Siete #9
Lili se pone de pie sin darse cuenta de que ya ha tocado el botón de enviar. «xx». Los besos. Pero ya es demasiado tarde.
Se queda paralizada.
No, no, no, no debería… Mierda. No quería…
06.40. Que tengas un día fantástico, Lili.
No debería hacerla sonreír, exhalar de alivio, relajar los dedos con los que tiene agarrados el móvil y la taza de café, pero lo hace. Sus palabras, su nombre.
Cuando entra en la casa, se guarda el móvil en el bolsillo de atrás. Hay una sombra secreta en su sonrisa, una sensación luminosa en el interior de su cuerpo, y la única carencia que siente se halla en el deseo de, en lugar de haberle escrito un mensaje, haber oído su voz.
No, es evidente que Jackie no los ha invitado a unas vacaciones pagadas.
Después de desayunar, Lili se va a toda prisa a trabajar con su cantimplora de metal sujeta en las manos aceitosas de protector solar. Sus amigos piensan empezar con el interior de la casa. Jackie los hace ordenar armarios, separar los platos descascarillados y la cubertería oxidada, sacudir alfombras viejas, descolgar acuarelas con los marcos agrietados y arreglar agujeros en la pared. Suena la música; alguien ha puesto su Spotify: Ray LaMontagne de buena mañana. Lili mete marcha atrás en el viejo Subaru que los padres de Jackie tienen allí, en lugar del elegante Audi negro de Jamie —«No sé si causaría buena impresión», le ha dicho con ironía cuando él le ha ofrecido su coche para esta semana— y oye una discusión a gritos en el patio de atrás: Jackie, que critica a Amina por cómo está limpiando los canalones.
Tiene menos de una hora de trayecto hasta la granja: Blue Acres, se llama, una finca preciosa entre huertos de manzanos, rodeada de frondosos y vivos verdes. Es famosa por trabajar con chefs de renombre en la ciudad y por combinar operaciones comerciales a gran escala con décadas de experiencia en la agricultura orgánica. Conducir un coche de marchas como el Subaru la hace sentir de nuevo como una adolescente; no había vuelto a conducir desde que vivía en California y casi se salta la salida mientras trata de cambiar de marcha.
En cuanto aparca —para el motor, cierra la puerta de un golpe— oye el murmullo rítmico del sistema de irrigación, que rocía los cultivos bajo la suave luz matinal. En las hileras que tiene más cerca, distingue repollos y unas remolachas cuya variedad juraría que es Chioggia. El campo tranquilo, lejano aunque cada vez más cerca, le recuerda un poco a Marin, a Mill Valley.
Todavía no le ha contestado a Jane.
—¡Lil! ¡Hola! —Tanya, una de las empleadas a tiempo completo que se encarga de las colaboraciones con los restaurantes, la saluda con la mano desde el otro lado de la calle. Lleva las trenzas recogidas en un moño bajo un pañuelo rojo, preparada ya para el trabajo de la jornada—. Estamos allí, en los invernaderos. Hay café y comida, si te apetece. Empezamos en diez minutos.
Recibir la invitación para participar en el intensivo no es ninguna tontería. Esas jornadas, que se dedican en parte a la planificación de la estrategia y en parte a la formación profesional, suelen estar reservadas solo para el personal permanente y con cierta antigüedad. Congregados en uno de los invernaderos y armados con café, pastas y más ropa Carhartt de la que Lili ve en un día corriente en el Lower East Side, los coordinadores del taller empiezan a repasar el horario. Durante el intensivo de esa semana van a profundizar en acuaponía, agricultura regenerativa y las últimas técnicas e innovaciones que pueden aplicarse en la ciudad adaptadas a contextos urbanos, centrándose en el crecimiento para el próximo año. Esto es lo que siempre le ha encantado de la granja, la unión entre impacto y ambición, la maximización tanto de la productividad como de los beneficios ecológicos, el equilibrio entre el retorno financiero necesario y la inversión real en el futuro.
Los asistentes son unos veinte, a la mayoría de los cuales Lili conoce porque ha trabajado en casi todas las sedes que la granja tiene la ciudad, desde Greenpoint hasta Battery Park. «La voluntaria que está en todas partes», solían llamarla entre risas cuando empezó a colaborar con ellos, cuando estudiaba el grado.
Al mirar a su alrededor, no puede evitar ver ideas innovadoras, interrogantes nuevos, caminos posibles. Cruces más resistentes de cogollitos de color intenso que soportarán mejor el frío en los invernaderos túnel de Brooklyn, variedades de tomate particularmente adaptadas a espacios verticales, técnicas de regeneración del suelo que podrían ser muy ingeniosas si por fin se implantara un programa de compostaje comunitario a gran escala, apoyado por el ayuntamiento.
A lo largo del día, mientras visitan los invernaderos, los campos y los huertos, va haciendo preguntas al personal.
—¿Hay visos de viabilidad comercial si estas variedades se venden al por mayor? —les pregunta mientras visitan las hileras de cebollas de variedad tradicional—. ¿Cuál sería el índice de fracaso si tratáis de extender a noviembre la última cosecha? ¿Ha funcionado la siembra directa o es demasiado delicada para estas semillas?
