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Siete #10

Y, con él, resurgen los recuerdos de las estaciones en Marin. Cada primavera ayudaba a Robert a cosechar las últimas verduras de invierno del huerto de Jane. Con el recuerdo se vuelve a abrir el pozo de tristeza por el rechazo a su propuesta de visita, pero también por sus recuerdos de infancia, por la pérdida. Es una herida esperada, conocida, vieja; una herida que normalmente sabe cómo acomodar e ignorar. Ahora, sin embargo, ya no la adormece con una distancia impuesta; su vulnerabilidad le permite dejar que los recuerdos la acaricien. Aparecen por voluntad propia, al ver en el invernadero los brotes de tomillo, la hierba preferida de su madre, que la lleva a los momentos en los que le trenzaba la larga melena negra antes de hacer la cena, al crepitar del aceite, a su padre cortando los aromáticos tallos mientras dejaba que Lili rompiera el kale para la ensalada. Recuerda su risa desesperada el día que vació un paquete entero de semillas de sésamo en la ensaladera. «Vale, le pondremos un poco de kale a la ensalada de sésamo, supongo… Ah, ¡no, Lili! No eches más. Bueno, vale, pues echa las que quieras… Aisha, espero que te apetezca el sésamo».

El dolor tiene un final. Es una idea, más que una creencia, pero está atada a esa noche con Aleksandr, a la sensación de caer de cabeza dentro de sí misma. Una idea que no forma parte de su esencia, ni en la que pueda confiar, pero puede empezar a probar si aguanta su peso. Descubre la habilidad de dejar que la tristeza y el dolor la inunden cuando está arrodillada en la tierra, o sentada en el asiento del copiloto mientras James conduce en dirección al lago y el aire, los árboles, la luz del sol y el calor tardío del verano la transportan a otros lugares, a otros tiempos. Secuoyas, la espuma de las olas del Pacífico, puentes que cruzan bahías. Es una sensación muy nueva, pero siente que puede respirar un poco mientras piensa en esas cosas.

Cada noche, cuando se dejan caer en la cama, se siente cansada en el buen sentido.

Cansada porque se lo ha ganado.

—Te gusta —chincha a Jackie.

Están acurrucadas en la cama, de lado, mirándose, mientras diseccionan los últimos mensajes de Simon. Hoy ha trabajado hasta tarde y llevaba unas horas sin responder.

Fuera, en el pasillo, oyen que Jamie y a Amina se lavan los dientes en el baño que todos comparten.

Jackie suelta un gemido y se tapa la cara con las manos.

—Sí, me gusta —admite—. Me gusta, soy tonta…

—No eres tonta —contesta Lili—. A mí me pareció un encanto, y listo, y amable, y es él quien te escribe todo el rato para quedar contigo…

—Lo que pasa es que no creo que yo le guste mucho —confiesa. Es un susurro débil, inseguro, y eso que casi nunca ve a Jackie sino radiante.

Lili frunce el ceño.

—Oye… —Coge la mano de su amiga y se la aparta de la cara—. Vi cómo te miraba el día de la exposición de Amina. Como si no se pudiera creer que estuvieras allí con él. Cada vez que lo mirabas un momento y luego apartabas la vista, se le escapaba una sonrisilla adorable. Le gustas, en serio.

—Vale —acepta Jackie con poco entusiasmo.

Lili enarca una ceja.

—Vaya, qué emocionada te veo.

—Ah, claro, ¡me miró! ¡El compromiso es inminente! ¿Te puedes creer que ese hombre me miró? ¿Que tuvo la osadía de…? —Jackie se interrumpe con una carcajada—. Perdona, que no puedo respirar. ¡Tuvo la osadía de sonreírme! ¡A mí! ¿Crees que podré sobrevivir a semejante escándalo? ¿Crees que mi reputación se recuperará? Joder, me duelen las costillas.

—Walsh, ¡te voy a sacar de esta cama a patadas! —la advierte Lili, pero Jackie se está riendo con tantas ganas que empieza a toser, y Lili no puede evitar reírse con ella, y siente que su risa es más ligera, sincera y natural de lo que lo ha sido en años.

Cada mañana, cuando madruga para ir a Blue Acres, pone la cafetera oxidada en los fogones y echa un vistazo a las estanterías repletas de libros de la casa, el legado de los viejos dueños, que habían sido profesores de literatura y de historia en la NYU. Mientras los recorre con la mirada, se va encontrando algunos de sus preferidos, o títulos que formaban parte de las listas obligatorias del colegio y que aborrecía, y se descubre pensando: «A Aleksandr le gustará Clausewitz, seguro», y «¿Le gustará Wiesel?» y «Pues todavía no sé qué opinión le merece Arendt».

El martes, cuando se despierta, en la bandeja de entrada le llega la siguiente revisión de Kerr, la formalización de los comentarios que le hizo ya en su reunión de la semana pasada. El correo está lleno de críticas constructivas y grandes alabanzas, pero es el mensaje de Aleksandr —08.36. ¿Cómo estás?— lo que le hincha el pecho de un calor casi incómodo.

El peligro de la esperanza, la fragilidad del anhelo. Lo que tal vez desee que sea posible.

