los detalles, lo de las muertes que habían ocurrido en la guerra. Así que al final decidimos dejar las cosas como estaban. ¿Por qué poner fin a algo que funcionaba?
—Entonces ¿la adopción nunca fue una posibilidad? —susurra—. ¿Ni siquiera en otra parte? ¿No hubo nadie que me quisiera?