Siete #6
—No me juzgues. Es ese analista de BlackRiver con el que hice match en Tinder con la esperanza de que me diera información sobre Petrov y tú. He estado viéndome con él y… ¡No te rías! Y necesito una segunda opinión para saber si le soy indiferente o solo está intentando hacerse el duro.
—Dudo que tú puedas serle indiferente a nadie —repone Lili, pero permite que Jackie la arrastre con sus amigos.
Cuando vuelve a Tribeca, ya es tarde. El loft está oscuro. Sin embargo, al fondo del pasillo hay luz en la puerta abierta de su dormitorio.
Aleksandr levanta la vista cuando ella entra. Está apoyado en el cabezal y tiene una pluma en la mano y toda la cama llena de papeles. Su iPad emite un suave murmullo: los sonidos de la CNBC, el resumen de la jornada en los mercados, Sorkin interrogando al CEO de una empresa tecnológica sobre sus beneficios.
—Hola —saluda Lili mientras se desata los cordones de las botas—. ¿Michael te ha perdonado la vida?
—A menudo, lo más fácil es dejarle montar su berrinche —responde, dejando sobre la cama el informe que está leyendo.
Lili frunce el ceño al reconocer la adusta tipografía en negrita.
—¿Estás revisando los formularios de salida a bolsa?
—Se podría decir que sí —responde.
Se quita las gafas y apaga el iPad. Tiene los dedos manchados de tinta, cortesía de la pesada pluma Montblanc que encapucha.
—Pero tú ni siquiera sacas empresas a bolsa.
—Me gusta ver a qué llaman últimamente innovación.
Lili pone los ojos en blanco, se termina de quitar las botas y se sube a la cama.
Coge uno de los documentos: una plataforma tecnológica centrada en la nutrición cuyo target son milenials preocupados por su salud y que va a ser una gran sensación en los centros urbanos costeros. Probablemente sea una cadena de restaurantes de ensaladas con una aplicación.
—La verdad es que es impresionante cómo esconden la quema de efectivo —comenta Aleksandr—. Llevan una década sin tener un trimestre con beneficios, pero se las arreglan para tener cualificación de unicornio…
—Llámame loca, pero ¿no deberías buscarte un hobby fuera del campo al que te dedicas?
—¿Con qué, con todo mi tiempo libre? —contesta con una sonrisa.
Con un rápido movimiento, la coge de la cintura y la pone debajo de él. Lili chilla, sorprendida; los papeles se arrugan bajo su espalda.
—Yo podría ser tu hobby —se ofrece mientras le acaricia los brazos.
—Eso implicaría que me alivies más estrés del que me causas.
Lili le golpea en el pecho, indignada.
—¡Qué borde! —protesta, intentando zafarse, pero Aleksandr la tiene inmovilizada bajo su cuerpo. Le aparta el pelo de la cara.
—Nunca he dicho que me guste lo fácil —murmura antes de besarla.
Aleksandr se mueve despacio, pero con una decisión —con la mirada fija en ella— que hace que se sienta acalorada de inmediato, que hace que le cueste respirar. Le levanta la falda y le acaricia la cara interna de los muslos con la palma de la mano. Luego le baja la ropa interior, tan despacio que ella empieza a retorcerse. Le quita la camiseta, le desabrocha el sujetador. Le llena el cuello de besos ardientes y con la boca abierta, y luego el pecho, hasta que ella empieza a tirar de su camisa, porque necesita tenerlo desnudo.
Cuando la penetra, también lo hace lento. La llena centímetro a centímetro, arrancándole un gemido. Lili se agarra de sus brazos, tratando de no perderse.
Y cuando ella sube más las rodillas hacia la cintura, que le tiene rodeada con las piernas, y las embestidas de él se tornan más bruscas y profundas, él atisba el inicio del dolor y, tras besarla de nuevo, empieza a hablarle para ayudarla a navegarlo. «Bien», murmura, besándole la comisura de la boca, el hueco de debajo del oído, la línea alargada de su cuello. «Lo estás haciendo muy bien», y «mírate», y «cómo me gusta», y «no tienes ni idea de cuánto me gusta…». Y a ella empiezan a temblarle las piernas, y a acelerársele los jadeos, y también comienza a comprender la sensación —estúpida, errónea, ya le duele; es un secreto que no piensa revelar, que no piensa admitir nunca— que empieza a envolverla cuando está entre sus brazos —«cuidada», le susurra una parte dolorosa de ella—, y puede dejar que la anegue, aunque no le ponga nombre, mientras se halle bajo el peso de él. Puede sentirla un ratito más.
—Volveré el jueves —le recuerda ella.
Se ha parado al llegar a la esquina. Coge su bolsa con sus cosas, que Aleksandr le estaba llevando, y se la cuelga del hombro.
—Vale —contesta él.
La atrae hacia sí y le acuna el rostro, le acaricia la cara con un pulgar.
Las tiendas todavía están cerradas. Es temprano, la multitud que invade el centro los fines de semana todavía no ha llegado. Los vecinos pasean a sus perros y el personal de los restaurantes ya está descargando los suministros en sus bodegas, entre risas, idiomas distintos, camisas arremangadas. El olor penetrante a desinfectante aguado anega las calles.