Él está fuera, en Londres, inmerso en las conferencias de resultados, los titulares, las entrevistas en los programas matinales previos a la apertura de los mercados. Después de desayunar, Lili ve las entrevistas en su móvil mientras se muerde una uña y escucha la calma y la seguridad con la que habla de los últimos resultados, capeando las preguntas improvisadas con facilidad y con un toque de humor: los activos que gestionan ya son cercanos a los tres billones, hay flujos activos internacionales y domésticos en cada categoría de activos y su crecimiento orgánico está muy por encima de lo prometido a los mercados. El capitalismo campa a sus anchas. Son métricas de éxito que nada tienen que ver con salvar vidas, apoyar comunidades o preservar especies, y Lili debería odiarlo, pero lo único en lo que es capaz de pensar es en que alguien, probablemente Michael, le ha hecho abrocharse hasta el último botón de la camisa.

—Por el amor de Dios —masculla Amina mientras termina de preparar otra cafetera al echar un vistazo al vídeo que Lili está viendo desde detrás de ella—. Deja de babear e invítalo a venir de una vez.

—Está en Londres —replica Lili, y señala el móvil, que está apoyado en el salero y el pimentero, sin apartar la vista de la pequeña pantalla—. Y puedo aguantar unos días sin follar.

Amina se ríe por la nariz.

—Ya, claro, porque es eso lo que te para.

—Lili está hasta las trancas —interviene Jackie mientras se sirve el café.

Lili siente que le arden las mejillas.

—No digáis tonterías, no es eso, es que yo…

—¿Sí? —la apremia Amina mientras sacude el cartón de leche de avena—. ¿Tú, qué?

Lili se va al patio con el ceño fruncido y sus amigas se ríen con afecto, gritándole unas palabras de disculpa.

La asusta. Oh, cuánto la asusta desear que forme parte de su vida.

Pero se controla.

Se limita a esos momentos simples. Mensajes de buenos días, mensajes de buenas noches.

Él le pregunta cómo le ha ido el día; ella quiere saber sobre el suyo.

Quiere otras cosas también.

La puerta se cierra tras ella, y el bullicio de sus amigos, que están jugando a las cartas después de cenar, queda amortiguado. Lili se deja caer en la cama y coge su móvil. Deja el pulgar suspendido sobre la pantalla un instante antes de pulsar el botón de llamada.

Oye una carcajada aguda desde la planta de abajo mientras suena el tono de llamada. Tras su ventana abierta se extiende el cielo nocturno, la palidez del crepúsculo que se va tornando en oscuridad sobre las copas de los árboles, y el canto nocturno de las cigarras y las ranas, los sonidos del bosque.

—Hola, Lili.

—Hola —responde, sobresaltada.

Aleksandr ríe al otro lado de la línea. Lili frunce el ceño.

—¿Qué?

—Nada —responde él—. Me gusta oír tu voz.

—¿Dónde estás? —pregunta, tratando de apartar el fuego que esa respuesta prende en su interior y cuya naturaleza, indudablemente, no es solo sexual.

—En casa —contesta. Se oye el sonido de sus pasos, suaves, sobre la moqueta. Una puerta que se cierra, el murmullo distante de la música: palabras extranjeras, Dassin o Aznavour—. Dentro de poco salgo a una cena de trabajo.

—Hum… —responde ella. Empieza a juguetear con el borde de los vaqueros.

—¿Es ese tono de desaprobación?

«No —piensa ella—. No lo es».

—¿A qué hora tienes que irte a la cena? —pregunta.

—Aún tengo unos minutos.

—Hum… —repite, jugando con el botón.

—¿Sí, Lili? —Le habla con ligereza, con tono provocador.

—¿Sí, Aleksandr? —replica ella.

No le ha gustado el peso que esa pregunta ha puesto sobre ella.

Él se ríe de nuevo y ella se muerde el labio al oírlo, tratando de no sonreír.

—¿Qué te gustaría hacer? —pregunta con voz grave, como si ya supiera lo que quiere.

Y esa voz significa algo para ella.

Algo que va más allá del sexo telefónico que tiene en mente, de los días que lleva sin correrse, de saber que todavía no la ha besado esta semana.

—Tengo ganas de verte —se limita a decir, al final.

Deja caer la mano sobre el edredón.

Él guarda silencio unos segundos.

—Yo también —responde, con una calidez distinta, más reservado—. ¿A qué hora llega tu tren el jueves?

—Sobre el mediodía. Este fin de semana es el cumpleaños de Jamie y tiene que volver al trabajo antes, así que le vamos a sorprender con una cena en su casa. Debería estar libre a las nueve.

—Mándame la dirección. Iré a buscarte.

Lili frunce el ceño.

—No hace falta, puedo coger el metro. Es más rápido.

—Mándame la dirección e iré a buscarte a las nueve —repite Aleksandr, ignorando su respuesta.

—Pero no… —El instinto de protesta habitual, el de decir que hará lo que ella quiera… Pero ¿qué quiere? Quiere verle. Lili se pregunta (un pensamiento que acaba de germinar) si su sentido de la independencia, de la libertad y la identidad pueden hallarse únicamente en resistirse a recibir ayuda, en no dejar que nadie cuide de ella. Se pregunta si lo opuesto podría también ofrecerle cierta fortaleza—. Está bien —acepta, aunque a regañadientes.

—Bien. Tengo que irme. Michael me está esperando abajo.