»¿Se podrán comercializar los cultivos de cobertura cuando llegue la primavera? ¿Sin necesidad de labrarlo todo? A la gente de Park Slope le encantan las lentejas y los guisantes de invierno, se volverían locos. ¿Ha habido éxito con las alcachofas?
»¿Y las bacterias? ¿Cuál es el mejor modo de monitorearlas que habéis encontrado? Qué pasada… ¿Es un cruce con pepino?
»¿Creéis que la calabaza bonetera se podría adaptar bien a un sistema de recirculación sin que esto tenga un impacto en el sabor del producto? Les encanta el nitrógeno, ¿no?
—Lili, deja hablar al pobre hombre —se ríe Eileen con afecto cuando vuelve a intervenir.
—No, en realidad, ya lo ha dicho ella —responde David, el responsable de investigación de Blue Acres, que les está enseñando los campos de experimentación, que están llenos de cultivos tanto tradicionales como híbridos—. Esa sería la siguiente fase que nos gustaría probar, por supuesto. La calabaza es muy exigente en nutrientes, así que equilibrarían muy bien un sistema acuapónico.
Lili se ruboriza un poco, pero esto le encanta. Lo ama. Rodillas sucias, tijeras de podar, el olor de la naturaleza bajo el sol abrasador, meterse tomates cherry en la boca como si fueran caramelos mientras pasean por los campos sembrados. Durante los descansos de las jornadas, se presta voluntaria para ayudar a los agricultores de Blue Acres a ralear las plántulas de los semilleros y, cuando el equipo de apicultores se ofrece a enseñarles cómo tienen organizado el colmenar, le falta el tiempo para correr hacia allí. Para cuando el día llega a su fin, luce una sonrisa de oreja a oreja y siente una extenuación muy parecida a la felicidad.
Cuando llega a la casa de Jackie, al final de la tarde, sus amigos también están terminando ya su jornada de trabajo. Han abierto todas las ventanas —«Empezaba a ser un poco sofocante y Jackie no hacía más que gritar», le explica Amina— y están pintando los lados de la casa, para rejuvenecer el revestimiento descascarillado con una nueva capa de pintura. Lili se dirige al jardín descuidado tras reprimir una sonrisa y morderse la lengua; cree que es mejor no informar a sus amigos de que han usado dos tonos de pintura blanca radicalmente distintos.
Se arrodilla en la tierra mientras la luz del sol del final de la tarde se cuela a través de los manzanos nudosos. Aunque se haya pasado el día entero en los campos, empieza a arrancar las malas hierbas y a desenterrar las desmejoradas plantas de jardín, deleitándose en la sensación de satisfacción y plenitud.
—Deberías comprar unas gallinas —le sugiere a Jackie mientras ella la ayuda a arrancar la peor parte del kale espigado, que es casi más alto que ella.
—¿Gallinas? —pregunta su compañera de piso con el ceño fruncido.
—Sí, gallinas. Se comen las malas hierbas y en este jardín van a crecer muchas malas hierbas, incluso cuando hayamos terminado. Tendrás que echarles un ojo, pero valdrá la pena.
—Vale —accede Jackie con curiosidad. Se aparta el pelo sudado de la frente con el antebrazo; lleva puestos unos guantes manchados de tierra. Ya lleva la parte de arriba del bikini y unos vaqueros cortos, preparada para ir a bañarse—. Tú eres la experta. Supongo que puedo convertirme en una mamá gallina.
Horas largas y días cálidos. Se despierta temprano y pasea por la granja antes de que empiece el intensivo, charlando con el personal que trabaja los campos y ayudando con las tareas de mantenimiento. Cosecha kale, arranca las hojas de las zanahorias y empaqueta el producto para los programas de agricultura comunitaria. En la casa, sus amigos van transformando el espacio poco a poco hasta convertirlo en un lugar idóneo para construir en él una nueva vida. Meten las pertenencias que quedaban de los antiguos dueños en bolsas para donarlas, llevan los muebles viejos al Ejército de Salvación del pueblo y reponen las especias, el aceite y el té en la cocina. La pila de leña va creciendo, porque empiezan a competir para ver quién consigue abastecer más el cobertizo; Amina dibuja a Jamie y a Jackie durmiendo la siesta en la hamaca, juntos, tras un día particularmente largo, con las largas piernas fláccidas como las de dos niños dormidos. Lili vive envuelta en una nostalgia veraniega tan anticipada como reconfortante. Paladea la hoguera, la madera quemada; graba en su recuerdo las tazas de las que beben, todas desparejas, el tacto de los troncos de los árboles calientes del sol y el agua del lago sobre la piel.
Cuando termina con el jardín, siembra algunas hortalizas de otoño. Un nuevo kale, rabanitos, colirrábano, zanahoria, orégano; ingredientes con los que ha visto cocinar a los padres de Jackie. La tierra se le acumula debajo de las uñas; tiene el pelo húmedo de nadar por la mañana. A su alrededor, crece el aroma a tierra, la luz del sol.