«Podemos hacer buen café en casa perfectamente», ha protestado él mientras ella lo arrastraba a su cafetería preferida. «A veces me apetece que el café me lo prepare otra persona», ha contestado ella, «en lugar de hacérmelo yo». Y Aleksandr la ha mirado con una ceja enarcada, ya abriéndole la puerta de la cafetería. «¿Cuándo fue la última vez que te hiciste un café?», le ha preguntado, y ella ha resoplado y ha contestado con un gesto, como si esa cuestión fuera irrelevante, y ha dejado que los sonidos de la cafetería le dieran la bienvenida, ya emocionada por el café con leche de avena que se iba a tomar.
Sabe —es vívidamente consciente de ello— lo poco que pegan juntos. Aleksandr con su traje de lino, una concesión al verano; ella con su minifalda, con una sudadera ancha y cómoda —una compra reciente para protegerse del frío de las mañanas en el norte del estado—, sus botas militares, el pelo recogido en un moño despeinado y una bolsa de tela. Los dos, de la mano.
Sin embargo, y aunque le resulte inexplicable, descubre que le gusta. El contraste entre los dos, el sentirse cada vez más cómoda con sus diferencias.
—¿Qué vas a hacer durante el resto del día? —le pregunta Lili, levantando la vista hacia él.
Aleksandr le acaricia los labios con el pulgar.
—Trabajar.
—Es domingo.
—El capitalismo no espera a nadie —replica, y cuando él se echa a reír, Lili se da cuenta de que es porque ella ha fruncido el ceño en cuanto lo ha oído. Sin embargo, el sonido de su risa la hace relajar la frente—. Luego ceno en casa de Michael y Andrew.
—¿Dónde viven? A ver si lo adivino… ¿Greenwich? —bromea, y mete las manos bajo la chaqueta de su traje para abrazarlo por la cintura, para apoyarse en él.
—Pues no. Viven en Chelsea.
—Ay, claro, cuánto lo siento. Perdóname. ¿Cómo se me ha ocurrido que podrían necesitar transporte público para venir al centro? ¡Qué horror!
—Contestona —le espeta Aleksandr y, sin darle tiempo a protestar, la atrae más hacia él. Lili siente su sonrisa antes de que la bese, y es un beso cálido, largo, suave, sereno y amable; que sabe a «buenos días» y a «te echaré de menos», a la sensación de despertarse otra vez a su lado y ella se siente, de verdad, ella misma.
Cuando se aparta, Lili se estira, de puntillas, tratando de prolongar el beso.
—Nos vemos el jueves, entonces —dice Aleksandr, mirándola con esa sonrisa ladina.
Como un secreto, como conocimiento, consuelo y poder.
—El jueves —repite ella, sin aliento.
Él le sonríe y le da otro beso en la boca.
—Vete. Vas a perder el tren.
—Vale, vale —contesta Lili, recolocándose las mochilas en el hombro y haciendo equilibrios con el vaso de café. Ha quedado con Amina en su casa, que está a solo una manzana, para ir juntas a Grand Central—. ¡Adiós!
Tras cruzar la carretera, Lili se vuelve para mirar atrás.
Al otro lado de la calle, Aleksandr todavía la observa.
Cuando ve que Lili se ha dado la vuelta, sonríe, y ella siente que también a ella se le dibuja una sonrisa en el rostro —y ¿por qué tiene la sensación de que está sonriendo todo el puto tiempo?—, porque él no debería mirarla así, tan abierto, tan franco, tan orgulloso, como si ella fuera un rayo de sol, y no… No debería sentirse así. Como si toda su vida resplandeciera, como si hubiera pedacitos escondidos de felicidad que no hacen más que salir a la superficie.
Trata de enterrarla, pero tiene un globo de esperanza en el pecho, y cada vez le cuesta más contenerlo.
Preguntas —«¿Puedo tener algo así?»— que se transforman en afirmaciones.
«Sí, sí puedo».
Pasan varios coches, tapándolo de su vista.
Aparta la mirada —se siente como si se estuviera guardando un secreto— y sigue andando. Dobla la esquina de Broome.
Amina vive en un viejo edificio industrial: grandes ventanales, concepto abierto, una escalera de incendios en la que han cenado incontables veces. Es perfecto para pintar —tiene mucha luz—, aunque Amina conserva su estudio en Greenpoint, un gasto de lo más absurdo, piensa Lili, pero sabe elegir sus batallas. Algunos de sus vecinos son artistas que aún se benefician de los legendarios contratos de alquiler de los años setenta, muy por debajo del precio de mercado, aunque también hay bros que trabajan en empresas tecnológicas y familias jóvenes y adineradas. La puerta principal no llama la atención; parece una puerta de servicio cualquiera, y no la entrada a un edificio residencial. Nadie tiene actualizado su nombre en el timbre. Lili aprieta el botón del viejo interfono.
—¡Hola! —saluda—. Soy yo, estoy abajo.
Se oye un estallido de interferencias —el sistema no funciona casi nunca— y luego la voz de su amiga seguida de un ruido blanco y crepitante.
—¡Sube! Estoy terminando de pintar; ahora haré la maleta.
Lili se queda boquiabierta.
—¡¿Qué?! Ami, ¿estás de brom…?
El fuerte zumbido de la puerta al abrirse la interrumpe. Lili pone los ojos en blanco y entra.