Siete #8
—Ah, claro. Cuando está entusiasmado de verdad, no hay fruncimiento. Solo una especie de frialdad tolerante que te hace pensar en todas las decisiones que has tomado en esta vida y…
—Vale, vale, ya basta —interrumpe Jackie, tratando de no reírse. Es un chiste recurrente desde que, en primero de carrera, un día que estaba borracha como una cuba se derrumbó y se puso a hablar sobre lo efusiva y alegre que es su madre, psiquiatra, al lado de lo sucinto y silencioso que es su padre, editor, y sobre que no sabía si el divorcio estaba siempre a la vuelta de la esquina o si eran inmensamente felices—. Lo que pasa es que tiende al estoicismo, ¿vale? La verdad es que piensa que sois un encanto; me lo dijo él mismo.
—¿En lengua de signos? —pregunta Amina.
—Qué graciosa. Pero no. Nunca han sido más felices juntos y están empezando a pensar en…, no sé, en el aire fresco del campo y en retirarse, lo que pasa es que prefieren ir directos a la tumba antes que mudarse fuera de la ciudad.
Lili disimula una sonrisa y abre su correo electrónico. La familia de Jackie vive desde los años ochenta en un precioso piso sin ascensor en el East Village, con el alquiler regulado, suelo de madera y enormes ventanales. De pequeña, Jackie comía más a menudo en Veselka que en casa. En su familia, que fuese la universidad de Columbia les parecía que se hubiese mudado a la otra punta del país. Compraron esta casita en las afueras de Cold Spring hace unos meses, pero todavía no han tenido tiempo de reformarla. Cuando programaron el taller intensivo de la granja urbana en el norte del estado, cerca de Saugerties, y Lili empezó a buscar en Airbnb un alojamiento que se pudiera permitir, Jackie se la ofreció enseguida. «¿Tienes idea de lo caro que se pone el alquiler en verano en el norte del estado? Es una locura. Será divertido; podemos ir todos juntos. Tú trabajas y nosotros descansamos».
Mientras se cargan sus emails —la wifi va lenta, casi no hay cobertura; no llega nada urgente, solo los recordatorios de los horarios de la formación del día siguiente y varios correos de Kerr—, Lili pregunta:
—¿Cuál es el plan para hoy? —Oye el canto de los pájaros; el murmullo de la hierba demasiado alta.
—Dúchate, cámbiate, lo que necesites, y nos vemos abajo en media hora, ¿vale? —propone Jackie—. Y vamos al pueblo. Hay que hacer la compra y parar en la ferretería.
—Y necesitamos más alcohol —añade Amina.
Jackie pone los ojos en blanco.
—Creo que tenemos de sobra, pero vale, más alcohol. En esta calle, un poco más arriba, hay un puesto de la granja. Quiero comprar un poco de fruta fresca.
Es precioso. Un fin de semana al lado del río Hudson en pleno verano. El tren que venía de la ciudad estaba abarrotado, y en este pueblecito se han bajado ríos de gente. La calle principal de Cold Spring está a rebosar; el bullicio llega hasta la orilla. Hay muchas más tiendas de antigüedades de las necesarias y coches demasiado caros, un indicador de la cantidad de neoyorquinos que tienen aquí una segunda residencia.
Lili casi nunca sale de la ciudad, de esa isla en la que se concentra una intensidad compacta, de ese puerto resplandeciente que parece yacer entre dos continentes que le provoca a la vez la irritación y el consuelo de no estar en ninguna parte. Comparado con el vasto territorio de la costa oeste, con lo fácil que resulta moverse por el Pacífico —con su aire fresco y su línea interminable en el horizonte, con el chasquido de la juventud, la luz del sol, las flores de naranjo y la gente que se prodiga en sonrisas—, la costa este siempre le ha parecido una cosa enredada, oscura, pesada, un lugar de otoño perpetuo, del resplandor ámbar del whisky, de libros con cubiertas de cuero, risas graves, botas relucientes y ecos de generaciones pasadas.
Pero supone que esto también tiene encanto. Un encanto distinto, con sus manzanas, sus jarras de leche y sus mañanas frescas, con su pintura descascarillada, sus camionetas viejas y el zumbido constante de las abejas. Los padres de Jackie compraron la propiedad muy barata a un amigo de un amigo; era la vieja casa familiar de unos ancianos que habían muerto hacía poco. El terreno es bosque, en su mayoría, salvo por la casa, una granja que ha vivido tiempos mejores. Tiene suelos de madera con gemidos perennes, demasiados muebles con tapizados de flores y unos bocetos al carboncillo de cazas de zorros francamente feos, pero se desprende un gran afecto de ella. Es un lugar que ha sido amado.
—Jamie, ¿qué llevas puesto? —pregunta Jackie cuando por fin aparca el coche frente a la casa.
—¿Qué pasa? —James se mira con el ceño fruncido. Camisa de vestir, pantalón planchado, mocasines Ferragamo con hebillas. Lleva una botella de vodka en cada mano—. Acabo de salir de trabajar, he venido directo. ¿Qué esperabas que me pusiera?
—Vamos a hacer trabajo físico —le recuerda Jackie—. Mis padres necesitan nuestra ayuda de verdad, no hemos venido de vacaciones pagadas. ¡Tenemos que ganarnos el sustento!
