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Siete #7

En la escalera de cemento sin ventilación, sube los escalones de dos en dos, con la mochila golpeándole rítmicamente en la cadera. Al llegar a la cuarta planta, se encuentra con la puerta de Amina sin cerrar, como de costumbre.

—Un día de estos te van a robar, lo sabes, ¿no? —anuncia Lili, abriéndola con un hombro— Ay, Dios…

Cuando entra, lo primero que le da la bienvenida es una enorme explosión de flores. Un ramo que se desborda como espuma de un lujoso jarrón bajo que hay en la encimera de la cocina, compuesto por flores rosa pálido y blanco cremoso, ranúnculos, rosas de jardín y camelias. Rezuma el dinero que ha costado; podría, fácilmente, ser el centro de mesa en una gala.

—¿Quién te ha mandado las flores de boda? —pregunta secamente.

Amina se ríe por la nariz. Lili se asoma tras el ramo y descubre a su amiga en la esquina del salón, pintando en un caballete junto a la ventana.

—Mis abuelos —responde. Está acurrucada en una silla con una sudadera extragrande y una rodilla pegada al pecho, en la que se apoya mientras pinta. Su larga melena negra (más lisa que la de Lili, pero uno de los rasgos que hace que la gente a veces piense que son familia) está peinada en una trenza suelta. Aunque las peonías que Lili le llevó anoche a la inauguración se quedan en nada al lado del ramo de sus abuelos, ve las flores rosas en el alféizar de la ventana, en un jarro de cristal lleno de agua limpia, justo al lado de su amiga—. Un regalo para felicitarme por la exposición. Se les ha ido un poco la olla. Creo que por fin han aceptado que no voy a ser médica ni abogada.

Lili suelta la mochila en el suelo y se quita los zapatos.

—¿Cómo están? —pregunta mientras se acerca a su amiga.

En casa de Amina se siente bienvenida, cómoda. Piensa en la alfombra Isfahán roja y gastada que hay bajo sus pies, en las infinitas noches que han empezado y terminado aquí, tomando unas copas antes de salir, durmiendo en el sofá verde chillón después de haber pasado la noche bailando. Altos techos de hojalata, hundidos con el peso de los años, ladrillo expuesto, ventanas de hierro, las vistas de la Judd Foundation en Mercer. La mesa de café está repleta de tubos de pinturas Holbein y Sennelier, de copas de vino usadas de toda clase, probablemente de la celebración posterior a la inauguración de anoche a la que Lili decidió no apuntarse. Siente el impulso de ayudarla a limpiar, de llevarse las cosas a la cocina; ha pasado aquí tantas noches que es como una segunda casa para ella. Los padres de Amina le compraron este apartamento en el segundo año de universidad, y Lili se quedó boquiabierta la primera vez que entró. No eran celos, ni la juzgó por ello —aunque algo de eso había, porque le parece una locura tener veintitrés años y ser propietaria de un lugar como ese, lo fácil que es ascender en la vida cuando tu familia tiene un dinero que te la lubrique—, era más bien nostalgia, un deseo latente y vergonzoso, complicado en su mismísima naturaleza: la idea de tener unos padres que se ocupen de ti, ya sea a través de su presencia o de su riqueza, y el hecho de que el dinero hace que Lili —a pesar de sus convicciones, a pesar de sus creencias personales— se sienta segura.

—Están bien —responde Amina. Está examinando su pintura; no ha apartado la vista del lienzo—. Creo que mis padres van a ir a Irán con ellos este otoño, según como esté la situación con las protestas.

Lili contesta con un murmullo. Se sienta detrás de Amina, apretujándose entre ella y el respaldo de la silla, y rodea la cintura de su amiga con los brazos para acurrucarse en su cuello. Le gusta mirarla pintar; ama su obra profundamente. La sosiega ver cómo va tomando forma. Fuera, los pájaros cantan y las calles todavía están en calma, pues aún duran las horas tempranas previas a que el SoHo se convierta en una trampa para turistas. El incienso, que arde poco a poco en el alféizar de la ventana, se eleva con suavidad en el aire.

—¿Cómo fue con tus padres? —le pregunta, contemplando el cuadro en el que está trabajando Amina.

Ahora mismo, es un fondo de un blanco pálido con un matiz verde y un poco anaranjado, y sus formas todavía están emergiendo en el lienzo. Todavía no es inteligible a la mirada ajena.

Amina hace una mueca y mezcla los pigmentos agresivamente en la paleta.

—Bien —replica. Distraída, descansa una mano sobre las de Lili, que están aferradas a su cintura—. Vinieron, la vieron y se fueron. Ya han cumplido sus obligaciones como padres para todo el trimestre.

—¿Qué dijeron de tus obras?

—Me preguntaron cuándo voy a firmar con un marchante de una vez.

—Ah. —Siente una punzada de dolor; no siempre sabe qué decir cuando ha de navegar por las decepciones parentales de sus amigos—. Lo siento, eso es… Suena un poco frío, ¿no?

Amina se encoge de hombros, algo abatida.