—Pero esta noche no —repone James, abriendo el maletero de su Audi—. Esta noche vamos a ponernos del revés. Venid, ayudadme, he traído cosas…
Se quedan despiertos hasta tarde, metidos en la cocina, cocinando de forma caótica. Amina les da órdenes a pesar de no hacer absolutamente nada, hasta que James toma las riendas y, cuando a Jackie se le cae el pollo crudo al suelo, las echa de allí. Un caos de platos reina en el salón, porque la mesa de la cocina es demasiado pequeña para que coman todos. Asaltan el alijo de whisky Laphroaig que el padre de Jackie tiene escondido y se lo beben mientras Lili obliga a Amina —tímida, lo que no es propio de ella— a escuchar mientras lee la crítica que acaban de publicar en Artforum sobre su última exposición colectiva:
—«Una excepcionalmente prometedora joven pintora que toma inspiración de Brown y Mitchell, pero que hace algunos guiños al arte figurativo similares a Toor. Destac…». ¡Callad, escuchadme! «Una obra que destaca notablemente entre tantas otras de talento mediocre».
Juegan a las cartas, mezclan vodka con whisky escocés, encienden una hoguera en el patio trasero y contemplan las estrellas brillantes y el cielo oscuro. El aire nocturno es cálido y aterciopelado; alberga el croar de las ranas, el canto de las cigarras, sus fuertes carcajadas. Frente al fuego, Lili apoya la cabeza en el hombro de Amina y se permite cerrar los ojos.
Por la mañana es la primera en despertarse. La formación empieza pronto, a las ocho y media. Es en una granja asociada a la suya, una productora orgánica que abastece a la mayoría de los restaurantes de lujo que ofrecen concina de producto. Lili está emocionada por ver sus campos, por saber cómo han dispuesto los invernaderos. Cuando sale de la cama, Jackie roba el resto del edredón para taparse la cabeza y gruñe algo ininteligible. Lili se pone sus botas Blundstone y una sudadera y cierra la puerta al salir con un suave clic.
Hay frescura en el aire matinal, rocío sobre la hierba. Desde el porche, Lili otea el patio trasero. Los restos de la hoguera de noche, la tienda abandonada de Jamie. Mientras se acurruca en una de las sillas de mimbre, mira las ardillas que corretean y brincan por los árboles.
Da un trago de café caliente y desbloquea el móvil. El café está amargo; tiene un regusto a quemado al que no está acostumbrada. Se lo ha preparado con una cafetera italiana que ha encontrado en un armario y café molido viejo de la despensa.
06.32. Buenos días.
06.32. ¿Qué tal?
Tras enviar el mensaje, Lili juguetea con el móvil. Contempla la propiedad y da otro trago de café; hay un parterre enorme y descuidado, con arbustos de arándanos enredados, perennes y persistentes, agresivos árboles de kale que llevan años espigados; ruibarbo prehistórico, denso; arbustos fibrosos de romero, terco y aromático. Si tiene tiempo, quiere ponerse a arreglarlo hoy cuando vuelva de la granja, como agradecimiento a los padres de Jackie por el alojamiento.
Ve una burbuja con tres puntos suspensivos en el chat. Se siente el pecho más ligero.
06.34. Buenos días, Lili. Estoy bien.
06.34. ¿Cómo has dormido?
06.34. Bien, pero Jackie ronca
06.34. Y me roba las mantas
06.35. Igual que tú, entonces.
06.35. Yo NO ronco
06.35. Por supuesto que no.
Lili intenta no sonreír. Lo intenta de verdad.
06.35. ¿Estás en la oficina?
06.35. Sí, de vez en cuando trabajo, cariño.
06.35. Y yo que pensaba que a los hombres blancos se lo daban todo hecho
06.36. Yo también estoy decepcionado
06.36. ¿Cómo va la formación?
Lili se lleva las piernas al pecho y se pone las rodillas bajo la barbilla. El suave repiqueteo de sus dedos sobre la pantalla se mezcla con los trinos agudos de las aves.
06.37. Empieza hoy
06.37. ¿Qué vais a hacer primero?
06.35. Lo primero en el orden del día son prácticas en ahorro de semillas e innovaciones en el manejo del suelo!
06.37. Empezamos con los pies en la tierra jaja
06.38. ¿No me dijiste que también trataríais las estrategias de expansión?
06.38. Sí! También profundizaremos en el análisis de la mano de obra, la planificación de rentabilidad, las previsiones financieras y el establecimiento de objetivos para el año que viene
06.38. La trayectoria de crecimiento pinta muy bien.
06.38. Nuestro potencial de expansión en el tejido urbano es una pasada!
06.38. Ya sabes que los desiertos alimentarios son un serio problema en la ciudad
06.38. ¿Los desiertos alimentarios?
06.38. Sí, los desiertos alimentarios
06.38. Lili, ¿qué narices son los desiertos alimentarios?
—¡Lili! —James, desde la cocina—. ¿Qué quieres de desayuno?
06.39. Tengo que irme a desayunar
06.39. Luego te cuento todo lo que necesitas saber sobre los desiertos alimentarios
06.39. Y la inseguridad alimentaria
06.39. Y la soberanía alimentaria!
06.39. Ok adiós xx