—Llegados a este punto, ya sé lo que voy a recibir de ellos —responde, inclinándose hacia el lienzo. Da unos toquecitos de amarillo bajo un grueso trazo blanco. Le aporta dimensión, da la sensación de que cobra vida, como si fuera la luz del sol. A Lili no le sorprende que Amina esté trabajando, aunque justo ayer inaugurara una exposición. Cuando se trata de su arte, su ética de trabajo es sorprendentemente implacable—. Es bonito que hayan hecho el esfuerzo de venir. Estuvieron presentes.

—¿Irás con ellos a Irán?

Mueve la cabeza, a medio camino entre una negación y un asentimiento.

—No lo creo. Lo más probable es que vaya a casa, para visitar Los Ángeles y ver a mis primos mientras ellos no están. Ya sabes, como barcos que se cruzan en la noche. Ya veré a mis abuelos en otra ocasión. Quizá pueda organizar un viaje más grande, visitar a otros parientes, ir a otros países de la región…

—Ese es un viaje que sería guay hacer juntas algún día —musita Lili, apoyando la barbilla en el hombro de Amina—. Dentro de unos años. Visitar una parte de Oriente Medio… Supongo que depende de si es seguro o no viajar, pero creo que me encantaría. —Cuando mira a Amina pintar, se siente en calma, en equilibrio; su mirada se relaja—. Irán, Egipto, el Líbano, tal vez. A mí no me queda familia directa, que yo sepa, al menos. Cuando quedé bajo la tutela de los servicios sociales, mis asistentes me jodieron bastante con lo de los contactos familiares. Supongo que lo hicieron a propósito… No les gusta dar a niños de acogida internacionalmente, sobre todo si no es con familia directa, y menos en una zona de guerra. Pero quizá ahora pueda investigar un poco, a ver si tengo parientes lejanos. Puede que merezca la pena. Mi madre tenía mucha relación con su madrina, creo.

Amina se queda en silencio, quieta, con el pincel suspendido sobre el lienzo. Al cabo de unos segundos, Lili levanta la vista y la descubre mirándola fijamente, paralizada.

Lili frunce el ceño.

—¿Qué pasa?

—Ah, no… Nada, nada. —Amina se pone de nuevo a pintar—. Ay, mierda, me he equivocado de color… O sea, sí, estaría muy bien. —Coge un trapo del estante del caballete y borra con cuidado el pigmento erróneo—. Que sí, que sería muy chulo hacer ese viaje juntas, quiero decir. Por supuesto. Perdona, es una idea genial…

—¿Estás bien? —pregunta Lili; el titubeo de Amina, tan poco propio de ella, le resulta divertido.

—Sí, sí, es que… Nunca habías… —Suspira, como cediendo ante ella—. Bueno, es que nunca habías hablado de eso. Conmigo, al menos. De buscar a miembros de tu familia, de Oriente Medio… De nada de ello.

—Ah. —Lili se encoge de hombros—. Supongo que últimamente me ronda la cabeza.

Amina se ríe con suavidad y deja el pincel y el trapo. Se vuelve para mirar a Lili.

—¿Estás bien? —pregunta, rodeándola con un brazo.

—Sí, muy bien, ¿por qué?

—Nada, es solo que se te ve… muy a gusto. —Su tono tiene un matiz cuidadoso. Cauteloso.

—No sé. Igual es porque me apetece mucho lo de esta semana.

Amina la observa con atención.

—Te has pasado todo el fin de semana con él, ¿no?

Lili asiente con cierta desconfianza; siente la necesidad de proteger lo vivido los últimos dos días.

—Sí, ¿por qué?

Amina niega con la cabeza.

—No, por nada. —Lili no es capaz de descifrar por completo su tono de voz, pero siente cierta calidez, cierto afecto, escondido en sus texturas—. Por saber. —Se pone de pie, desenredándose de Lili—. ¿Me ayudas a hacer la maleta? Si perdemos el tren, Jackie nos va a matar, y tengo intención de echarte a ti toda la culpa.

—Vale, nosotras dos vamos aquí —anuncia Jackie mientras abre la puerta del dormitorio del ático—. Lo siento, Ami, pero nos pedimos este cuarto. A James y a ti os toca el sofá.

—En realidad, Jamie ha decidido que va a dormir fuera —repone Amina, apoyándose en el marco de la puerta—. Se ha traído sus cosas de camping. Quiere reconectar con la naturaleza.

Lili se echa a reír.

—No creo que estrenar un montón de ropa y complementos de montaña cuente como reconectar con la naturaleza —comenta, oteando la diminuta habitación. Tiene el techo inclinado, ventanas de las que asoman al tejado, una vieja cama cubierta de edredones y una botella de cristal que solía ser de leche y ahora hace las veces de jarrón. Dentro, hay un ramito de flores salvajes, un poco tosco, un poco desparejo, que probablemente hayan cogido del jardín poco cuidado de la casa. Es bonito, tranquilo—. Jackie, esto es adorable. En serio.

—No está mal. —Jackie sonríe y deja su mochila—. Hay mucho trabajo que hacer todavía, pero mis padres están muy emocionados.

—Ah, ¿era emoción lo que se reflejaba en la cara de tu padre? —pregunta Amina—. Porque, cuando hemos ido a buscar las llaves, no me lo ha parecido. Habría interpretado más bien aceptación a regañadientes o una tolerancia forzosa.

—No, lo estás confundiendo con aquiescencia reticente —la corrige Lili—. Hay una diferencia muy sutil que se nota en el grado de fruncimiento de ceño.